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Full text of "Historia de los siete murciélagos"

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HISTORIA 



SIETE MURCIÉLAGOS. 



HISTORIA 



SIETE MURCIÉLAGOS, 



LEYENDA ÁRABE, 



D. MANUEL FERNANDEZ T GONZÁLEZ. 



MADRID, 

1863. 
IMPRENTA DE MANUEL GALIANO, 

Plaza de los Ministerios, 2. 






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HISTORIA 



LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 



La alabanza á Dios. 

No hay otro Dios que Dios, el Altísimo y Único; é 
puede apartar de nosotros las desgracias; él sólo es 
fuerte; él sólo sabe la verdad; él vive en lo pasado, 
llena lo presente y abarca lo porvenir: noche de hor- 
ror, y sombra de espanto cubrirán al mundo cuando 
aparte de él sus ojos , porque él es la fuente de toda 
vida, y la claridad de toda luz ; sin él nada existe; él 
es fuente de sabiduría, sin la cual el hombre ser i 
comparable á los brutos, que no saben que han de mo 
rir, ni para qué han nacido : loado sea Dios , el Altísi- 
mo y el Misericordioso, autor y vida de todo lo crea- 



2 HISTORIA DE LÜS SIETE MURCIÉLAGOS. 

do : la luz de su espíritu brille sobre este libro, y le 
baga visible á todas las gentes , y se conserve hasta la 
más remota posteridad. 

Esta es la Historia de los siete Murciélagos , que 
compuso Noeman B'zyn-Nun-el-Aziz-el-Ferag, poeta 
andaluz que residió mucho tiempo en Granada, y fué 
soldado sirviendo honradamente á su patria, y pere- 
grinó por extrañas tierras, dejando en pos de sí por 
donde pasaba, el perfume y la suavidad de sus versos. 

Él vio en las antiguas historias los sucesos de los 
Beni-Nazar, y los del magnífico rey AI-Hhamar, y las 
hadas le contaron hermosas historias de amores y en- 
cantamentos. 

Escribiendo esas historias distrajo el poeta andaluz 
su pobreza, y vosotros podréis distraer leyéndolas 
vuestro ocio : eilas os llevarán de una aventura en otra, 
y os dirán cómo fueron gentes y cosas que hace mu- 
chos años han dejado de existir. 

Salud y paz de buena voluntad á los que leyeren 
este libro, y la alabanza á Dios autor de cuanto exis- 
te , y el sólo que no perece ni puede perecer. 






I. 

El Valle del Hedjaz. 



I. 



Habia en los montes del Hedjaz, en una de sus pro- 
fundas gargantas, una oscura gruta, donde no pene- 
traba más luz que la que se desprendía de un cielo 
tristísimo á través de un bosque de higueras silvestres, 
sobre las cuales, descollaba como un minarete entre 
chozas una vieja y altísima palmera ; al pié de esta pal- 
mera brotaba una fuentecilla , que iba á formar más 
abajo entre las quebraduras de las rocas una pequeña 
laguna, y en este paraje solitario, no pisado hacia cen- 
tenares de años por pié humano , ni por errante gace- 
la, ni sediento león, no se oia otro ruido que el del 
viento meciendo eternamente la palmera, el murmullo 
del arroyuelo, el canto de una rana moradora de la ia- 






4^ HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

guna y el grito de un buho que anidaba eu lo más pro- 
fundo de la gruta. 

En los primeros tiempos de la Égira, cuando los ára- 
bes del Hedjaz dejaban sus rebaños y tomaban sus ar- 
cos para acometer á los árabes del Yemen, ó cuando 
estos subían á la montaña para robar los camellos á sus 
enemigos, este lugar era fértil y alegre; sus higueras 
producian fruto, su vieja palmera se doblegaba con el 
peso de los dátiles , y las aves y los animales venían á 
apagar su sed á la laguna henchida entonces de peces; 
las hadas se solazaban en su espesura á la luz de la 
luna, y la alegría de Dios se posaba sobre la gruta del 
Hedjaz. 



II. 



Una tarde, á Ja hora de alajú (1) . cuando la luna se 
levantaba sobre los montes cercanos , un caballo can- 
sado, cubierto de sangre y de sudor, montado por un 
árabe del Hedjaz, entró con toda la velocidad de su car- 
rera en el valle, y cayó muerto de fatiga junto á la 
laguna. El dueño se levantó mal parado y fué á sentar- 
se al pié de la palmera , donde permaneció inmóvil y 
silencioso , abismado en sus pensamientos. Aquel dia 
los habitantes de la llanura habían vencido á los pas- 
tores del Hedjaz y habían obligado á Aben-Zohayr, su 

(i) Al oscurecer. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 5 

caudillo, á salvarse en lo inaccesible de sus montañas. 
Aben-Zohayr lloraba amargamente la pérdida de 
los suyos , su valor vencido y su orgullo humillado, 
cuando sintió agitarse la espesura, y al rayo de la luna 
vio dos jóvenes y alegres niñas que se adelantaban li- 
geras sin tocar casi con los pequeños pies las yerbeci- 
llas, y fueron á sentarse á poca distancia de Aben-Zo- 
hayr, del cual sólo las separaba un bosquecillo de 
acacias. 



III. 



Eran las huríes Fayzuly y Rhadhyah; el que todo 
lo puede las habia dotado de una hermosura maravi- 
llosa ; Fayzuly era blanca como la espuma de las cata- 
ratas del Nilo, y sus ojos y sus cabellos, negros como 
el fondo de las grutas del Hedjaz; su hermana Rhad- 
hyah era morena como el sol y sus ojos brillaban con 
un fuego deslumbrador: llevaban ceñidas las frentes 
con guirnaldas de rosas blancas cogidas en el jardín 
de Hiram , y unas flotantes y blanquísimas túnicas de 
lino, trasparentaban las formas más hermosas que Alian 
en sus bondades concedió á una mujer. 

Aben-Zohayr olvidó como por encanto su derrota y 
miró embelesado a las dos huríes. Oh, Santo Aliah, 
dijo, si me concedieras el amor de la hurí blanca de 
los ojos negros, yo te sacrificaria cien corderos en la 



6 historia de los siete murciélagos 

fiesta de Ayd-al-korban! (1). ¡Oh señor Allah, qué po- 
deroso y qué grande eres ! 

El enamorado Zohayr calló para escuchar lo que ha- 
blaban las huríes : Fayzuly decía á su hermana con 
una voz más dulce que los trinos del ruiseñor: 

— He visto mi porvenir, hermana mia; rae amará 
el hijo de una hurí y de un rey , pero antes tendré que 
combatir con el mal espíritu que me entregará á un 
encantador; pero mi amado me salvará y vendrá con- 
migo á nuestros alcázares del aire y á nuestros jardi- 
nes de los lagos. 

— Y yo, dijo Rhadhyah, amaré á un creyente que 
será rey y perderá su reino é irá á morir al Mogrhe- 
beb (2) ; yo le seguiré al Edem; pero faltan aún ocho- 
cientos ochenta años. 

— Novecientos esperaré yo á mi amado , contestó 
Fayzuly. 

— ¡ Oh poderoso Profeta ! exclamó Aben-Zohayr; 
¿quiénes son estas doncellas que así esperan con los 
siglos su amor, que hablan de sus alcázares del aire y 
de sus jardines de los lagos? ¡Oh magnífico Allah! ¡con- 
cédeme el amor de la doncella blanca de los ojos ne- 
gros! 



(O Fiesta de los corderos en el Ramadhan ó Cuaresma. 
(2) Denominación que dan los árabes al poniente de África ó Mau- 
ritania. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS, 



IV. 



Embebecido en esta plegaria no se apercibió el cau- 
dillo árabe de que las huríes habían desaparecido al 
reparar en él , huyendo á ocultarse en el fondo de la 
laguna. Pero cuando dirigió su vista al sitio donde se 
habían sentado, no encontrándolas creyó que sólo ha- 
bían sido un delirio de su mente, y volvieron sus pen- 
samientos tristes, como en una noche oscura, después 
del pasajero brillo de un relámpago , vuelven las ti- 
nieblas. 

— ¡Oh! ¡mi alma! ¡mi alma! dijo Áben-Zohayr; he 
llevado mis kabilas al combate y vuelvo sin ellas á mi 
aduar: mis camellos se espantarán al verme volver sin 
ini corcel Rhadjih, y mis perros me ladrarán cuando 
noten la falta de mis hermanos, que no comerán más 
conmigo bajo el cuero de mi tienda el pan y la sal. No, 
no volveré. El árabe que huye cuando sus hermanos 
han muerto, es un cobarde ; el caudillo que abandona 
los cadáveres de sus guerreros , incurre en el enojo 
del caudillo fuerte , del invencible , del grande sobre 
todos los valientes. ¡Oh! ¡mi alma! ¡mi alma! 

Acordóse entonces de que habia olvidado la axalá 
de alajá (oración de la noche) y su espíritu se contris- 
tó, porque Áben-Zohayr era un varón temeroso de 
Dios, y llegó á la fuente, hizo la ablución y oró pros- 
ternado al pié de la palmera. Luego se levantó, rom- 



» HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

pió su espada que arrojó lejos de sí, y volviendo su co- 
razón á Dios, le ofreció en expiación de su cobardía, 
hacer en aquella gruta donde le habia conducido su 
ventura, la vida apartada y penitente de morabhi- 
ta (\). Comió algunos dátiles que cogió del suelo, qui- 
tó de su caballo una piel de tigre que le servia de si- 
lla, y extendiéndola en la gruta sobre un haz de yer- 
ba', arrojóse sobre ella y rendido por la fatiga se 
durmió. 



V. 



No bien habia tendido sobre él sus alas el genio de 
los sueños, cuando vio un jardín como no lo han visto 
ojos humanos , y se creyó tendido sobre el césped en 
un bosquecillo de oloroso sándalo ; oíase el cantar de 
las aves á quien el poderoso Allah ha concedido dulces 
gorgeos, y parecíale que comprendía su lenguaje; se 
decían amores: asimismo las fuentes murmurando, las 
hojas de los árboles y de las flores agitándose, las au- 
ras que las movían suspirando , tenían voces para él, 
y leia palabras encantadas en las nubéculas , que pa- 
recían caracteres de nácar y azul ; y las avgs , y las 
fuentes, y los árboles, y las flores, y las auras,, y las 
nubes decían : «Fayzuly es la hermosa de las hermo- 
sas, la hurí de los amores, la alegría de Salomón (¡Dios 

(O Ermitaño. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 9 

sea con él!) , la doncella blanca de los ojos negros». Y 
volvían á repetir aquel nombre que llenaba el corazón 
de Áben-Zohayr y le dilataba, como el rocío al cáliz 
del tulipán y los céfiros de la alborada á las vírgenes 
siemprevivas. 

Aben-Zohayr despertó á la hora de la az ala de azoh- 
bi (1) , se levantó, purificó su cuerpo con la ablución 
y oró. Después se tendió desesperado en el mismo si- 
tio donde habían estado sentadas las dos huríes. 

Eblis, (2) el espíritu rebelde maldecido por Dios, el 
genio del mal que nunca duerme y que habia inspira- 
do sueños tentadores á Áben-Zohayr, batió junto á él 
sus negras alas y el espíritu del árabe se entristeció; 
quiso recurrir á la oración, pero entre él y Dios se ha- 
bia colocado Eblis, y sólo le dejaba ver á Fayzuly, 
hermosa y desnuda, con todos los incentivos del amor. 
Aben-Zohayr era un espíritu débil , y pasó la hora de 
adoba, de adohar, de alazar, de al-magrib, y llegó 
la de alajá sin que hiciese la azalá; Aben-Zohayr, 
que habia olvidado su derrota por Fayzuly , olvidaba 
por ella al vencedor, al grande, al poderoso Állah; 
Zohayr era el esclavo de Eblis : la mano del que todo 

(i) Los árabes dan á sus horas los nombres siguientes: hora de 
azohbi , hora deí alba ; hora de adoba , de dia claro ; de adohar , al 
medio dia; de alazar, á media larde; de almagrib, á puestas del sol; 
de alaterna ó alajá, al anochecer, al oscurecer, ya entrada la noche; 
según la costumbre de dividir su tiempo por las horas de sus ora- 
ciones ó azalaes. 

(2) Nombre que dan los árabes al diablo, 



10 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS, 

lo puede se habia levantado sobre su cabeza, y si en- 
tonces su alma hubiese tenido que pasar el terrible 
puente Sirat (1), se hubiese precipitado en el fuego 
eterno. 

— ¡OhÁlIah, poderoso Allah, murmuró el impío, 
dame el amor de la doncella de los ojos negros , dáme- 
lo y yo sacrificaré doscientos corderos blancos en tu 
mirab de Medina-Yastreb en la fiesta del Ayd-al- 
korban ! 

Y como esperase en vano después de la salida de la 
luna la venida de Fayzuly, blasfemó : 

— No hay Dios, dijo el reprobo revolviéndose sobre 
la yerba; Mahhomed-ben-A' bd-AJIah (2) era un im- 
postor, el Koran la obra de un loco. El hombre está 
solo sobre la tierra abandonado á su destino , como un 
camello sin guia , y más allá del último crepúsculo no 
hay más que sombra. Eblis, Eblis, ¡dame la doncella 
de las trenzas negras y te adoraré ! ¡ dame su amor y 
te levantaré un mirab (3), y te sacrificaré cien ca- 
mellos ! 



(i) Este puente es más delgado que lía cabello, más afilado que 
una navaja. Las almas de los elegidos le pasarán con la velocidad 
del viento • pero los reprobos resbalarán y se precipitarán en el 
fuogo eterno. (Koran.) 

(2) Mahoma. 

(3) Adoratorio. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 



VI. 



En aquel momento Aben-Zohayr cayó aletargado so- 
bre la yerba y vio en lo recóndito de su espíritu un 
sueño sombrío: un mancebo hermoso, como es hermo- 
so un alcázar que ha herido un rayo y á quien la tor- 
menta y el aguacero han manchado y corroído, se le 
presentó llevando á Fayzuly más hermosa que nunca, 
con la túnica desplegada , los labios entreabiertos 
por el deseo y los ojos radiantes y húmedos de amor. 
El corazón de Aben-Zohayr parecía iba á romperse, la 
sangre refluyó á su cabeza , y sus fauces secas y ar- 
dientes arrojaron un gemido. 

— ¿Qué quieres? le dijo el espíritu condenado. 

— Novecientos años de vida , los secretos de la as- 
trología y Fayzuly. 

— ¿Y me darás tu alma? 

— Sí , gritó el desdichado Aben-Zohayr. 

— Pues bien, despierta y bebe agua de la laguna y 
tendrás lo que me has pedido. 



VIL 



Mientras Aben-Zohayr dormia, un genio horroroso se 
habia levantado sobre las aguas del lago ; tenia cabeza 
de basilisco, alas de murciélago, cuerpo de león y cola 
de serpiente ; llevaba en la mano un cráneo de coco- 



12 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

drilo en forma de copa , lleno ele un licor negro y fla- 
meante. El cielo se nubló, mugió el semoun , callaron 
las aves aterradas , y sólo se escuchó el canto de una 
rana, el grito de un buho y el zumbido del ramaje de 
las higueras y de la palmera. El genio vertió tres ve- 
ces en la laguna parte del licor que contenia el cráneo 
hasta acabarlo , y dijo con una voz hueca y horrible, 
como el sonido de una losa al caer sobre una tumba. 

—Perezca todo lo que existe en este valle ; pero vi- 
ve , tú , fuente , y tú , laguna , y tú, rana , y tú , buho 
é higueras y palmera; pero estériles como las lágrimas 
del impío. Vivid para cantar á Allah, el Santo, el 
Grande, el Justo. 

Guando Aben-Zohayr despertó, el genio del exter- 
minio habia desaparecido y la luna brillaba á través 
de un amhiente despejado, pero triste, sin brisas, ni 
perfumes; los árboles se mecían sordamente sin que el 
más ligero céfiro los impulsase, y se oia el murmurar 
de la fuente, el canto de la rana y el grito del buho; 
Áben-Zohayr estaba pálido como un cadáver y sus ojos 
se habían hundido de una manera horrible : su frente 
se abrasaba y su garganta seca hacia producir un so- 
nido ronco á su aliento ; sintió sed y se arrojó á beber 
á la laguna. Entonces sintió que su corazón se ensan- 
chaba, que una luz inmensa iluminaba su espíritu, que 
sus miembros se endurecían y crecía todo su ser ; mis- 
terios impenetrables se abrían ante su inteligencia y 
todo aquel aumento de vida pesaba sobre él más que 



Historia de los siete murciélagos. 13 

pésala tierra de la fosa sobre el cadáver del justo. Su 
vista abarcó la inmensidad ; vio sus hermanos los ára- 
bes del Hedjaz muertos sobre el campo de sangre devo- 
rados por las hienas y los buitres, y en su aduar de- 
lante de su tienda su cadáver cubierto con su arnés 
de guerra, y al lado su lanza y su espada. Aben- 
Zohayr no se estremeció ; quiso hacer la prueba de su 
poder, y se acercó á su caballo que aún permanecía 
yerto^junto á la laguna. 

— Levántate Rhadjih , le dijo. 

El valiente corcel se levantó, dio un relincho de ale- 
gría al conocer á su amo , pero en el mismo momento 
lanzó otro relincho de espanto y de dolor, y quedó in- 
móvil, cual si se hubiera convertido en una roca. Aben- 
Zohayr cogió agua de la laguna en el hueco de la mano 
y la aplicó á las narices del bruto; el sortilegio produ- 
jo un efecto terrible : Rhadjih se encabritó y quiso re- 
sistir á su ginete ; pero Aben-Zohayr saltó sobre él y 
le sujetó. 

Reinaba un silencio profundo : el impío evocó á Fay- 
zuly, y una sombra blanquísima apareció en los aires 
y se posó inmóvil y aterrada junto al caballero maldi- 
to; era Fayzuly; llevaba en vez de túnica un sudario 
y sobre sus negros cabellos una corona de siemprevi- 
vas nacidas en el jardín de Hiram y regadas por ge- 
nios con agua del pozo Zemzem ; Aben-Zohayr quiso 
apoderarse de ella , pero Fayzuly huyó con la veloci- 
dad de una flecha, seguida siempre á corta distancia 



14 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

por Rhadjih que volaba dejando tras de sus cascos uu 
rastro de fuego. Fayzuly, el caballero y el corcel, des- 
aparecieron perdiéndose entre la niebla de la mañana 
en las revueltas de las montañas del Hedjaz. 

Hé ahí por qué en el valle maldito no se oia otro 
ruido que el canto de la rana, el grito del buho, el 
columpiarse de las higueras silvestres, el gemido de 
la palma estéril y del arroyo solitario. He ahí por qué 
no venian á beber las aguas de la laguna la errante 
gacela y el sediento león. 

VJII. 

Vinieron años tras años, y pasaron ochocientos 
ochenta y siete sobre el lugar maldito, sin que hombre, 
fiera ó pájaro , pisase su suelo ni cruzase por su aire. 

Habían llegado los últimos dias de la luna de Safer 
del año novecientos y uno de la Egira (1) : era la hora 
de adohar y el sol brillaba abrasador suspendido en la 
mitad de su carrera; la rana cantaba ronca y desapa- 
cible y de la laguna casi seca se levantaba un denso 
vapor, cuando un peregrino cansado y sediento llegó 
al valle maldito del Hedjaz. 



(i) El orden de los meses que los árabes llaman lunas , es el si- 
guiente : Muliarram, Safer, Rabie primera, Rabie segunda, Giuma- 
da primera , Giumada segunda, Regeb, Xaban, Ramazan, Xawal, 
Dilcada y Dilüagia. Es de advertir que su año empieza donde me- 
dia el nuestro. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. lo 

Era Ahu-Kalek, anciano guerrero de la raza de los 
Álmorabides que se dirigía en peregrinación á la Me- 
ca, cumpliendo la última voluntad del rey de Grana- 
da Mohhamed-Aben-A'bd-Ailah-al-Zaquir-al-Zoghoi- 
bi (1), (Boabdil) muerto en los campos de Bakuba , de- 
fendiendo contra los rebeldes jerifes al emir Muley 
Ahmct-ben-Merini. El anciano Ábu-Kalek habia em- 
prendido su viaje desde el Mogbreb, y al fin ha- 
bia puesto su cansada planta en las vertientes de 
las montañas que rodean á la Santa ciudad del Pro- 
feta (2). 

Pero estaba escrito que el Almorabhid no llegaría al 
mirab de la gran mezquita ; sus dias estaban contados 
y su sepultura abierta en el valle maldito del Hedjaz; 
las huríes le esperaban, y el alma del justo era tan 
pura como el blanco color de su venerable barba. 

¡Qué grande y poderoso es Allah ! En el mismo si- 
tio donde apagó su sed el reprobo Aben-Zohayr, apa- 
gó la suya Abu-Kalek: un impío habia traído la mal- 
dición de Dios sobre el valle, y un justo habia sido 
concebido para purificarlo. Cuando el Almorabhid bebió, 
sintió como el árabe que su vista se dilataba y su co- 
razón ardia; su sangre débil y helada corrió por sus 
venas como fuego ardiente, y volvió á su juventud y 
á su fuerza; su encorvada espalda se irguió, sus ojos 

(i) Mohamed hijo del servidor de Dios, el pequeño y el des- 
dichado. 
(2) Medinah Jastreb. 



]6 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

centellearon y en su boca apareció una profunda ex- 
presión de dolor. 

—¡Oh Señor ! exclamó el viejo prosternándose con- 
tra la tierra , ¿por qué me vuelves mi juventud y dila- 
tas mi vida? ¿He dejado un solo día de elevar á tí mi 
espíritu , ó mis labios han mentido ó mi espada ha 
derramado sangre del débil ó del inocente? ¡Oh se- 
ñor Allah! ¿qué quieres de tu siervo Abu-Kalek? 

Pero nada contestó á la plegaria del almorabid : la 
rana siguió cantando y el sol tendiendo sus rayos in- 
flamados sobre la tierra. Abu-Kalek quiso continuar 
su camino , pero fué en vano ; por donde quiera que 
se dirigía encontraba una roca tajada, un abismo ó un 
torrente; las huellas se borraban tras de sus pies. 

-—¡ Oh desdichado rey, exclamó el creyente, los es- 
píritus invisibles me cierran el camino : yo moriré 
aquí como tú moriste en Bakuba ! ¡Hágase la voluntad 
de Allah! 

Abu-Kalek sintió hambre, pidió dátiles á la palme- 
ra, fruto á las higueras, peces á la laguna; pero la 
palmera y las higueras y la laguna eran estériles ; en 
aquel momento una golondrina se cernió sobre el va- . 
lie; Abu-Kalek, tomó una saeta de su aljaba y tendió 
el arco que le servia de apoyo en su marcha ; la saeta 
hendió silbando los aires y cayó trayendo consigo á la 
avecilla, que se agitó en sus últimas convulsiones en- 
tre las manos del morabhita. 

Sobre el pecho azul de la golondrina pendía una pe- 



(ú^éA - 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 1 / 

quena llave formada de una esmeralda , sujeta al cue- 
llo del pájaro por un collar de rubíes ; el creyente 
tomó la llave y la golondrina espiró, diciendo en un 
débil gemido : 

— ¡ Busca ! 

Abu-Kalek miró la llave y vio sobre ella escrito en 
pequeñísimos caracteres cúficos el mote : «\La galib 
Ule Allah l » ( ¡ Solo Dios es vencedor ! ) 

— ¡ Busca ! murmuró el viento agitándose entre los 
árboles. 

Abu-Kalek se dirigió al pié de la seca palmera. 

— ¡ Busca ! murmuró roncamente la rana en la la- 
guna. 

El morabhita llegó hasta su orilla. 

— ¡ Busca ! graznó el buho desde el fondo de la gruta. 
Abu-Kalek se precipitó á través de las zarzas que 

cubrían la profunda grieta y buscó; el buho entre tanto 
batia las pardas alas graznando siempre : 

— ¡Busca! ¡busca! ¡busca! 

En la parte más profunda y oscura de la gruta, en un 
lóbrego agujero, anidaba el buho, que huyó lanzándo- 
se al valle al acercarse á su nido el morabhita Abu- 
Kalek. 



IX. 



Era la hora de alajá : la noche levantaba su oscura 
faz al Occidente ; en el opuesto confín el sol se hundía 



48 HISTORIA DE LOS . SlETE MURCIÉLAGOS. 

tras azules montañas, entre celajes de fuego : el luce- 
ro de la tarde le seguía saludando con trémulos res- 
plandores á la blanca lumbrera de la noche, y se iban 
extinguiendo lentamente los innumerables rumores que 
acompañan al dia. 

El creyente oró y su espíritu subió hasta el Señor : 
un clarísimo resplandor iluminó la gruta, y perfumes 
suavísimos inundaron el ambiente ; aquel resplandor 
emanaba del agujero habitado por el buho, y en el fon- 
do de él se veia una placa de oro, en la cual al rededor 
de una cerradura se leia en caracteres azules : «¡Allali 
Akbar l » ( ¡ Dios es grande ! ) 

Ábu-Kalek introdujo la llave de esmeralda en la cer- 
radura de oro ; la roca se rasgó dejando descubierta la 
entrada de una escalera de pórfido , con paredes de 
cristal y techumbres de ágata en forma de estalac- 
titas. 

Un genio horrible defendía la entrada ; tenia cabeza 
de basilisco, alas de murciélago, cuerpo de león y cola 
de serpiente ; el genio exterminador puesto por Állah 
á las puertas del Edem ; era la última prueba del mo- 
rabhita Ábu-Kalek. 

Rayos lanzaban sus ojos ; sus alas batían las paredes 
produciendo un chasquido aterrador ; su cola azotaba 
el pórfido y sus garras se tendían ensangrentadas y 
amenazantes hacia Ábu-Kalek que se precipitó sobre el 
genio gritando : « ¡ Állah Akbar ! » 

El genio desapareció rodando hasta el abismo y el 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. id 

morabhita se encontró en un alcázar como no lo han vis- 
to ojos humanos. Las puertas eran de diamante, el pa- 
vimento de rubíes, las paredes de perlas y los techos 
de sándalo; por los arcos afiligranados se despeñaban 
cascadas de aguas olorosas que iban á regar rosas siem- 
pre purpúreas y tulipanes inmarchitos; sobre todo esto 
un cielo azul como el zafiro, resplandecía con la luz de 
los ojos de Dios. 

Cantaban las perís y danzaban las hadas en torno de 
una cuna de aloe sostenida por genios, donde sonreía 
un bellísimo infante velado por paños de púrpura : jun- 
to á él lijaba su mirada inefable de madre, una mujer 
hermosísima ; su larga cabellera negra lanzaba reflejos 
azulados junto á las perlas que la entrelazaban , y ro- 
deando un rostro de mejillas morenas, caía en bucles 
ondulantes sobre sus desnudos hombros velando un se- 
no purísimo; su túnica azul era de seda superior á la 
de Persia ; su breve talle estaba contenido en el cín- 
gulo misterioso de Salomón; sus pequeños y desnudos 
pies se hundían en una alfombra cubierta de signos 
cabalísticos , y entre sus brazos reposaba un hombre 
que absorbia en sus ojos la intensa mirada de amor de 
los negros y radiantes ojos de la hermosa. 

Esta era Rhadhyah, la más pura de las huríes , la 
reina de las prometidas á los creyentes por el Señor. 

El hombre que reposaba entre los brazos de Rha- 
dhyah era un hermoso mancebo ; cenia su frente una 
toca blanquísima , prendida por una garzota de piedras 



20 HISTOÍUA DE LOS SIETE MUKCÍÉLAGOS. 

preciosas, y entre la cual aparecía una corona de rey; 
vestía una pesada loriga de combate y sobre ella se ple- 
gaba un caftán más blanco que la luz de la alborada; 
pero aquel caftán estaba manchado de sangre, y bajo 
él se veia una corva cimitarra damasquina roja hasta 
la empuñadura. 

Aquel hombre era Mohhamed-Ben-Á'bd-Allah-aí 
Zaquir-al-Zoghoibí (Boabdil), último rey moro de 
Granada. 

Su semblante hermoso y tranquilo estaba pálido co- 
mo el de un cadáver; una ancha herida partía su fren- 
te y sus ojos absorbian con una expresión melancólica 
la mirada de amor de Madhyah, junto á la cual repo- 
saba sobre la alfombra. 

Ábu-Kalek se prosternó y unió su rostro al pavi- 
mento. 

— ¡Oh invencible Allah , exclamó , qué grandes é 
incomprensibles son tus decretos! ¿Es este aquel des- 
dichado rey rebelado contra su padre, combatido por 
su pueblo y arrojado por los nazarenos de su trono? 
¿Es este aquel real mancebo á quien yo vi morir y por 
cuya alma oro cuando el sol aparece y cuando la luna 
se levanta con la noche? 

Boabdil se desprendió de los brazos de la hurí ; sus 
labios descoloridos se contrajeron en una tristísima 
sonrisa, y su mirada diáfana se posó con una expresión 
de amor en Abu-Kalek. 

— Levántate, musíin, exclamó, mi viejo amigo, Bra- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 21 

zo de Dios, el más valiente de los guerreros de mi tri- 
bu, levántate y escucha. 

Abu-Kalek se levantó, 

— Hubo un tiempo, prosiguió Boabdil, en que mo- 
rábamos en un gran pueblo ; nuestro nombre llenaba 
la tierra y nuestros guerreros eran el terror de los in- 
fieles; la espada del muslim estaba siempre roja, y 
nuestras fronteras eran el cementerio de los nazarenos. 
Pero estaba escrito que el creyente seria desterrado; 
los alcaides de la tierra perdieron una á una las fuer- 
zas y las villas del reino, y los infieles llegaron hasta 
nuestros muros. Mis guerreros se dividieron : mi tio 
asesinó á mi padre, y la maldición de Dios cayó sobre 
Granada. Dia terrible fué aquel en que vimos la 
cruz clavada sobre nuestro alcázar, en que , desterra- 
dos, salimos por la parte del Genil con las lágrimas en 
los ojos y los pies descalzos. Abandonamos cobarde- 
mente nuestra ciudad y entregamos nuestros hermanos 
á la tiranía y las infamias del vencedor ; nuestro cora- 
zón brotó llanto de sangre á los ojos que vieron por 
última vez la Alhambra desde el alto del PaduL La mi- 
tad de mi alma atravesó el espacio para ir á morar en 
ella envuelta en un suspiro, y la otra mitad quedó des- 
esperada para amargar los últimos dias del rey venci- 
do. Habíamos cometido un crimen , y debíamos expiar- 
lo ; habíamos manchado nuestros nombres como cobar- 
des , y debíamos lavar nuestra infamia muriendo como 
mártires ; mi lanza enmohecida con el abandono en 



22 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

Granada, se enrojeció en África; olvidé mis retretes de 
oro y habité la tienda de cuero del guerrero ; ansian- 
do la muerte lidié , me revolví entre millares de ene- 
migos, y la muerte fué conmigo. ¡ Allah tuvo compa- 
sión de mí ! ¡ Allah aceptó la expiación de sangre que 
le ofrecía y me envió su paz con mi amor! ¡Me envió á 
Rhadhyah, la querida de mi alma, la madre de mi hijo! 

Boabdil se detuvo y miró sonriendo en un éxtasis de 
inefable felicidad á la hurí y al niño que dormía. 

—Estaba escrito, dijo Rahdhyah, con una voz más 
armoniosa que el murmurio de las auras al pasar entre 
las flores ; cuatro veces el sicómoro ha entregado ai 
viento sus marchitas hojas desde el dia en que impeli- 
da por los espíritus invisibles llegué hasta mi amado: 
«Ye Rhadhyah, me dijeron, busca á tu prometido ; el 
que todo lo puede ha puesto su mano sobre tu nombre 
en el libro de diamante del Destino y te permite ser 
madre (1 ). Ve, el creyente te espera.» Llegué y des- 
perté á mi adorado que dormía: tres veces la golondri- 
na ha visitado las tierras de Occidente desde que alien- 
ta el hijo del rey y de la hurí; y dos veces aún el sol 
ha recorrido su círculo de fuego desde que el ajfanje 
enemigo abrió al alma de mi alma las puertas del 
Edem. El seno de la hurí ha alimentado al hijo de mi 

(i) Según el Koran Suras 28, SS y 56, las huríes son beldades peregri- 
nas que jamás envejecerán, ni se marchitarán, no concebirán ni 
estarán sujetas á las miserias de la mujer. Este ser tan perfecto co]-. 
mará de delicias á los creyentes en el Paraíso, 






HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 23 

amado, pero está escrito que peregrine sobre la tierra, 
y su destino se cumplirá. 

—¡Oh luz del cielo! repuso Ábu-Kalek, deslumhra- 
do por el resplandor que emanaba del semblante de 
Rhadhyah ; manda , tu siervo está ante tí. 

— Serás el maestro de mi hijo , exclamó Boabdil , y 
harás de él un príncipe perfecto, sabio, generoso y va- 
liente; le tendrás contigo hasta que cumpla doce anos, 
después le abandonarás á su destino. Así está escrito. 
Si el príncipe cumple con los deberes de un buen mus- 
lim , la mano de Dios le protegerá y volverá trascur- 
ridos cinco anos. Entonces le entregarás mi arnés, mi 
caballo de batalla, mi jacerina, mi alfanje y mi bro- 
quel ; le harás cabalgar y volverás el caballo al Occi- 
dente; entonces darás una palmada en el cuello del 
bruto, y habrás terminado tu misión. 

Boabdil extendió el brazo derecho hacia los genios, 
y dos de estos trajeron junto á él un caballo negro, en- 
cubertado con arreos de batalla ; entre tanto se operaba 
en el rey una transformación extraña; las manchas 
sangrientas de su caftán desaparecieron; la cicatriz 
que partía su frente se borró hasta quedar reducida á 
una sutilísima línea sonrosada , y sus ojos radiaron 
llenos de vida y de alegría; despojóse de la toca y de 
la corona que puso sobre el caparazón del caballo, y 
después su caftán , su loriga y su alfanje. Rhadhyah 
se despojó del cíngulo, y al ponerlo sobre la espalda 
del bruto, dijo á Abu-Kalek: 



24 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

—Cuando corran catorce años, lo entregarás á mi 
hijo, i Allah sea con él! 

Entonces los genios y las hadas se agruparon sobre 
]a alfombra : una neblina imperceptible se levantó en 
torno de ella, y lo envolvió todo ; el alcázar mágico 
fué desapareciendo lentamente, y la niebla se condensó 
hasta envolver al morabhita en las más densas tinie- 
blas ; un caos pasó por su pensamiento ; sintióse desfa- 
llecer , hizo un esfuerzo, y abrió los ojos en los que re- 
flejó una claridad blanca y suave : estaba á la entrada 
de la gruta delHedjaz, y la alborada pasaba volando 
sobre el valle. 



XI. 



Pero este se habia trasformado; la palmera se incli- 
naba bajo el peso de los dátiles , la fuente brotaba de 
su pié , y la laguna estaba henchida de peces. Allah 
habia retirado de él su maldición. 

Abu-Kalek creyó que habia sido un sueño cuanto 
habia visto en el alcázar encantado ; hizo la ablución 
en la fuente , oró, cogió algunos dátiles , y se sentó á 
comerlos al pié de la palmera ; á poco se le presentó 
un viejo acompañado de algunos árabes. 

— ¿Eres tú el morabita Abu-Kalek el de Granada? 
le preguntaron. 

—Sí, ¿qué queréis de mí? contestó el morabhita 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 2o 

mirando á aquellos que le parecieron hombres y no 
eran olra cosa que genios. 

— Sabemos , dijo el que le habia preguntado , que 
necesitas un alcázar. 

Abu-Kalek miró estupefacto al genio y dejó de co- 
mer los dátiles. 

— Sí, un alcázar y un mirab, para que more ahora y 
hable á Dios cuando conozca la ley , el príncipe que te 
han entregado. 

Un débil vaguido salió de la gruta, donde al escu- 
charlo entró presuroso el morabhila. 

Su asombro fué inexplicable al ver sobre el césped, 
y en su cunita de aloe, el mismo niño que habia creí- 
do ver en sueños, sonriéndoie y tendiendo hacia él sus 
bracitos. 

En el fondo de la gruta, inmóvil , con el cuello er- 
guido y la mirada centelleante, el corcel de batalla de 
Boabdil , mostraba sobre su espalda el cíngulo de 
Rhadhyah , la corona , el caftán y las armas del rey. 

— i No era sueño ! exclamó Abu-Kalek en el colmo 
de la admiración. 

— Eüge el sitio donde hemos de edificar el alcázar, 
exclamaron los genios que se habían agrupado á su 
alrededor. 

Abu-Kalek se entristeció. 

— No poseo más que mi alquicel, mi arco, dijo, y 
no tengo con qué pagar vuestro trabajo. 

—Pagados estamos , repuso un genio , y tanto , que 



26 HISTORIA. DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

una vez concluido el palacio, pondremos en él un te- 
soro, ricos divanes, alfombras de Persia y hermosos 
esclavos. 

— Sea así, puesto que Allah lo quiere, dijo Abu- 
Kalek, saliendo de la gruta. 

Atravesó el valle y subió á la montaña más cercana; 
volaban allí auras fresquísimas; despeñábanse claros 
arroyos , y desde la cima la vista se deleitaba contem- 
plando los verdes campos , los montes rojizos , los ho- 
rizontes azules de una tierra alumbrada por un sol 
brillante , girando en un espacio diáfano sin nubes ni 
neblinas; desde allí se veian, perdidas en la profunda 
garganta , la altísima palmera, la tersa laguna y la os- 
cura gruta del valle. 

—Aquí, dijo Abu-Kalek, clavando su arco en lo 
más alto de la cima. 

XII. 

Los campos, las montañas y los horizontes desapa- 
recieron instantáneamente , y sólo quedó ante Abu- 
Kalek, un patio magnífico, cuyas galerías estaban 
sostenidas por arcos calados y delgadas columnas de 
alabastro; en el sitio donde habla fijado su arco , habia 
aparecido una fuente maravillosa sostenida por doce 
leones de piedra. 

Entre los arcos vagaban esclavos etíopes de negro 
rostro y miradas feroces, cubiertos de fuertes armaduras 



niSTORlA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 27 

y con largas picas en las manos; á las puertas de los 
retretes, blancos y hermosos mancebos asiáticos, os- 
tentaban sus galas de púrpura y brocado ; cantaban 
pintados pájaros en doradas jaulas de filigrana colgadas 
de las cúpulas, y el ambiente estaba embalsamado por 
el blanco humo de los perfumes que se quemaban en 
braserillos de oro; y los feroces guardas y los bellos 
esclavos, tenían fija en el Almorabhidsu mirada, como 
el perro inmóvil que espera una seña de su amo para 
correr al sitio que le señale. 

— ¡ El patio de los Leones ! gritó Abu-Kalek , cre- 
yéndose aún entregado á un hermoso ensueño ; ¡ la 
sala de las Dos Hermanas! ¡ El retrete de Lindaraja! 
¡La Aihambra! 

Y el anciano Almorabhid corría delirante por aque- 
llos admirables retretes, reconociendo cada uno de 
sus recónditos sitios, gozando con cada uno de los la- 
brados alhamís que encontraba por do quiera. Y vio 
aposentos embaldosados de mármoles más blancos y 
tersos que el marfil, con paredes adornadas de exqui- 
sita y menuda labor, con cúpulas doradas y matiza- 
das de estrellas, como el cielo de una noche tran- 
quila. 

— ;La Aihambra ! gritó entregado al frenesí de su 
alegría; ¡la Aihambra, no como ahora profanada por 
la planta del ambicioso y pérfido nazareno, sino la Ai- 
hambra como en tiempos de mis padres , fresca y so- 
nora con el murmurio de sus fuentes y el canto de 



28 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉ LAGOS. 

sus aves! ¡La Álhambra de Boabdil y de Muza-aben- 
Abil-Gazan! j El alcázar de las zambras, el libro de 
oro donde eslá escrita en caracteres de nácar la pala- 
bra de Dios ! ¡ La Álhambra ! ¡ La Álhambra ! ¡La Ál- 
hambra! 

Y lloraba como una mujer , y corria como un niño, y 
reía como un loco. 

XIII. 

Entretanto habia llegado á una sala más extensa que 
las otras; el pavimento era de riquísimo mosaico ; los 
muros abiertos por aihamís con ajimeces en el fondo, 
eran altísimos y adornados de labor persa y capricho- 
sos trasparentes por los cuales penetraba una tenue 
luz; la puerta arqueada con más gracia que las cejas 
de una hurí , dejaba ver un ancho patio y en él un di- 
latado estanque de mármol donde flotaban blancos cis- 
nes y nadaban peces brillantes como el oro, rojos como 
la púrpura , y blancos como el velo de una virgen es- 
clava. 

— No, no es la Álhambra de mis padres, exclamó 
Ábu-Kalek mirando al campo desde uno de los ajime- 
ces ; si fuera ella, veria desde aquí el barrio de las 
gentes deBaeza (1), y el alegre Generalife dominando 
los cármenes de Áynadamar, y el Darro arrastrando 

(O El Albaicin. 



HIStOnrA DE LOS SIETK MURCIÉLAGOS. 29 

entre ellos sus arenas de oro, Granada apoyando sus 
muros en la vega, y más allá Sierra Elvira y los mon- 
tes de Loja por junto á los cuales se desliza el Genil. 
¡No! ¡Esta es la Alhambra de los genios! ¡La Álhambra 
delHadjaz! ¡Qué poderoso eres Allah, que con una 
mirada de tus ojos puedes reproducir la más hermosa 
de tus maravillas! 

El morabhita se alejó suspirando del ajimez, atrave- 
só retretes y galerías , y salió del alcázar ; dirigióse á 
la gruta, tomó entre sus brazos la cunita que contenia 
al infante, y desandando el mismo camino , la depositó 
en el retrete de los ajimeces ; el caballo de batalla de 
Boabdil le había seguido, y se detuvo quedando otra 
vez inmóvil como una estatua junto al estanque donde 
flotaban los cisnes y nadaban los peces de colores. 

— Aquí morarás, Áben-al-3Jaleclí (Hijo del rey), ex- 
clamó el anciano dirigiéndose al niño; el morabhita en 
la gruta del valle; pero subirá cada vez que el sol apa- 
rezca, para enseñarte la palabra de Dios y hacerte 
buen muslim y buen caballero. 

Y así sucedió: los genios guardaban el alcázar, y 
servían al príncipe Aben-al-Malek , como jamás ha si- 
do servido príncipe alguno ; ofrecíanle los más exqui- 
sitos manjares, los perfumes más suaves, los lechos 
más frescos y regalados , donde velaban su sueño ha- 
lagándole con sus alas invisibles: Abu-Kalek pasaba 
todo el dia á su lado , desarrollando en él las dotes que 
debe poseer todo buen muslim? temor de Dios, gene- 



30 HISTORIA. DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

rosidad y valentía. Cuando el príncipe llegó á la edad 
de doce años, descifraba como un faquí los misterios 
del libro de Dios; cabalgaba sobre caballos salvajes; 
esgrimía la lanza como un Álmorabid ; manejaba el al- 
fanje como un Abencerraje ; cogia una sortija á la car- 
rera como un Zenete, y ponia una saeta á larga dis- 
tancia en el blanco como un Scita ; componía elegan- 
tes versos , tañía maravillosamente todo género de ins- 
trumentos y cantaba á la perfección : era hermoso co- 
mo Rhadhyah y valiente y fiero como Boabdil. 

Abu-Kalek , que observaba la vida más austera en 
la gruta , durmiendo sobre la yerba y comiendo los 
peces que pescaba con gran paciencia en la laguna , se 
contristó al ver que había llegado la época de separarse 
de Áben-al-Malek , á quien amaba con toda la ternura 
de un padre : á pesar de esto , el diaque señaló nueve 
años después del en que el príncipe fué confiado á su 
fidelidad, fué á una oscura estancia del alcázar, donde 
se guardaba en dos jarrones de porcelana un innume- 
rable tesoro , le cargó sobre dos camellos , montó en 
un asno y llevando á su lado á Áben-al-Malek, ginete 
en un poderoso caballo , abandonó el alcázar y se di- 
rigió lentamente á la Meca. 

XIII. 

Un mes duró el viaje; al fin de él, una tarde, al 
trasmontar el sol los horizontes, divisaron los altos 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 3Í 

miuaretes y las cúpulas de la mezquita de la Santa Ciu- 
dad: entraron en ella, y después de haber hecho su 
ablución en el pozo Zerazem, oraron en el rairab. Des- 
pués, en la puerta de la mezquita, dijo Abu-Kaiek al 
príncipe , con las lágrimas en los ojos : 

— Aben-al-Malek , vamos á separarnos ; está escrito 
que peregrinarás sobre la tierra y pondrás á prueba tu 
corazón. Te dejo un inmenso tesoro y una lanza: no 
olvides nunca que el mejor objeto en que puedes in- 
vertir el primero , es en aliviar la miseria de tus her- 
manos, y la segunda en proteger al débil y combatir 
los infieles enemigos de Állah ; huye de la indolencia 
y de la impureza , como de vicios fatales ; y sé siempre 
generoso, valiente y fiel. 

Abrazó al príncipe tras estos consejos , y montando 
en su asno, volvió triste y afligido á la gruta del 
Hedjaz. 

XIV. 

Cinco veces el viento del invierno habia arrebatado 
sus hojas á las higueras del valle, y cinco veces las bri- 
sas de la primavera habian murmurado entre el rico pe- 
nacho de la vieja palmera , desde el dia en que Abu- 
Kalek habia abandonado á sí mismo al príncipe. 

Era una de las primeras noches de la luna de Dilha- 
gia ; acababa Abu-Kaíek de hacer su azalá de alajá, 
en que no habia olvidado su oración particular por el 



32 HiSTOíUA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

príncipe 5 cuando sintió ruido entre la maleza y poco 
después se presentó ante él un robusto mancebo: iba 
humildemente vestido; llevaba á la espalda una alja- 
ba, un venablo en la diestra y una cimitarra pendiente 
de su costado. La luna alumbró su semblante y el 
morabhita lanzó un grito de alegría : era el príncipe 
Aben-al-Malek. 

— ¡ Estaba escrito ! gritó el morabhita arrojándose en 
los brazos del joven ; \ bendito sea Alian ! 

El príncipe se sentó sobre la yerba, y contó sus 
aventuras á Ábu-Kalek; estaban reducidas á lo si- 
guiente : habia invertido su tesoro en los hospitales y 
en Jos pobres ; habia viajado y hecho la guerra sania 
en los galeones muslimes sobre ios mares de los naza- 
renos: volvía pobre, pero fuerte , como el brazo de 
Dios; hermoso como un cielo sin nubes, y tranquilo 
como el corazón del justo. 

— Sin embargo , padre mió , añadió Áben-al-Malek 
prosiguiendo su relato; hay un ser que acompaña mis 
sueños, á quien veo despierto, por quien padezco au- 
sente; es una mujer; tiene la tez blanca y los cabellos 
y los ojos negros: es hermosa como la felicidad y pura 
como el fuego; yo la tengo dentro de mi corazón; me 
parece haberla visto alguna vez y no recuerdo dónde: 
ahora mismo la veo: tiende hacia mí sus brazos; me 
llama: ¡ oh padre mió, tú, que eres sabio, justo y bue- 
no, dime dónde está el alma de mi alma ! 

Abu-Kaíek reclinó la cabeza sobre su pecho y oró ; 



ÜÍSTÜRÍÁ DE LOS SIETE MCRCILLACOS. 83 

el Seíior iluminó el espíritu de Ábü-Kalek y le dejó 
leer en el libro del porvenir, que abarca omnipotente 
los tiempos y los espacios. La mirada del almorabid era 
radiante y su voz profética. 

— Príncipe, dijo á Aben-al-Malek , el ser á quien 
amas es una hurí. 

El príncipe se prosternó. 

— Pero esa hurí está sujeta á un espíritu rebelde, y 
duerme encantada hace más de ochocientos años. ¿Tie- 
nes valor para luchar por ella con los espíritus invisi- 
bles ? 

— Mi fortaleza está enAllah, contestó el príncipe. 
— ¿Vacilarás una vez aceptada la empresa? 

— No. 

— Pues bien, levántate y escucha: en las tierras de 
Occidente veo una altísima sierra , cuya cima toca á 
las nubes; al pié de esa sierra hay una ciudad tendida 
sobre tres montes : en el de en medio dominando á la 
ciudad , hay un fuerte castillo , y en el castillo una 
torre misteriosa : no hay guardas en sus almenas, ni 
en sus muros anidan aves , ni pié humano pasa sin 
temblar á su alrededor : en esta torre está encantada 
la querida de tu corazón; para llegar hasta ella, ten- 
drás que pasar siete suelos ; en cada uno de aquellos 
suelos hay un murciélago maldito : en cada uno de es- 
tos murciélagos vive encantado un espíritu conde- 
nado. 

Para llegar hasta la amada de tu alma , tendrás que 



34 historia de los siete murciélagos. 

vencer siete terribles encantos; si los resistes con va- 
lor , alcanzarás la posesión de la hurí blanca de los ojos 
negros ; si vacilas un solo momento, ella y tú queda- 
reis sepultados en el fondo de la terrible torre en una 
noche sin fin. 

—Acepto, dijo el joven; Dios es grande y luchará 
conmigo. 

Entonces Abu-Kalek asió al joven , y le llevó al pa- 
tio del estanque del alcázar ; inmóvil como una estatua 
de mármol , erguido el cuello , las orejas enhiestas y 
los ojos centellantes , el caballo de batalla de Boabdil 
estaba en el centro de una galería : Abu-Kalek se acer- 
có á él, y tomó de sobre su espalda la loriga, el caf- 
tán, la toca y la corona del rey. 

— Viste este traje, dijo el anciano á Aben-al-Ma- 
lek, es el traje de guerra de un valiente. 

El joven se ciñó el traje en silencio. 

— Ajusta tu cintura con este cíngulo; es el cíngulo 
de tu madre. 

El príncipe besó con ternura el talismán y se le 
ciñó. 

— Ahora toma este alfanje , esta jacerina y este bro- 
quel, y á caballo. 

Aben-al-Malek cabalgó de un salto en el generoso 
bruto, que sacudió sus crines en un movimiento de 
alegría, y empezó á piafar impaciente. 

El morabhita le asió de la rienda, y le sacó del alcá- 
zar ; era la hora de azzohbi , la aurora tendía su blan- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 35 

ca luz sobre los horizontes orientales , mientras al Oc- 
cidente algunas estrellas tardías , acompañaban las úl- 
timas sombras de la noche : Ábu-Kalek volvió el ca- 
ballo al Occidente y miró por última vez al príncipe. 
Estaba hermosísimo ; la profunda mirada de sus gran- 
des ojos azules abarcaba la inmensidad, como si viese 
en ella un objeto fijo en su pensamiento. Firme sobre 
la silla ; la adarga embrazada y la pica enhiesta , con 
la boca entreabierta en una ligera expresión de bra- 
vura, hubiera creído cualquiera aquel grupo com- 
puesto de un caballero y un anciano, el genio de la 
guerra dominado por la prudencia. 

Dos lágrimas rodaron por las secas mejillas del mo- 
rabhita. 

— i Señor, dijo levantando su mano sobre el cuello 
del corcel , he cumplido mi misión ! ¡ cúmplase su des- 
tino ! 

La mano descarnada del viejo cayó sobre el cuello 
del bruto, que se estremeció de alegría, lanzó un re- 
lincho salvaje, se lanzó desde la montaña en el espa- 
cio, devoró los campos, pasó como una tempestad los 
montes, llegó á remotas playas, salvó las ondas y ar- 
ribó á otras orillas ; ave, bruto y pez , condujo al prín- 
cipe al pié de la torre misteriosa , que guardaba en- 
cantada á la querida de su corazón. 



36 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS, 



XV. 



En cuanto el niorabhita , ima vez terminada su pere- 
grinación sobre la tierra , los genios le sepultaron en 
el alcázar maravilloso, que sirvió de morada en su 
infancia al príncipe Aben-al-Malek. Algunas mañanas, 
cuando el sol empieza á romper las neblinas , creen 
ver las caravanas que atraviesan el Hedjaz , las fuer- 
tes torres de un altísimo castillo: es la Alhambra de 
los genios; la Alhambra del Hedjaz; la sepultura del 
almorabid Aba-Kalek. 



3 u- 



II 



Slohauíet Abent-Al-Hhaiiiar. 



L 



En las regiones de Occidente hay una tierra fértil, 
rica de fuentes y de verdor ; ancha alfombra es de 
flores , entre las cuales se deslizan las claras ondas del 
Darro y del Genil , murmurando tristemente , cual si 
les apenara el alejarse de aquellas márgenes orladas 
de lirios y violetas. 

Sabrosas son las frutas de aquella tierra, y doradas 
mieses crecen en torno de copudos olivos , á quienes 
agobia el peso de su negro fruto. 

En sus montañas se eleva el cedro del Líbano y en 
sus llanuras cimbrea la palmera de África. 

El fúnebre ciprés descuella sobre el mirto, y el tuli- 



38 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

pan de Oriente brota á la sombra del espino del de- 
sierto. 

Rodeada está aquella tierra de montañas , como un 
huerto de su vallado, y reina entre todas se eleva una 
sierra siempre cubierta de nieve, y cuya altísima 
frente domina á las nubes , cuando vuelan en torno 
de ella impelidas por el viento de la tormenta , ó á las 
brumas trasparentes de la mañana, cuando, prece- 
diendo al dia , inunda los horizontes la diáfana luz de 
la alborada. 

Tierra de bendición es aquella: allí ostenta su luz 
más pura el sol, y la luna parece una lámpara de nácar 
suspendida de una bóveda de zafiros, donde brillan 
trémulos los luceros. 



II. 



Tendida en la vertiente déla sierra hay una ciudad, 
semejante á un canastillo de verdura, descollando por 
cima de fuertes y torreados muros ; señora de una 
vega salpicada de aldeas, es dominada á la par por 
un castillo. 

Aquella ciudad es Granada ; aquel castillo la Ál- 
hambra. 

La ciudad, fundada por gentes desconocidas, habia 
visto pasar razas bárbaras; habia sido su morada du- 
rante su poder y habia caído sucesivamente bajo la 
dominación de otras razas. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 39 

Pero Iaskabiias del Yemen y del Hedjaz y los pas- 
tores de las montañas de Omán ; cuantos calienta el 
sol desde el Eufrates hasta el estrecho de Bab-el-Man- 
ded, y desde el golfo Pérsico hasta el mar Rojo, ven- 
cedores en Grecia y conquistadores en Persia ; llevan- 
do adelante sus huestes, inundaron el Moghreb, y de- 
tenidos por el mar fijaron la vista en las playas espa- 
ñolas. Los que habían atravesado el desierto salvaron 
en sus galeones el estrecho, que desde entonces se 
nombra de Geb-al-Taric {Monte de Taric), y domina- 
ron la España. Los hombres de Oriente se extendieron 
sobre su tierra , y atraídos por el buen clima y la 
fertilidad de Granada, hicieron de ella una populosa 
ciudad , y levantaron una alcazaba sobre la colina en 
que se asentaba la Villa de los judíos. 

Pasaron muchos años: la dominación de los califas 
de Damasco cesó en España al lucir la estrella de los 
califas de Córdoba: vencida á su vez la dinastía Om- 
niada ; arrojados los árabes del suelo que habían con- 
quistado , por los moros Almorabldes ; desterrados es- 
tos últimos por los Almohades ; llegó en fin la fatal 
luna de Jaban del año 646 de la Egira ( 1} , en que se 
rindió Sevilla á las armas nazarenas, siguiendo el des- 
tino de Córdoba y Jaén. Estas conquistas arrojaron á 
Granada centenares de familias musulmanas , que se 
refugiaron en el Albaicin , barrio fundado por los des- 
terrados de Baeza. 

(i) 1248 de J. C 



40 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

Tantas tribus reunidas necesitaban un rey justo y 
fuerte que las gobernase , y Allah eligió á Mohamet 
natural y señor deArjona, Aben Mohhanmed-ben- 
A'bd-Allah-ben-Juzef-ben-Nazar-al-Hhamar el Ven- 
cedor y el Magnífico (1). 



III. 



Era este mancebo y gentil á maravilla ; tenia los 
ojos negros y radiantes , la tez blanca y la barba ber- 
meja , por lo que le llamaban Al-Hhamar (el Rojo); su 
corazón estaba sin mancha , 5 su prudencia sólo podia 
compararse á su valor ; diestro y afortunado caudillo, 
como Aben-Aby-A'mer-Almanzor (2), le precedía en 
el combate el terror, la muerte moraba en el filo de su 
espada , y en pos de él volaba la victoria. 

Nieto de reyes, ciñó á su frente las coronas de Jaén, 
Guadix, Arjona y Baza , y cuando su enemigo el des- 
graciado Aben-Hud, murió por la traición del alevoso 
alcaide de Almena Abderraman; proclamado por los 
parciales de este, señor de la tierra; el walí de Jaén, 
Aben-Chalid, ganó por su parte á los granadinos, y al 
fin en la luna de Ramazan del año 635 de la Egira, Al- 
Hhamar ciñó sobre las coronas que poseía, la de Gra- 
to Molihamed , hijo de Jusef , hijo del Defensor, el Rojo, el Ven- 
cedor y el Magnifico. 
(2) El Invencible. 



'ÁJO/tú 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 41 

nada arrancada por el crimen de otro de las sienes de 
Aben-Hud. 

Engrandecido por las bondades de Allah , Aben-Al- 
Hhamar era el único sosten de los muslimes en Es- 
paña. 

Reformó las leyes en Granada, la hermoseó, y cuan- 
do después de la conquista de Sevilla, volvió armado 
caballero por el noble rey de Castilla Ferdeland (1), 
se dedicó al engrandecimiento de los reinos que le ha- 
bía dejado la espada vencedora del afortunado rey de 
los nazarenos, y después de haber edificado mezquitas, 
fundado hospitales y fortalecido á Granada , construyó 
para su residencia el alcázar de la Alhambra (2). 

Oid porque , según algunos cuentan, se construyó 
aquel palacio, maravilla de las maravillas, el de los 
techos de sándalo y las cúpulas de oro , donde vaga la 
hada de los amores y al que defiende una coraza impe- 
netrable de torres. 



IV. 



Una tarde el rey Al-Hhamar descendía solo y fati- 
gado de la caza por las vertientes del cerro del Sol: 
los lejanos montes estaban iluminados por la roja lum- 
bre que acompaña al ocaso ; las errantes estrellas apa- 
recían lentamente y las alondras volaban á su nido. 

(i) Fernando III el Santo. 

(2) Al-Kars-al-Hhamra, el castillo rojo. 



42 HISTORIA DE LOS SIETE -MURCIÉLAGOS. 

El rey descendió aún hasta la distancia de un tiro 
de saeta , y se sentó al pié de un sauce , en la cumbre 
de una colina. 

Las distantes montañas, la vega y la ciudad se pre- 
sentaron á su vista : un vapor blanco y trasparente se 
levantaba de los campos: un silencio profundo acom- 
pañaba al crepúsculo y derramaba una dulce melanco- 
lía en el alma del rey. 

«Allí está mi pueblo, dijo mirando la ciudad; allí 
mi campo de batalla, añadió señalando las lejanas 
fronteras ; allí mi alcázar , y volvió los ojos á la Casa 
del Gallo, situada enlomas alto del Albaicin; mis 
guerreros son innumerables como las hojas que arras- 
tra el viento del invierno , y los cristianos caen bajo el 
filo de mi espada como las mieses bajo la hoz del sega- 
dor, porque Dios ha fortalecido mi brazo; la fama de 
mi nombre llena los hemisferios y no hay vida tan larga 
que baste á poder contar mis tesoros; para mí son las 
perlas del mar ; los perfumes de Alejandría , el oro de 
la India , y la hermosura de las mujeres de Oriente; 
si tanto me ha dado Ailah, ¿por qué su paz no es con- 
migo y siento en mi alma una tristeza profunda que 
hace mis dias sombríos y mis noches sin sueño? 

En el momento en que el rey se abismaba , no en- 
contrando una explicación al misterio de su tristeza, 
una gacela blanca y gentil , apareció trotando por el 
recuesto de la colina , se detuvo al ver al rey , elevó 
la esbelta cabeza en ademan de la mayor atención , é 



HISTO'.ilA DE LOS SIETE .MURCIÉLAGOS. 43 

instantáneamente se lanzó á la carreii, pasando por 
delante del rey con la velocidad del Borac (1). 

Aunque profundamente distraído Al-Hhamar, se 
apercibió de la huida de la gacela y corrió tras ella; 
la bestiecilla descendió por la parte opuesta á la ciu- 
dad, entró en un barranco y penetró en una cueva; 
tras ella entró el rey que era uno de los cazadores más 
incansables y valientes de su tiempo ; reinaba una os- 
curidad profunda y un silencio pavoroso ; ld se oia 
otra cosa que el seco y rápido ruido de la carrera de 
la gacela y de la potente carrera de Al-Hhamar, y así 
corrieron el hombre tras la bestia , bajando siempre y 
siempre en las tinieblas , sobre un pavimento duro y 
liso como una roca abrillantada. 

Parecía aquel un camino sin fin cubierto por tinie- 
blas eternas , y era necesario poseer un corazón tan 
fírme como el de Al-Hhamar, para no estremecerse de 
terror en aquella resbaladiza pendiente siguiendo siem- 
pre á la gacela fugitiva. 

Un relámpago azulado iluminó por un instante aquel 
oscuro camino; Al-Hhamar vio delante de sí, sobre 
una superficie negra y pendiente , á la gacela que cor- 
ría, y tendió su arco que llevaba armado ; la saeta pro- 
dujo un silbido seco y agudo al atravesar aquel ambien- 
te sin luz, y la gacela lanzó un balido de dolor, de- 

(i) Cuadrúpedo maravilloso, sobre el cual, según créenlos mu- 
sulmanes, condujo el arcángel Gabriel á Mahoma para visitar el 
Edem. 



44 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

jando tras sí un rastro de fuego que iluminó hasta los 
más recónditos senos de la gruta; aquel fuego brotaba 
del costado de la gacela , donde se veia clavada la sae- 
ta del rey. Y sin embargo, corría siempre y su carrera 
era cada vez más veloz , cada vez más radiante el fue- 
go que á manera de sangre, emanaba de su costado. 

Y la pendiente se hacia cada vez más rápida ; el rey 
no corría ; resbalaba sin poder contener su descenso 
sobre el mármol , bruñido como el pavimento de un 
alcázar ; su vista no encontraba muros ni bóvedas ; sólo 
alcanzaba delante de sí á la gacela despeñándose por 
un abismo, y en torno y sobre su cabeza una atmósfera 
de fuego. Y Al-Hhamar no temblaba ; seguía resbalan- 
do con una rapidez espantosa tras la gacela herida de 
muerte. 

— ¡Allah Akbar l gritó el rey armando otra saeta y 
tendiendo su fuerte arco fabricado con tendones de 
león. ¡ Allah akbar ! Si los espíritus invisibles quieren 
poner aprueba mi valor, dispuesto está Al-Hhamar. ¡Oh 
Señor Allah! ¿Será tu siervo tan justo que pueda pa- 
sar el puente Sirat sin precipitarse en el fuego eterno? 

Acababa el rey de dirigir esta pregunta al Señor 
fuerte, al invencible sobre los invencibles, cuando la 
gacela salvó con un inmenso salto del un borde al otro 
de una anchísima sima, en cuyo fondo se despeñaba 
bramando atronador un negro torrente; el rey llegó al 
borde al mismo tiempo que su saeta disparada , cor- 
tando la distancia , heríala cabeza de la gacela, y puso 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 45 

sus pies en ia otra ribera , sin que su corazón se estre- 
meciese , sin que la palidez del terror cubriese el co- 
lor de sus mejillas. 

Cesó la pendiente del camino, y el rey se encontró en 
nn campo iluminado por una luz semejante á la que 
produce la luna llena en una noche sin nubes; el am- 
biente era fresco y perfumado, y en las oscuras ala- 
medas de aquella ,tierra desconocida, gorjeaban mul- 
titud de ruiseñores. 

Y la gacela seguia con más rapidez su carrera á tra- 
vés de aquel campo misterioso, y Ál-Hhamar se es- 
forzaba cada vez más por darla alcance; parecía que 
el semoun le había prestado sus alas y se iba acortan- 
do sensiblemente la distancia que le separaba de la 
bestia corredora. 

Esta trasmontó una colina, bajó á un valle y se pre- 
cipitó á la carrera en una torre gigantesca, en la cual 
penetró Al-Hhamar~tras su presa. 



Y. 



Era la torre triste y solitaria; ni un ajimez seabria 
en sus muros, ni un guarda vagaba en sus almenas; 
entre estas se elevaba una cúpula dorada, y sobre ella 
una veleta de hierro rechinaba al embate de las auras. 

Ni un aduar, ni una aldea se veían á lo lejos de los 
extensos horizontes ; era la torre como una palmera 



40 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGO?, 

solitaria en el desierto ; como una nave abandonada en 
la inmensidad de los mares. 

Tras la pequeña puerta de herradura que habia dado 
paso á la gacela y á Al-Hhamar , se extendia una ga- 
lería con cupulinos matizados de colores y sostenidos 
por delgadas columnas de jaspe ; esta galería daba 
paso á una sala embaldosada de alabastro y terminada 
por la cúpula cuya techumbre se veía en el exterior. 

Aquella cúpula estaba rodeada por hermosos tras- 
parentes, a través de los cuales pasaba una luz tenue 
y pálida, que daba un misterioso prestigio á los versos 
del Koran, escritos en los muros con caracteres de 
oro, sobre fondos azules y rojos. 

En medio de la sala habia un braserillo con fuego, y 
sentado junto á él , sobre almohadones de seda, esta- 
ba un anciano de semblante severo y barba blanquísi- 
ma, envuelto en una larga túnica; tenia junto á sí un 
gran libro y en la diestra una vara mágica. 

La gacela pasó como un relámpago por delante del 
anciano, y desapareció por otra puerta, que se cerró 
con estruendo tras ella ; Al-Hhamar se detuvo no 
atreviéndose á allanar la morada ajena. 

— Alian te guarde, anciano, dijo dirigiéndose al 
hombre de la barba blanca ; Allah te guarde y su paz 
sea contigo. ¿Qué tierra es esta adonde se llega por 
un camino tenebroso como la tumba, á quien defiende 
un abismo, y donde se eleva un alcázar solitario como 
mi alma y triste como mi pensamiento? 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 47 

El anciano se levantó dejando conocer su aventaja- 
da estatura, y su ancho ropaje flotó como agitado por 
un impulso invisible. 

— ¡Creyente! exclamó con una voz vibrante y so- 
nora como la de una trompeta de guerra : tu corazón 
es fuerte y tu pensamiento noble ; tu brazo ha levan- 
tado la espada de Dios sobre la cabeza de los infieles, 
y dias de ventura han sido para la raza de Ismael, 
aquellos que han corrido desde el dia que tus ojos se 
abrieron á la luz ; la misericordia de Allah te ha he- 
cho grande entre los poderosos , y el genio de las mil 
lenguas ha extendido tu nombre sobre la haz de la 
tierra : has sido justiciero con el malvado, consolador 
con el triste y generoso con el vencido. Los pueblos 
acatan tus virtudes, y los hombres se inclinan ante tí: 
y á pesar de tu grandeza, ¿por qué pides su paz á 
Allah , y encuentras en tu alma una tristeza profunda 
que hace tus días sombríos y tus noehessin sueño ? 

— ; Poderoso genio ! contestó prosternándose A.1- 
Hhamar, porque el corazón del hombre es insacia- 
ble, y sus ojos están ciegos. Yo he peregrinado sobre 
la tierra pisando siempre un camino de espinas , y no 
me ha abandonado la fe ; he buscado un amigo entre 
esos hombres á quienes he tratado como hermanos , y 
no le he encontrado ; he codiciado una mujer para di- 
latar mi espíritu en su amor , he visto mi alma solita- 
ria y sedienta, en medio de mi harem habitado por las 
mujeres más hermosas del mundo, y en todas he ha- 



48 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

liado la impureza y la falsía. ¡ Dichoso el creyente á 
quien Dios concede una mirada de paz , mientras 
duerme en su tienda de cuero, junto á una mujer alma 
de su alma! 

El hermoso semblante de Al-Hhamar se contristó , y 
de su corazón, seco y árido, brotó una ardiente lá- 
grima. 

— ¡ Al-Hhamar! dijo la pujante voz del viejo , has 
llegado hasta mí , siguiendo á la gacela fugitiva de tu 
esperanza , y has recorrido sin temblar el oscuro ca- 
mino de la muerte ; el puente Sirat no se ha roto bajo 
tu planta , y estás en la última región donde la luz no 
alcanza fin; el alcázar eterno se ha abierto para tí, y 
Allah te permite leer en tu destino. Yo soy el que 
será ; soy el genio del Porvenir. 

—¡Allah akbar! exclamó el rey uniendo su rostro 
al pavimento, ¿ ha llegado el dia en que mi espíritu 
venga á morar entre los seres incorpóreos? 

—Aún no , repuso el viejo ; mas lo que ha de suce- 
der sucederá. 

Entonces tomó el libro y le abrió ; sobre una de sus 
páginas se veia escrito el nombre de Al-Hhamar con 
caracteres de fuego , el genio rompió la hoja de per- 
gamino que le contenia, y la arrojó al braserillo; bien 
pronto se alzó una llama azulada á la que sucedió un 
humo blanco y denso. 

El anciano puso su vara en contacto con el humo 
que se dilató. 



HISTORIA DE LOS SIKTE MURCIÉLAGOS. 49 

—¿Tienes valor para sufrir tu última prueba? pre- 
guntó el anciano al rey. 

— i Dios es fuerte! contestó A.l-Hhamar, sea con él 
mi espíritu. 

— Cúmplase lo que está escrito , dijo el genio. 

Entonces tomó formas y vida la neblina producida 
por el humo , y Al-Hhamar vio levantarse ante él las 
montañas, la vega, y en fin, Granada tendida á lo le- 
jos sobre las distantes colinas ; el sol , cercano al oca- 
so, la iluminaba con sus rayos horizontales, y espe- 
sas nubes se columpiaban en los aires presagiando una 
tormenta. 

Un hombre , cabalgando en un cabal'o negro , cor- 
ría al galope sobre el camino que atraviesa el alto del 
Padul (1) en dirección á la ciudad. Su alquicel flotaba 
al viento, y el sol reflejaba en el bonete de acero, que 
rodeado de un turbante blanco, cenia su cabeza; su 
fisonomía , en que se notaba el paso de sesenta invier- 
nos, tenia una expresión semejante por lo feroz á la 
del lobo y por lo astuta á la de la zorra; aquel hom- 
bre iba sin duda impulsado por un grave motivo, 
puesto que espoleaba al bruto blasfemando , y blan- 
diendo una larga lanza que empuñaba fuertemente en 
su diestra. 

— ¿ Conoces á ese hombre? preguntó el genio á Al- 
Hhamar. 

{i) Conocido ahora con el nombre de El Suspiro del Moro. 



50 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

— EsÁbu-Isbac, el más valiente de mis walis; una 
de las columnas del Islam, y el bravo entre mis guer- 
reros, Mas ¿por qué abandona la alcaidía de mi casti- 
llo de Gomares , mientras los nazarenos recorren la 
frontera , ansiando sorprendernos como el tigre africa- 
no que vaga en derredor de los fuegos de una carava- 
na , cuando despliega sus tiendas de reposo en el de- 
sierto? 

— Mira : dijo el genio extendiendo su vara mágica 
sobre la visión; ante tu vista va á pasar el porvenir; 
tú mismo te verás entre tus gentes , y mi poder te des- 
cubrirá los arcanos más profundos. 

La vista de Al-Hhamar adquirió un alcance mara- 
villoso y vio pasar ante él lo siguiente. 



III. 

El sueño del rey M-fihamat*. 



I. 



Era ya de noche ; las calles estaban envueltas en una 
oscuridad profunda ; los ajimeces cerrados ; los mora- 
dores, excepto los guardas nocturnos, retirados en sus 
casas; Granada parecía un cementerio. 

En medio de aquel silencio, sólo se oia el duro cho- 
que de las pisadas del caballo, que dirigió el walí Abu- 
Yshac por la plaza de Bib-Rambla , el Zacatin y el Al- 
baicin, hasta la plaza de Bib-al-bolut. 

Entonces Abu-Yshac desmontó, ató su caballo á una 
columna de un soportal , y deslizándose cautelosamen- 
te á lo largo de las murallas del castillo Hins-hal-Ro- 
man (1), entró en el barrio del Zenete y se detuvo junto 

(i) Castillo del Romano. 



52 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

á una puerta poco distante de la Casa del Gallo, 
Aquella puerta era la de una hospedería de las fun- 
dadas en el Álbaicin por el rey, para viajeros á quie- 
nes sus negocios ó su deseo traían á morar transito- 
riamente en Granada , y era concurrida por los más 
ricos y nobles creyentes del reino, En ella encontra- 
ban baños limpísimos , blandos lechos y exquisitos 
manjares. 

Ábu-Yshac observó la casa atentamente , y cuando 
se hubo persuadido , por el silencio que dominaba en 
el interior, de que los habitantes de la hospedería es- 
taban retirados en sus aposentos , tocó á la puerta con 
el pomo de su gumía; pasó un momento hasta que se 
dejaron oir unas pisadas cautelosas, y luego dieron 
por dentro sobre la puerta dos golpes casi impercep- 
tibles. El walí repitió cuatro de igual modo, y la puer- 
ta se abrió. 



II. 



Un negro etíope , con una lámpara en la mano, exa- 
minó de alto á bajo á Ábu-Yshac, y tras este recono- 
cimiento le permitió entrar, cerró, y le condujo á un 
aposento en el extremo de la hospedería. 

Junto á un hogar situado en el centro, estaban sen- 
tados dos hombres cubiertos con trajes de guerra; los 
dos eran jóvenes y en sus miradas se veia retratado 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 53 

un disgusto sombrío. Eran los walíes de Málaga y Gua- 
dix, Abu-Abdala y Abul-Hassan. 

— Allah sea con vosotros , amigos mios, dijo Abu- 
Yshac , y perdonadme si os he hecho esperar en una 
cita, que mi alma deseaba por vosotros, que alentáis 
mis cansados años y me recordáis con vuestra mocedad 
mis alegrías. 

— Bien venido sea el sabio y el valiente. ¿Qué po- 
drán contar las golondrinas á sus hermanas de África, 
cuando vuelvan huyendo de las heladas que se acercan? 

— Calamidades, contestó Abu-Yshac. ¿Acaso no 
han visto á los leones humillados y ensalzadas á las 
serpientes ? 

Después de esto calló, y sentándose junto al fuego 
inclinó la cabeza meditabundo. 

— Los Zenetes son zorros miserables, exclamó el 
joven walí Abul-Hassan ; los Zegríes cobardes perros 
que ladran entre los pies del amo que los proteje. ¿Pe- 
ro, por ventura, se han enmohecido nuestras lanzas 
porque Al-Hhamar no ha contado con ellas para acor- 
rer á los de Murcia ? 

— ¿Quién habla aquí de Al-Hhamar? dijo una voz 
sonora desde la puerta. 

Los tres walíes se estremecieron al escuchar aque- 
lla voz , y se levantaron para recibir á un gallardo 
mancebo que adelantó hacia ellos. 

Su traje resplandecía como una cascada herida por 
los rayos del sol , á la luz de la lámpara que alumbra- 



54 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

ba la estancia; un joyel de diamantes prendía su toca 
blanquísima , y su túnica y su caftán estaban salpica- 
dos de perlas ; llevaba unos borceguíes de grana , la- 
brados con oro, y su mano derecha jugaba con un ve- 
nablo, mientras la izquierda acariciaba la empuñadu- 
ra de un corvo y reluciente alfanje , sujeto á su cintu- 
ra en una faja de la India. 

Era de mediana estatura , aunque robusto y gallar- 
do; su semblante, imberbe aún, participaba de la ale- 
gre expresión de candor del niño y de la profunda re- 
serva del anciano ; á pesar de una eterna y burlona 
sonrisa, se adivinaba en su hermoso semblante blanco 
y pálido, de hermosos ojos azules , el paso de profun- 
dos pensamientos que hacian respetable á aquel man- 
cebo de quince años, soberbio ya, y cuyas manos, 
hermosas como las de una mujer, apretaban membru- 
das, ora la espada de los combates, ora la lanza de las 
sortijas. 

Era este niño el príncipe Juzef-ben-Á'bd-allá, hijo 
menor del rey Áben-Al-Hhamar. 

— ¡Ahí ¡sois vosotros! dijo el príncipe dirigiéndose 
á los tres walíes ; ¿qué hacéis aquí? ¿por qué los 
leopardos dejan sus guaridas cuando no los llama el 
león? 

El acento del príncipe al pronunciar estas palabras 
era tan marcado , que los tres walíes se miraron recí- 
procamente antes de contestar. 

— ¡ Conspiráis contra el rey ! exclamó el príncipe 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. o5 

fijando en ellos una mirada tan penetrante como la que 
tiende la serpiente á su presa. 

— ¡ Esperanza de los creyentes! contestó el astuto 
Abu-Yshac : es cierto que hemos dejado sin licencia 
del rey nuestros castillos, y que hemos venido á Gra- 
nada por ocultos senderos ; pero también es cierto, 
que mañana se corren en Bib-Rambla toros y cañas en 
celebridad de la jura y proclamación de tu hermano 
Mohamet , y hemos creido que debíamos aventurar 
algo para alcanzar una fiesta tan magnífica , y por aña- 
dir á la Uhotba pública (1) en la gran mezquita al 
nombre del magnífico rey Al-Hhamar , nuestro dueño, 
el del príncipe Mohamet , su sucesor y partícipe en el 
mando. 

El viejo walí Sorprendió una ligera indicación de im- 
paciencia en el rostro del príncipe, cuyas manos apre- 
taron con más fuerza el venablo y la empuñadura del 
alfanje. 

— Y sin duda, dijo Juzef con sarcasmo , deseosos de 
rendir ese justo homenaje á mi amado hermano, veíais, 
cuando ya ha dejado oir su primer canto el gallo, para 
ser unos de los primeros que pidan por él al Altísimo 
en ia azalá de azzohbi. 

— Dios lee en los corazones, exclamó impetuosa- 
mente el ceñudo walí de Guadix, Abul-Hassan, y sabe 
cuál es la causa que tiene de pié á nuestro amado 

(t) Oración que se hacia en las mezquitas por el rey. 



56 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

príncipe cuando están en la mitad de su curso las es- 
trellas. 

— ¡Por los siete durmientes! exclamó Juzef, eres 
harto malicioso Abul-Hassan. Y por cierto que no debe 
ser muy grato á Allah el motivo que me desvela , ana- 
dió haciendo gala de su impiedad en una larga car- 
cajada. 

El respeto ató la lengua de los tres walíes , que no 
se atrevieron á aventurar una pregunta , por más que 
los inquietase sobre manera el lenguaje misterioso del 
príncipe. 

— ¡Por Salomón! continuó este , ¿creeréis mis va- 
lientes alcaides , y el príncipe dio una intención mar- 
cada á estas palabras , que Juzef-ben-A'bd ala , el hijo 
de Aben-Nazar el vencedor, su querido leoncillo, co- 
mo le llama cuando besa sus mejillas, ha huido como 
un perro vagabundo de los guardas de la ciudad? 

— ¡ Oh poderoso señor I exclamó hablando por pri- 
mera vez el walí de Málaga Abu-Abdalá, y ¿quién se 
ha atrevido á insultar al rea! mancebo esperanza de 
los buenos creyentes ? 

— ¿ Queréis venir conmigo á castigar á esos misera- 
bles? preguntó el príncipe mirando fijamente á los tres 
africanos. 

No habia medio de negarse , á pesar de que una 
inquietud mortal hacia temblar sus corazones. 

—¿Y dónde hemos de ir, luz del cielo? preguntó 
dominándose Abu-Yshac. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 57 

— A la plaza de Bib-al-bolut , contestó el príncipe; 
á la casa del judío Absalon. Quiero que me acompa- 
ñéis , porque he encontrado un caballo en su soportal, 
y me pesaría escapase el dueño que sin duda está 
dentro. 

— ¿Este es un negocio de amor ? dijo Ábu-Abdalá; 
¡ por Mahoma ! si te has enamorado de Betsabé , huye 
de ella como huirias de Satanás, príncipe mió. 

— ¿Y cómo huirias tú de ella, mi prudente walí? 
repuso con punzante ironía Juzef. 

La sangre subió á las mejillas del walí; y su mano 
oculta entre los pliegues del alquicel, buscó entre su 
faja el puñal. 

—El caballo que has visto en su puerta, dijo Ábu- 
Yshac procurando distraer al príncipe, es mió , mag- 
nífico señor, y nada tienes que temer. 

—Valientes caballeros, contestó el joven, junto á 
vosotros desafío los ejércitos de Castilla y de León. 
Yenid , pues ; procuraré distraeros de manera que es- 
téis dispuestos cuando el muecin suba al alminar para 
llamar á los fieles á la azalá de azzohbi. 

Tras esto salió del aposento, y los tres walíes le si- 
guieron mirándose recelosos. 

El príncipe llegó á la puerta exterior. 

— Makssan, dijo en voz baja al negro que habia 
abierto á Abu-Yshac, haz que se armen treinta arque- 
ros de la guardia negra, y que me sigan descalzos sin 
dejarse sentir de los walíes. 



58 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

Estos aparecieron entonces , después de haber con- 
ferenciado á su vez antes de unirse al príncipe , que al 
verlos dio á Makssan algunas órdenes insignificantes en 
voz alta , saliendo después seguido de los walíes , que 
temblaban al ver la imprudencia con que Juzef reia y 
cantaba al pasar junto á los guardas de Hins-al-Ro- 
man. Pero sea que estos descuidasen la vigilancia, sea 
que estuviesen prevenidos, los rondadores llegaron 
salvos á la plaza de Bib-al-bolut. 



III. 



El príncipe se detuvo en el soportal de la casa donde 
Ábu-Yshac habia dejado su caballo, y llamó á una 
ventana baja. Oyéronse tardos pasos en el interior , y 
la puerta se abrió. Un viejo cubierto con una hopa- 
landa negra , de aspecto humilde hasta la bajeza , de 
blanca barba y lacios cabellos canos , sobre los que se 
cenia un gorro amarillo, apareció llevando en la dies- 
tra un haz de gruesas llaves , y en la siniestra una 
lámpara, cuya luz lanzaba trémulos reflejos. 

— ¿Quién eres? preguntó á Juzef. 

— Soy el que será, contestó con intención el prín- 
cipe. 

—¿Y quiénes son esos que te acompañan? insistió 
el viejo posando una mirada recelosa en los tres walíes. 

— Son los que me ayudarán á ser , repuso en voz 
baja el joven. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 59 

— El Señor de Abraham sea contigo y con los tuyos, 
dijo el viejo franqueando la puerta á los tres africanos 
que entraron á una indicación del príncipe. 

El dueño de la casa cerró, conduciendo á sus visi- 
tantes á un reducido aposento, cuya miseria contras- 
taba enérgicamente con la belleza de las casas de Bi- 
bal-bolut. 

Las paredes estaban cubiertas por altos armarios 
forrados de hierro , que habia enmohecido la humedad 
de un pavimento mal cubierto por una rota y manchada 
estera de palma ; negras telas de araña festoneaban el 
techo sustentado por vigas corroídas, y una fuerte 
reja, que correspondía á uu patio oscuro, y ante la 
cual habia una mugrienta mesa, se dejaba ver en la 
parte del aposento desprovista de armarios. 

El mueblaje se reducía á un taburete forrado de 
grasienta baqueta. El príncipe fué á sentarse en él, 
pero le detuvo el dueño de la casa. 

—Espera, le dijo este, el águila no debe manchar 
su regio plumaje en el nido del buho. 

Tras esta observación , el viejo abrió uno de los ar- 
marios, y sacó un rollo de tela que brilló deslumbran- 
te, herida por la opaca luz de la lámpara, y cortó de 
ella un pedazo con el cual cubrió hasta el suelo el vie- 
jo taburete; después tendió delante una piel ; la tela 
era brocado de oro sembrado de rubíes ; la piel de leo- 
pardo, cuya cabeza mostraba aún los ojos inyectados 
de sangre y los afilados v blancos dientes. 



60 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

—Muy espléndido estás, Absalon, observó el prín- 
cipe: este es un trono. 

— O un tajo, contestó sombríamente el judío. 

—Sea lo que quiera ; ¿ pero no tendrás otros tres 
asientos para mis tres valientes compañeros ? 

Los tres walíes se habian detenido en la puerta, 
y á más de estar envueltos en la sombra, se ha- 
bian cubierto la cabeza con los capuces de sus alqui- 
celes. 

—¿Acaso el siervo se sienta al par de su señor? dijo 
el judío contestando á la pregunta del príncipe: el 
perro ha nacido para arrastrarse á los pies de quien 
puede zurrarle con su azote. 

Tres miradas profundas se perdieron en la oscuri- 
dad, y tres manos membrudas buscaron los puñales, 
cubiertas pjr los alquiceles. 

—Pero esos tres hombres no son perros, contestó el 
príncipe ; son tres leones que vienen á buscar garras 
en tu casa. 

— ¿Y vienes á eso , príncipe? preguntó con inquie- 
tud Absalon. 

Una mirada profunda de Juzef Aben-A'-bd-alá, 
contuvo al viejo israelita. 

—En cuanto á garras , dijo , dárselas puedo tales, 
que no encuentren jaco bien templado , ni mallas bas- 
tante fuertes para resistir su embate. 

— ¿Recuerdas lo que te propuse anoche? 

— ¿Puede olvidar el siervo los mandatos de su señor? 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 61 

coatestó el judío doblegándose hasta apoyar la barba 
en su pecho. 

— Ahora bien, mis valientes amigos, añadió el prín- 
cipe levantándose y dirigiéndose á los tres waflíes; tal 
vez necesite mañana de vuestro esfuerzo , y como ha- 
béis venido sin armas, justo es que yo os las procure 
tales como las pudiera desear el más bizarro caudillo. 
Entrad: Absalon dará á cada uno un arnés , una pica, 
una espada y un caballo de batalla. Entrad. 

Los tres walíes entraron en el aposento, siempre cu- 
biertos por los capuces. 

' — Entrad, les dijo el judío abriendo una puerta es- 
condida por un armario, y silhando al mismo tiempo 
de un modo particular. 

Un negro apareció instantáneamente tras la puerta 
recien franqueada , y alumbrando con una antorcha un 
largo pasadizo estrecho y húmedo. 

Los tres africanos entraron ; cada uno dé ellos lle- 
vaba un puñal desnudo. Cuando hubieron adelantado 
algún tanto , Juzef dijo al judío : 

— Cumple tu promesa. 

— ¿Cumplirás la tuya? dijo mirándole intensamente 
Absalon. 

— Sí, contestó el príncipe. 

— ¿Aún cuando hubieras de manchar con sangre el 
trono de tu padre? 

— Sí , por el Dios que salvó en su huida al Profeta. 

— Tú lo has dicho , añadió el judío abriendo otro de 

4 



02 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

los armarios , tras el cual apareció una escalera ; sube, 
al fin guardo el mayor de mis tesoros ; tu vida está 
en mis manos , y ¡ ay si el león insulta al lobo ! 

Dichas estas palabras, Ábsalon se perdió por la bó- 
veda en que habían penetrado los walíes, y el príncipe 
subió de tres en tres peldaños, y con el corazón agita- 
do, la escalera que se abria delante de él. 



II. 



A su fin encontró una puerta ; empujóla y adelantó 
en un retrete , en el cual se hundieron sus pies so- 
bre una alfombra de la India ; una lámpara de alabas- 
tro consumía aceite aromático y reflejaba su melancó- 
lico resplandor en paredes blancas y brillantes como 
el marfil , labradas con oro pulimentado; al frente, cu- 
bierta por un tapiz de púrpura , se abria una comuni- 
cación á otro aposento y á través de ella volaba un sua- 
vísimo perfume. 

— Hé aquí los judíos, observó el príncipe atravesan- 
do el retrete; miseria, pestilencia en el exterior; oro, 
perfumes, en los escondidos aposentos de sus rameras; 
la lepra á las puertas del paraíso. 

Llegó al tapiz y le alzó ; un nuevo aposento , más 
rico que el primero , deslumhró al príncipe acostum- 
brado á la riqueza de los retretes de la Casa del Gallo; 
la alfombra era de oro y seda ; las paredes entapizadas 
de brocado ; el techo de sándalo , incrustado de uácar 



HISTORIA PE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 03 

y ébano ; flores de Asia frescas y olorosas encerradas 
en vasos de ágata ; pájaros atados á hilos de oro acur- 
rucados en las cornisas y entre las flores , mostrando 
sus caprichosos plumajes; pebeteros de inmenso valor 
cargados de perfumes, y lámparas preciosas, en las que 
daba pábulo á una luz, velada por gasas trasparentes, 
purísimo aceite de Siracusa. 

Los pebeteros difundían por la estancia un ambien- 
te fresco y oloroso, y parecían halagar el sueño de una 
mujer que dormía sobre almohadones de púrpura en el 
fondo del aposento. 

El príncipe observó rápidamente sus adornos, y se 
adelantó comprimiendo su corazón, que se agitaba vio- 
lentamente, hasta la hermosa, Porque era muy her- 
mosa la mujer que dormía ó fingía dormir. Descuida- 
da, sonriendo á sus sueños, con la cabellera tendida, 
el seno y los brazos desnudos y deslumbrantes de blan- 
cura, á la luz opaca de las lámparas , dejando ver ba- 
jo su túnica arrollada un pié magnífico y parte de una 
pierna adornada con una ajorca de oro , era la más 
hermosa imagen del ángel de la tentación. 

Aben-Juzef se arrodilló sobre los almohadones , y 
fijó su mirada llena de un amor insensato en aquella 
purísima niña que reia y suspiraba á un tiempo , á im- 
pulsos de su recóndito y dormido pensamiento. La 
vista del príncipe devoraba ansiosa aquellas formas re- 
dondas , aquellos cabellos negrísimos , que lanzaban 
brillantes reflejos , heridos por la luz , y se tendían en 



64 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

largos rizos sobre el lecho, velando á medias los des- 
nudos hombros de la dama dormida. La frente que 
aquellos rizados cabellos orlaban, era tersa , pura y 
majestuosa como la de una sultana ; dos cejas perfec- 
tamente arqueadas coronaban dos ojos, que aunque 
dormidos, lanzaban rayos de un fuego intenso á tra- 
vés de sus entreabiertas y sedosas pestañas , y sobre 
sus mejillas, á quienes hubieran robado envidiosas su 
blancura la azucena , y la rosa su leve carmín, se sus- 
pendían dos lágrimas tranquilas. La pureza de sus hú- 
medos y rojos labios, revelaba á una virgen, y la 
suave dilatación de su seno, enamorados pensamientos. 

Aben-Juzef , pálido y tembloroso de emoción, acer- 
caba insensiblemente su bello semblante al semblante 
de la hermosa: sentía su aliento impregnado de ambro- 
sía, cada vez más cercano , más ardiente : toda su am- 
biciou , todo su porvenir estaban allí. 

La dama despertó levantándose sobre su lecho como 
al impulso de un poder invisible. 

— ¿Quién ha entrado aquí? dijo Betsabé; la hija del 
gran rio quiere dormir tranquila ; yo oia cantar los pá- 
jaros de mi país , y mis plantas pisaban los alcázares 
de mi padre ; ¿quién ha venido á turbar mi reposo? 

El príncipe se volvió; Betsabé de pié envuelta ente- 
ramente en su túnica de finísimo lino, estaba delante 
de él, mal despierta aún, arrojando á su espalda con 
sus pequeñas manos, sus largísimos cabellos. 

— ¡Ah, eres tú! ¡lumbre de mis ojos! exclamó al 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 6o 

reconocer al príncipe ; también soñaba contigo; le veia 
pasar, ginele en un caballo negro y rodeado de una 
brillante corte; llevabas en la frente una corona; pen- 
diente del costado una espada de oro. Junto á tí cabal- 
gaban, inclinando su frente respetuosa, wazires y ka- 
díes y los alféreces conducían delante tu bandera de 
rey: el pueblo te seguía victoreando y sobre todo esto 
brillaba un sol resplandeciente, ¡ Qué hermoso estabas | 

— Betsabé , contestó el príncipe, esta es la primera 
vez que al lenguaje de nuestros ojos se une el de nues- 
tras bocas, y me hablas de tronos; antes, cuando yo 
dormía tranquilo sin conocerte, cuando veia sin con- 
moverme las mujeres de mi pequeño harem , cuando 
los más ricos mercaderes me mostraban en vano los 
encantos de sus esclavas , ¡ qué feliz era ! ¡ amaba á mis 
hermanos, amaba á mi padre! 

Betsabé se dejó caer sobre los almohadones. 

— ¡ Y ahora no eres feliz, alma de mi alma ! 
El príncipe palideció. 

— No, dijo, tu amor me mata. Si yo hubiera podi- 
do creer que tu serias mi señora y yo tu esclavo.... 
hubiera huido de tí. Ya no es tiempo de retroceder; no, 
aunque tuviera delante de mí el puente Sirat , con todo 
su fuego eterno. 

Betsabé lanzó una radiante mirada al príncipe. 

— ¡ Oh si tú supieras.... ! le dijo : mira , y le mos- 
tró su pié sujeto por la ajorca á una gruesa cadena de 
oro tija en el pavimento junto al lecho. 



66 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

El príncipe miró asombrado á Betsabé. 

— Yo te amo , dijo la virgen , condensando cada vez 
más su amorosa mirada , y todo lo espeíode tí.... pero 
es necesario luchar.,., ¿tienes valor? 

—Sí. 

— Yo quiero ser sultana. 
El príncipe se estremeció. 

— Pero yo no puedo ser rey; contestó Juzef; maña- 
na mi hermano Mohhanmed será proclamado sucesor á 
la corona.... 

— Sí, y tú, el más valiente, el más querido de tu 
padre entre tus hermanos , irás á vivir vergonzosa- 
mente en lo más hondo de tu harem , óá morir sin glo- 
ria defendiendo una corona que habrás perdido por co- 
barde.,.. 

Betsabé pronunció estas palabras con el más frió 
desden y rechazó al príncipe con enojo. 

Juzef era muy joven aún ; corría por sus venas la ar- 
diente sangre de los Al-Hhamares , y no podia tolerar 
nada que se opusiese á sus deseos; sentía por Betsabé 
un amor idólatra , superior á todas sus creencias , y 
luchaba procurando desoír el grito de sus deberes. Más 
de una vez sus ojos se habían deslumhrado ante el bri- 
llo de la corona de su padre , y un pensamiento terri- 
ble, inspirado por Satanás, le agitaba haciéndole es- 
tremecer de espanto. El mal y el bien se disputaban 
el dominio de su alma , y aquel terrible combate em- 
pezado , apenas pudieron desarrollarse sus deseos , ha- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS, 67 

bia dado á su semblante el tinte de reflexión y pru- 
dencia, que en la hospedería le. había hecho respeta- 
ble á los tres walíes. 

Pero Juzef amaba á su padre y á sus hermanos , y 
apenas nacidos aquellos criminales deseos , desapare- 
jan dejando marcado en su rostro el rubor y en su al- 
ma un arrepentimiento sincero. Corría al mirab, ora- 
ba y la tentación desaparecía. Era un alma de niño 
franca y generosa , por más que su pureza estuviese 
manchada con conatos de crimen. 

Tal vez debía á su madre , africana ambiciosa , aque- 
llos insensatos deseos de poder : allá en las prolijas 
noches de invierno , cuando la lluvia azotaba las espe- 
sas celosías del harem y el viento se quebraba zum- 
bando en los calados ajimeces, la hermosa Wahdah 
palidecía , sus ojos de una hermosura salvaje lanzaban 
rayos , y oprimía contra su seno palpitante al pequeño 
Juzef, que despertaba al impulso de aquella presión 
terrible: Wahdah le miraba ceñuda, y una sonrisa 
horrible contraía su boca temblorosa ; recordaba una 
historia funesta, que encerraba sus recuerdos de amor; 
recuerdos dolorosos que desgarraban su pensamiento. 

III. 

Fingíase algunos años atrás en Cairvan (1). Yeia la 
torre de un fuerte castillo , y un estrecho postigo de su 

(i) Antigua capital del Moglirebeb. 



68 HISTORIA. DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

muro. La noche, oscura y medrosa, tendía su negra 
sombra sobre un espeso palmar, cuyas penachudas co- 
pas mecía el viento de la tormenta. La lluvia mojaba 
su blanca túnica de virgen , y algún lívido relámpago 
iluminaba su frente pálida de impaciencia. Amaba co- 
mo aman las mujeres de África : de una vez y sola una 
vez. Su pensamiento volaba fuera de los muros hasta 
uu hombre, siempre fijo en él. Su oído pretendía es- 
cuchar el galope de un caballo , cada vez que arrecian- 
do la lluvia desplomaba sus gruesos goterones sobre la 
tierra abrasada y seca por el sol del estío. Pero el ru- 
mor acompasado y tenaz se prolongaba ... era un de- 
lirio. Al fin, tras larga espera, sentía distintamente 
pisadas cautelosas. Una mano prudente introducía una 
llave en el postigo, y un hombre joven y hermoso en- 
vuelto en un albornoz entraba y asiendo su mano 
temblorosa la llevaba á una apartada galería. La llu- 
via continuaba ; los relámpagos eran más frecuentes 
y brillantes; el mugido del huracán se unía al ronco 
estallido del trueno. Y sin embargo, la tempestad de 
los elementos cedia á la tempestad de su pasión. De 
repente la galería se iluminaba con el resplandor de 
cien antorchas. Feroces esclavos negros, con las cimi- 
tarras desnudas rodeaban á los amantes. Un anoiano, 
de semblante noble y ademan imponente, se adelan- 
taba en el centro del círculo formado por los esclavos. 
Su brazo firme, tranquilo, se levantaba en un ade- 
man de mandato señalando al hemoso ¡oven á quien 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 69 

amenazaban cien cimitarras. Luego oia el choque del 
acero contra el acero; el hombre de su amor se de- 
fendía como un tigre ; el anciano, tranquilo siempre, 
presenciaba la lucha sin tomar parte en ella ; al íin un 
grito de dolor resonaba sobre el estruendo de los ace- 
ros y un cuerpo caia en tierra. Todo concluia para 
Wahdah : sólo quedaba á su amor un recuerdo fu- 
nesto. 

Sólo la quedaba un recuerdo de dolor. 

El anciano walí de Gairvan, la hacia conducir á su 
harem; era su esclava. Su padre la habia vendido por 
un caballo , cuando aún era niña. El walí de Gairvan la 
habia sentado cuando aún niña sobre sus rodillas, y 
antes de poder codiciar su hermosura, la habia amado 
como hija. Wahdah era hermosa como una hada, y pu- 
ra como las brisas de la mañana. Era además valiente; 
apenas salida de la infancia 5 se la veía acompañando 
al walí en la caza ; arrojar su venablo á las fieras. Cre- 
ció obedecida , sin encontrar obstáculos á su voluntad; 
fiera y altiva con su valor y su hermosura, llegó á la 
edad en que pensamientos desconocidos mecen el in- 
somnio sobre las noches de la mujer. Sensaciones mis- 
teriosas que el corazón no puede descifrar en su pure- 
za; padecimientos recónditos que cubren con un velo 
de languidez los ojos de la virgen. Sufrió y cayó , en- 
tregándose á una vida errante y solitaria. 

Apenas el sol coloraba los horizontes, la puerta del 
muro se abría y Wahdah lanzaba su caballo salvaje á 



70 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

través de los bosques ; á veces se la veia en lo más os- 
curo de ellos, sentada sobre la punta de una roca, con 
la mirada fija en el espacio, mientras una lágrima tran- 
quila descendía hasta su blanquísimo y descuidado se- 
no. Su corazón sentía una extraña necesidad de dila- 
tarse y dejaba rebosar aquella lágrima solitaria. Y así 
permanecía hasta que el sol trasmontaba los horizontes 
de Occidente. La noche la veia volver al alcázar de 
Cairvan aguijoneando la veloz carrera de su caballo, 



IV. 



Un dia de los más ardientes del estío, cabalgaba 
lentamente á través del bosque. Un silencio profundo 
dominaba cerca y lejos ; los pensamientos de Wahdah 
eran más recónditos y misteriosos que nunca : su vida 
era triste , y todo la parecía estéril y sombrío. 

El bosque estaba desierto , y algunos rayos del sol 
penetrando entre su follaje, doraban los enormes 
troncos de las encinas y de los castaños silvestres. La 
joven caminaba entre ellos abandonadas las riendas á 
su cabalgadura sin dirección ni objeto. El caballo tro- 
taba con ardor obedeciendo á su instinto salvaje , y 
respiraba con placer el escaso aire de la montaña que 
se perdía á lo lejos en calientes ráfagas. Tal vez re- 
cordaba el tiempo en que libre con la espalda desnuda 
oteaba en los fértiles valles del Atlas. 

Mas de repente se detuvo, dilató las anchas nari- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 7 i 

ees, irguió el flexible cuello, se plantó, lanzando un 
relincho de espanto , y fijó su centelleante mirada en 
el fondo del bosque ; todo indicaba que el bruto habia 
olfateado uua fiera , y Wahdah atenta á aquel aviso, 
armó una saeta en su arco y esperó. 

No tardó en oirse un rugido que repitieron los ám- 
bitos del bosque, al par que una robusta voz que invo- 
caba á Alian; un árabe, lanzando su caballo á rienda 
suelta , apareció entre las encinas inmediatas, huyen- 
do con la velocidad del huracán, de una pantera furio- 
sa que le seguia saltando sobre la maleza ; el caballo 
tropezó y cayó arrastrando á su ginete , y la fiera se 
arrojó sobre él, á tiempo que Wahdah, disparando su 
arco, clavó una saeta en el corazón de la pantera. 

Un nuevo rugido inmenso y rabioso se dejó oir, y la 
bestia rodó sobre el césped, arrojando de su contado 
un surtidor de negra sangre. 

Cuando el árabe se repuso de su caida y buscó á su 
salvador, Wahdah vio unos ojos hermosísimos de pro- 
funda mirada , en los cuales se retrataba una viva ex- 
presión de agradecimiento , que volvieron á inclinarse 
al encontrar los de Wahdah , como los del imprudente 
que se atreve á desafiar el resplandor del sol ; un es- 
tremecimiento inmenso agitó el ser de la virgen , y 
cuando pasados los primeros momentos de confusión 
su alma franca acogió ávida las protestas de agrade- 
cimiento del extranjero; cuando más adelante sentada 
junto á él en la misma roca que habia visto correr sus 



72 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

lágrimas sin objeto, le dejó leer en su alma de niña, 
el árabe se encargó de hacerla sentir que la sed de su 
corazón era de amor, y le ofreció el suyo. 

Wahdah no le ocultó su posición : se creia hija del 
wali de Cairvan; los ojos del extranjero se dilataron. 
Wahdah no supo dar valor a la sonrisa cruel que vagó 
un momento en los desdeñosos labios del árabe. 
' Tal vez era un caudillo rebelde vencido y desterrado 
por el walí, y se regocijó al entrever una ocasión de 
arrojar una mancha deshonrosa sobre la frente del 
noble anciano. Insinuante y astuto como Satanás, se 
apoderó del alma de la incauta Wahdah , y esta con- 
sintió en facilitarle los medios de entrar en el alcázar 
de su enemigo. 

Horrible fué para la infortunada el resultado de su 
primera é involuntaria falta. Habia bebido el amor has- 
ta las heces en la palabra y en las miradas del extran- 
jero, y su muerte la enlutó el alma. Pero aún tenia 
que apurar la amargura de su destino. El severo walí 
la presentó entre las mujeres de su harem , como se 
presenta á una esclava culpable. Declaró que no era 
su hija , y la mandó azotar. Después llamó á un mer- 
cader judío y la vendió como la habia compradora 
cambio de un caballo. 

Wahdah salió, pues, del alcázar de Cairvan , donde 
habia sido señora por el amor del walí, para ser escla- 
va de un judío , que expuso en su bazar desnuda ante 
la vista de más de un extranjero á la desdichada niña; 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 73 

pero no habiendo en Cairvan comprador bastante rico 
para satisfacer la codicia de Absalon, que se creia po- 
seedor en Wahdah de un tesoro de hermosura ; pasa- 
ron dias bastantes para que la soberbia africana diese 
tregua á sus lágrimas, y guardase en su corazón un 
odio inmenso á todo lo que no era la memoria del hom- 
bre á quien habia amado, y á cuya perfidia debia sus 
largos dias de amargura. 

•Entre tanto , el judío Absalon habia recorrido el Mo- 
ghrebeb presentando su esclava en los bazares más 
concurridos; los compradores se multiplicaban; ácada 
mirada que se posaba sobre ella , cada vez que el ru- 
bor cubría su semblante, un nuevo y más terrible odio 
sustituía en su corazón á la sed de venganza que lo de- 
voraba ; y ¡ cosa extraña ! á medida que su odio cre- 
cía, era más dulce la expresión de su semblante , me- 
nos intenso el carmín que el rubor hacia subir á sus 
mejillas. 

Habían pasado tres años y ningún comprador de es- 
clavas habia poseído lo bastante para llenar los deseos 
del judío; cada mes que transcurría, aumentaba mara- 
villosamente la hermosura de Wahdah, y Absalon aña- 
día á su precio algunos millares de doblas. 

La africana habia dejado de ser una niña casi salva- 
je; tañia la guzla primorosamente, cantaba como una 
alondra, y componía hermosos versos ; sus labios pur- 
púreos , estaban siempre embellecidos por una sonrisa 
tentadora, y sus ojos habían perdido lo bravio de su 



74 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

mirada, que se adormecía lanzando relámpagos de 
amor, entre el pelo de sus largas pestañas. 

Wahdah era una hurí terrestre , según la expresión 
del judío, y sólo un rey, y un rey podeíoso, podía as- 
pirar a la posesión de la hermosísima esclava. 



Y. 



Y en verdad, sí valor tiene la hermosura, inmenso 
debía ser el de la de Wahdah; sus larguísimos cabe- 
llos, de un negro azulado, no reconocían rivales; su 
trente tersa, serena, nacarada, de una majestad in- 
concebible, parecía formada por Dios para dar un tes- 
fimonio de la grandeza de su poder , y el amor que 
inspiraba la intensa y dulcísima mirada de sus ojos, 
era un tósigo mortal para el que habia posado en ella 
la suya ; sólo una hurí podia poseer un cuello más vo- 
luptuoso, un seno de más pura redondez, un talle más 
flexible, unas manos más blancas y un pié más lindo; 
si Absalon hubiese amado menos el dinero , Wahdah, 
no hubiera conocido un tercer amo. 

Por aquel tiempo llegó al Moghrebeb la fama de un 
hombre á quien los muslimes de las tierras de Occi- 
dente proclamaban el Vencedor y el Magnífico. Sus 
tesoros se ponderaban hasta lo infinito y su generosi- 
dad era proverbial. Aquel hombre era rey, y se nom- 
braba Aben-Nazar ó más vulgarmente Al-Hhamar. 

Absalon, pues, atravesó el estrecho en una nave, 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 75 

llevando consigo á Wahdah, y dejando atrás los cam- 
pos de Geb-al-Taric y de Al-Gezira, llegó á los muros 
de Sevilla sitiada entonces por el rey Ferdeland, á 
quien ayudaba con una escogida caballería el rey 
Aben-Al-Hhamar. 

Era una noche oscurísima ; la tormenta dominaba el 
espacio, y las nubes arrojaban un furioso aguacero: 
Absalon, Wahdah y los esclavos que la conducían en 
un palanquín cubierto, se extraviaron y dieron en po- 
der de los corredores que guardaban el recinto de la 
ciudad. 

Absalon fué conducido , mal su grado, con Wahdah 
delante de Aben-Hud, y este se apoderó de la joven 
sin pagar una sola dobla por ella al judío, que rasgó 
sus vestiduras, le maldijo, y por lo tanto fué conduci- 
do á la mazmorra más profunda de la torre del Oro. 

El corazón de Wahdah acabó de endurecerse, y el 
odio y la crueldad fueron sus pasiones exclusivas. 

Por eso cuando la tormenta lanzaba el aguacero so- 
bre las torres de la Casa del Gallo y el viento pene- 
traba torciéndose en largos silbos entre los trasparen- 
tes de los ajimeces, una sombra misteriosa y sangrienta 
vagaba delante de ella y refinaba su crueldad y su 
odio ; por eso estrechaba furiosa entre sus brazos al 
pequeño Juzef , único fruto de su unión con Al-Hha- 
mar, y lijaba en él su rencorosa mirada de hiena. 

El príncipe, como todo lo que pertenecía á Al-Hha- 
mar, era bueno; generosos instintos surgían en su ser, 



76 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

pero habia recibido la vida en el seno de Wahdah , y 
poseía también parte de la perversidad de la africana; 
el bien y el mal se albergaban por mitad en su alma, y 
al choque de estas opuestas propensiones debia sus 
terribles combates en el camino de la vida. 

Era soberbio; no podia verá sangre fria que su her- 
mano Mohhamed subiese todas las gradas del trono, 
mientras él quedaba junto á su base : Wahdah habia 
desarrollado en él deseos criminales, y habia consegui- 
do mirase como extraños á sus hermanos ; Juzef-ben- 
A' bd-alá era un cáncer encubierto en la familia de 
Al-Hhamar. 

Hasta entonces se habia dominado ; se trataba sólo 
de un trono, y la ambición no es pensamiento exclu- 
sivo de los niños; Mohhamed habia obtenido la con- 
fianza de su padre, le amaba el pueblo, y pronto debia 
ser su señor al par que Al-Hhamar ; Wahdah aguar- 
daba temblando aquel momento , porque Mohhamed, 
nacido de otra sultana, profundo conocedor del cora- 
zón humano , habia leido en el de la africana , á pesar 
de su perfecto disimulo, y la odiaba como el león odia 
á la serpiente. 

Sólo Juzef podia tener influencia para promover una 
guerra intestina que pudiera arrancar el poder de las 
manos de Mohhamed ; habia además poderosos vasa- 
llos que anhelaban una ocasión de rebelarse contra el 
rey , y Juzef era el objeto más á propósito para servir 
de disculpa á la traición. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 77 

Pero demasiado joven para que sólo el brillo de la 
corona le lanzase á una abierta rebeldía contra su pa- 
dre y su hermano , era necesario tocar la fibra más 
sensible de su corazón ; el amor era un medio eficaz, 
y Wahdah le puso en juego. 

Juzef conoció á la tentadora Betsabé, y desde en- 
tonces la amó con toda la locura, con toda la idola- 
t ría de que es capaz un mancebo de quince años cuan- 
do ve una mirada de amor en los ojos de una hermo- 
sa. Al fin estaba junto á ella; gozaba de ese éxtasis 
que se experimenta cuando se está al lado de una mu- 
jer por quien se sueña despierto, y se vive dormido; 
aquella mujer le fascinaba, le dejaba ver su mirada de 
amor... y le pedia un trono. 

Por eso el rostro de Juzef se habia nublado, y bro- 
taban en su espíritu sombríos pensamientos. Betsabé, 
entre tanto, posaba sobre el semblante del príncipe una 
dulce y suplicante mirada. 

El príncipe cayó desfallecido á los pies de Betsabé. 

— ¡Oh, ámame, lucero de mi alma , dijo con voz 
trémula, ámame para que yo pueda vivir, mírame 
siempre así!.., ¡Qué hermosa eres! 

— ¡ Te amo ! ¡ Te amo ! ¡Te amo ! contestó la joven 
con un acento que la pasión amortiguaba. 

— ¡ Oh, si me amas, yo entregaré mis tesoros, mis 
joyas , á Ábsalon , y serás mia ! 

— ¡Quiero ser sultana! contestó Betsabé con acento 
más lánguido , estrechando entre las suyas la mano de 
Juzef. 



78 HISTORIA DE 103 SIETE MURCIÉLAGO?, 

El príncipe se levantó temblando y cubierto de un 
sudor frió. 

— Para que tú seas sultana , dijo con voz caverno- 
sa , es necesario que muera mi padre y mi hermano, 

— ¡Que mueran! contestó lánguidamente la her- 
mosa. 

— ¡Betsabé, Betsabé! exclamó el príncipe, pídeme 
mi envilecimiento, mi libertad, mi sangre; pero no 
me entregues á Satanás. 

— ¿Me darás tu sangre? preguntó Betsabé al prín- 
cipe fijando una nueva mirada más intensa y enloque- 
cedora. 

— Sí , contestó el príncipe , en cuyos ojos brilló una 
valentía casi salvaje. 

— Pues bien , la acepto. 

Juzef se sentó en el diván, y Betsabé rodeó un brazo 
al cuello del joven : entre tanto ella sacó de su cín- 
gulo un pequeñísimo puñal , y su nacarada mano se 
posó sobre el hermoso y desnudo cuello de Juzef, en 
una de cuyas arterias clavó la punta del sutil puñal : 
una gota de sangre tiñó de púrpura el blanco cuello 
del príncipe, y Betsabé puso sus labios en la herida y 
chupó. 

El príncipe se estremeció; un fuego dulcísimo agitó 

su ser; cuando la joven retiró los labios' de su cuello, 

su rostro antes sonrosado y lleno de vida, apareció 

blanco y frió como el de un cadáver. 

— ¡Qué hermoso estás, exclamó Betsabé contemplan- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 79 

dolé con delirio; ¡cuánto te amo! y ¡qué felices sere- 
mos si el castillo no se levanta sobre la colina! 

— ¿Qué castillo es ese? preguntó admirado Juzef. 

— Abre aquella ventana, dijo Betsabé por toda res- 
puesta, señalando un ajimez situado en la parte orien- 
tal del retrete. 

El príncipe obedeció. 

— ¿Qué ves desde ahí ? continuó la joven. 

— Nada veo, contestó Juzef; la sombra es muy densa. 
— Mira aún. 

Un rayo de la luna se filtró á punto entre dos nubes 
que se rasgaron. 

— Nada veo , dijo entonces el príncipe , más que el 
Cerro del Sol, la Colina Roja , y perdidos en la som- 
bra los jardines del Darro. 

— Pues bien: si las almenas de un castillo coronan 
esa colina antes de un año ; si la sima que está al pié 
de ella por la parte que mira al Veleta se cierra con 
una terrible torre, entonces yo seré.... 

Un estremecimiento convulsivo la cortó la palabra. 

— ¿Qué serás? preguntó Juzef, á quien hacia tem- 
blar el terror de la joven. 

— ¡Seré un murciélago ! contestó Betsabé, que se 
dejó caer aterrada en el diván. 

El príncipe soltó una larga carcajada al escuchar tal 
respuesta; tan ridículo le parecía que aquella gentil 
hermosura pudiera trasformarse en el ave símbolo del 
horror y compañera de las tinieblas. 



80 HISTORI-A BE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

— ¡ Oh , no te burles , príncipe mió ! continuó Bet- 
sabé , cuyos ojos se llenaron de lágrimas ; si esa torre 
maldita se levanta sobre la sima, me trasformaré en 
un negro y miserable murciélago. 

La risa del príncipe aumentaba á medida que la jó- 
\en formalizaba más y más su terrible profecía. 

— Mira , añadió Betsabé rasgando su túnica y mos- 
trando al joven parte de su hermosísima espalda , mira. 

Por esta vez la risa del príncipe se cortó como por 
encanto, y la expresión del estupor y de la repugnan- 
cia , se pintó en sus ojos ; en el nacimiento de aquella 
blanquísima espalda , se marcaba vigorosamente una 
mancha negra ; aquella mancha se desplegó un tanto, 
agitóse y dejó ver al príncipe dos sutiles y pequeñísi- 
mas alas de murciélago. 

Juzef retrocedió involuntariamente é invocó áAllah; 
Betsabé habia dejado de ser para él un objeto fascina- 
dor , el fragmento de la nocturna ave cuadrúpedo , le 
habia hecho olvidar la duice mirada de la virgen es- 
clava. 

— ¡ Ya no me amas ! exclamó Betsabé cubriéndose el 
rostro con las manos y dejando oir sus sollozos. 

El príncipe guardó silencio. 

Aquella mujer misteriosa se levantó y mirando fija- 
mente al príncipe rasgó sus vestiduras y mesó sus ca- 
bellos. 

— ; Ah ! exclamó ; ¡ pereciera el dia en que nací , y 
la mano de Jehová hubiera cubierto la noche en que 



IIISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 81 

en torpe sueño fui concebida! ¡Nunca el sol hubiera 
dorado con sus rayos mi cuna de maldición, ni el pe- 
cho de una mujer hubiera alimentado á la hija de 
misterio ! ¡ Nunca mis ojos se hubieran abierto á la luz 
si sombra profunda y noche de auelo han de cubrirme 
con los siglos! 

Su rostro tenia una sublime expresión de dolor , y 
de su frente purísima parecía irradiar una pálida au- 
reola. Ante aquella sobrenatural hermosura, el prín- 
cipe vaciló y la conmoción llenó de lágrimas sus ojos. 

— ¡ Oh! prosiguió Betsabé; ¡ buitres devoren mi co- 
razón , si el amado de mi alma me deja! ¡Seqúense 
mis ojos , si no han de ver su gentileza ! ¡ Sueño pro- 
fundo cubra mi alma , y desaparezca mi cuerpo , como 
la niebla de la mañana , si él no apaga la sed que me 
devora ! 

— ¡ Betsabé ! ¡Betsabé ! exclamó el príncipe asiendo 
una mano de la desconsolada hermosura , si tr me amas 
y mi amor te es tan precioso ¿á qué es ese llanto? ¿no 
te amo yo como la palmera ama al sol , el arroyo al 
lago y la tórtola á su nido? 

Betsabé íijó su mirada radiante de esperanza y de 
amor en Juzef. 

— Pues bien, dijo, si me amas, rompe el sortile- 
gio que me encadena á un porvenir horroroso ; has que 
esas asquerosas alas caigan de mi espalda y seré tu 
esclava; mi poder fe protegerá; yo seré siempre joven 
y cada dia aumentará nuevo encanto á mi hermosura; 



82 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

moraremos en alcázares de cristal y pisaremos alfom- 
bras de flores, seremos eternos como el porvenir y nos 
envidiarán desde su alto asiento las estrellas. 

— ¿Y puedo yo contribuir á tanta felicidad? la pre- 
guntó admirado el príncipe. 

—Sí. 

— ¿Cómo? 

— Jurando por tu espíritu no amará nadie más que 
á mí; ser insensible á todo lo que no me pertenezca, 
vivir por mí y para mí. 

— Pues bien.... murmuró Juzef, lo juro. 

— ¿Me aceptas por esposa, sea cualquiera mi ser 
mujer ó genio, ángel ó demonio? 

—Sí. 

— Acércate, esposo mió, dijo Betsabé, ciñendo el 
cuello de Juzef y estampando un beso en su frente. 



VI. 



EL joven creyó morir; los labios de la joven habían 
abrasado su ser y una nueva vida llena de ambiciones 
desconocidas y terribles hacia latir su corazón; creyó 
verse en la cumbre de una altísima montaña , y que á 
sus pies se extendían los continentes de la tierra ceñi- 
dos por los abismos del mar ; á su lado Betsabé le es- 
trechaba dulcemente entre sus brazos , y posaba en él 
la intensísima mirada de sus negros ojos, mientras en 
su pequeña y lindísima boca vagaba una sonrisa de 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 83 

amor. Parecióle que el mórbido brazo de la hermosa 
se teadia sobre el dilatado hemisferio, y que su voz 
dulce y tentadora le decia : 

— «¿Qué quieres ole cuanto el aire baña, la tierra 
osteuta ó azota el mar?)) 

Juzef sólo queria el amor de Betsabé , pero sin fin, 
como el inmenso espacio que se mostraba ante sus 
ojos. 

La visión duró un momento ; Juzef volvió á mirar en 
torno suyo el retrete de la casa de Absalon , con sus 
lámparas veladas por gasas , sus pájaros dormidos en- 
tre flores, y la hermosísima esclava recostada con in- 
dolencia en el diván. 

— Mira, le dijo sonriendo Betsabé, la marca terri- 
ble de mi encanto ha caído de mi ser ; y le mostró con 
las extremidades de sus bellísimos dedos las pequeñas 
alas de murciélago, que Juzef habia visto algunos mo- 
mentos antes sobre sus espaldas. 

— Quémalas en aquel braserillo , añadió Betsabé se- 
ñalando uno de los perfumeros. 

El joven tomó con repugnancia aquel negro despojo 
y le arrojó al fuego; levantóse una llama azulada y 
quedó reducido á negra ceniza. 

— ¿Ves algo en el braserillo? continuó Betsabé. 

El príncipe revolvió la ceniza , y entre ella encontró 
un anillo de esmeralda , al rededor del cual estaba 
grabada la cifra cabalística de Salomón. 

— Dame esa sortija, dijo Betsabé. 



84 HISTORIA DR LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

El príncipe se la entregó. 

Un color febril subió á las mejillas de la joven , ; 
una exclamación de insensata alegría, rebosó de s '■<■ 
corazón. 

— ¡ Oh ! gritó : ya eres mió , miserable Ábsalon ; tu - 
taba escrito y se cumplió : ¿quién más poderoso que } o • 
apagaré mi sed de venganza y mi sed de amor. Vem , 
hermanas mias; venid y alegraos: el sol de nuestra 
vida vuelve á brillar más hermoso que nunca. 

VIL 

En aquel momento, por el ajimez que habia dejado 
abierto el príncipe , penetraron tres horribles y enor- 
mes murciélagos , que revolotearon al rededor de Bet- 
sabé. 

El príncipe estaba atónito : Betsabé tendió su mano 
hacia los murciélagos y dijo: 

— ¡ Hermana mia , Djeidah , ven ! 

Uno de los murciélagos se posó sobre la mano de 
Betsabé y batió impaciente sus alas. 

— ¿De dónde vienes ? le preguntó la joven. 

— Del castillo de Comares, contestó el murciélago 
en un acento lleno de suave languidez. 

— ¿Qué has encontrado en él ? 

— Mi prometido. 

— ¿Te conoce? 

— Me ha visto en sueños. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 85 

— ¿Te ama? 

— Me idolatra. 

— Por el poder del anillo del gran Salomón , que 
pongo sobre tu cabeza, vuelve á tu ser, hermana mia. 

Al decir esto , Betsabé puso sobre la alfombra a 
murciélago que se trasformó en una nube blanquísima;] 
la nube se elevó hasta cierta altura, tomó formas y se 
convirtió en una mujer hechicera. 

La admiración del príncipe tocaba á su colmo : Djei- 
dah hubiera podido pasar por la doncella más hermo- 
sa del mundo, si no hubiera existido Betsabé; sus ca- 
bellos rubios y larguísimos caian sueltos sobre su es- 
palda; el arco de sus cejas era perfecto y sus grandes 
ojos azules tenían una expresión de languidez irresis- 
tible. Cubríala una túnica blanquísima y entre sus an- 
chos pliegues se marcaban sus formas redondas y vo- 
luptuosas. Djeidah se recostó muellemente sobre el di- 
ván y Betsabé llamó á otro de los murciélagos. 

— ¡ Hermana mia Zahra , ven ! 

El segundo murciélago se posó como el primero en 
la mano de Betsabé. 

— ¿Dónde has estado? le preguntó esta. 

— En la fortaleza de Guadix , contestó con voz so- 
nora el murciélago. 

— ¿Qué has hecho allí? 

— Guardar el sueño á mi prometido. 
—¿Te conoce? 

-Sí. 



86 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

— ¿Te ama? 
— Me adora. 

— Por el anillo del poderoso Salomón , vuelve á ser 
lo que eras , hermana mia , murmuró Betsabé ponien- 
do sobre el diván al negro murciélago. 

Un instante después una joven y apuesta doncella 
fijaba una profunda mirada en el príncipe Juzef : á pe- 
sar de ser muy hermosa , la expresión de sus ojos par- 
dos y centellantes era sombría y fija; su hermoso en- 
trecejo se fruncía de una manera terrible , y sus labios 
purpúreos estaban orlados de una sonrisa cruel ; pero 
esta expresión desfavorable duró sólo un momento : su 
frente apareció tersa , sus ojos retrataron la paz más 
profunda y en su pequeña boca apareció una sonrisa 
candorosa ; apartó con sus manos, que parecían hechas 
de alabastro, los negros y larguísimos rizos que cu- 
brían en parte su semblante teñido de un leve matiz 
moreno , y se sentó en el diván junto á Djeidah, cu- 
briendo sus pies con la falda de su ancha túnica de es- 
carlata. 

Revoloteaba aún en torno de la cabeza de Betsabé el 
tercer murciélago. 

— ¡ Hermana mia Obeidah , dijo Betsabé tendiendo 
de nuevo su mano , ven ! 

El murciélago se posó en ella. 

— Vengo del alcázar de Málaga, dijo con una voz 
dulcísima. 

— ¿ Qué has hecho allí ? 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. Si 

— Velar á mi prometido. 

— ¿Te ha visto? 

— En sueños, 

— ¿Te ama? 

— Está loco por mí . 

— En nombre del alto y poderoso Salomón, torna á 
ser hermosa , hermana mia. 

Una tercera y linda joven apareció á la voz de Bet- 
sabé. 

Una túnica dorada pretendía en vano ocultar lo aé- 
reo de su esbelto talle ; la mirada de sus hermosísimos 
ojos celestes era tan indiferente que hubiera ofendido 
al amor; su cabellera, bermeja como el oro, embelle- 
cía una frente en que era difícil encontrar las huellas 
del más ligero pesar. Obeidah ocupó un lugar en el di- 
ván entre Djeidah y Zahra. 

Entonces Betsabé tocó con el anillo la cadena de oro 
que sujetaba su pié. 

—Rómpase el signo de mi esclavitud , exclamó. 

La cadena se rompió en mil pedazos. 

— ¡ Ya soy libre! gritó Betsabé, saltando hasta el 
sitio en que el príncipe contemplaba inmóvil de asom- 
bro tanta maravilla ; ¡ya soy reina! hermanas mias, 
levantaos. 

— Tengo sueño, contestó Djeidah, dilatando su 
linda boca en un largo bostezo. 

— Siempre perezosa, murmuró Betsabé; y tú Za- 
hra, ¿ has olvidado tus noches de dolor, que así repo- 



88 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

sas cuando hemos menester todo nuestro esfuerzo para 
la ultima prueba? 

— Sí ; contestó agriamente Zahra dirigiéndose á 
Djeida y Obeidah ; esforcémonos, hermanas mias, para 
que nuestra hermana Betsabé logre los amores de su 
bellísimo príncipe ; ayudémosla para que después nos 
trate como esclavas. 

Betsabé se mordió los labios impaciente y se dirigió 
á Obeidah. 

— Tengo hambre, dijo esta, fijando su mirada in- 
diferente en su hermana. 

— ¡Oh! sois las mismas exclamó con despecho Bet- 
sabé ; y en verdad que he hecho mal en acordarme de 
vosotras , para arrancaros de vuestra cautividad ; tu 
pereza , Djeldah , te hace merecedora á que te dejen 
dormir arropada con tus negras alas en el oscuro rin- 
cón de unas ruinas; tú, Zahra, envidiosa y cruel, no 
debías volver á ver el sol ; y tu glotonería, Obeidah, 
sólo debia ser satisfecha con los insectos que encontra- 
ses en tu vuelo nocturno. 

Los tres bellos semblantes de las tres damas apos- 
trofadas , se animaron con una expresión de cólera , y 
se lanzaron á Betsabé. 

— ¿Por qué me llamas perezosa, gritó Djeídah, 
cuando tus locuras de amor nos han reducido á este 
estado? 

— ¿Y á mí envidiosa, añadió Zahra, cuando harías pe- 
dazos á la mujer á quien amase tu hermoso Juzef ? 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 89 

— Y á mí glotona , prosiguió Obeidah , cuando tu 
sed de amor devorará á tu lindo príncipe? 

Betsabé habia retrocedido ante el furor de sus her- 
manas , pero sin miedo , como el luchador que se reti- 
ra á la vista de su adversario para buscar el punto de 
ataque. 

— ¿ Sabéis , les dijo después de un momento de ob- 
servación , mostrándolas el anillo cabalístico , que por 
el poder de este talismán, como os he sacado de vues- 
tros hediondos nidos puedo volveros á ellos? 

Las tres rebeldes beldades palidecieron , y miraron 
á su hermana con ansiedad. 

— No lo haré, continuó Betsabé, porque no soy ren- 
corosa. Pero es necesario que nos unamos para incli- 
nar nuestro doble destino á la buena parte, y que pro- 
curemos huir de la mala. ¿Qué queréis mejor, las ti- 
nieblas de la torre de los Siete Suelos ó los alcázares 
de nuestro padre? 

—Los alcázares de nuestro padre , contestaron en 
coro y de la manera más humilde que supieron las 
tres rebeldes. 

—Pues bien, para eso es necesario luchar. Cuando 
veníais á visitarme cerniéndoos sobre vuestras alas 
de crespón, erais más razonables y más humildes; 
me decíais con el acento de la desesperación : « Her- 
mana Betsabé , arráncanos de nuestro estado , y te 
obedeceremos; vuélvenos á nuestro ser, y seremos 
tus esclavas. » Pues bien, el destino ha puesto en mis 



00 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

manos ese poder, y sois otra vez jóvenes y hermosas. 

Betsabé se detuvo para dar más prestigio á lo solem- 
ne de sus palabras. 

— ¿ Y qué hemos de hacer? contestaron á la vez las 
tres mujeres en el colmo de la humildad. 

— Abajo hay tres osos salvajes que es necesario do- 
mesticar. ¿ Decís que os aman los walíes? 

— Sí, dijeron las tres. 

— Pues bien, amadlos vosotras, ó á lo menos fin- 
gidlo. 

— Abú-Yshac es viejo, feo y avaro, dijo Djeídah ha- 
ciendo un mohin de disgusto , y si me abandonas á él 
sin poder , me tratará como á sus etíopes , y me ven- 
derá si hay quien le dé por mí cien doblas de oro. 

— Abu-Abdalá, dijo á su vez Zahra, es soberbio y 
me mirará como una esclava. 

— Abul-Hassan , murmuró Obeidah , es iracundo y 
celoso, y me azotará como á sus perros. 

— ¡Por el ángel Leviatan! gritó colérica Betsabé, 
¿quié os ha hecho pensar, descontentadizas hermanas, 
que yo os abandonaré? ¿Acaso puedo yo subir al cie- 
lo de mi amor sin vosotras que sois mis alas? ¿A qué 
rebelaros contra vuestro destino? ¿ No ha dispuesto él 
que guardaseis el sueño de esos tres hombres y les 
presentaseis visiones tentadoras , como ha dispuesto 
que yo ame al hijo de un rey? 

—Pues bien, observó Zahra , matemos á esos tres 
hombres. 






HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 91 

— Guardaos bien de hacerlo, dijoBetsabé; sin ellos, 
¿quién haría perecer al hombre destinado á edificar la 
torre de los Siete Suelos? 

El príncipe que presenciaba absorto esta terrible 
conversación, se estremeció de pies á cabeza, y creyó 
llegada su hora cuando Zahra contestó : 

— ¿Y para qué guardas á tu príncipe? ¿Acaso no 
es hijo de ese hombre, y no puede llegar cuando quie- 
ra hasta lo más reservado de su harén? ¿Acaso ncv 
hay tósigos y puñales? 

— El pueblo nunca elige por rey á quien ha asesi- 
nado á su padre , y para fijar nuestro porvenir es ne- 
cesario que yo sea sultana. Meditadlo bien; un año 
vuela con la velocidad del huracán , y si ese año pasa 
sin que haya muerto Al-Hhamar... ¡ayde nosotras! 

Las tres jóvenes miraron irresolutas áBetsabé ; esta 
estaba á punto , irritada por su obstinación, devol- 
verlas á trasformar por castigo en murciélagos. 

—¿Os resolvéis? gritó: sí ó no. 

— Sí, contestaron con voz quejumbrosa las tres. 

Entonces Betsabé se volvió al príncipe. 

— Amado mió , dijo , vas á ver lo que ningún mor- 
tal puede contar ; ¿ quieres que traiga aquí los arcán- 
geles del sétimo cielo? ¿Por qué la luz de mis ojos 
está tan triste? 

Juzef tomó una mano de su amada, y la estrechó en- 
tre las suyas. 

Betsabé describió un círculo en el suelo con el ani- 



92 HISTORU DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

lio, murmuró algunas palabras misteriosas, y añadió 
con voz potente : 

— ¡Espíritus que escucháis mis conjuros, esclavos de 
mi poder , salid á luz ! 

yiii. 

Del centro del círculo trazado por Betsabé, salieron 
tres genios horrorosos. Tras cada uno apareció una 
comitiva de esclavos de ambos sexos, cubiertos con 
vestiduras deslumbrantes de riqueza. Pajes de rubias 
guedejas conducían en azafates de oro túnicas esplén- 
didas y joyas de inestimable valor. Diez guerreros ára- 
bes cubiertos de hierro acompañaban á cada servi- 
dumbre. 

— Genios , dijo Betsabé dirigiéndose á ellos ; os en- 
trego mis hermanas. Llevadlas á mi alcázar , y haced 
cuanto deseen. Cuando luzca el cercano dia, hacedlas 
subir á cada una en un palanquín ; que las acompañen 
las esclavas cubiertas con velos, y los esclavos arro- 
jando bolsas de ámbar llenas de oro á las gentes que 
se detengan á mirarlas : detrás de cada una irán diez 
árabes armados , jinetes sobre caballos superiores á 
los de Persia. Vosotros invisibles, protegeréis á mis 
hermanas. Djeídah entrará en Granada por la puerta 
de Bib-Lachar , Zahra por la de Bib-Ataubin, y Obei- 
dah por la de Bib -Elvira. Todas irán al coso de Bib- 
fíainbla, y se colocarán en el sitio destinado en los mi- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 93 

radores para las princesas. Id, hermanas mías, id. 
Cada una de las jóvenes desapareció con su comitiva 
á través del círculo trazado por Betsabé, y que se cer- 
ró tras ellas. 



IX. 



El retrete volvió á su silencio ; Betsabé se dejó caer 
en el diván, con el abandono de quien se entrega al 
descanso después de una larga lucha ; su hermoso seno 
se levantaba dilatado por su fatigada respiración y sus 
ojos mostraban la suave y satisfecha languidez resul- 
tado de su triunfo. Habia logrado en fin romper un es- 
labón de la cadena de su destino funesto , y sonreía de 
antemano á un porvenir halagador, rico de locas espe- 
ranzas y de deseos delirantes; el color de la púrpura 
tenia sus mejillas, y su ser se estremecia lleno de una 
felicidad infinita, cuando contemplaba ante sí al apuesto 
y hermoso Juzef, cuyo juvenil semblante ostentaba toda 
la reflexión que le hacia á veces superior á su edad. 

Betsabé se adormecía saboreando su ambición satis- 
fecha , y una sonrisa de dicha inefable la embellecía 
hasta el punto de hacer imposible toda comparación 
con sus encantos. 

Pero el príncipe no la veia , ó por mejor decir, nada 
veia de cuanto le rodeaba ; creíase entregado á un sue- 
ño : ; tan incomprensible era para él cuanto habia 
acontecido en su presencia ! 



94 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

A pesar de estar iniciado en los misterios que acom- 
pañan la existencia de las hadas , las perís , los genios 
y los vampiros, incrédulo en esta parte como en reli- 
gión , espíritu inquieto que á todo pedia razones y que 
no creia en más que en aquello que veia ó tocaba, 
siempre habia juzgado los genios y las hadas, los he- 
chiceros y los vampiros , creaciones de charlatanes ó 
de cerebros enfermos ; pero entonces no habia lugar 
á la duda ; habia visto , habia tocado ; recordaba que 
un objeto punzante habia herido sus carnes , que dos 
labios ardientes se habían posado sobre la herida , y 
que al contacto de aquellos labios una sensación dulcí- 
sima y desconocida habia llegado hasta la médula de 
sus huesos. Además, ¿no se sentía arrastrado sin fuer- 
za ni voluntad á aquella mujer, como la mariposa á la 
luz, como el girasol al astro del dia, como la sensiti- 
va á su compañera? ¿No sentía en su alma parte del 
alma de aquella mujer en la cual moraba la mitad 
de la suya? ¿Seria acaso Betsabé uno de los horribles 
vampiros, de que habia oído hablar su nodriza, que 
toman las formas de una mujer seductora para devorar 
más á su salvo á su víctima ? 

Esta horrible sospecha se posó sobre el espíritu de 
Juzef y le oprimió, le abrumó, le quemó como un rau- 
dal de hierro derretido. Sufría y temblaba; pero si 
aquel sufrimiento y aquel terror hubieran dejado de 
existir, su corazón hubiera estado roto en mil pedazos. 

Nada existia para él fuera de Betsabé ; la amaba mu- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 95 

jer ó vampiro , ángel ó demonio; pero su amor era fre- 
nético , insaciable, sobrenatural. 

Entre tanto , la seductora belleza le fascinaba más y 
más con su mirada, que lanzaba torrentes de amor; 
sus ojos dilatados, húmedos, brillantes, hubieran en- 
loquecido al morabhita más abstraído en la contem- 
plación de las grandezas de Dios, y más olvidado de 
las fragilidades humanas. 

Betsabé leia en el pensamiento de Juzef como en un 
libro abierto ; era testigo de los sufrimientos del prín- 
cipe, y contemplándose causa de ellos, saboreaba el 
placer infinito de la mujer que ama y conoce la abne- 
gación del amor de su amado; si el príncipe lo había 
olvidado todo por ella, ella no tenia pasado junto á Ju- 
zef, ni más presente ni más porvenir que él. 

Largo tiempo estuvieron los jóvenes contemplándose 
en silencio. Las últimas estrellas , mostrándose á tra- 
vés de la ventana en el cielo ya despejado, subían len- 
tamente á lo alto del firmamento; una dudosa faja la- 
mia la lejana cumbre del Veleta; y el gallo madruga- 
dor entonaba su canto matutino. 

Al primer canto del gallo, Betsabé se levantó, y 
dirigióse con paso seguro al ajimez. 

— Ya viene el dia, dijo, la luna huye del sol, y 
pronto su rayo de oro bañará tu hermosa frente, ama- 
do mió. Ya veo á mis hermanas rodeadas de sus es- 
clavas que las cubren de magníficas vestiduras. Los 
palanquines las esperan. Hoy va á ser un dia de triun- 



96 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

fo. Y entre tanto, ¿qué hará el elegido de mi alma? 

— Estar á tu lado, gacela mia, contestó el príncipe, 
acercándose á Betsabé , y rodeando su reducido talle 
con un brazo tembloroso. 

La joven apartó suavemente el brazo de Juzef y le 
mostró algunos objetos informes , que se dejaban ver 
desde el ajimez perdidos en la sombra de la oscura ca- 
lle : eran los arqueros de la guardia negra que el prín- 
cipe habia mandado á Maksan le siguiesen. 

— ¿Y para qué son esos esclavos? le preguntó 
Betsabé. 

— ¡ Ah ! lo habia olvidado, contestó el príncipe: ¡ es 
necesario que seas reina ! 

— ¿Y para qué te han acompañado hasta aquí los 
tres walíes? 

El príncipe pasó la mano por su frente que abrasaba 
con un calor febril. 

— ¡Oh, esos hombres! ¡esos hombres! es verdad; 
son tres esclavos rebeldes. 

— Pues bien, es necesario que esos hombres levan- 
ten una bandera contra Al-Hhamar, antes de que el 
sol que va á aparecer bañe sus cabellos en los mares 
de Occidente. 

— ¡Oh! ¡todo para tu ambición! ¡nada para mi amor! 
exclamó el príncipe fijando su insensata mirada en 
Betsabé. 

— Silencio, dijo esta poniendo su pequeña mano en 
la boca del príncipe; alguien se acerca. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 97 

X. 

Eü efecto , levantóse el tapiz que cubría la puerta 
del retrete y apareció eu el umbral el judío Absalon. 

Al ver á la joven junto al ajimez, libre de la cade- 
na que la sujetaba al diván, la palidez de la muerte 
cubrió su semblante, y sus carnes se estremecieron 
de terror, que se hizo más y más perceptible á medida 
que Betsabé se aproximaba á él; quiso huir, pero un 
ademan imperioso de ella le contuvo á su pesar. 

Los ojos de aquella incomprensible mujer, fijos so- 
bre el judío, tenían una extraña expresión; su entre- 
cejo estaba fruncido y la sonrisa de sus labios era 
cruel; Absalon tenia fija su mirada en la alfombra, su 
cabeza notablemente inclinada y sus brazos cruzados 
sobre el pecho. Su agitación era cada vez más sensi- 
ble y todo en él indicaba miedo y humildad. 

— ¿Desde cuándo, dijo al fin Betsabé, el buitre se 
humilla ante la alondra? ¿Por qué tiemblas, mi se- 
ñor? ¿acaso no soy tu esclava? 

La voz de Betsabé era opaca; sus palabras acentua- 
das penetraban una á una en el corazón del judío. 

— ¡ Perdón ! dijo con voz trémula arrastrándose á los 

pies de la joven..... no he sido yo yo no he hecho 

más que obedecer á un poder superior. 

— ¡ Vil verdugo de mujeres! exclamó Betsabé en un 
acento concentrado, ¡miserable mercader de sangre 



98 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

humana ! j átomo ruin que piensas dominar los decre- 
tos del destino! ¡arrástrate , arrástrate á mis pies! 

— ¡Perdón! murmuró con voz sofocada el judío. 

— ¡ Perdón ! Tanto valiera que pretendieras ablan- 
dar con tu llanto de cocodrilo la piedra negra que Dios 
envió á Ábraham con el arcángel Gabriel. ¡Oh! ¡yo 
también me he arrastrado ante tí pidiéndote compa- 
sión; también yo he bañado con lágrimas tus pies, y 
has sido tan inflexible como yo ahora que besas la 
orla de mi túnica! ¿Sabes tú, miserable, los raudales 
de odio que llena el corazón de un prisionero para su 
verdugo? ¿Sabes tú lo que es pasar las noches sin 
sueño, esperando siempre que aparezca el dia de la 
libertad y de la venganza? 

Las manos de Betsabé jugaban entre tanto con la sor- 
tija de esmeralda de Salomón; el judío miraba fasci- 
nado el terrible talismán. 

— ¡ Qué dulce es, Ábsalon, continuó ella , derramar 
gota á gota nuestro odio sobre la cabeza que nos lo ha 
inspirado ! Se derrama lentamente como se ha adqui- 
rido; se goza en la agonía del terror del que nos ha 
aterrado : ¡ oh ! ¡ por el Dios de Ábraham y de Ismael ! 
suplica á ese poder superior á quien obedeces. ¡ Mise- 
rable poder! ¿qué mal habia hecho yo para que así 
me sepultarais en las desventuras y en la desespe- 
ración? 

Absalon unió su rostro al pavimento. 

—Sí; era hermosa, y él era repugnante; me ama- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 99 

ba y yo le aborrecía ; vengóse de mi desden y me en- 
tregó en tus manos : pues bien , el destino te ha pues- 
to en las mías ; desde hoy probarás lo que es vivir en 
la soledad y en las tinieblas; sentir un alma divina en 
un cuerpo monstruoso; tener el corazón lleno de lágri- 
mas, y devorarlas sin que nadie las vea correr ni las 
enjugue. 

— Pero tú serás generosa , Betsabé , exclamó el ju- 
dío ; si me he visto obligado á retenerte cautiva , en 
cambio ¿no has sido servida como una reina? ¿no te 
he rodeado de todo cuanto puede ser grato á una mu- 
jer? Perfumes, flores, pájaros, alfombras, han ve- 
nido para tí de las tres partes del mundo. Cuanto una 
sultana puede pedir á su capricho lo has tenido. Cuan- 
to hay de espléndido y deslumbrador te ha rodeado; y 
si hubiera podido, hubiera arrancado de tu horóscopo 
eí signo fatal que cubre tu nombre en el libro del 
destino. 

Betsabé meditó un momento; el judío dio cabida á 
una débil esperanza. 

— ¡ Oh ! es verdad , observó Betsabé , nada de cuan- 
to grande y hermoso sueñe el capricho de una mujer, 
ha estado lejos de mí ; has embellecido mi cárcel, co- 
mo se embellece la jaula de un pájaro de rico plumaje 
para venderle mejor ; mis cadenas eran de oro , ¡ pero 
siempre cadenas ! Sin embargo, sólo á un precio pue- 
des comprar mi compasión. 

— Pide, dijo anhelante Absalon. 



100 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS, 

—¿Sabes que puedo sepultarte en el abismo, sólo 
con quererlo? 

— Sí, contestó trémulo el judío. 

— ¿Sabes que puedo condenarte á un hambre y un 
frió eternos? 

—Sí, añadió aterrado el miserable. 

— ¿Que puedo reducirte á polvo como á esta por- 
celana? 

Y Betsabé arrojó furiosa al suelo un magnífico jar- 
rón en cuyo pedestal se apoyaba. 

— ¡ Perdón ! gritó el judío pálido de espanto. 
—Tú, sabio hebreo, prosiguió Betsabé, conoces la 
virtud de las yerbas; tienes filtros para enloquecer y 
para matar , tósigos que hielan la sangre sin que que- 
de vestigio en la víctima ; que abrasan el corazón y ha- 
cen saltar los ojos de sus órbitas; brebajes dorados y 
trasparentes como el vino , fragantes como la mirra y 
el aloe, dulces como el maná que Dios arrojó en el 
desierto sobre tu pueblo. Siempre llevas contigo algún 
pomo que encierra la muerte, y yo le quiero. 

Absalon fijó en la joven una mirada en que se retra- 
taba la irresolución. 

—Si me das ese filtro, continuó Betsabé, en vez de 
convertirte en un reptil hediondo, en vez de entregar 
tu corazón á un fuego sin fin y tu alma á una agonía 
lenta y sin esperanza 

El judío hundió la mano entre los pliegues de su 
hopalanda, y mostró á Betsabé un pomo de oro. 



HISTORIA DE LOS SIRTE MURCIÉLAGOS. 101 

— Te condenaré ai mismo suplicio que me has he- 
cho sufrir, continuó Betsabé, arrancando el pomo de 
las manos del israelita. ¡Absalon! anadió tocándole 
con la esmeralda cabalística ; ve á ocupar el sitio que 
yo he ocupado siete años; aprisiónete la cadena que me 
ha aprisionado; sírvante los esclavos que me han servi- 
do, y permanece así hasta que mi poder te haga libre. 

Absalon se dirigió vacilante ai diván y cayó sobre 
él aletargado, mientras Betsabé desprendía un tapiz de 
Persia pendiente del techo , que ocultó tras sus plie- 
gues al diván y al judío. 



XI. 



— ¡ Quién se opondrá ahora á nuestro amor! dijo 
Betsabé ocultando el pomo en su seno y rodeando sus 
brazos al cuello de Juzef; ven, amado mió, esposo 
mió. Te llevaré á mi alcázar, y te daré un arnés duro 
como el diamante y un caballo hijo del aire. Tú serás 
hoy el mejor caballero de Granada; los más fuertes 
caerán en el polvo al tocarlos tú , y las más hermosas 
quedarán cautivas en tu amor, que yo sola gozaré. 
¡Qué hermoso dia va á ser este que ya alumbra el 
alba, y qué resplandeciente el sol que la sigue! Tú 
serás el rey entre ellos; yo la sultana entre ellas. 

Y extasiada, delirante, abarcaba entre sus manos 
la cabeza de Juzef, y le bañaba en una mirada satura- 
da de amor. 



402 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

De repente la sangre subió á sus mejillas, apartóse 
bruscamente del príncipe, y envolviéndose en su velo, 
exclamó : 

— ¡No estamos solos! 

XII. 

Y en efecto, el tapiz que cubría la puerta del retrete 
se alzó á impulsos de una mano indiscreta , y uno 
tras otro entraron tres hombres, cubiertos de hierro de 
los pies á la cabeza. 

Eran los tres walíes. 

Adelantábase Abu-Abdalá el de Málaga , abarcando 
con una mirada sombría el ancho retrete; llevaba ple- 
gado atrás el alquicel y su mano izquierda se apoyaba 
en la empuñadura de su espada. Tras él Abu-Yshac, 
dejaba entrever sobre el embozo de su alquicel su mi- 
rada de raposo , yAbu-Hassan, á guisa de guarda, 
apareció inmóvil en el cancel de la puerta. Betsabé, 
cubierta enteramente con el velo , blanca é inmóvil 
como una piedra , se veia en el centro del retrete tras 
Juzef , que esperaba severo á Abu-Abdalá. 

— ¡Por laKaaba! dijo este en acento sombrío; ¿crees 
mancebo, que el hijo de mi madre no tiene más ocu- 
pación que guardar tus amores con esa ramera? 

Betsabé permaneció inmóvil. Juzef se tornó lívido y 
acortó la distancia que le separaba de Abu-Abdalá. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 103 

— ¡ De rodillas, esclavo , gritó coa voz que la cólera 
hacia convulsiva. 

— ¡De rodillas! rugió Abu-Abdalá echando mano á 
la empuñadura de su espada. ¡De rodillas l ¿y ante 
quién? 

—Ante vuestro señor, contestó Betsabé adelantando 
un paso y echando el velo á su espalda. 

Sea que un poder misterioso la rodease, sea que su 
radiante hermosura deslumhrase á los walíes , Abu- 
Abdalá retrocedió, Ahu-Yshac dejó caer el embozo de 
su alquicel, y Abu-Hassan abrió los ojos de una mane- 
ra extraordinaria. 

Juzef les contemplaba pintada en su semblante la 
ira, y blandiendo el venablo, como el toro que moja 
la arena y la arroja á sus ¡jares , mientras mide el 
sitio donde ha de herir. 

Betsabé adelantó aún más, hasta ponerse entre el 
príncipe y los walíes; la luz de una lámpara cercana, 
venciendo la todavía débil claridad del alba, que pe- 
netraba por el ajimez, inundaba con un pálido res- 
plandor su frente erguida en un ademan de soberbia 
amenaza ; un frió desden aparecía en la expresión de 
su boca entreabierta , y su mirada severa y fija se 
posaba poderosa en los walíes. 

—Sois necios, imprudentes y atrevidos , dijo lenta- 
mente Betsabé marcando cada una de sus palabras; 
queréis vengar un ultraje , y en vez de procuraros una 
fuerte alianza, la hacéis imposible dando oídos á vues- 



104 HISTORIA g LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

tro insensato orgullo y mordiendo la mano que os pue- 
de proteger, mancháis la sola bandera que debe flotar 
entre vosotros el dia del combate, idos. Devorad vues- 
tra rabia. Los Zegríes son mejores que vosotros, pues- 
to que saben conquistar los favores de un rey ; los Ze- 
netes no se trocarían por los que tienen en la lengua 
el veneno de la serpiente, la envidia en el corazón y la 
espada mohosa y adherida á la vaina. ¡ Idos ! 

XIII. 

Ninguno de los tres walíes retrocedió ante el des- 
preciativo mandato de Betsabé ; la contemplaban fas- 
cinados ; casi no habían oído sus palabras, 

— i Idos ! repitió con más fuerza la joven. 

— No , por el Coran , dijo Abu-Ábdalá, en cuyos 
ojos se mostraba el fuego de un entusiasmo salvaje; no 
saldremos de aquí sin haber aplacado tu enojo, sulta- 
na, sin que hayas dirigido á tus siervos una mirada 
de paz. No, tú no eres la ramera esclava del judío ; tu 
eres una hurí que Dios nos envía para alentarnos en 
nuestra empresa. Las palabras de tu boca fortalecen 
el corazón; la mirada de tus ojos es un raudal de deli- 
cias que arrastra al alma consigo. 

Cada frase de admiración del africano , hacia apare- 
cer más y más sombrío el semblante del príncipe; Bet- 
sabé permaneció impasible. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 10d 

—¿Cuántas lanzas has traído contigo Abu-Yshac? 
dijo al fin tras un momento de silencio la joven. 

— Quinientas, contestó el walí. 

—¿Y tú? añadió Betsabé dirigiéndose á Abu- 
Hassan. 

— En la falda de la sierra Elvira, me esperan tres- 
cientas. 

— Y yo puedo hacer que hoy cuando el sol medie 
su carrera lleguen mis gentes á Granada, añadió Abu- 
Abdalá. 

— Pues bien , tú Abu-Yshac , serás el caudillo de 
esta empresa. Hoy á la hora de adobar , tu gente divi- 
dida en tres tercios , entrará en Granada por las puer- 
tas de Bib-Lachar, de Bib-Ataubin y de Bib-Al-bolut. 
Mi señor es el vuestro, añadió la joven señalando al 
príncipe, pero ni una voz por él , ni una mirada, ni 
una señal de inteligencia. ¡Idos! En la joyería de Ab- 
salon hallareis un tesoro. Tomadlo y haced con él la 
guerra. En sus caballerizas hay tres caballos ; cabal- 
gad en ellos , y asistid á las fiestas encubiertos. 

—¿Y quién hará que nuestras gentes lleguen á la 
hora convenida , si nosotros asistimos á las fiestas? 
observó Abu-Yshac. 

Betsabé le llevó á la ventana y le mostró los escla- 
vos que esperaban. 

— Maksan y los suyos, dijo entonces la joven con- 
testando á la pregunta del walí, 
—¿Y serán fieles? 



106 HISTORIA DE LOS SIETE MUKCIÉLAGOS. 

— Gomo el puñal á la mano. idos. 

Los tres walíes salieron por donde habían entrado. 
Betsabé asió al príncipe , y se perdió con él á través 
de una puerta cubierta por un tapiz, 

El retrete quedó solitario y silencioso. Sólo de vez 
en cuando se escuchaban profundos gemidos en el di- 
ván donde Betsabé habia arrojado á Áhsalon. 



IV. 



Las fiestas de Bi<2-Raiea!»!a. 



I. 

El rey Al-Hhamar, habia contemplado impasible 
aquel misterioso período de la historia que tanto ata- 
ñía á su porvenir; su benévolo semblante no se habia 
contraído ante aquellas asechanzas contra su existen- 
cia; miraba con la atención y curiosidad de un niño, y 
nada más. 

El retrete de la casa del judío habia desaparecido, 
quedando en su lugar una sombra profunda , parecía 
que al salir el príncipe y Betsabé le habían arrastrado 
en pos de sí. 

El genio tocó de nuevo con su vara mágica el denso 
humo, y otro espectáculo nuevo y sorprendente se 



Í08 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

mostró ante Al-Hhamar. Era la plaza de Bib-Rambla; 
pero como entonces, ostentando sus aéreas torrecillas; 
sus galenas afiligranadas , sus techos de pizarra y sus 
ostentosos miradores ; la plaza de Bib-Rambla engala- 
nada para un fiesta y alumbrada por el sol de uno de 
esos serenos dias con que espira el otoño. 

Ordinariamente Bib-Rambla era el centro de todo lo 
hermoso , de todo lo rico de Granada ; veíanse en sus 
bazares , ocupados por mercaderes venidos de todos 
los pueblos, cuanto puede soñar el deseo; allí se cru- 
zaban las pláticas de amor y de combate ; más de una 
hazaña tenia allí su origen, y las profundas oscurida- 
des de los bazares cubrían en su misterio más de un 
lance de amor. 

Pero aquel dia los soportables habían desaparecido, 
cubiertos por una gradería, destinada á dar asiento á 
los que por su fortuna debían asistir á las fiestas de la 
proclamación del príncipe Mohhanmed. 

Una fuerte valla separaba el coso de la gradería , y 
tres puertas, la de Bib-Ál-bolut, la del Zacatín y la 
de la Al-Kaissería , eran las destinadas á dar paso á 

los justadores y á los concurrentes. 



íí. 



Era muy de mañana ; el sol apenas coloraba con una 
estrecha faja d eluz los altos aleros, las banderas y los 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 109 

tapices más elevados del mirador real. La brisca, fresca 
y saturada con los perfumes de las flores, agitaba dé- 
bilmeute los espléndidos cortinajes de las galerías, los 
tapices de vivos colores y caprichosos dibujos, que 
desde las balaustradas de los estrados, destinados á 
los jueces , á los príncipes, á las damas y á los nobles, 
descendían hasta tocar la arena del coso ; y parecía 
adormirse entre los anchos pliegues de la soberbia tela 
de brocado, suspendida sobre el trono de Al-Hhamar, 
y en la que aparecía, saliendo de las bocas de los dra- 
gones , la banda diagonal azul sobre campo de plata 
con el mote. «¡Le galib ile Allah!» (¡Solo Dios es 
vencedor!) 

A pesar de sus galas y de su magnificencia , la pla- 
za estaba desierta; los ajimeces y las puertas cerradas. 
Sólo algún Daj arillo, saludando al so! naciente, altera- 
ba con sus trinos el profundo silencio que reinaba cer- 
ca y lejos. El ancho y esplendente coso, parecía estar 
sujeto a! poder de un encanto. 

El sol se elevó ; sus rayos tocáronla abandonada are- 
na, y al fin, perdido por la distancia, se elevó en el 
espacio un rumor confuso, que creció lentamente hasta 
dejar percibir el sonido de las atakebiras, los añafiles y 
los atabales; un ruido sordo, semejante al que produce 
el mar al estrellarse en la ribera, se elevó después, y 
al cabo el estruendo llegó atronador hasta las puertas 
de la plaza, y la de la Al-Kaissería se abrió. 

Cien Almorávides, con bonetes verdes y sobrevestas 

7 



i JO HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

de escarlata, se extendieron, haciendo calle á los cos- 
tados de la puerta, y por medio de ellos aparecieron 
cien alféreces sobre caballos blancos, encubertados de 
guerra y llevando en las manos pendoncillos, entre los 
cuales descollaba majestuoso el rojo estandarte real. 

Tras esto, apareció una cuadrilla de trompeteros, que 
se detuvo á la puerta, y dejó oir por tres veces el cla- 
moreo de sus clarines. Entonces, como si se hubiera 
roto el encanto que pesaba sobre la plaza, se abrieron 
puertas y miradores; la multitud se precipitó en las 
graderías ; se llenaron los estrados de damas , y no se 
vio por todas partes más que velos que se agitaban, 
joyas que brillaban , voces que herían los aires, acla- 
mando á Ál-Hhamar y ásu sucesor Mohhanmed. 

Pronto la arena se vio invadida por tropas de gine- 
tes , cuyos caballos caracoleaban , apiñándose al des- 
emboque de la puerta de la Ál-Kaissería, por la cual 
apareció la comitiva real. 

Cabalgaba delante el rey , oprimiendo la espalda de 
un magnífico overo, cuyas gualdrapas de púrpura ar- 
rastraban sobre la arena. Llevaba el rey un caftán de 
seda color de escarlata bordado de oro; entre su toca 
verde, entrelazada de hilos de gruesas perlas , se veia 
una magnífica corona ; su diestra empuñaba una larga 
y cortante espada ; en sus borceguíes se veia la espuela 
de oro de los caballeros nazarenos , y sobre su pecho 
ostentaba un pequeño blasón de Castilla, como en mues- 
tra del pleito homenaje que rendía en feudo y tributo 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. ill 

al noble rey Ferdelant; dos walíes, de las tribus de 
los Zenetes y de los Zegríes, caminaban á pié á su la- 
do, llevando las riendas de su corcel, y delante y en 
pos del rey marchaban en buen órdeu cien Almorávi- 
des armados de lanzas, y en cuyas adargas se veia el 
mote de Al-Hhamar. 

Tras esta comitiva , desembocaron en la plaza cien 
Abencerrajes, sobre yeguas blancas, engalanados con 
caftanes y bouetes, mitad verdes, mitad rojos. Todos 
llevaban arcos y venablos á la espalda , y largas espa- 
das en las manos. 

Entre ellos se distinguia por lo espléndido de su ves- 
timenta , semejante á la del rey, un gallardo mancebo; 
su semblante, orlado de una negrísima y rizada barba, 
era noble y tranquilo; sus ojos, de expresión dulce y 
melancólica, hicieron suspirar á más de una damn, al 
arrojar una mirada en los ámbitos de la plaza. Su cabe- 
za, erguida y majestuosa, estaba cubierta por una faja 
de Persia á manera de turbante , pero sin corona ni 
adornos. Aquel gallardo joven, á quien los valientes 
miraban con entusiasmo y las hermosas con amor, era 
Mohhanmed ben-A'bd-Allah-ben-Nazar, hijo mayor 
del rey. 

Tras este, penetró en la plaza otro cortejo , ante el 
cual marchaban músicos y bailarinas. En el centro des- 
collaba un palanquín cubierto por riquísimos tapices y 
cojines magníficos, conducido por cuatro esclavos. So- 
bre él , cubierta con un velo, asentaba una mujer, ob- 



112 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

jeto de todas las miradas y del respeto general. Hermo- 
sas doncellas asiáticas, engalanadas con gran ostenta- 
ción, llevaban junto á la dama encubierta, pebeteros de 
oro exhalando perfumes, y ramilletes de flores. Esta 
mujer era la sultana Wadah, esposa del rey y madras- 
tra del principe Mohhanmed. 

Seguíanla las esclavas del harén , cubiertas con ve- 
los sobre palanquines meaos ostentosos ; cerraba la 
marcha un escuadrón de esclavos de la guardia negra, 
á cuyo frente aparecia Maksan, embellecido con collar 
y ajorcas decoro, y un inmenso populacho , llenando el . 
aire con el estruendo de sus Víctores, completaba aquel 
regio acompañamiento. 

El rey atravesó lentamente la plaza, subió al estrado 
real y ocupó el trono ; á su derecha se colocó el prín- 
cipe Mohhanmed, á la izquierda la sultana Wadah, 
tras el trono las esclavas del liaren, y por último , los 
wazires del' rey , su katib (1), los cadíes de corte y 
el alcaide de su caballería. 

Al pié del estrado real, se extendieron en tres filas, 
sóbrela arena del coso, formando una valla humana, 
los Almorávides, los Abencerrajes y los esclavos de la 
guardia negra. El alférez del rey permaneció entre 
ellos, sustentando el estandarte real, y cuatro algua- 
ciles de corte, á caballo , se situaron en el coso dan- 
do su frente al rey, á la distancia de diez picas del es- 
trado. 

d) Secretario. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 113 

La agitación era general; las miradas de la multitud 
estaban fijas en el rey, y cien mil bocas elevaban un ru- 
mor unísono y confuso, murmurando déla tardanza de 
las fiestas : do quiera se dirigía la vista, no se encontra- 
ba más que la multitud encaramada en las pizarras, en 
las galerías, en los ajimeces y en los estrados : el coso, 
despejado y solitario, iluminado ya en gran parte por el 
sol , parecía encerrado en un marco de seres vivientes, 
que se habían dilatado entapizando los muros déla pla- 
za, y entre los cuales aparecían, como ráfagas deslum- 
brantes, los tapices, las joyos, los velos y las plumas: 
al fondo de la plaza ondulaba un mar de cabezas, y el 
hálito que emanaba de aquel todo inmenso y monstruo- 
so, se elevaba hasta perderse en el espacio, como el 
zumbido de un millón de colmenas. 

Al fin la multitud impaciente vio al rey hablar con 
Aben-Muza, alcaide de su caballería, que descendió 
del estrado real, cabalgó, y seguido de los alguaciles 
y del alférez del rey , se adelantó al centro del coso 
precedido de los trompeteros. 

Por segunda vez, estos lanzaron al espacio el triple 
clamsr de sus clarines ; callaron las cien mil bocas de 
la multitud, y la voz de Aben-Muza, se elevó lenta y 
sonora en medio del silencio: 

— Creyentes, gritó: en nombre del rey Mohhan- 
med ben-Abd-Allah-ben-Juzet-ben-Nazar-ben-Al- 
Hhamar, el vencedor y el magnífico, á quien el Se- 
ñor fuerte, el Poderoso entre los poderosos, ensalce con 



114 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

su grandeza, ¡salud á vosotros sus valientes y leales 
vasallos ! 

Una exclamación informe, espontánea , gigante, fué 
la contestación al saludo del rey. Aben-Muza con- 
tinuó : 

— Y sabed vosotros los que me oís ; cuantos ausentes 
vivan ; los presentes y los porvenir , que el rey manda 
y quiere que en justa celebridad de la proclamación 
del príncipe Mohhanmed-ben-Abd-ÁIlah-ben-Nazar, 
su sucesor y partícipe en el gobierno, se hagan fiestas, 
en que justen y corran cañas y toros, todos los que 
sean caballeros, muslimes ó nazarenos, los de cerca y 
los de luengas tierras, extrañándose á los judíos y á 
los renegados. Asimismo, que para presidir las fiestas 
se elija una sultana de la hermosura, entre las presen- 
tes, ó las que viniesen, de estos reinos ó de otros, la 
cual sultana será el premio del vencedor, si fuese libre 
y así pluguiese ásu voluntad. Los jueces de la hermo- 
sura, son el wazir del rey Alí-ben-Ibraim ; su alcaide 
y capitán de su guardia, Mohhanmed-ben-Alí ; y su 
secretario Yahye-ben-Alkatib. ¡En nombre del rey! 
¡prosperidad á los fieles muslimes! 

Tornaron á sonar los clarines; el pueblo unió á su 
estruendo sus aclamaciones , y el alcaide Aben-Muza, 
precediendo al alférez del rey, á los alguaciles y á los 
trompeteros, tornó al estrado real, donde ya se habia 
constituido por orden de Al-Hhamar, el tribunal califica- 
dor de la belleza , compuesto de tres ancianos venera- 



HISTORIA DE LOS HETE MURCIÉLAGOS. 115 

bles, cuyos nombres habia relatado el alcaide Aben- 
Muza en el pregón. 

Pero ni una de las damas que asistían á la fiesta ba- 
jó de su estrado para ir á disputar la primacía de su 
hermosura. Y las habia esplendentes y lánguidas, co- 
mo el lucero de la tarde ; alegres y candidas como una 
alborada de primavera ; deslumbrantes y majestuosas 
como el sol al trasmontar los mares en una tarde de es- 
tío ; por una de sus miradas se hubieran vertido tor- 
rentes de sangre, y por un beso de sus labios de rubí, 
se hubiera dejado llamar cobarde el más bizarro Aben- 
cerraje, 

Pero habia en el estrado real una dama á quien na- 
die habia visto el rostro, cubierto por un tupido velo, 
en la que se posaban las envidiosas miradas de las her- 
mosuras granadinas : tras aquella ancha tela se eleva- 
ba una cabeza, que no podía menos de ser hermosísi- 
ma, porque sólo una belleza sin rival podia darla valor 
para ostentarse en el indefinible y soberbio ademan de 
majestad y desden que ostentaba cuando eran llamadas 
á disputar el valor de sus encantos tantas bellísimas 
mujeres. Por cima de su velo brillaban sus ojos de mi- 
rada penetrante, é irresistible , y su ancha y riquísima 
túnica dejaba percibir la mórbida redondez de sus for- 
mas. Aquella mujer que hacia soñar en las huríes, que 
hacia indisputable la supremacía de su hermosura, era 
la esposa del rey ; la madre del príncipe Juzef-Abd- 
Allah; la sultana Wadah; la esclava castigada un tiem- 



116 HISTORIA DE LOS SIFTE MURCIÉLAGOS, 

po y vendida coa ignominia á un judío, por el rígido 
walí de Cairvan. 

Pero entre tanta dama irresoluta , hubo una que se 
adelantó de entre las esclavas del rey, y dejó caer su 
velo ante los jueces; era una joven doncella; una en- 
cantadora hija del Asia , con sus rizados y sedosos ca- 
bellos negros, sus ojos nítidos y pudorosos; sus meji- 
llas tersas y ligeramente morenas, y su cuello de cisne 
sustentado sobre un seno de formas virginales. Los an- 
cianos jueces sonrieron benévolamente ante la niña, que 
fijaba en la alfombra del estrado su tímida mirada, y 
sólo la levantaba momentáneamente para posaría en la 
del príncipe Mohhanmed que la contemplaba extasiado; 
después, avergonzada, tornaba á posarla en ¡a alfom- 
bra y el rubor que subia á su mejilla la hacia parecer 
más hermosa. 

Los jueces la preguntaron su nombre: se llamaba 
Haxima. 

A falta de competencia , deliberaron entre sí , y ha- 
llando digna á Haxima, iban á pronunciar el irrevoca- 
ble fallo en su favor, cuando el son de una ronca trom- 
peta se dejó oir tres veces á través de la puerta de la 
Al-Eaissería , y el alcaide de ella , rigiendo un potro 
cordobés , se adelantó hasta el estrado real , y hacien- 
do arrodillar al bruto, dije al rey : 

— Señor: una princesa de Persia, adonde ha llegado 
la fama de tu invencible nombre, que Dios eternice, 
pide licencia para asistir á las fiestas, y quiere dispu- 



HISTORIA DE LOS SIFTE MURCIÉLAGOS. H7 

tarla honra de ser elegida sultana de la hermosura. 

— Pues de tan lejos viene, contestó el rey, y prince- 
sa es, franca esté la puerta y llegue hasta mí. 

El alcaide se inclinó; hizo cejar su caballo, y sin vol 
ver la espalda al rey, des-iparecló bajó la puerta de la 
Al-Kaissería, é instantáneamente tornó á aparecer, 
• seguido por cuatro esclavos que conducían en un mag- 
nífico palanquín una dama cubierta con un velo. El ata- 
vio de la recien tenida eclipsaba desde luego á lo más 
ostentoso que se admiraba en los estrados; su túnica 
roja labrada de perlas, parecía tejida de oro y rubíes; 
sus cabellos rubios- escapándose de su toca, eran tan 
largos y tan brillantes; su talle tan esbelto; su ade- 
man tan voluptuoso, que el genio de la envidia royó á 
su placer más de un corazón de mujer, y el amor se 
asentó en más de un alma de guerrero. En torno del 
palanquín caminaban, cubiertos por espléndidas ves- 
tiduras, pajes con perfumeros y flores; esclavos, os- 
tentando una magnificencia maravillosa, y última- 
' mente , completando la comitiva , cabalgaban , sobre 
caballos de mérito imponderable , diez hombres atléti- 
cos cubiertos de hierro desde el almete basta los aci- 
cates. 

Aquella ostentosa comitiva atravesó lentamente el co- 
so, y se detuvo ante el estrado real ; la dama encubierta 
abandonó el palanquín , y á través délos Almorávides, 
los Abencerrajesy los esclavos de la guardia negra, que 
habían abierto calle á una seña del rey , saltó como 



418 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

una gacela la gradería, pasó sin inclinarse delante de 
Al-Hhainar, y se presentó echando el velo á su espalda 
ante los jueces de la hermosura. 

Era Djeídah, una de las tres hermanas de Betsabé. 

Ante la mirada de sus ojos azules , los tres ancianos 
sintieron hervir la sangre, helada en sus venas , como 
en los tiempos de su remota juventud al pagar el pri- 
mer tributo al amor. La hermosura de Djeídah era so- 
brenatural , y hubieron de declarar vencida á Haxima, 
que se retiró avergonzada y llorosa entre sus compa- 
ñeras. Como ella, iba á ser proclamada Djeídah sulta- 
na, á tiempo que otro son de trompeta se dejó oir en 
la puerta deBil-Al-Bolut. 

El alcaide que la guardaba, se presentó ante el rey 
y pidió licencia para entrar á ver las fiestas y deman- 
dar la calificación de sultana delahermosura, para una 
princesa de Arabia. 

La licencia fué concedida y entró en la plaza una co- 
mitiva igual en el orden y en el número á la primera, 
pero más ostentosa ; la dama conducida en el palan- 
quín, vestía una riquísima túnica de escarlata, cubier- 
ta de piedras preciosas, que brillaban al sol como un 
cielo estrellado ; los esclavos iban ataviados con gran 
magnificencia , y la guardia que cerraba la marcha, se 
componia de diez árabes, jinetes en yeguas blancas; 
llevaban caftanes y alquiceles azules ; bonetes y adar- 
gas de plata, y lanzas de dos hierros. 

La que al frente de aquel lucido cortejo, atravesaba 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 119 

pausadamente el coso, era Zahra, otra de las hermanas 
d n Betsabé. 

AI llegar á la gradería del estrado real, la salvó de 
un salto, fijó en Al-Hhamar su terrible mirada, y con- 
testando orgullosamente á su saludo, pasó junto á la 
sultana Wadah, altiva y desdeñosa, y se presentó á 
los jueces. 

Estos quedaron admirados : al ver á Djeidah creyeron 
tener ante sí un trasunto de la belleza ideal que el 
hombre adivina en las huríes: parecióles imposible que 
hubiese otra mujer sobre la tierra bastante hermosa pa- 
ra poder rivalizar con ella; sin embargo, tenían ante 
sí á Zahra , con su sonrisa fascinadora : sus ojos os- 
tentaban la dulzura y la pureza de los de la palo- 
ma; su frente iluminada por el sol, parecía tomar de 
él su brillante color levemente moreno, y el vien- 
to de la mañana mecia con trabajo los rizos de su 
profusa cabellera, saturándose en ellos con un ex- 
quisito perfume. Los jueces declararon solemnemen- 
te , poniendo la mano diestra en el corazón y la si- 
niestra sobre su espada, que Djeidah y Zahra eran 
un prodigio de hermosura , que las creían iguales en 
encantos, y que debían ser declaradas al par sultanas 
de la fiesta. 

Pero esta opinión era contraria á los usos de aquel 
tiempo, que sólo permitían una hermosura en el trono 
de las justas. Por otra parte el sol adelantaba su paso, 
avanzaba el dia, y el pueblo impaciente, á quien im- 



120 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

portaba sobre todo que se empezase la fiesta , voceaba 
pidiendo se soltase el primer toro. 

Los jueces abandonaron sus puestos y fueron reem- 
plazados por otros, que se admiraron como los prime- 
ros ante la belleza de las dos hermanas, y juraron por 
la Santa Kaaba, que era su hermosura de igual valor, 
y la elección de una sola imposible. 

Afortunadamente llegó entonces el alcaide de la puer- 
ta del Zacatin á suspender la discordia, anunciando que 
una princesa de Egipto solicitaba licencia del rey para 
presentarse ante los jueces. 

Otorgóla el rey, y al frente de un acompañamiento 
semejante á los de Djeidah y Zahra, apareció la terce- 
ra princesa cubierta de una túnica dorada y un velo 
blanco. 

Abandonó el palanquín al pié de la gradería , subió 
al estrado , se deslizó impasible junto al rey y la sul- 
tana Wadah, y se descubrió ante los jueces. 

Era Obeidah, la tercera hermana de Betsabé. 

La admiración llegó al colmo ; habíase creído impo- 
sible existiese una mujer tan hermosa como Djeidah, y 
aparecían dos: los cabellos dorados de Obeidah valían 
tanto como los rubios de Djeidah y los negros de Zahra; 
su frente era tan tersa como la de sus hermanas ; su 
mirada tan enloquecedora como las de ellas , y su talle 
tan esbelto y tan redondo como los suyos. Las dificulta- 
des de la elección habían acrecido y hubo de recurrir- 
seal dictamen del rey. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 424 

Pero Al-IIhamar opinó del mismo modo que los jue- 
ces, y aíirmó por sj pueblo y su corona, que las tres 
princesas eran dignas cada una de por sí , de ser ele- 
vadas al envidiable trono de la hermosura. 

Sólo quedaba una esperanza ; sólo existia una mujer 
cuyos encantos pudieran aventajar álos de lastres prin- 
cesas. 

Esta mujer era Wadah, la soberbia africana, la ma- 
dre del príncipe Juzef-Aben-Abd-Allah. 

El rey la mandó acercarse , y en su nombre pidió 
para ella la declaración de sultana de la hermosura : el 
velo descubrió la frente de Wadah. 

La majestad de su ademan, lo poderoso de su mira- 
da, lo puro de las formas de su desdeñosa boca, lo lím- 
pido de su serena frente y lo brillante de los sedosos ca- 
bellos que la coronaban, arrancó una exclamación de 
asombro. 

Treinta veces la habia dado la primavera sus flores, 
y otras tantas las golondrinas habían aparecido con el 
estío á admirar su belleza, desde el dia en que los ge- 
nios presidieron su venida á la luz. 

Cada una de aquellas primaveras se habia despojado 
de una siempreviva para enriquecer su corona de her- 
mosa, y la habia concedido un nuevo encanto ; la mu- 
jer á quien Dios puso en el Paraíso , no pudo ser más 
hermosa. 

Ibase á pronunciar el fallo : las tres princesas esta- 
ban vencidas: una amarga sonrisa de triunfo lucia en 



122 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

los labios de Wadah, á quien un secreto terror hacia 
mirar con odio á las extranjeras. Un momento más y 
las fiestas empezaban. 

Pero á punto, tras la puerta de Bih-Al-Bolut, se 
elevó una música estrepitosa; resonaron voces perdi- 
das de aclamación, y un alcaide se presentó ante el rey 
y demandó una licencia semejante á las anteriores, y 
que como ellas fué concedida para una princesa de la 
India. 

Abrióse de nuevo la valla del coso. Una tropa de es- 
clavos tañendo dulzainas, atabales y bandolinas, se 
adelantó en marcha mesurada ostentando los vivos co- 
lores de sus chales y de sus tocas. Tras ellos, cuatro 
esclavos guiaban á un camello, que dejaba tras sí una 
anchísima alfombra de seda y oro plegada sobre su lo- 
mo : sobre aquella alfombra que se prolongaba perdién- 
dose tras la puerta, aparecieron veinte hermosas don- 
cellas vestidas de blanco y coronadas de mirto, dan- 
zando al compás de la música que las precedía : tras 
ellas marchaban esclavas con pebeteros sobre las ca- 
bezas, rodeando á una dama sentada sobre un caballo 
leonado de maravillosa hermosura, que hacia retem- 
blar la tierra bajo sus cascos, orgulloso de su carga, 
y cuya enhiesta cabeza atirantaba las dobles y larguísi- 
mas riendas que asian cuatro jóvenes doncellas con tra- 
jes de genios: otras cuatro sostenían, impidiendo toca- 
sen á la alfombra, las deslumbrantes gualdrapas de 
púrpura que cubrían al corcel, y otras dos, marchando 



HISTORIA DE EOS SIETE MURCIÉLAGOS. I*i3 

á pié, llevaban abauicos de plumas, destinados á im- 
pedir que los rayos del sol hiriesen la frente de la 
princesa. 

Era esta Betsabé. Su purísima frente cubierta por 
un velo de gasa, era más hermosa que la luna, cuando 
en una serena noche de estío se ostenta velada por una 
nubécula trasparente, 

Seguíanla multitud de esclavos, plegando sobre un 
palanquín la alfombra, que dejaba como un rastro tras 
las huellas de su corcel. 

Cuatro hombres constituían su comitiva. Uno de ellos 
cabalgaba en un fogoso potro cordobés, negro como la 
noche é indómito como el huracán. Su dueño era ga- 
llardo á maravilla ; llevaba la faz oculta con la celada 
de su bonete de acero, primorosamente cincelado co- 
mo las demás piezas de su magnífica armadura de guer- 
ra, cubierta en parie por una sobrevesta de seda ver- 
de briscada de oro. Verde era su alquicel, verde su 
penacho, verde el asta y el pendoncillo de su lanza de 
dos hierros, y verde su ancha adarga, en cuyo centro 
se veia pintado un negro murciélago, con este mote en 
caracteres cúficos de oro sobre fondo rojo : Si no ven- 
zo, esta es mi suerte. 

Seguíanle, cabalgando en una misma línea, los otros 
tres hombres. Negros y poderosos eran sus caballos; 
negros sus alquiceles; negras sus fuertes lanzas, y, como 
el delantero, ostentaban en sus adargas un murciélago 
orlado con el mismo mote, pintado sobre campo rojo. 



124 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

Tanta magnificencia, tanta belleza, hizo olvidar un 
momento su impaciencia á los que esperaban , y Bet- 
sabé subió la gradería del estrado real , y llegó ante 
los jueces saludada por ruidosas aclamaciones. 

Habia bastado á la multitud ver lo majestuoso de su 
ademan , lo aéreo de su talle, para descubrir en ella 
una mujer hermosa cuanto puede soñarla un enamo- 
rado pensamiento. Pero cuando el velo dejó de cubrir 
su frente; cuando el todo de su maravillosa hermosura 
ostentó lo irresistible de. su poder, una palidez terrible 
cubrió el semblante de Wadah , un estremecimiento 
involuntario corrió por sus miembros, y sus ojos.se fi- 
jaron atónitos con la expresión del terror en la joven. 
Esta contemplaba también á Wadah, pero como el 
vencedor que muestra su insolente mirada de triunfo 
ante el vencido; los que presenciaban aquel extraño 
acontecimiento, sólo vieron en Wadah el odio instin- 
tivo de toda mujer bella que contempla ante sí á otra 
más hermosa : en Betsabé el orgullo pueril de un 
triunfo sobre una rival. 

Sin embargo, Wadah y Betsabé hacia mucho tiempo 
que se conocian, mucho tiempo que se odiaban con to- 
da la fuerza del odio peculiar á la mujer. 

Entre tanto los jueces, tras una breve deliberación, 
fallaron que Betsabé era la sultana de la hermosura, á 
falta de otra más encantadora, y ocupó el trono en me- 
dio de las aclamaciones de la multitud; el rey se colo- 
có á la derecha en asiento más bajo, la sultana Wadah 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 125 

á la izquierda, y Djeidah, Zahra y Obeidah delante de 
ella en el último peldaño de la gradería. 

Las comitivas que habían acompañado á las cuatro 
hermanas, se retiraron tras la valla; los Abencerrajes 
los Almorávides y los esclavos de la guardia negra, 
formaron de nuevo en triple fila; los alguaciles se co- 
locaron en su lugar en el coso á diez picas de distancia 
dando frente al rey, y por tercera vez los trompeteros 
llenaron el espacio con el áspero son de sus clarines. 

La fiesta tan anhelada empezaba. 

Abrióse una puerta colocada bajo la gradería en la 
parte de la plaza frontera al estrado real , y dio paso á 
diez Zenetes cabalgando en yeguas blancas; mostraban 
jaeces, caftanes, bonetes, adargas y pendoncillos ro- 
jos, tomados de oro, y ostentando en su traje el mote 
de Al-Hhamar : seguíanles diez esclavos negros, asi- 
mismo vestidos de rojo y oro, conduciendo diez yeguas 
blancas con jaeces semejantes á las que montaban los 
Zenetes: tras estos esclavos, aparecieron otros seis con 
el mismo atavío, envueltos en anchos alquiceles , y ro- 
deados de una espléndida servidumbre; cerraba la 
marcha un joven africano de moreno semblante, ojos 
brillador.es y miembros robustos ; vestía un traje ri- 
quísimo de brocado de oro sobre rojo, y en su turban- 
te se balanceaba una garzota de inestimable valor; 
mostraba sobre el pecho un pequeño escudo, en el que 
estaba pintado un salvaje sosteniendo un mundo, con 
este mote en oro sobre verde : Con más puedo. 



126 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

Aquel feroz caballero era conocido con el nombre de 
Aben-Alí-Atar, alcaide de Ronda, y respetado por va- 
liente, doquier se levantaba un pendón ó se reunían 
los más bravos de los caballeros granadinos. 

Nadie, á pesar de permitirse según el pregón entrar 
en plaza, osó rivalizar con el respetado Alí-Atar : él 
solo fué á saludar ante el trono de la hermosura, á 
Betsabé, y la pidió licencia para rejonear el primer 
toro. 

Una sonrisa extraña lució en los labios de Betsabé, 
cuya blanquísima mano arrojó una llave de oro que el 
africano recogió en su bonete : saludó profundamente 
al rey, partió al galope al otro extremo de la plaza, y 
entregó la llave á un alguacil que se dirigió con ella á 
una pequeña puerta ; entretanto el acompañamiento de 
Aben-Alí-Atar desapareció tras la valla ; los seis negros 
de los alquiceles rojos se extendieron en el coso al re- 
dedor de la puerta que se iba á abrir, y el mantenedor 
tomando un pesado rejón, se colocó jactancioso á un 
lado de ella. Sonaron los clarines en medio de un si- 
lencio profundo; el alguacil abrió la puerta, y un toro 
de piel negra y reluciente se lanzó en el coso. 

Era un valiente animal nacido en las breñas de Ron- 
da ; ligero como el aire, bravo, bien armado ; su detu- 
vo en medio de la arena y revolvió su feroz mirada en 
torno suyo, provocado por los silbos y los gritos que 
arrojaba la multitud como un vendabal; los hombres 
estaban de pié, las damas agitaban sus lenzuelos , los 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 127 

alguaciles colocados frente al mirador real, fijaban la 
aterrada vista en el bruto preparándose á huir á la pri- 
mera señal de peligro : Aben-Alí-Alar, entre tanto, ro- 
deado de los esclavos lidiadores, se acercó al trote de 
su yegua al toro, que se volvió lentamente, azotó con 
su cola los ¡jares, bajó la potente cabeza, como saludan- 
do á su adversario, hízose pausadamente atrás, arro- 
jando á larga distancia la arena que arrancaban del 
coso sus brazos cortos y nerviosos, y dejó oir un bra- 
mido ronco y poderoso. En aquel momento todos los 
ojos estaban fijos, todas las lenguas mudas. 

Al fin el toro partió como un venablo envistiendo á 
Alí-Atar ; el rejón de este hendió, silbando, la distan- 
cia que le separaba del toro, y, rozando ligeramente 
su lomo, se clavó en la arena : un bramido atronador 
retembló en los aires : la yegua y su jinete rodaron 
por el coso , y seis alquiceles rojos flotaron entre el 
caballero vencido y la bestia vencedora : engañado por 
ellos, el toro siguió á los esclavos, y Aben-Alí-Atar 
cabalgó en otra yegua que le fué presentada. 

El rostro del africano mostraba una expresión terri- 
ble; parecia que el demonio de la cólera y del orgullo 
humillado, había ocupado su alma: lívido, tembloroso 
de furor, coa los dientes apretados, y los ojos inyecta- 
dos de sangre , lanzó en torno una mirada de despre- 
cio á la multitud que aplaudía al toro, y otra indescri- 
bible á Betsabé, cuya mirada sin objeto parecia fijarse 
en una imagen retratada en su alma: sin embargo, 



128 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

cuando Alí-Atar partió de nuevo al encuentro del toro, 
quien la hubiera observado hubiera visto en su mano 
el anillo cabalístico de Salomón, mientras su lengua 
murmuraba algunas ininteligibles palabras : en aquel 
momento el toro arrancó en su segunda embestida , y 
sin dar tiempo á Alí-Atar de arrojarle su rejón, arrolló 
ala yegua, y desdeñando la llamada de los rojos alqui- 
celes de los esclavos, se cebó en ella y en su jinete: 
la sangre corrió ; Alí-Atar espirante voló por el aire 
tres veces arrojado por las terribles astas , y otras tan- 
tas fué herido de muerte. Después el toro siguió á los 
esclavos , se ensangrentó en ellos, arrolló á los algua- 
ciles, y se hirió, acometiendo inútilmente á los Almo- 
rávides, los Abencerrajes y los esclavos de la'guardia 
negra, que le recibieron con la punta de sus largas pi- 
cas, muchas de las cuales se rompieron al empuje. 

El toro, empero, pareció no haber menguado en vi- 
gor con aquella lucha terrible; conociendo lo inútil de 
sus esfuerzos en aquella parte, se adelantó al centro 
del coso y persiguió, aunque tarde, á los quo retiraban 
los despojos de Alí-Atar, de sus dos yeguas y de algu- 
nos esclavos : el toro era dueño del terreno : nadie pa- 
recía ante él : entonces como el atleta que tras un com- 
bate se prepara con el descanso para otro , se echó en 
tierra y con el oído atento, la vista inquieta y las ore- 
jas enhiestas, esperó. 

Deshonroso era para los caballeros granadinos con- 
templar impasibles un coso abandonado, en que un to- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. i 29 

ro se atrevía á reposar con tan inaudita é insufrible 
insolencia ; la sangre hirvió en el corazón de algunos, 
que confiando en su brazo y en su buena estrella, ca- 
balgaron en las nueve yeguas blancas que restaban de 
las que habían aparecido en muestra, y rodeados de 
más de cien esclavos, precediendo la licencia del rey, 
entraron en el coso. 

De ver eran aquellos valientes jóvenes disputando ca- 
da uno de por sí, merced á la velocidad de sus cabal- 
gaduras , el honor de ser el primero en arrojar su rejón 
á la fiera, preparada de nuevo al combate : triste era 
en verdad ver rodar por la arena á aquellos cumplidos 
caballeros , que en más de un combate habían ensan- 
grentado el asta de sus lanzas hasta la mano, y habían 
dado días de gloria á su patria venciendo á los nazare- 
nos. Todos cayeron : arrollábalos el toro como el ven- 
dabal doblega y rompe las jóvenes palmeras, y la fiesta 
era ya un objeto de horror. Desvanecíanse las damas; 
juraban los valientes; gritaba el populacho; afligía al 
rey la sangre de sus caballeros inútilmente vertida , y 
el toro entre tanto se enseñoreaba de la liza , poblada 
sólo de cadáveres y moribundos. El terror cundía ; na- 
die osaba medirse con aquel soberbio animal á quien 
el hierro no rendía y que crecía con el castigo. 

Pasaba entre tanto el tiempo ; el rey , por medio de 
un pregón, ofreció mil doblas de oro á cualquiera que, 
esclavo ó muslim, villano ó caballero, fuese vencedor 
del toro. 



130 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

Pero ni la gloria ni la ambición fueron bastantes á 
decidir á ninguno á tamaña empresa. Esperóse largo 
espacio; el rostro del rey se nubló; todos sus vasallos 
esquivaban el peligro. Por primera vez tenia lugar en 
Granada el deshonroso espectáculo de un peligro es- 
quivado. Al-Hhamar bajó de su asiento á pesar de las 
súplicas de Wadah, tomó de manos del alcaide de su 
caballería Aben-Muza un poderoso caballo , y sin más 
compañía que su brazo y un rejón , se lanzó en la are- 
na. Aquel ejemplo de inmensa y serena valentía, pro- 
dujo un efecto maravilloso; el aire retumbó herido por 
un millón de aclamaciones, y los gritos de ¡Al-Hhamar 
le galibl ( ¡Al-Hhamar el vencedor! ) salieron de todas 
las bocas , al mismo tiempo que por todas las puertas 
de la valla se precipitaron tropas de jinetes. 

Llegado era el momento del supremo esfuerzo del 
bruto ; un silencio profundo dominaba en las balaus- 
tradas, en los miradores y en las galerías. En el estra- 
do real, Wadah, á pesar de su fiereza, pálida como un 
cadáver, posaba una angustiosa mirada en Al-Hhamar, 
que acompañado de su hijo el príncipe Mohhanmed, 
caracoleaba en derredor del toro en medio de sus ca- 
balleros, á quienes en vano gritaba furioso se retira- 
sen; más allá el desconocido de la verde vestidura, el 
arnés cincelado y la adarga con un murciélago por em- 
presa; aquel hombre que asistía á las fiestas como va- 
sallo de una princesa de la India; con su verde alqui- 
cel plegado en el brazo izquierdo y su ancha espada 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 131 

desnuda cu la diestra, se veia á pié en. la arena á po- 
ca distancia del rey y del príncipe Mohhanmed ; la 
mirada que Wadah, lijaba á veces en aquel joven , re- 
velaba una angustia más profunda que la que posa- 
ba en An-llhamar, al par que un relámpago de odio 
brillaba en sus ojos, cuando los tornaba al príncipe 
Mohhanmed. 

Betsabé entretanto revolvia entre sus lindísimos de- 
dos la terrible esmeralda, y en su rostro frió é impasible 
se traslucía una vaga y cruel expresión de triunfo cada 
vez que el toro hacia rodar uno de los leales y valien- 
tes caballeros que formaban una valla humana ante 
Al-Hharaar. Al fin todos cayeron heridos ó fuera de 
combate , y sólo quedaron ilesos el rey , el príncipe y 
el caballero del verde atavío. 

A falta de otros contrarios , el toro, á quien parecía 
prestar fuerzas un extraño poder , se lanzó sobre el 
príncipe Mohhanmed; el valiente joven arrojó en vano 
su rejón, que pasó silbando á poca distancia del furio- 
so bruto: Al-Hhamar, sin tener más tiempo que el ne- 
cesario para interponer su caballo entre el de su hijo 
y la fiera, rodó á su empuje, como habian rodado an- 
tes tantos otros : oyóse entonces en medio del terror 
general un grito salvaje : vióse al caballero délo ver- 
de arrojar su alquicel entre el rey y el toro ; sacarle en 
medio de la plaza ; burlar , merced á la flotante tela, 
sus embestidas, y en fin asestar contra él la aguda pun- 
ta de su luciente espada: su alquicel llamó al toro; 



i 32 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

este partió un momento después; hombre y bestia 
cayeron en tierra ; pero antes de que pudiese ser no- 
tado distintamente, el hombre se levantó sano y salvo, 
mientras el toro espiró , lanzando un raudal de negra 
sangre, por una ancha herida que habia abierto en su 
cerviz, al penetrar hasta la empuñadura, la espada del 
desconocido. 

El peligro de que con tan maravilloso valor habia 
salvado á Ál-Hhamar y al príncipe luohhanmed, habia 
causado tan profunda sensación, que mil voces se le- 
vantaron para aclamar vencedor al esforzado caballero, 
y para pedir se le concediese ser premiado por la sul- 
tana de la hermosura. Pero el rey , repuesto de su cai- 
da, meditó que no podia concederse tal merced al que 
sólo habia vencido una prueba, y si bien juró por su 
espíritu recompensar de una manera digna de su gran- 
deza servicio tan distinguido, volvió al estrado, y sus- 
pendiendo la salida del segundo toro, mandó se cor- 
riesen sortijas. 

Entonces los esclavos clavaron en el centro de la pla- 
za un hermoso árbol, en una de cuyas desnudas ramas, 
cubierta por una plancha de acero, asomaba impercep- 
tiblemente el círculo de una sortija de oro. Cubriéronse 
con arena los rastros de sangre, y todos se prepararon 
al próximo y menos peligroso espectáculo, olvidados 
ya de los horrores del primero. 

Entre tanto, Wadah, que habia caido desvanecida 
entre sus esclavas , al ver á Al-Hhamar por la arena, 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 133 

había vuelto en sí , y solicitaba del rey licencia para 
alejarse de la fiesta. 

— Rey y señor, le decía: tu sierva , después del 
horrible peligro en que te ha visto, no puede hallar 
placer en otra cosa que en la soledad : si permaneciese 
aquí, creería verte aún en tierra delante del furioso 
animal , á quien ese valiente caballero ha vencido. Dé- 
jame que en el retiro del alcázar piense en tí ; que te 
espere recordando los hermosos dias de nuestro primer 
amor. 

El rey fijó una mirada extraña en la sultana. 

-— Sí; quiero estar sola, continuó esta : necesito es- 
tar sola ; el ruido de esas voces me lastima , mi cabeza 
se pierde... tiemblo, ¿no lo ves? 

En efecto, Wadah temblaba; Betsabé fijaba en ella 
una mirada sombría; Djeidah, Zahra y Obeidah pres- 
taban una descuidada atención á aquellos misteriosos 
terrores que paradlas eran una historia completa En 
aquel reducido círculo se agitaban todas las pasiones 
que pueden combatir al corazón. El rey dudó aún. 

— ¿Y quién dará luz á mis ojos, dijo, si tú te sepa- 
ras de mí , sol de mi vida? ¿Cómo podré yo apreciar el 
valor de mis caballeros, si al separarte de mí tan tur- 
bada, llevas contigo mi cuidadoso pensamiento? 

, Wadah contestó señalando con una elocuente mira- 
da á Betsabé ; el rey palideció. 

— Ya lo ves , añadió Wadah , como concluyendo el 
pensamiento que sus ojos habían empezado á expresar; 



134 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

padezco como tu temes, me fascina esa mujer, su vis- 
ta me atormenta, déjame partir. 

El rey inclinó la cabeza resignado, y permitió á su 
esposa abandonar las fiestas. Wadah salió, rodeada de 
sus esclavas, y meditabunda y preocupada llegó á la 
casa del Gallo. 

Despidió á su servidumbre , encerróse en su retre- 
te , y una vez sola, se abandonó á las pasiones que ha- 
bía contenido en presencia del rey y de la corte. Wa- 
dah , no era ya la mujer hermosa que inspiraba insen- 
satos amores, como su mirada tranquila é indiferente; 
era una pantera furiosa á quien se ha insultado ; no ha- 
bía en ella ni terror ni amor ; sus ojos lanzaban un fue- 
go sombrío; su boca entreabierta producia una especie 
de rugido sordo y continuo; su hernioso seno se eleva- 
ba agitado por una respiración violenta; sus lindos 
pies hacían retemblar el pavimento con un paso fuerte, 
apresurado , circular , como el de una íiera encerrada 
en una jaula : todo presagiaba en ella una deesas ter- 
ribles borrascas del alma que al estallar aterran, y que 
causan la muerte de quien las excita. 

Nada oia , nada veia : el presente no existia para 
ella ; recuerdos terribles le traían su pasado, y terro- 
res incógnitos le fingían un porvenir horroroso, que 
ella había querido evitar y al cual le arrojaba una ma- 
no invisible y poderosa. Su carácter salvaje se suble- 
vaba contra aquel poder superior : su voluntad enér- 
gica la hacia pensar en la lucha, pero aquella lucha era 



niSTORU DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 135 

de un éxito dudoso : habia momentos en que se creia 
impotente, y el conocimiento de su impotencia la ir- 
ritaba. 

Algunas veces la arrancaba de sus terribles pensa- 
mientos un sonido vago, perdido en la distancia y en 
el espacio ; era el son de las trompetas de la tiesta que 
resonaban de tiempo en tiempo: con él se levantaba el 
rumor confuso de las voces del pueblo que aclamaba á 
un vencedor. Su vista se dilataba : creia ver á su hijo 
Jucef en aquel caballero de lo verde, arrancando sor- 
tijas que nadie habia logrado tocar; arrojando de la 
silla , á los botes de su lanza , á los caballeros de bra- 
zo más fuerte; arrojando empresas y divisas, ganadas 
á los vencidos, á los pies de Betsabé. Veia lucir en 
los labios de este una sonrisa de amor y de triunfo, y 
la irritación de su alma la animaba con un fuego som- 
brío ; volvía á su paseo circular, á su terrible furor, á 
sus pensamientos de venganza. 

En uno de aquellos accesos , se detuvo delante de 
un pequeño alhamí , abierto en el muro y adornado 
con labores y signos extraños: levantó el mármol que 
le servia de pavimento y tomó de debajo de él una ta- 
bla negra , escrita con caracteres rojos ; sentóse en el 
suelo y colocó la tabla sobre sus rodillas : luego sacó 
de su seno un punzón de oro, y tocó uno de aquellos 
nombres escritos en caracteres cabalísticos , y esperó ; 
pero nadie apareció ante ella, como en otro tiempo, al 
impulso de aquel contacto mágico: su poder habia ce- 



i 36 HISTORIA DK LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

dido á un poder superior, y el ensalmo sólo contestó 
con una muestra horrorosa : la tabla se cubrió de san- 
gre que rebosó de ella y manchó las vestiduras de Wa- 
dah; lentamente se levantó una llama azulada, que la- 
mió primero indecisa los bordes del talismán y después 
le cubrió enteramente, se elevó, osciló y se consumió. 
En vez de los caracteres misteriosos, los ojos de Wa- 
dah vieron sobre la negra superficie de la tabla, siete 
murciélagos horribles que la miraban con sus peque- 
ños ojos de fuego, que batían sus alas de crespón, y 
que parecían mofarse de ella, abriendo sus horribles 
bocas con un mohín extraño, muy semejante á la risa 
de un condenado. 

El rostro de Wadah expresó una feroz alegría á la 
vista de las siete alimañas : sus labios murmuraron un 
conjuro, y los murciélagos dilataron nuás sus bocas, 
como contestando con una risa insolente. 

Wadah palideció. En aquel momento había creído 
ver a través de la tabla fatal el rostro de un cadáver; 
creyó haber visto en él al nombre de su último amor : 
amor frenético que llenaba su existencia , que la de- 
voraba, que la consumía; sobre aquel rostro, el tósi- 
go había dejado impresas manchas lívidas: sus ojos es- 
taban cubiertos por un velo de sangre , y á través de 
los apretados dientes, fluía por su boca entreabier- 
ta roja espuma. Wadah arrojó horrorizada la tabla á 
un perfumero, cuyo fuego la devoró lentamente, al 
par que de las siete bocas de los siete murciélagos 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 137 

que ardían , emanaban siele carcajadas horribles. 
— ¡Oh ! ¿ qué es esto ? gritó Wadah en el colmo del 
terror : ¿con que todo lo que amo ha de perecer, y he 
de perecer yo con ellos, y mi poder será inútil para 
contrarestar el poder de ese miserable? ¡No, no será... 
aunque lo quieran todos los arcángeles del sétimo 

cielo ! 

Su hermoso semblante mostrábase entonces en una 
de esas terribles expresiones , que si una vez se han 
visto no se olvidan jamás : sus cabellos se habían des- 
ordenado y caian como un velo sobre su frente: lijos 
sus ojos, amenazadores y sombríos , brillaban con un 
fuego semejante al que debió lucir en los de Eblís 
cuando fuá arrojado del Paraíso : su boca entreabierta 
permitía ver sus blanquísimos dientes, apretados por 
la rabia; sentada en el suelo, replegada sobre sus ro- 
dillas, los brazos apoyados en ellas y las manos cris- 
padas, clavando las uñas en su semblante, hubiera he- 
cho temblar al más osado y retroceder al más atre- 
vido. 

Pero todo aquel furor creciente, inmenso, era mas 
de lo que puede sufrir un corazón mortal: habia pasa- 
do más allá de los límites naturales, y se deshizo en 
lágrimas: Wadah lloraba por la primera vez. 

De repente se levantó , tomó una lámpara de oro co 
locada en un nicho, la encendió, cubrióse con un ve- 
lo, salió del retrete y entró en una oscura galería; al 
fin de ella abrió una puerta, bajó algunos escalones, y 



138 HISTORIA DE LOS S1F.TE MURCIÉLAGOS. 

se adelantó a lo largo de un estrecho y pendiente 
transito. 

El lugar por donde caminaba Wadah era una mina 
que comunicaba con uno de los extremos del Albaicin; 
al liu de ella abrió otra puerta, subió una escalera, 
y atravesando algunos retretes, se encontró al fin en 
el que habia servido de prisión á Betsabé, y donde su- 
jeto á su poder yacía Absalon. 

• lámparas estaban apagadas, los braserillos sin 
i, los pájaros mudos 5 las llores marchitas; una 
luz pálida penetraba por el ajimez, á través de los do- 
bles lapices, \ un silencio profundo dominaba en aquel 
magnífico retrete. Wadah coloco su lampara sobre el 
mismo pedestal que algunas horas antes sostenía el 
janon de porcelana , arrojado al suelo por el furor de 
Betsabé , y cuyos restos aún se veian sobre la alfom- 
bra. El diván se ocultaba tras sus cortinajes de púr- 
pura, y nada indicaba que aquel recinto estuviese ha- 
bitado. 

Wadah observó todo esto en silencio ; compuso su 
desordenada cabellera, cubrióse con el velo, y diri- 
giéndose con paso recatado al diván, levantó el tapiz y 
miró : la lámpara arrojó su débil reflejo hasta el fondo 
de aquel lecho, y dejó ver á la sultana un hombre que 
dormía : era Absalon. 

Su semblante pálido, en que naturalmente estaba 
retratada la miseria de su espíritu, mostraba entonces 
una expresión de dolor , reflejo sin duda de algún en- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 13' 1 

sueño horroroso ; á través de su boca entreabierta se 
veían entrechocarse sus dientes, y un sudor copioso 
filtraba de sus blancos y escasos cabellos, y se desliza- 
ba por su frente. 

Wadah contempló por algún tiempo á aque! hombre 
con severo semblante ; sus ojos se tiñeron de una som- 
bría expresión de cólera , que creció progresivamente 
hasta estallar ; luego asió con fuerza la hopalanda del 
judío y la sacudió con furor : 

— Despierta, miserable, gritó. 

Ábsalon se levantó aterrado; sus ojos soñolientos se 
dilataron, y su boca temblorosa dio salida á un grito: 

— ; Perdón , Betsabé ! exclamó. 

— ¡Betsabé! ¡Siempre Betsabé! prorumpió colérica 
Wadah. ¡Siempre esa mujer! ¿Qué has hecho de ella, 
miserable? ¿Dónde está? 

El judío pasó su descarnada mano por su frente , y 
miró con asombro á la sultana. 

— No es Betsabé, dijo. . 

— ¿Qué has hecho de ella? repitió con más fuerza 
Wadah. 

— ¡Estaba escrito ! murmuró el judío. 

— ¿Pero qué estaba escrito? exclamó impaciente la 
sultana, ¿Quién es esa mujer? 

— Esa mujer... repitió con el acento del idiotismo 
Absalou ; esa mujer es la muerte... esa mujer, es la 
condenación. 

Wadah se impacientaba : sus labios temblaban , su 



440 HISTORIA DE LOS BíETE MURCIÉLAGOS. 

seno agitado dejaba percibir cada uno de los violentos 
latidos de su corazón. 

— ¿Esa mujer? repitió aún. 

— No tiene padre entre los hombres, ni sus dias es- 
tán contados, contesto Absalon , ni mujer la ha acer- 
cado á su pedio, ni tumba se cerrará sobre ella; es la 
hija de los conjuros, el espíritu de Eblís, el arcángel 
tentador que inspira los amores impuros y las vengan- 
za crueles... esa mujer es el destino de una raza que 
acerca al horizonte de los mares de la muerte el sol de 
su existencia. 

Absalon parecía inspirado; Wadah le escuchaba con 
ansiedad. 

— Pero esa raza, continuó Absalon, dejará sobre el 
horizonte del pasado reflejos de grandeza, que mira- 
rán con respeto los que vengan con el porvenir... Esa 
raza será raza de mártires, y sus espíritus purificados 
con el sufrimiento, subirán como un perfume, alií don- 
de todo es eterno , donde todo es hermoso , donde el 
espíritu de Dios vuela, llenando de felicidad infinita 
cuanto con él está... Esa raza es una raza de justos. 

— ¿Y qué raza es esa? preguntóle estremecida 
Wadah. 

— Allá en los remotos confines de África, prosiguió 
Absalon , como si no hubiese oido la pregunta de Wa- 
dah , en un campo fértil , rebosa de un lago el Bahr- 
el-Azrak (rio azul). Corre entre bosques de palmeras 
y se une al gran rio donde moran el hipopótamo y el. 



.' .-' HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 141 

cocodrilo. El mismo dia que los espíritus invisibles pre- 
sidian el nacimiento de Ebn-al-IIhamar , un hombre 
pobre, descalzo, fatigado, caminaba por la ribera del 
Bahr-el-Azrak, á poca distancia del punto donde este 
rio se une al sagrado Nilo ; llevaba en la espalda un 
cofre y en él alguna joyería falsa, unos cubiletes y una 
tabla de ajedrez. Era un juglar que recorría los adua- 
res, ejercitando su triple profesión de médico , merca- 
der y jugador de manos; todos le conocían y se apar- 
taban de su paso, arrojándole algunas monedas de 
cobre, porque le tenían por mago y le temían; sin 
embargo , el pretendido mago estaba reducido á la mi- 
seria más horrible : siempre errante, sus pies se en- 
sangretaban caminando sobre los arenales, y su piel, 
defendida tan sólo por un sucio turbante y un roto al- 
quicel, sufría los ardores del sol, que la quemaba, po- 
sándose sobre ella como una plancha de hierro enro- 
jecido. 

Aquel hombre caminaba sin duda á la ventura, pues- 
to que ni un aduar, ni una ciudad se veían á muchas 
leguas de distancia; sin embargo, andaba cuanto po- 
día, y en poco tiempo llegó al lugar donde el Bahr-el- 
Azrak se une al Nilo. 

Allí se detuvo , no pudiendo pasar adelante , y se 
sentó al pié de una palmera. 
, — ¿Y qué me importa tu juglar? gritó Wadah im- 
paciente; ¿qué tiene que ver con esa mujer? 

Pero Absalon nada oía, nada veían sus ojos; mos- 



142 niSTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

traban una mirada fija, sin objeto, insensata; sus ca- 
bellos estaban erizados, su voz era lúgubre; Wadah 
mordió impaciente sus labios, sentóse sobre la alfom- 
bra, cruzó los brazos, inclinó la cabeza sobre el pedio 
y se resigné á esperar uu momento de lucidez en la 
demencia del viejo. Este entre tanto había continuado 
su relato. 

— El juglar miró atrás y se contristó al ver el largo 
camino que tenia que desandar para encontrar una 
tienda ó una cabana, puesto que adelante le cerraba 
el paso la confluencia <l< i los dos rios. — ¡Si al menos, 
dijo, tuviera una barca! — En aquei momento, de entre 
un is cañí s situadas en la opuesta ribera, apareció una 
balsa que adelantó hasta llegar a la orilla; nadie la di- 
rigía: había venido por si misma, á no ser que la im- 
se algún invisible cocodrilo. 

Aunque deseoso de proseguir su marcha , el juglar 
tuvo miedo de aquellos maderos entrelazados con jun- 
cos, que sin que nadie al parecer los impeliese, ha- 
bían subido la corriente, fuerte en aquel punto en ra- 
zón al caudaloso desagüe del Babr-el-Azrak, y que se 
mantenían inmóviles convidándole á la travesía; pero 
luego meditó que allí se encerraba un misterio , y su 
miedo cedió á su curiosidad. 

Resolvióse, pues , levantóse y saltó en la balsa, que 
como si no esperase nada más, se separó de la orilla 
y se abandonó á la corriente con la \elocidad de una 
saeta. Ya no era tiempo de retroceder. El Nilo arras- 



niSTORLV DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 143 

traba con violencia su turbia corriente, y pretender 
llegar á nado á cualquiera de sus riberas, hubiera sido 
buscar una muerte segura. Por mucho que fuera el ter- 
ror del juglar, hubo de resignarse á aquel viaje ter- 
rible. 

La balsa aumentaba maravillosamente en velocidad. 
El juglar veia pasar á sus costados las dos riberas con 
la misma rapidez que pasa una tromba sobre un are- 
nal. Los montes, tu valles, las colinas, parecian cor- 
rer como sombras ; la corriente era cada vez más rui- 
dosa , más sensible ; la estrella de la tarde reverbera- 
ba ya en la inmensidad del firmamento, y algunas bri- 
llantes estrellas palidecían ante el sol que to ^a al 
Occidente. 

La balsa siguió: dejó el centro del rio y penetró en 
un cañaveral ; á medida que adelantaba, las cañas eran 
más elevadas; se estrechaba el cauce, los follajes se 
unian y menguaba la luz ; al fin, sólo quedó una cla- 
ridad nebulosa, un ambiente pesado, unas aguas ne- 
gras y silenciosas. Y la balsa corría como una saeta 
disparada sobre aquella superficie tersa en que se re- 
flejaba el color mate y frió de la niebla. 

Al fin la balsa desembocó en un lago , abrillantado 
por el reflejo de una hoguera que ardia sobre una roca 
de granito rojo, situada en medio de las aguas; la bal- 
sa chocó en ella y empezó á sumergirse lentamente, 
obligando al juglar á tomar tierra. La balsa desapare- 
ció al fin, y quedó solo, con su joyería y su tablero de 



144 HISTORIA DH LOS SirTK MURCIÉLAGOS. 

ajedrez, sobré aquella pequeña piedra que se elevaba 
en el centro de un reducido lago, rodeado de espesa 
maleza, cubierto por un celaje sombrío y alumbrado 
por la luz de una hoguera solitaria. 

El juglar buscó una habitación humana y dio vuelta 
á la roca; en la parte opuesta á aquella á donde habia 
arribado, encontró la boca de una gruta y entró. Sus 
tojos, deslumhrados por el vivo resplandor de la ho- 
guera , nada vieron durante un cor'o espacio; luego las 
tinieblas fueron desvaneciéndose, y en el fondo vio una 
puerta que al llegar á ella se abrió por sí misma: el 
juglar pudo entonces ver un pequeño aposento, cuyas 
paredes eran negras y cubiertas de inscripciones mis- 
teriosas y signos cabalísticos pintados con tinta roja; 
veíanse allí la lengua de la serpiente de mar, junto á 
los ojos del águila de los trópicos; huesos informes del 
Roe (1), dientes de lobo rabioso y uñas de cocodrilo; 
hallábanse allí alimañas no conocidas , reptiles de for- 
mas horribles,' abortos espantosos; y entre todos estos 
objetos, instrumentos, armas y utensilios de hechura 
y usos extraños , cuantas producciones vegetales en- 
cierran el tósigo y el narcótico : filtros para matar, 
para enloquecer, para envejecer, para inspirar amor 
y aborrecimiento; todo cuanto dañoso encierra la na- 
turaleza , colocado con orden sobre las mesas y sobre 

(4) Ave fabulosa que, según los orientales, posee tan gigantes- 
cas alas que la bastan para sepultar en las sombras mns profundas 
la prate de la lien-a sobre que vuela, al pasar entre ella y el sol 



HISTORIA DE LOS SÍETE MURCIÉLAGOS. i 45 

las paredes de aquel aposento, dentro del cual tembla- 
ba el imprudente juglar , pesaroso hasta el fondo del 
alma de haberse aventurado en aquella balsa maldita 
que le habia conducido á lugar tan siniestro. 

Y no eran las alimañas y las redomas donde estaba 
encerrado tanto veneno, lo que causaba su miedo : era 
otro objeto más horrible que todos aquellos horrores 
lo que le hacia temblar y le enmudecía: era un hom- 
bre sentado sobre un escabel de tres pies , cubierta la 
cabeza con un bonete puntiagudo, negro como su tú- 
nica, y como ella cubierto de caracteres rojos. Aquel 
hombre entonaba un canto fúnebre , cuyas palabras, á 
pesar de ser ininteligibles, hacian temblar el corazón 
del que las escuchaba ; su rostro era feroz , malévolo, 
surcado de manchas lívidas , y animado por dos ojos 
redondos, pequeños y relucientes como carbunclos; 
unos cabellos lacios y una barba revuelta y larguísi- 
ma, de color de plomo blanquecino, afeaban aquel sem- 
blante que por sí solo bastaba á causar horror ; bajo la 
ancha hopalanda de aquel ser terrible , se veian des- 
cubiertas sus manos secas y huesosas como las de una 
momia , que se ocupaban en remover con una larga 
espátula de hierro enmohecido, un brebaje de color im- 
puro que hervía á sus pies en una vasija de materia y 
forma extrañas ; de ella se levantaba en espiral una co- 
lumna de fuego rojizo que se abria paso fuera de aquel 
antro por una claraboya abierta en la roca, y que apa- 
reciendo sobre ella , era la hoguera que abrillantaba 

9 



146 HISTORIA DE LOS SIRTF. MURCIÉLAGOS. 

las aguas del lago sobre el cual habían flotado los ma- 
deros que condujeron hasta aquel sitio al juglar. 

De tiempo en tiempo el viejo dejaba el escabel , to- 
maba una redoma y vertía en la vasija parte de su con- 
tenido, entonando un canto misterioso y desagradable; 
el brebaje hervia con más fuerza , el fuego chispeaba 
rugiendo, y un humo blanquecino, impregnado de 
miasmas hediondos, se extendía en aquel reducido 
ámbito, lamia las paredes, envolvía las formas y se 
disipaba al lin, devorado por la misma hoguera que le 
había producido. 

El juglar observaba inmóvil cuanto sus ojos veian; el 
viejo parecía no apercibirse de su presencia ; al íin sus 
ojos ardientes se fijaron en aquel hombre tembloroso, 
sus labios se contrajeron con una mueca, extraña son- 
risa peculiar á su semblante; su pecho se levantó, pro- 
duciendo un ruido semejante al estertor de un moribun- 
do, y se dejo oir su voz ronca, estridente y cavernosa. 

— ¡Acércate, Djeouar ! dijo al juglar. 

— ¡Djeouar! exclamó Wadah, levantándose como 
herida por un recuerdo terrible, y saliendo de la iner- 
cia á que se habia abandonado ante el delirio del judío. 
¿Conoces tú á Djeouar? ¿Sabes quién es Djeouar? 

La voz de la africana dejaba notar las inflexiones de 
la cólera, del odio, del terror; el grito que acompañó 
á su pregunta fué tan terrible que Absalon se levantó, 
miró en torno suyo con espanto y pasó las manos por 
su frente que devoraba la fiebre. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. i 47 

La sultana y el judío, de pié, frente á frente, mu- 
dos entrambos, retratada la cólera en la mirada de 
la una y la insensatez en la del otro , se contemplaron 
durante un breve espacio. 

Wadah fué la primera que rompió el silencio. 

— ¿Conociste á Djeouar? preguntó al judío clavan- 
do su crispada mano en uno de sus hombros. 

Absalon miró á la sultana de una manera estúpida, 
sus ojos vagaron inciertos , y se dejó caer desplomado 
sobre el diván. 

— Yodormia, dijo reuniendo con trabajo sus re- 
cientes recuerdos; soñaba con mi pasado... con una 
mujer... esa mujer era... Betsabé... sí; era Betsabé; 
Ja hija de los conjuros... la hija de Eblís... Betsabé, 
la hechura de Djeouar. 

— Sí, sí, dijo Wadah, procurando ayudar la memo- 
ria del judío ; recordabas á un hombre á quien otro, 
hechicero sin duda, había llevado ante sí; á quien 
nombraba.. . 

— Djeouar, es verdad, exclamó Absalon soltando 
una carcajada semejante á la de un niño que encuentra 
un objeto perdido y ansiado; Djeouar.., ya me acuer- 
do... estaba junto al hechicero, y este le dijo: 

—Acércate, Djeouar. 

Djeouar, el juglar, se acercó temblando; el hechi- 
cero le contempló á su sabor. 

La sultana, que hasta escuchar aquel nombre mis- 
terioso habia estado abismada en sus pensamientos, 



148 HISTORIA. DE LO? SIETE MURCIÉLAGOS. 

contuvo entonces el aliento, temerosa de interrumpir 
al judío. Este continuó: 

— Te he elegido, le dijo, para confiarte un encargo 
mió, porque eres entre los hombres el más á propósito 
para llenar mis deseos. 

Djeouar se inclinó y tuvo menos miedo. 

—Eres ambicioso, continuó el hechicero : levantas- 
te muy alta tu vista y pensaste ser uno de esos hom- 
bres que mandan á los demás, que los gobiernan se- 
gún su voluntad, que juegan con las vidas y con las 
haciendas: era la suprema felicidad. Te creíste ver en 
tus delirios para el porvenir, recostado en un sofá de 
oro y purpura, rodeado de esclavos y de mujeres cu- 
biertas de joyas, en un alcázar de mármol, adurmién- 
dole á los vapores del opio, y mandando azotar á tus 
walíes como á perros, y degollar á tus vasallos como 
carneros ; torrentes de sangre pasaron delante de tí, y 
entre ellos, vírgenes de ojos brillantes y bocas sonro- 
sadas ; te entregaste en demasía al halago de tus sue- 
ños, y cuando al despertar te viste pobre, miserable, 
impotente, expuesto á ser degollado por uno de esos 
hombres cuya suerte envidiabas, los aborreciste, te 
hiciste santón y predicaste á los miserables como tú, 
guerra eterna á todo lo que era dominio, á todo lo que 
era fuerte. La desdicha de los unos , la pobreza de los 
otros, la envidia de los más, fueron para tí poderosos 
auxiliares, y te rebelaste contra el califa de Damasco. 
Pero el califa envió contra tí uno de sus eunucos y al- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. i 49 

gunos esclavos, y te venció, te aprisionó y te encerró 
en una mazmorra. Con pretexto de castigar su traición, 
gravó á sus pueblos con enormes tributos, añadió le- 
yes bárbaras á las que hacia cumplir con harta rigidez 
á los suyos, y degolló, ahorcó, empaló y crucificó á 
los que entre ellos eran más ricos ó le inspiraban más 
recelos ; tú debiste morir entonces , pero yo tenia pro- 
yectos acerca de tí, y te salvé por medio de mi poder 
sobrenatural. Una noche se abrieron las puertas de tu 
prisión y te encontraste en el campo al aire libre , con 
tu saco lleno de relumbrones, tus cubiletes y tu mu- 
griento tablero de ajedrez. Habías visto desvanecer- 
se un sueno , pero al pasar habia dejado sus huellas 
en tu alma; no pudiendo dominará los fuertes, no 
creyendo en el poder de la ayuda de los débiles, 
aborreciste á los primeros y despreciaste á los se- 
gundos ; el aborrecimiento y el desprecio para con 
tus semejantes te hicieron egoísta : el egoísmo te hizo 
cruel. 

Pero quedaban aún en tí ambiciones secundarias: 
tus sueños de grandeza te hicieron pesado el trabajo 
del pobre, y te dominó la indolencia ; soñaste entonces 
tesoros : si no podias ser califa, podias muy bien ser 
rico : pero como los cubiletes , las joyas de cobre y el 
ajedrez, apenas le producian el dinero suficiente para 
un miserable alimento , meditaste otro medio más con- 
veniente : compraste con ahorros debidos á tristes dias 
de hambre y privaciones , un arco y algunos venablos, 



150 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

y esperaste al primer transeúnte. El que no había po- 
dido ser califa, fué ladrón. 

Te se unieron algunos árabes de las cabilas salva- 
jes, y no fué ya cá los caminantes indefensos, sino á las 
caravanas, á las que acometiste; todo fué perfectamen- 
te mientras diste su parte en las presas al califa , es de- 
cir, mientras le pagaste un misterioso y vergonzoso 
tributo por tus latrocinios; pero un dia acometiste á 
una caravana que conducía presentes del califa para el 
schah de Persia : defendiéronlo los soldados, destro- 
zaron á los tuyos y te sepultaron otra vez en una maz- 
morra. Tu primera derrota te inspiró desconíianza para 
con los demás hombres, y te hizo cruel : la segunda le 
obligó á desconfiar de tus propias fuerzas, y te hizo 
cobarde. El califa te mandó crucificar; pero si me ha- 
bías convenido por cruel, por cobarde aumentabas en 
valor á mis ojos. La crueldad y la cobardía constituyen 
al asesino sin piedad, al hombre sin corazón. Como la 
vez primera, te abrí las puertas de tu encierro y te 
viste libre , con tu saco provisto de tus pobres recur- 
sos de subsistencia. 

Mientras la ambición y la avaricia dominaron tu co- 
razón, durmió en él otro sentimiento, violento en tí, 
capaz de arrastrarte á todo : el amor ; pero no el amor 
hijo de la naturaleza, sino un sentimiento impuro, in- 
contrastable , devorador. Si esa hubiera sido tu única 
ambición en los dias en que tu frente estaba tersa , tus 
ojos brillantes, tu barba negra y tu cuerpo gentil, hu- 



HISTORIA PE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. loi 

hieras podido hallar algunas ventajas; pero cuando 
buscaste el amor , tus ambiciones frustradas habían ar- 
rugado horriblemente tu rostro; tus ojos habían ad- 
quirido la repugnante expresión que distingue al trai- 
dor , y tu cuerpo se había encorvado bajo el peso de 
los sufrimientos. Has perdido tu tiempo , y al fin estás 
ante mí con el corazón lleno de odio y el pensamiento 
de venganzas. Eres el hombre que necesito, y por eso 
te he traído hasta aquí. 

— ¿Y qué quieres ? preguntó Djeouar al hechicero. 

— ¿Ves el licor que hierve en esa vasija? 

— Sí. 

—Encierra el bien y el mal, y en la llama que pro- 
duce vamos á leer el horóscopo de un hombre que está 
á punto de venir á la luz. 

El viejo se levantó , asió á Djeouar y le hizo mirar 
al Poniente á través de la llama. 
. — ¿ Qué ves? le preguntó. 

— Veo una tierra fértil, contestó Djeouar, rodeada 
de colinas y montañas, pero no la conozco, 

— Es el país de Andalus (1) ; ¿no ves más? 

— Sí : un pueblo sobre nn monte. 

— Mira aún. 

— Un castillo sobre el pueblo. 

— ¿Y en el castillo? 

— Un retrete, un diván y una mujer hermosa, ro- 
to Andalucía. 



152 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

deada de esclavas. Padece horriblemente : está próxi- 
ma al alumbramiento. 

El hechicero hizo entonces á Djeouar tornarse al 
Oriente. 

— ¿Qué ves? 

— Veo el nacimiento del Bahr-el-Azrak, y más aba- 
jo un pueblo junto á un lago. Sobre el pueblo un al- 
cázar; en los jardines del alcázar una mujer joven y 
hermosa. 

Un relámpago de pasión lució en los ojos del juglar 
al ver la mujer que dormía guarecida del sol bajo una 
enramada de jazmines en el alcázar; sus labios entre- 
abiertos temblaban con la convulsión de la cólera, por- 
que junto a aquella mujer habia un hombre que se ex- 
tasiaba contemplando su semblante lleno de dulzura, 
al que un hermoso sueño, sin duda, prestaba una son- 
risa purísima y satisfecha. 

— Ti'i amas á esa mujer, observó el hechicero á 
Djeouar. 

— Sí : contestó este con voz sombría. 

—Esa mujer es la esposa del wazir Áben-Sal-Chem, 
á quien adora , y de quien es amada con idolatría. Aún 
no ha corrido una luna desde que el amor unió sus des- 
tinos, y mira cuan felices parecen. Sin embargo, si tú 
quieres , esa felicidad desaparecerá y serán tan des- 
graciados como tú, que tienes el corazón seco como las 
aristas que lanza esa hoguera. 

— ¿Y qué he de hacer ? 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 163 

— Ocupar mi lugar , porque voy á morir. Te dejaré 
parte de mi poder, y alcanzarás por él cuanto lias am- 
bicionado. 

— ¿ Seré rey ? 

— De la creación : tu mano poseerá el bien y el mal, 
usarás de él á tu antojo, te obedecerán los espíritus 
invisibles, y estarán abiertos al par para tí los jardines 
del Edera , y las sombras y el fuego eterno del pro- 
fundo. El juglar se estremeció de terror , y casi estuvo 
á punto de rehusar tan terrible herencia ; pero recordó 
su abyección , sus ambiciones malogradas, sus ultrajes 
pasados, su pobreza y su sufrimiento. El ángel de la 
tentación le envolvió en sus alas , y derramó en su al- 
ma la esperanza y los deseos insensatos. Creyó verse 
joven , hermoso , rico ; volvieron á pasar ante él sus 
sueños de sangre y exterminio, y las vírgenes de ojos 
negros envueltas en sus flotantes velos. Creció el odio 
que profesaba al hombre, la pasión que le arrastraba 
hacia la mujer que dormía bajo la enramada de jazmi- 
nes, y se embriagó bajo el encanto de la realización 
de sus deseos. Arrojó lejos de sí el cofre donde guar- 
daba sus joyas de cobre , sus cubiletes y su tablero de 
ajedrez, y se tornó resuelto al hechicero. 

— Acepto tu poder, dijo. 

— Pues bien, mira: aquel pueblo asentado junto al 
rio, en las márgenes del lago, es Dembea (1) ; la mu- 

(1) Pequeña ciudad de Egiplo, siluada á la parle orieníal del lago 
que lleva su mismo nombre. 

9. 



154 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

jer que duerme en él eu los jardines del alcázar, es 
Noérai , la esposa de Aben-Sal-Chem, la mujer á quien 
amas. Aquella distante ciudad, perdida entre las bru- 
mas de Occidente en el país de Andalus, es Arjona; 
pasados algunos instantes nacerá en su castillo, de 
aquella mujer que grita y padece rodeada de esclavas, 
un varón que se nombrará Aben-al-IIhamar, y que más 
tarde , cuando la barba haya rodeado su rostro y le 
haya tostado el sol durante largos dias de combate, 
fundará un reino fuerte sobre el mismo país de Anda- 
lus, á los pies de una sierra cuya altísima frente siem- 
pre está y estará cubierta por la helada del invierno. 
El ¡icor que hierve en esa vasija es su horóscopo: ho- 
róscopo incierto en el que luchan por mitad el bien y 
el mal; yo he sido el mal genio de sus mayores, pero 
mis dias están contados, y en el momento en que él 
vea la luz, las sombras de la muerte serán con mi es- 
píritu. Es necesario que ese hombre sucumba con su 
raza: es necesario que la mujer que nacerá transcur- 
ridos diez años, de Noemi y Aben-Sal-Chem, sea el án- 
gel tentador de Al-Hhamar. 

E\ viejo parecía menguar en fuerzas á medida que 
el fuego producido por el negro brebaje aumentaba en 
brillantez é intensidad. Su rostro estaba cárdeno y su 
voz era más ronca y más débil. 

—Cuando mi vida se apague, continuó el viejo , se 
apagará la luz de ese fuego ; entonces verterás sobre 
mí el licor que haya quedado, y esperarás; luego to- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 155 

marás lo que encuentres de mis restos : en ello está tu 
poder; serás poderoso hasta el punto de crear seres á 
tu capricho, pero guárdate bien de hacerlo, porque 
perderás tu poder y serás como los demás hombres, y 
se agravarán las miserias que te aquejan. 

— ¿Pero podré ser rico? 

-Sí. 

-—¿Y tener alcázares y esclavos? 

— Sí. 

— ¿Y el amor de Noemi? 

—Sí. Pero ha llegado el momento, dijo el viejo es- 
tremeciéndose; la llama oscila, se debilita, se apaga. 

Y así era verdad : la columna de fuego , tan viva po- 
cos momentos antes, decreció hasta quedar reducida á 
una llama azul, indecisa y vaporosa que osciló al fin, 
se dilató un instante , lamió los bordes de la vasija y 
se evaporó perdida en la oscuridad. El hechicero ha- 
bía caido con ella : Djeouar, pálido de terror , contem- 
plaba el cadáver alumbrado por un resplandor débil 
emanado de la vasija donde reposaba un líquido de co- 
lor de oro. 

Pero la ambición dominó los terrores del juglar , y 
el filtro fué vertido por él sobre el cuerpo del hechi- 
cero. 

Volvió á aparecer la llama, inmensa, rugiente como 
un toro salvaje ; primero consumió la hopalanda, luego 
hizo crugir las carnes, devoró los huesos, se dilató y 
espiró. 



i 56 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

Entonces el juglar vio con asombro que entre aque- 
lla negra ceniza quedaba un despojo; era una calavera 
blanca como el marfil, cubierta de inscripciones y sig- 
nos rojos. 

Era, sin duda, el cráneo del hechicero. 

Djeouar le tomó, y como si aquel resto humano hu- 
biese tenido un poder superior, sus ojos se oscurecie- 
ron , el frió déla muerte corrió por sus huesos; sus 
piernas (laquearon y rodó por tierra aletargado. 

Cuando volvió en sí , se encontró sentado al pié de 
la palmera donde había tomado descanso en la confluen- 
cia del Nilo y del Bahr-el-Azrak: el cofre donde con- 
ducía sus cubiletes y sus utensilios estaba junto á él; 
el sol descendía al horizonte, inundando de una luz ro- 
jiza los arenales, y á lo lejos se escuchaba un ruido 
sordo, profundo, continuo, semejante al batir del mar 
contra una roca en un dia de tormenta, 

— Mucho he dormido, exclamó Djeouar aterrado; el 
semoum (1) avanza, y no hay ni uua gruta ni un kan 
donde defenderme de su soplo abrasador. ¡Si al menos 
fuera verdad lo que" he soñado! 

El juglar miraba trémulo al horizonte: el ruido au- 
mentaba progresivamente ; al fin se dejó ver la tromba 

(i) Semoum ó sarnyel, viento que reina á veces en el desierto. Se 
anuucia con gran ruido ; á su llegada , el cielo parece encarnado ó 
inflamado : mata al momento por la sofocación ; á los que abrasa se 
reducen á polvo cuando se les toca; sin embargo, no altera sus 
formas. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 157 

impulsada por el semoum; montañas de arena avan- 
zaban con una velocidad espantosa: el juglar se pros- 
ternó, resignado á morir. 

Cuando ya habia perdido toda esperanza , una vio- 
lenta ráfaga, precursora de la tromba, arrolló el cofre 
del juglar, colocado en la pequeña eminencia donde 
descollaba la palmera, á cuyo pié habia tomado des- 
canso ; la tapa del cofre se abrió, y con las joyas de 
cobre, los cubiletes y el ajedrez, rodó un objeto que 
volvió la esperanza á Djeouar. 

Era una calavera que parecía de marfil, cubierta de 
inscripciones y signos rojos. 

La tromba llegaba ya ; parecia que el mundo iba á 
desquiciarse, arrebatado por el semoum\ las palmeras, 
los espinos, las rocas, cedían á su paso, y arrancados 
de su asiento , aumentaban la tromba. El Nilo mugía, 
como saludando al terrible viajero , y los cocodrilos 
huyeron aterrados á esconderse entre sus grutas festo- 
neadas de algas. 

Era un momento supremo: el juglar asió la calave- 
ra, y exclamó : 

— Si no ha sido un sueño cuanto ha pasado por mí, 
ábrete Nilo, obedeciendo al poder de este talismán; 
álcese en tu oscuro fondo un alcázar para mí , y pase 
la tromba sin agitar uno solo de los mechones de mi 
barba. 

El Nilo obedeció, y como un tiempo el Dios de Moi- 
sés separó las aguas del Mar Rojo para dar paso á su 



15S HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

pueblo (i), se abrió la corriente del Nilo, y Djeouar 
descendió á pié enjuto hasta el fondo de su cauce. 

En él encontró un alcázar maravilloso : su ambición 
de riqueza estaba satisfecha; el pórfido, el oro y las 
piedras preciosas brillaban por todas partes; pero no 
había ni un esclavo, ni un animal , ni un pájaro en su 
recinto solitario : dominaba en él el silencio de la 
muerte. 

Djeouar estaba trastornado con tan repentino cambio 
de fortuna; agolpábanse á su pensamiento funestísimos 
recuerdos, y le parecía estar entregado á un sueño 
engañador : tocaba las columnas, los muros, las puer- 
tas de aquel palacio , como quien al ver un objeto que- 
rido posa sobre él sus manos temeroso de que no sea 
una sombra que se desvanezca al llegar á ella. 

Al fin sus ideas se aclararon: vióse cubierto de an- 
drajos en medio de aquel alcázar abandonado , y evocó 
esclavos que aparecieron á su voz y le cubrieron de 
galas. Luego mandó le preparasen un caballo, y por 
el poder de su talismán volvió al sitio donde creia ha- 



,1] Algunos extrañaran que en una leyenda mahometana consig- 
nemos uno de los mayores milagros de la Escritura. Los que cono- 
cen las creencias mu c ulmanas saben , como nosotros , que Mahoma 
compuso su religión de las dos más difundidas en la Arabia, la ju- 
dia y la cristiana, y conservó á Jesús el nombre de profeta, como 
Jesús lo habia conservado á Moisés. En muchas de sus oraciones 
llaman á Noé el profeta de Dios; á Abraham, el amigo de Dios ; á 
Ismael, el sacrificado á Dios; á José, el veridico de Dios; á Moisés, 
el que habló con Dios; á Jesucristo, el espíritu de Dios. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. Ib9 

ber soñado , y donde le habia sorprendido el semoum. 

La palmera no existia ya: habia sido arrebatada por 
la tromba; el ambiente, rojo é inílamado antes, estaba 
límpido y azul; el sol habia traspuesto el horizonte, y 
la luna llena alumbraba la inmensidad, produciendo 
destellos pálidos y brillantes en las inquietas ondas del 
Nilo y del Bach-el-Azrak. 

El juglar aguijó su caballo y caminó corriente arri- 
ba por la margen de este último rio ; el animal era li- 
gero como una gacela, y antes del amanecer , á pesar 
de existir una distancia enorme desde el punto de par- 
tida de Djeouar, vio los muros de Dembea. 

Esperó á que abriesen las puertas, y entre tanto hizo 
para sí el razonamiento siguiente: 

— Soy poderoso , es verdad ; yo podria , con sólo 
quererlo, llevar á Noemi á los climas más remotos, y 
vengarme de Aben-Sal-Chem ; pero yo no haré uso de 
ese poder más que para probar si es la virtud de ella 
ó mi fealdad , lo que ha hecho un imposible para mí 
de esa mujer. Me rodearé de fausto y de hermosura, 
derramaré el oro á manos llenas , y si mis deseos no 
se satisfacen, preciso será creer que mi destino me 
aparta de ella. 

Djeouar acarició la calavera, que, encerrada en un 
saco de cuero , pendía del arzón de la silla. 

— Ahora bien , dijo: es preciso que yo tenga una co- 
mitiva, y vengo solo; las puertas van á abrirse y quie- 
ro entrar en la ciudad con el aparato de un príncipe. 



100 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

En tanto el juglar meditaba, la aurora habia mostra- 
do su luz en el horizonte , y los pájaros despertaban 
en sus nidos y entonaban al Criador su canto matuti- 
no; en los confines de las praderas se levantaba de las 
chozas y de los aduares un humo blanquecino , que 
mostraba que los habitantes del campo se preparaban 
á su cotidiana tarea. Por el camino que habia seguido 
Djeouar, se veia alzarse, entre la bruma de la mañana, 
una nube de polvo que avanzaba con rapidez hasta de- 
jar percibir en medio de ella una tropa de jinetes y 
camellos , que se dirigía al punto donde esperaba 
Djeouar. 

Cuando hubieron llegado, el que los acaudillaba echó 
pié á tierra, y prosternándose ante el juglar, le dijo: 

— Nosotros somos esclavos de la calavera mágica, y 
hemos sabido tu deseo de tener una comitiva y un 
aparato dignos de un príncipe: henos aquí. 

Djeouar contó cien jinetes en los hombres que ha- 
bían venido con el que estaba prosternado á sus pies: 
mas allá, cien árabes conducían otros tantos camellos 
cargados de cofres y tiendas ; los jinetes eran jóvenes, 
hermosos, robustos, ricamente ataviados y armados con 
espadas y lanzas ; los caballos pertenecian á la raza 
más estimada en Arabia, y eran negros y fogosos; los 
esclavos que conducían los camellos , venían vestidos 
de blanco, color que hacia resaltar el cobrizo de su 
piel : todos miraban con respeto al juglar, y su caudi- 
llo estaba aún prosternado ante él. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 161 

—Levántate, le dijo Djeouar, ¿cómo te llamas? 

— Yo soy el genio Zim-Zam, contestó el pregunta- 
do, y soy esclavo del talismán que posees. 

— Pues bien, dijo el juglar, desde ahora eres mi 
walí, y te nombras Alí-Zim-Zam. ¡ Alí-Zim-Zam! Haz 
que se armen mis tiendas, y que reposen mis camellos. 

En un momento doscientas tiendas de riquísimo 
cuero se alzaron en la pradera á un tiro de venablo de 
las puertas de la ciudad: entre ellas se elevaba una de 
tela de seda, sobre cuya cúspide ondeaba un pendón 
verde. En torno de aquel real, se veian de trecho en 
trecho jinetes apoyados en largas lanzas guardando las 
avenidas; los camellos se agrupaban en el centro al- 
rededor de la tienda del pendón verde , y dentro de 
ella, gozando de su reciente y magnífica fortuna, 
Djeouar aparecía muellemente recostado en un sofá, 
sobre una alfombra de la India. 

Ante él, el genio Zim-Zam, esperaba de pié y en 
una actitud respetuosa sus órdenes. 

— ¿Sabes mis deseos? preguntó al genio. 

—Sí , poderoso señor; contestó este, inclinándose; 
quieres usar de tu poder de modo que nadie vea en tí 
más que un hombre adornado de todos los dones que 
el grande Allah concede á sus protegidos. • 

— Es verdad. Quiero ser hermoso y joven. 

El genio sacó de entre los pliegues de su faja una 
planchita ovalada de plata, en cuya bañada superficie 
se reproducían las formas que se mostraban ante ella; 



162 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

y la presentó al juglar. Lo atezado de su rostro, sus 
profundas arrugas, sus ojos pequeños, de expresión 
traidora y cruel , su barba cenicienta y descompuesta 
y su cuerpo encorvado y miserable habían desapareci- 
do: en cambio era un mancebo, en cuyo semblante 
noble brillaban dos ojos negros de sublime expresión, 
coronados por dos cejas perfectamente arqueadas; su 
frente , blanca , pálida y altiva, estaba ceñida por un 
chai de vivos colores, entretejido de oro; sus labios, 
de color de púrpura, mostraban un finísimo bigote y 
una barba semejante al terciopelo; su cuerpo, cubier- 
to por un caftán de inapreciable valor, era gallardo 
como una palmera, fuerte como un cedro, y esbelto 
como el de una hermosa odalisca, üjeouar, en fin, ha- 
bía pasado del extremo de la fealdad y de la miseria, á 
Jo supremo de la hermosura y de la riqueza. 

Pero su alma era la misma : revolvíanse en ella sus 
ambiciones, sus rencores, sus crueles venganzas. Era 
el mismo asesino cobarde sin dolor ni compasión. Su 
amor impuro guardaba, aún con más fuerza que nun- 
ca, el recuerdo de Noemi, y su odio para con el wisir 
Aben-Sal-Chem, había llegado al colmo. Ni recordaba 
su pasado, ni pensaba en el porvenir; para él no exis- 
tía más que el presente. 

— ¿Cuáles son mis riquezas? preguntó después de 
haberse contemplado satisfecho en la plancha de plata. 

El genio llegó á la puerta de la tienda , é hizo un 
ademan imperioso á los esclavos, que instantáneamen- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. I6,i 

te entraron en ella, cargados de cofres que dejaron á 
los pies de Djeouar. Zim-Zam los abrió uno tras otro: 
armaduras de guerra, dignas de un sultán; ropas de 
lino, finísimas cual si fueran destinadas á una mujer; 
caftanes, túnicas, almazares, alquiceles , fabricados con 
las materias á que ha dado mayor precio el capricho de 
los hombres; todo un tesoro en joyas y en dinero, fueron 
los objetos que contestaron á la pregunta del juglar, 
que, obedeciendo á su avaricia, hundió sus manos con 
deleite entre las joyas y el dinero, los contempló, y por 
un momento lo olvidó todo en presencia de su tesoro. 

— Yo necesito á más de esto, dijo al fin dirigiéndose 
al genio , el nombre de un príncipe. ¿Cómo he de nom- 
brarme? 

Zim-Zam puso en las manos de Djeouar un perga- 
mino perfumado , del que pendía sujeto á una cinta 
verde, un sello grabado en un anillo de oro. 

Era una carta del sultán de las Indias , que enviaba 
un presente al wisir Aben-Sal-Chem, y la rogaba aten- 
diese según su rango á su sobrino Aben-A'bd-Allah- 
Charyahr. 

— Estoy satisfecho, dijo el juglar, guardando entre 
su faja el pergamino. ¿Qué gente es aquella, dijo mi- 
rando á través de la puerta de la tienda, que sale de 
la ciudad y viene hacia este sitio? 

— Son campeadores, contestó el genio , que Aben- 
Sal-Chem envía para reconocer nuestro campo. Yoy á 
recibirlos. 



i 65 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

Zim-Zam cabalgó de un salto en su caballo, que le 
esperaba cerca de la tienda, hizo montar á los árabes 
sobrantes de la guardia del real, y se adelantó con ellos 
al encuentro del walí, que al frente de algunos jinetes 
venia de la ciudad. 

Cuando estuvieron á poca distancia, Zim-Zam bajó 
el hierro de su lanza , sacó el pié derecho del estribo 
en señal de paz, y avanzó hasta el walí que le recibió 
del mismo modo. 

— ¿ Quién sois, de dónde venís ? preguntó el de la 
ciudad al genio. 

— Somos esclavos de un poderoso príncipe de la In- 
dia , y venimos viajando con él por el mundo. Mi se- 
ñor (rae un presente y una carta para tu amo el wisir 
A.ben-Sal-Chem , > puedes llegar hasta él y escuchar 
palabras de amistad y paz de su boca como las escu- 
chas de la mía. 

— El Señor, Dios de Ismael, sea con tu señor y con- 
tigo, contestó el walí , pasando su lanza á la mano iz- 
quierda, y tendiendo la diestra al genio que la aceptó; 
llévame ante tu señor y besaré las huellas de sus pies, 
y llevaré su carta al magnífico wisir Aben-Sal-Chem. 

El walí partió , y antes de que trascurriese una hora 
sintióse un gran movimiento en la ciudad; llenáronse 
los muros de árabes cubiertos de galas; abriéronse las 
puertas, y enmedio de una lucida comitiva, apareció 
Aben-Sal-Chem, que, separándose de los suyos, partió 
al galope y se adelantó al encuentro del juglar , que 



HISTORIA DE LOS S1FTE MURCIÉLAGOS. 465 

salia al suyo de igual modo; al encontrarse entrambos 
se desmontaron á un mismo tiempo , se abrazaron , y 
recíprocamente se besaron en la mejilla izquierda. 
Después Djeouar llevó á su tienda al wisir, le hizo 
sentar, y le contó una historia mentirosa que justifica- 
ba su viaje, y que Aben-Sal-Chem creyó con la mayor 
buena fe posible. 

El juglar veia acercarse el logro de sus deseos; iba 
á entrar rico , bello y poderoso , en una ciudad de la 
cual habia salido miserable , viejo, huyendo de un su- 
plicio infame y cruel ; su enemigo se entregaba en sus 
manos , y creia ya ver ante sí , concediéndole la sonri- 
sa de su amor , á la hermosa Noemi. 

El juglar y el wisir tornaron á cabalgar ; los escla- 
vos plegaron las tiendas , pusiéronse en movimiento 
jinetes y camellos, y toda aquella lucida tropa se di- 
rigió á la ciudad á través de una multitud de curiosos. 

Al llegar á la puerta, Djeouar reparó en una escar- 
pia clavada sobre ella, y preguntó al wisir, el objeto 
á que estaba destinada. 

— Espera la cabeza de un hombre, contestó severa- 
mente el wisir, como si aquella pregunta hubiese des- 
pertado en su memoria recuerdos desagradables. 

Djeouar pareció satisfecho con aquella breve res- 
puesta , puesto que respetó el silencio del wisir , que 
calló , abismado en profundas cavilaciones. 

Pasaron bajo del arco de la puerta, y penetraron en 
las calles de la ciudad que eran anchas y mostraban 



í 66 niSTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

hermosos edificios ; llenábanlas multitud de hombres 
que victoreaban tá Aben-Sal-Chem, y tendían sus alqui- 
celes á los pies de su caballo para que pasase sobre 
ellos; algunas blancas manos, saliendo por las entre- 
abiertas celosías, agitaban lenzuelos ó arrojaban flo- 
res. Todo demostraba que el wisir era querido por los 
habitantes de Dembea. 

A pesar de estas demostraciones, Sal-Chcm mar- 
chaba al lado del juglar triste y meditabundo. 

— ¿Qué castigo piensas será bastante, dijo dete- 
niéndose de improviso y dirigiéndose á Djeouar, para 
castigar al hombre que ha osado penetrar en mi baño 
y poner su mirada en mi esposa? 

— La muerte en la tierra, y la condenación en lo 
profundo. 

— Pues bien, repuso con furor el wisir, la muerte 
no será con ese hombre, que ha huido de mi poder con 
el auxilio sin duda de Eblis... La escarpia esperará en 
vano su cabeza... He consultado las estrellas por medio 
de astrólogos y nada han podido decirme ; ofuscaba sus 
seutidos un poder superior. ¿Es verdad que en la In- 
dia hay magos á cuyos conjuros se abre el libro del 
porvenir? 

— Sí. 

— ¿Traes alguno contigo? 

— Sí. 

— Muéstramelo, exclamó el wisir deteniendo su ca- 
ballo. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGO?. 167 

— Yo soy, contestó solemnemente Djeouar. 

Aben-Sal-Chem , palideció al saber que tenia junto á 
sí y que habia besado en la mejilla, á uno de esos ter- 
ribles seres que mandan á los astros, que compelen á 
los elementos y evocan de sus tumbas los cadáveres. El 
juglar conoció lo desventajoso de la posición en que se 
habia colocado respecto á un hombre, para con el cual 
no pensaba valerse por entonces del inmenso poder que 
le habia legado el hechicero , y se apresuró á desvane- 
cer los terrores que presentía en la medrosa mirada del 
wisir. 

—La magia, dijo, es una de esas ciencias oscuras, 
inspiradas por Satanás. El espíritu de Dios sólo des- 
ciende á los que han purificado su alma con la oración 
y práctica de todas las virtudes: sólo el justo puede 
leer en el pasado , en el presente y en el porvenir; el 
espíritu profético es la luz del mundo ; los conjuros de 
la magia son los reflejos del fuego impuro que encien- 
de Eblis en el corazón de los malvados. Yo soy profe- 
ta, no mago. 

La expresión de terror que se mostraba en los ojos 
del wisir, se tornó en una expresión de respeto. Lle- 
gaban entonces á las avenidas del alcázar. La comitiva 
se habia aumentado con multitud de curiosos, que se 
agolpaban en derredor del wisir y del juglar, y admi- 
raban la riqueza de su vestidura y de su acompaíia- 
miento. El wisir invitó á Djeouar á que se hospedase 
en su compañía, y este aceptó. Zim-Zam y los suyos 



168 niSTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

fueron á hospedarse á un kan, y el juglar y Aben-Sal- 
Chem entraron en el alcázar. 

Era este ostentoso; las galerías, los patios y los re- 
tretes estaban construidos con magnificencia ; los es- 
clavos y las guardias se contaban en gran número. La 
comida que sirvieron á Djeouar, fué exquisita. Cuando 
quedó solo con el vvisir, este le dijo : 

— Tuyo es cuanto miras, príncipe Aben-Charyahr; 
tu discreción y tu hermosura han cautivado mi amis- 
tad , y voy á llevarle junto á mi esposa. Tú , que lees 
en los corazones, me dirás si el suyo está puro ó si debo 
poner su cabeza en la escarpia destinada para el hom- 
bre que ha huido de mi poder. 

Djeouar no deseaba otra cosa que ver ante sí á Noe- 
mi ; consintió , y en pos del wisir, tras haber atravesa- 
do el alcázar , entró en un gran retrete situado en el 
centro de una torre gigantesca. 

Al fondo de él , se veia una mujer indolentemente 
reclinada en un diván, rodeada de flores y perfumes, 
escuchando el cantar de algunas esclavas, acompañado 
de la guzla que una de ellas tañia. Aben-Sal-Chem y 
Djeouar se detuvieron tras el tapiz de la puerta , para 
oir el siguiente romance : 

Entre celajes de fuego, tras el ocaso se pone (i) 
el sol, y su oscuro manto despliégala sombra informe. 

(i) Hemos impreso los versos según los escriben los árabes, que 
de cada dos de nuestro romance, hacen uno que dividen en dos par- 
tes. Así nuestro primer verso equivale á la primera mitad ó primer 



HISTORIA DE LOS SIETE MURC.ÉLAf.OS. 109 

El lucero de la tarde en trémulos resplandores 

reverberando aparece, mensajero de la noche. 

Se amengua la luz ; el día va á alumbrar á otras regiones, 

y la tiniebla se extiende llenando los horizontes. 

¡Bella lámpara de plata, que el firmamento recorres, 

brilla siempre entre la bruma, que te envuelve en sus vapores 

como trasparente gasa que á velar te se descoge ! 

¡Brilla siempre misteriosa, mientras murmurando corre 

el rio, que á tus destellos reflejos de plata rompe, 

y en la sonante ribera, entre sus ondas veloces, 

espadañas acaricia, y humildes plantas recoge ! 

Mas si mi hermosa aparece, á verte en sus miradores, 

entre las nubes ¡oh luna! tu pálida faz esconde, 

que donde brillan los ojos de Noémi abrasadores, 

poco son, no tus reflejos, sino el fulgor de cien soles. 

Calló la esclava, y el wisir y el juglar se adelanta- 
ron ; la vista de este último produjo algún desorden; 
la mayor parte de las esclavas huyeron, y otras se cu- 
brieron con sus velos; la mujer que reposaba en el 
diván se levantó ruborosa , y recibió con una sonrisa 
de amor á Aben-Sal-Chem, y un ademan digno y res- 
petuoso al juglar. 

El judío se detuvo en este punto , como fatigado de 

hemistiquio árabe, que ellos llaman sadrilbait ó entrada del verso, 
y el segundo verso al segundo hemistiquio ú ogzibait, que significa 
cabo de verso- Ambos hemistiquios son de igual número de silabas, 
de modo que una estrofa de nuestros romances , equivale á cuatro 
hemistiquios, ó sean dos versos árabes. 

\0 



\10 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

tan larga relación ; la sultana Wadah, esperó en vano 
á que prosiguiese; aquella historia la interesaba en 
demasía, para que no procurase saberla hasta el fin; 
parecíale, sin embargo, un delirio de Absalon; el judío 
había dado á su voz la inílexion de un canto monótono 
y triste ; semejante al que usan los juglares en sus his- 
torias de hadas y encantamientos; por otra parte, ¿có- 
mo Absalon recordaba no sólo los detalles más minu- 
ciosos, sino también los romances cantados en una his- 
toria que no era la suya? 

Sin embargo, recuerdo ó delirio, verdad ó mentira, 
la leyenda la habia revelado un nombre conocido para 
ella: el nombre de Djcouar. Habia escuchado con an- 
siedad al judío desde que pronunció aquel nombre, y 
habia esperado descubrir un misterio, que tal vez era 
el de su existencia y el de su amor. 

Pero Absalon habia dejado de hablar; retratábase en 
su semblante la misma expresión de dolor , que habia 
visto en él la sultana al levantar el tapiz del diván don- 
de estaba aprisionado ; el retrete habia sido envuelto 
de nuevo en el silencio más profundo. 

Acercábase en tanto la hora de adohar; el sol iba á 
tocar el punto que marca la mitad de su carrera ; la 
fiesta seguía , puesto que de tiempo en tiempo se es- 
cuchaba el son de trompetas y atabales ; un presenti- 
miento funesto pesaba sobre el alma de Wadah , y se 
unia de una manera incomprensible á la historia que 
habia dejado suspendida el judío. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 171 

— Es preciso acabar , dijopara sí; es preciso que 
este hombre hable. 

Y sacudió un brazo del judío, que tornó en sí, no 
aterrado como la vez primera y con la insensatez pin- 
tada en sus ojos, sino de una manera natural; miró en 
torno suyo , y al ver á Wadah, se alzó del diván y se 
prosternó con respeto. 

— ¡Oh poderosa señora! exclamó , ¿por qué llegas 
hasta tu siervo en la hora de la desgracia? 

Absalon no era entonces un loco. Wadah le exami- 
nó atentamente antes de responder, 

—¿Qué haces aquí? le preguntó. 

Absalon tembló, pero no contestó. 

—Tienes miedo á esa mujer , observó la sultana ; su 
poder te aterra , pero yo quiero que hables ; es ya tarde 
para volver atrás ; quiero saber hasta el fin la historia 
de Djeouar. 

El judío palideció, contuvo una exclamación que ya 
rebosaba de sus labios , y procurando sonreírse , con- 
testó : 

—Es verdad ; habré soñado ; mis sueños son extra- 
ños ; quien los presenciara, me creería despierto. 
¡ Djeouar ! — Y el judío dilató más su singular sonrisa, 
que tenia algo de la expresión del espanto. — ¡Era 
Djeouar con quien soñaba! ¡Oh! ese cuento es terri- 
ble, y desde que le oí á un anciano de mi raza, le re- 
produzco con frecuencia en mis sueños. 

Una llamarada de cólera subió del corazón á los ojos 



172 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

de Wadah. Era la primera vez que, después de mu- 
chos años, se atrevía un hombre á oponerse á sus de- 
seos. Aquella mirada fué, sin embargo, un relámpago. 
Su irritación, próxima á estallar , rodó en su corazón, 
expresándose en un estremecimiento espantoso. 

—¿Sabes quién soy? Le preguntó la africana con 
voz breve y acentuada. 

— Sí, poderosa sultana, lo sé. 

— ¿Sabes mi nombre? 

— ¿Acaso me he atrevido á desear conocerlo? repuso 
vivamente el judío, cuyo semblante pálido iba tornán- 
dose en lívido, al par qne el de Wadah se enrojecía. 

— ¡Oh! tan olvidadizo es el señor, que no recuerda 
el nombre de su esclava !... 

El judío miró con asombro á la africana. 

— Yo en cambio, añadió esta, nada he olvidado. Te 
vi entrar un dia en el alcázar del rey , y te reconocí 
ú pesar de haber trascurrido 15 años desde la época 
en que nos separamos. Venias á presentar al magnífico 
Ebn-Al-Hhamar, mi esposo, una bellísima esclava. Pero 
no halló gracia en el rey, y volviste con ella á tu casa 
á donde te hice seguir. Aquella misma noche yo , cu- 
bierta con un velo, llamé á tu puerta , vi á la esclava, 
y te la compré para un joven , que al dia siguiente 
pasó, por instigación mia, bajo tus miradores, y vio á 
Betsabé. Tú hiciste lo demás. No me habías reconoci- 
do más que como la esposa ¿el rey, y adivinaste que 
yo debia tener un gran interés cuando exponía la paz 



HISTORIA I>K LOS SIliTE MURCIÉLAGOS. i 73 

de mi vida yendo á buscarte á tu casa ; creíste haber 
penetrado mi secreto ; te habia dejado traslucir que yo 
necesitaba un objeto bastante poderoso para arrastrar 
al príncipe Jucef á una lucha. Pero esa lucha ¡ insensa- 
to! no debia ser contra su padre el rey Al-Hhamar, á 
quien amo con toda la fuerza de mi amor ; debia ser 
contra el príncipe Mohamet , por quien siento mi co- 
razón rebosando odio. Ayer Betsabé era esclava, hoy 
está libre y quiere ser reina. 

El judío sufría toda la influencia de un terror pánico; 
su corazón le decía que aquella mujer tan hermosa 
podia para él ser la muerte ; para él , miserable , que 
se estremecía al pensar en el no ser, porque á pesar de 
su impotencia, aún no le habia abandonado ese sueño 
tenaz que se llama esperanza, y que acompaña al hom- 
bre hasta la agonía. El espanto erizaba sus cabellos, 
porque en el semblante de aquella mujer habia empe- 
zado á leer con trabajo una historia, como se lee una 
inscripción, cuyos caracteres han sido alterados por el 
tiempo, porque cada período de la vida de Wadah, ha- 
bia dado una expresión á su semblante : cuando sólo 
contaba 12 anos y salia del alcázar de Cairvan para re- 
correr las selvas sobre su caballo salvaje, era una niña 
pura , candorosa , en cuyos hermosos ojos negros se 
notaba la dulce melancolía causada por las primeras y 
misteriosas sensaciones de un amor sin objeto; después 
cuando vio correr ante sí la sangre del hombre á quien 
habia abierto su alma de virgen, el dolor, el despecho 

10. 



474 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

y la vergüenza de un castigo, tal vez injusto, cubrió su 
frente, tan tersa y tranquila antes, con una nube som- 
bría, que revelaba en ella una ilusión marchita, y el 
primer impulso de venganza; pensando en su desagra- 
vio, ocultando sus padecimientos por orgullo, se hizo 
reservada , cruel , suspicaz ; la franca sonrisa de su 
boca desapareció, para dar lugar á otra afectada, y 
tras la cual un observador hubiera encontrado siempre 
la amargura de un alma contrariada en sus más que- 
ridas sensaciones. Entonces contaba 15 años. Desde 
aquella época había dejado de verla Absalon, y en los 
otros 15 años que trascurrieron hasta el dia en que, 
llegando el judío á Granada, pudo verla junto al rey, 
en las íiestas y en las monterías tan frecuentes en 
aquel tiempo, nada en la sultana despertó sus recuer- 
dos, ni cuando una noche se presentó en su casa para 
comprar á Betsabé, vio en ella más que la esposa del 
rey, ante cuyas plantas se prosternó, para escuchar 
las órdenes que respecto á la conducta que debía se- 
guir en los amores del príncipe con la esclava, salieron 
breves é imperiosas de los labios de Wadah. 

Y no era posible que la hubiese reconocido: la sul- 
tana no era la mujer esbelta , aérea , semejante á una 
sílfide como 15 años atrás: era más hermosa, si; sus 
formas se habían desarrollado , su hermosura había 
llegado al colmo, sus ojos habían adquirido la expre- 
sión peculiar que la costumbre de ser obedecida á la 
primera indicación da á la mirada de una reina ; Wa- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 17o 

dah, en fin, se habia trasformado en gran manera ; sin 
embargo, Absalon, cuya atención habia despertado 
los acontecimientos del momento , creyó r ^conocer 
aquella mirada límpida, penetrante, imperiosa: creyó 
ver levantarse otra mujer entre la niebla de sus leja- 
nos recuerdos; pero dudó, y calló. 

— ¡Oh! yo no te he olvidado, Absalon , repitió la 
sultana, en cuya voz se notaba una inflexión de ame- 
naza , no he olvidado las humillaciones que he debido 
á tu sórdida avaricia; entonces era tu esclava, como 
ahora tu señora ; entonces estaba sujeta á tu poder 
como tú !o estás al mió. ¿Cuál piensas seria tu suerte 
si yo dijese á mi amado : señor, el hombre que maltra- 
ta á la que tú llamas luz de tus ojos, está en tu ciudad; 
tu siervo es, el que por una infamia fué mi señor, y yo 
quiero su cabeza? 

Absalon era cobarde, y creyó sentir ya en su cuello 
el filo del fatal alfanje; una angustia mortal y un de- 
caimiento extremo eran las señales que, pintadas en su 
rostro, respondían de su padecimiento; á pesar de esto 
continuó en su obstinado silencio. 

— ¡ Hablarás ! gritó Wadah con voz sombría desnu- 
dando un puñal con mango de oro, y apoyando su agu- 
da punta en el seno del judío. 

Este dio un grito, saltó del diván, y quiso huir, pero 
cayó contenido por la cadena de oro que le aprisionaba 
como á Betsabé. 

—¡Oh, qué es esto! exclamó Wadah, viendo la ca- 



i 76 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

dena cubierta de signos cabalísticos, que hasta enton- 
ces había estado oculta bajo la hopalanda del judío; 
¿quién te ha sujetado de esa manera? Luego aquí vue- 
la un poder superior que tú con tu ciencia y tu maldad 
no puedes contrarestar? ¿Conque está maldito todo 
cuanto me rodea? 

— Esa mujer es la muerte , dijo profundamente el 
judío, esa mujer es la condenación. 

— ¡Pues bien! ¡la historia de esa mujer! ¡la de 
Djcouar! ¡la de Noémi!... ó tu vida. 

El judio asió aterrado las rodillas de Wadah y unió 
sollozando su rostro á la alfombra. 

— Sí, dijiste que Djeouar y el wisir entraron en el 
aposento de Nogmi... ¿quién era esa mujer? preguntó 
temblorosa Wadah. 

El judío hizo un esfuerzo penoso, se incorporó, y 
dijo con voz lenta y lúgubre : 

—Esa mujer era tu madre; Djeouar era mi herma- 
no; el wisir Aben-Sal-Chem el enemigo de nuestra 
raza. 

La sultana palideció al oir aquella inesperada res- 
puesta; su corazón se estremeció, sus rodillas se do- 
blaron, cayó sin fuerzas sobre el diván , y dos lagri- 
mas arrancadas por la emoción, al par dulces y amar- 
gas , brotaron de sus ojos , que hasta entonces sólo 
habían mostrado el fuego de un amor ardiente, ó la ex- 
presión de una soberbia ó de un furor sin límites. Tal 
vez ella en su existencia de lucha y de odio , había 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 177 

adormecido en el fondo de su alma aquel sentimiento; 
tal vez, acostumbrada á la soledad y al aislamiento, 
había reconcentrado en sí misma sus afecciones; pero 
al fin el amor inmenso que llena el corazón de las ma- 
dres; esa voz de la naturaleza, sin la cual la especie 
humana seria una raza de fieras , se reveló en ella con 
la vehemencia peculiar á todas sus pasiones. Con la 
rapidez inherente al pensamiento, retrocedió al pasa- 
do, creyó ver á su madre hermosa y desgraciada, se- 
parada de su hija , tendiendo hacia ella sus brazos, 
y sufriendo con su ausencia como ella sufría cuando 
estaba separada del príncipe Jucef A'bd-Allah. Sólo 
una madre sabe cuanto puede amar y sufrir una 
madre. 

Por eso dos lágrimas solas y ardientes habían brota- 
do de sus ojos ; lágrimas que se evaporaron al rodar 
por sus ardientes mejillas, enrojecidas por la influen- 
cia de encontradas pasiones ; un deseo en Wadah era 
una exigencia; una exigencia contrariada producía en 
ella el terrible furor á que con tanta frecuencia se en- 
tregaba. 

— ¿Dónde está mi madre? gritó encarándose con el 
judío, cuya situación respecto á Wadah se hacia cada 
vez más difícil. 

Absalon se anonadó; el grito y el ademan de Wadah 
eran tan imponentes como los de una pantera que bus- 
ca al hijuelo que le han robado. 

—¿Dónde está mi madre? ¿Qué ha sido de ella? 



i 78 MSTOMA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

repitió con acento terrible Wadah. ¡Su historia! ¿Lo 
oyes? ¡Quiero saber su historia! 

El judío se abandonó sin esperanza á su destino; sus 
ojos volvieron á rodar con la expresión del insensato; 
un sordo gemido salió de sus labios, cayó sobre el di- 
ván, cerró los ojos, y su voz volvió ú elevarse como 
un canto lúgubre , perdido , emanado de la tumba. Pa- 
recía que un poder superior dominaba aquella extraña 
situación. 

— Nocmi era muy hermosa, continuó el judío; Noe- 
mi sólo contaba doce años; pero sus encantos no te- 
nian número : Djeouar la amaba porque era hermosa, 
y la aborrecía porque era hija y esposa de los enemi- 
gos de sus padres. Djeouar por su amor y su venganza 
había vendido su cuerpo á Azrael (1), y su espíritu á 
Satanás. Djeouar, el horrible juglar, el de la barba 
macilenta, el de los hundidos ojos, el de la espalda en- 
corvada, había pedido al infierno una de esas frentes 
altivas que inspiran respeto, una de esas miradas que 
infiltran en quien las ve, un amor sin fin, y uno de 
esos cuerpos gallardos , que revelan la fuerza y la ma- 
jestad. Todo se lo habia concedido el espíritu condena- 
do , y al fin estaba entre Noemi y Aben-Sal-Chem, go- 
zándose en el cercano logro de su amor y de su ven- 
ganza. Cuando tras una breve platica , el wisir salió 
con Djeouar del aposento de su esposa, esta se levantó 
recatadamente, llegó á la puerta, separó un tanto el 

(1) El ángel de la muerte. 



HISTOfUA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. í 79 

tapiz, miró con el rostro teñido de púrpura y latiéndole 
el corazón al juglar que se alejaba por una larga gale- 
ría, y cuando ya no le vio, un hondo suspiro rebosó de 
su pecho, quedó inmóvil en el lugar donde se encon- 
traba, y sus ojos se llenaron de lágrimas. 

Entre tanto Aben-Sal-Chem preguntaba á Djeouar, 
qué juicio habia formado de su esposa. 

— El corazón de la mujer es un abismo en cuyo fon- 
do sólo se ven tinieblas , contestó Djeouar ; tengo que 
apelar á la ciencia ; y esta noche si tienes valor para ir 
solo al sitio que te designe, te daré á conocer si tu es- 
posa es culpable ó inocente. 

— ¿Y qué sitio es ese? preguntó el wisir. 

— En la ribera oriental del lago, hay una ensenada 
que penetra entre dos montañas , formando un canal 
sinuoso ; al fin de él , bajo la cortadura de la monta- 
ña , existen las ruinas de una cabana , cercada por un 
vallado. Ve esta noche allí, cuando las estrellas me- 
dien su curso, y te revelaré tu presente y tu porvenir. 

— Pero aquel es un lugar maldito, donde no osa pe- 
netrar ningún buen muslin, observó el wisir palide- 
ciendo. 

— Sí, en aquel lugar hace treinta años se cometió un 
asesinato. Desde entonces está inhabitado y huyen de 
él las aves y los animales. Sin embargo , el Destino me 
manda que sólo allí hable, y sólo allí hablaré. 

El wisir prometió ir solo, y Djeouar se separó de él 
y con pretexto de descansar , entró en el aposento que 



i$0 HISTORIA DF. LOS SIRTE MURCIÉLAGOS. 

se le tenia destinado, y donde le esperaban esclavos. 
Despidiólos, y cuando quedó solo tocó la calavera, 
que encerrada en el saco no había abandonado, y dijo: 

— Quiero llegar hasta la puerta del retrete de Noo- 
mi, sin ser visto por ojo humano. 

Apenas había expresado su deseo , cuando le vio 
cumplido; hallóse tras el tapiz que cubría la puerta de 
aquel retrete; levantóle y miró: Noemi estaba sola 
sentada en el diván, con la cabeza puesta entre las 
manos , y los brazos apoyados en sus rodillas; sus lar- 
gos cabellos negros caian como un velo sobre sus hom- 
bros y parte de su semblante , y su mirada estaba fija 
en el pavimento. 

Djeouar levantó el tapiz y entró ; sus pasos resona- 
ron sobre el mármol , y Noemi levantó la vista , le vio 
dio un grito, y quiso huir; pero la contuvo una mira- 
da del juglar, semejante á la de la serpiente que fasci- 
na á una avecilla. 

Djeouar siguió adelante, y cuando llegó junto á 
Noemi, notó que temblaba, y un movimiento de des- 
pecho agitó su corazón. 

— ¿Por qué tiemblas ante mí, paloma mia ? la pre- 
guntó dulcemente el juglar. 

El seno de Noemi se elevó al impulso de una sensa- 
ción desconocida; sus ojos se elevaron hasta posar una 
mirada tímida en los de Djeouar y palideció. Los ojos 
del juglar arrojaban de sí torrentes de pasión, pero de 
una pasión impura como su alma; los de Noemi revé- 



niSTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 4 SI 

laban un amor naciente, tímido, purísimo á veces; re- 
pugnancia , desden y temor otras; su espíritu luchaba 
entre el amor y el horror. Un poder invisible la arras- 
traba al juglar, y sin embargo rechazaba á aquel 
hombre por un impulso independiente de su voluntad 
como su amor. 

Djeouar leyó hasta en el fondo del alma de Noemi, 
y apreció en lo que valia la lucha que la agitaba; co- 
noció que jamás el amor dominaría al terror en Noemi, 
y se enfureció. 

— ¡Oh! dijo para sí ; no es la virtud de la mujer ni 
mi fealdad los que me separan de Noemi ; es mi desti- 
no. Pues bien, ese destino fatal pesará sobre todo cuan- 
to me rodee , y aliviaré mi dolor gozándome en el do- 
lor de los otros. Si esta mujer no puede ser mi aman- 
te, será mi esclava y me vengaré. 

Luego, sentándose en el diván, trajo hastasí á Noemi. 

— Escucha, la dijo, yo te amo; esta es la tercera 
vez que llegó hasta tí para decírtelo, y es la tercera 
también que me desdeñas. 

Noemi miró con espanto á Djeouar , no recordaba 
haberle visto hasta entonces, y sin embargo, parecía 
encontrar algo de común entre la límpida y radiante 
mirada del hermoso joven, y la sombría é impura del 
juglar, que habia visto antes prosternarse dos veces á 
sus pies. Creyó ser presa de un sueño, y pasó las ma- 
nos por su frente como queriendo arrancar de ella una 
cruel pesadilla. 

ii 



182 niSTORlA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

— No, no sueñas, dijo el juglar, presintiendo el 
pensamiento de la joven; yo he creído también soñar, 
y estoy despierto como tú; nuestro destino está enla- 
zado, y lo que está escrito se cumplirá. 

— ¿ Pero qué está escrito ? murmuró con espanto la 
hermosa. 

— ¿Acaso anida la golondrina en otra palmera que 
en aquella donde debe anidar? ¿Acaso el hombre pue- 
de evitar el empeñarse en la senda á donde le arroja su 
destino? iNo. Destino mió era amarte; te vi un dia en 
las margenes del lago, y te amé; destino mió era lle- 
gar hasta ti ; esperé la noche, y á favor de la sombra 
escalé los muros de los jardines, y te vi... ¡ Oh ! me 
desdeñaste con horror, huíste de mí aterrada, como 
hubieras huido de un horrible reptil ; sin embargo, vol- 
ví otra vez, y fui más desgraciado que la primera; me 
vi encerrado en una mazmorra , sentenciado á morir, y 
mi cabeza fué destinada á ocupar una escarpia en las 
puertas de la ciudad ; pero cuando ya sentía los pasos 
del verdugo, cuando el frió de la muerte corría por la 
médula de mis huesos, los hierros que me aprisio- 
naban se rompieron, una mano invisible abrió mi pri- 
sión y me encontré libre en el campo, sobre un ca- 
mino solitario alumbrado por la hermosa luz de la 
luna; me protegía un poder superior, y con él he 
vuelto, no como antes, deforme y miserable, sino 
hermoso, rico y lleno de poder ; si me hubieras ama- 
do, mujer i cuántas lágrimas hubieras evitado á tus 



IIISTOHIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. i 83 

ojos! ¡cuánta felicidad hubieras debido á tu deslino! 
— Pues bien, sea como quiera, contestó Noemi, le- 
vantándose con dignidad y echando atrás con un movi- 
miento de su hermosa cabeza su profusa cabellera; sea 
como quiera acepto mi destino : el Señor fuerte, el sa- 
bio entre los sabios, el justo entre los justos, ha puesto 
á prueba mi corazón. Antes de verte hoy , amaba á mi 
esposo, amaba á mis flores, amaba la luz que se des- 
prende de ese cielo purísimo y el hermoso sol que re- 
verbera en su inmensidad; pero mi amor era tranqui- 
lo, y el odio no habia penetrado en mi alma; desde 
que estás hoy á mi lado , mi alma ha cambiado entera- 
mente; me devora un amor solo, inmenso, abrasador, 
y con él un odio sin fin, sin perdón, y por tí y para tí 
son ese amor y ese odio; amémonos y aborrezcámonos. 
Cúmplase nuestro destino. 

— ¿Y por qué no amarnos siembre? murmuró el ju- 
glar posando una ardiente mirada en Noemi. 

— ¡ Amarnos ! contestó esta con un acento que pa- 
recía inspirado y con los ojos llenos de lágrimas ; mu- 
chas veces, sentada en aquel ajimez, he visto tras- 
montar el sol los horizontes entre ráfagas de sangre, y 
me ha estremecido un vago presentimiento ; muchas 
veces desde ese mismo lugar , he mirado la luna opaca 
y sombría reflejando sobre mi frente , y las oscuras nu- 
bes que han pasado delante de ella , me han parecido 
horribles visiones que me lanzaban desde la inmensidad 
miradas de amenaza ; he escuchado palabras de mal- 



184* niSTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

dicion entre los bramidos del viento de !a tempestad, 
y arropada en el fugitivo manto del relámpago, he 
visto cien veces una frente hermosa y amenazadora se- 
mejante á la tuya ; y yo lie amado y he aborrecido esos 
terrores como te amo y te aborrezco. 

En aquel momento la radiante faz de Noemi tenia 
mucho de semejante á la de Djeouar, ambos á dos eran 
más que mortales; había algo más allá de la vida re- 
tratado en sus miradas ; sus pasione? al par eran más 
violentas que las de los hombres. Entrambos se com- 
prendieron, entrambos se respetaron. 

Pasó un momento de silencio solemne. Al fin le rom- 
pió Djeouar. 

— Aquí se encierra un misterio, dijo, que no alcanzo 
á comprender ; esta noche es preciso que vayas allí, 
añadió señalando un punto del lago á Noemi, y que era 
el mismo lugar que MMna indicado á Aben-Sal-Chem. 

—Iré, contestó Noemi. 

— A la media noche. 

—A la media noche. 

Tras esto, Djeouar por donde había entrado, y Noe- 
mi por la parte opuesta, abandonaron el retrete. 



III. 



Llegó la noche oscura y silenciosa; el lago Dembea 
dormía bajo su pabellón de sombra ; de vez en cuando 



HISTORIA DE LOS SlETc MURCIÉLAGOS. 485 

un relámpago rasgaba las tinieblas, y una caliente 
ráfaga iba á perderse murmurando en las quebraduras 
de las rocas. La ciudad y el castillo, en los cuales re- 
lumbraban algunas luces, se destacaban negros en la 
sombra, como un gi D ante de cien ojos de fuego desti- 
nado á velar sobre la naturaleza dormida. 

Era cerca de la media noche : en la parte oriental 
del lago, en el fondo de una quebradura, situada entre 
dos montes, donde penetraban las aguas formando un 
estrecho canal, habia un hombre que llevaba en la 
mano una antorcha, y buscaba al parecer un lugar de- 
terminado en el reducido terreno que existia entre las 
aguas y la cortadura de la montaña : saltó por cima de 
una pequeña cerca casi arruinada , en cuyo interior 
crecía el espino silvestre en torno de un ciprés seco, y 
entró al fin en una cabana, que por su estado indicaba 
un remoto abandono; clavó la antorcha en el suelo , y 
sentóse sobre los escombros. 

Este hombre era Djeouar; pero Djeouar con su de- 
formidad , con su miseria y su cofre de juglar. Su sem- 
blante revelaba con más fuerza que nunca las pasiones 
de su espíritu, y enrojecido por la luz de la antorcha, 
se semejaba al de un espíritu condenado. Su mirada 
estaba tenazmente fija en un ángulo de la cabana sobre 
una pequeña prominencia cubierta de un musgo ver- 
dinegro y húmedo. 

—Allí fué, murmuró el juglar; si yo me atreviese... 

Un movimiento inequívoco de terror corrió por el 



1.% HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

cuerpo del juglar, motivado por el objeto que reflejaba 
en su pensamiento. 

— Sí, es preciso, continuó; va á venir, y yo quiero 
oir la resolución de su suerte de la boca de mi padre. 

Tras esto, abrió el cofre y tomo de dentro de él la 
calavera mágica. 

— ¡ Ob tú! dijo mirando siempre á la prominencia; 
¡oh tú , que has dormido treinta años bajo el musgo de 
tu fosa, surge de ella como el dia en que entraste en 
este fatal recinto! 

Apenas pronunciadas estas palabras, la tierra se 
rasgó en la parte donde el juglar fijaba su mirada, dejó 
descubierta una huesa, y del fondo de ella se levantó 
un hombre. 

Era un joven cárabe; su traje revelaba á un jefe de 
tribu, y su blanco alquicel estaba manchado desangre 
sobre el costado izquierdo; sus feroces ojos grises, de 
una movilidad extraordinaria, recorrieron en un mo- 
mento el espacio abierto ante ellos, y se elevó su voz 
gutural, lenta y sombría entre el silencio que domina- 
ba cerca y lejos. 

— ¿Quién trae á mi hijo, exclamó, hasta la tumba 
de su padre? ¿Por qué emplaza aquí cá su enemigo en 
medio de la noche? 

Djeouar se prosternó. 

— La sangre pide sangre, contestó temblando el ju- 
glar, y la tuya reclama la de Aben-Sal-Chem. 

— ¡La venganza! exclamó el árabe: ¡siempre la 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 487 

venganza en el corazón del hombre! ¡Siempre la que 
se llama justicia humana pretendiendo anteponerse á 
la justicia de Dios! ¡ Lo que está escrito se cumplirá, y 
el dia que ha de venir sólo Dios lo sabe ! 

— ¡La venganza! exclamó Djeouar levantándose y 
encarándose á su padre; ¡sí, la venganza! Nuestros 
enemigos los fuertes y los poderosos cortan nuestra 
carne á su placer, y encarcelan nuestro espíritu á su 
antojo. Siervos somos de ellos, y en vano es pedir á 
ese Dios justicia y amparo. Rebaño sin pastor son los 
débiles en quien se ceba el tigre y cuya sangre bebe. 
¡Venganza, sí, contra ellos, los que han vertido la 
sangre de nuestro padre y deshonrado á nuestra ma- 
dre; los que nos han lanzado pequeñuelos y sin am- 
paro al hambre y á la desnudez después de haberse 
hartado y abrigado con nuestro pan y nuestra túnica! 
¡ Venganza, sí , contra Aben-Sal-Chem ! porque yo soy 
Djeouar, tu hijo, el mendigo abandonado por Dios y 
protegido por Satanás. 

El árabe miró severamente á Djeouar que, pasado 
el primer impulso de terror, sostuvo con insolencia la 
mirada de su padre. 

— ¡Hijo mió ! exclamó este con amargura. ¡ Es ver- 
dad que eres mi hijo, como es verdad que la desgracia 
y el crimen han pesado sobre mí ! ¡ Hijo mió, tú ! Sí; 
la justicia de Dios es incomprensible ; yo había sido 
ambicioso y cruel, y me castigó haciendo que tú na- 
cieras de mí ! Me castigó , entregando á mi esposa, 



188 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

du'ce tímida paloma, eu las manos de mi enemigo. Y 
bien; ¿qué quieres de mí, tú que te nombras mi hijo, 
\ \ ienes á turbar el sueño de tu padre en :u huesa de 
expiación? 

—Quiero derramar sobre ella la sangre de tu asesino. 

— ... Porque mi asesino posee una mujer hermosa a 
quien amas, le interrumpió con severidad el árabe; 
porque mi asesino te ha perseguido y te ha encarcela- 
do, porque le aborreces, y quieres engañaile á tí pro- 
pio creyendo un acto do justicia, lo que no es más que 
un crimen, al que unos el sacrilegio. Vuélveme a mi 
reposo; tu vista me estremece, y estos momentos de 
vicia 500 más terribles para mí, que esa fosa fria y hú- 
meda lo ha sido durante treinta anos. 

— ¡ Oh ! ¿no quieres su sangre? pues bien, la ten- 
drás; él perecerá aquí , y ella será mi esclava. Tienes 
razón, ¿qué me importas tú, ni el universo, ni los 
siete cielos de Dios, sin Noemi? Quiero que sea mia y 
lo sera. 

— Te engañas, miserable impío, gritó el árabe; te 
engañas, porque Dios no permitirá que la impureza 
una al hermano con la hermana... porque Nuemi es la 
hermana de Djeouar. 

El juglar lanzó una insolente carcajada. 

— j Lo sabes ! es verdad , continuó el árabe ; ese ta- 
lismán que te ha prestado el infierno, te permite leer 
en el presente y el pasado ; pero no leas en el porve- 
nir.., porque yo te maldigo, Djeouar, \ el porvenir 



IIITORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 189 

de los hijos malditos por su padre, es la muerte y la 
condenación. 

En aquel momento oyó Djeouar un ruido semejante 
al de una barca que choca en tierra. Animáronse sus 
mejillas con un fuego febril, tocó la calavera, murmu- 
ro un conjuro, y el árabe se hundió en la fosa que se 
cerró sobre el. Al punto un hombre , atraido por el 
resplandor de la antorcha, penetraba en las ruinas. 

Djeouar se colocó de manera que la sombra ocultase 
su semblante , y se envolvió en su alquicel ; el hombre 
que llegaba se adelantó, y la luz de la antorcha reflejó 
en su rostro. 

Era el wisir. 

— ¿Estás ahí, príncipe Aben Charyarh? dijo, diri- 
giéndose al juglar, con un acento en cuya convulsión 
se mostraba el terror de su espíritu. 

— Sí, contestó Djeouar, y á la verdad no te espera- 
ba. ¡ Amas demasiado á Nocmi ! 

El acento de Djeouar era sombrío, el terror de Aben- 
Sal-Chem se colmó. 

— ¡ Lo sabes ! Aquí en este sitio , exclamó el wisir, 
le vi ante mí... estaba desarmado... se habia roto su 
espada luchando con los mios... tras él se agrupaban 
llorosos una mujer hermosa y dos niños , y el anciano 
emir parecía dispuesto á vender cara su vida... 

—Todo lo sé, contestó con acento solemnemente 
marcado Djeouar; el emir sólo te dijo: «He huido por 
ellos», y te señaló sus hijos y su esposa. 

a. 



190 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGC3. 

El juglar se detuvo para observar el rostro del w¡- 
sir; estaba cadavérico, sus dientes se entrecbocaban y 
le dominaba un temblor convulsivo. 

El implacable juglar, continuó: 

— El emir era valiente; la mitad de su espada le 
hubiera bastado para cerrar tus ojos á la luz; pero tus 
soldados aparecieron, y una saeta se clavó en el cos- 
tado izquierdo de tu enemigo. Todo acabó; la muerte 
fué con él. 

Hubo otro intervalo de silencio más solemne que el 
primero. 

—Mucho debes amar á Noemi, continuó el juglar, 
cuando arrostras por su amor tan terribles recuerdos. 

— ¡ Si la amo ! exclamó el wisir. Ella es la hurí que 
Dios me ha concedido, apiadado quizá de mis remor- 
dimientos, y si me engañase, su sangre caería aquí, 
aunque Eblis tendiese ante ella sus alas para estor- 
barlo. 

— Pues bien, Aben-Sal-Cbem, esa mujer no te ama. 

Una exclamación , semejante á un grito arrancado 
por un. dolor agudo, rebosó del fondo del alma del 
wisir. 

—Esa mujer, continuó Djeouar , vendrá aquí esta 
noche en busca de un amante. 

— ¡Mientes! gritó furioso el wisir. 

— Y ese amante , soy yo. Añadió Djeouar descu- 
briéndose y colocándose de modo, que la luz de la an- 
torcha hirió de lleno su semblante. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 491 

— ¡El juglar ! gritó Aben-Sal-Chem, á quien el es- 
tupor hizo retroceder aterrado: 

— Sí, el juglar, contestó Djeouar adelantando len- 
tamente y asiendo con su crispada mano un brazo de 
su enemigo. ¡El juglar que se venga! ¡Has colocado 
para mí una escarpia en las puertas de Dembea ! 
¡Bien, servirá para tí! ¿lo entiendes? ¡Y aquí, donde 
tú robaste la vida y la esposa al emir, te arrancará la 
vida y la esposa su hijo el juglar! ¡ Porque yo soy hijo 
del emir de Egipto Abu-Djeouar. 

— ¡Hijo del emir! murmuró Aben-Sal-Chem fijando 
una mirada insensata en el juglar. ¡Hermano de Noemi! 

—Sí, su hermano y su amante ; pero ella no sabe 
que soy su hermano , porque tú que lo sabes vas á 
morir. 

— No; es imposible, ella no vendrá, exclamó Aben- 
Sal-Chem contentando á su pensamiento dominante; 
ella me ama, y te desprecia. ¡ Mientes , no vendrá ! 

Djeouar llevó entonces al wisir á la orilla del lago. 

— ¡Que no vendrá! dijo cuando hubieron llegado; 
pues bien, escucha : ¿No te parece que en medio del 
silencio se levanta en el lago ruido de remos, y que á 
pesar de la niebla se ve una luz opaca que avanza ha- 
cia aquí? 

En efecto, se oia el ruido y se veia la luz ; los ojos y 
los oídos de Aben-Sal-Chem devoraban la niebla y el 
silencio. 

Muy pronto no pudo dudarse que una barca se diri- 



402 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

gia á la ensenada. La guiaba un solo remero , y una 
antorcha clavada en su proa dejaba ver que conducía 
á una mujer. Abeu-Sal-Cheni reconoció á Noemi, dio 
un grito salvaje y quiso desasirse de Djeouar , pero 
este le sujetó, como le hubiera contenido una cadena 
de bronce ; entonces el visir quiso desnudar su puñal, 
pero se anticipó el juglar y le desarmó. 

— ¡Miserable asesino! exclamó luchando con la fuer- 
za de la desesperación, aunque iuútilmente el wisir. 

Djeouar no contesto; con una fuerza, que no era de 
esperar en él, contrahecho y envejecido por los sufri- 
mientos, arrojo por tierra al wisir, le puso una rodilla 
sobre el pecho, y Levantó lentamente el puñal de Aben- 
Sal-Cbem, que cerró los ojos resignado a morir. 

Pero fuese que el recuerdo de la maldición de su 
padre le aterrase; fuese un sentimiento de crueldad 
el que le impeliese á respetar la existencia de su ene- 
migo, bajó el puñal con la misma lentitud que lo ha- 
bía levantado, y murmuró al oído de Aben-Sal-Chem 
estas terribles paiabras : 

— Vive, pero vive para sufrir como he suírido yo; 
vive para ver en los brazos de otro á la mujer de tu 
amor. 

Nada contestó Aben-Sal-Chem, estaba desmayado. 

— ¡Zim-Zam! murmuró el juglar. 

El genio se presentó instantáneamente. 

— Te he mandado esta tarde que construyeses un 
alcázar en el fondo del lago. 



HISTORIA DE LOS SIRTE MURCIÉLAGOS. 193 

— Cumplidos están tus deseos, poderoso señor, con- 
testó el genio. 

— Que en lo más profundo de él pusieses un cala- 
bozo. 

— Así es, repuso el genio. 

— Pues bien, lleva á él ese hombre, añadió Djeouar 
señalándole el wisir, y cárgalo de cadenas. 

El genio, después de haber envuelto en su alquicel 
á Aben-Sal-Chem, desapareció con él hundiéndose en 
las aguas del lago, y Djeouar tornó á la cerca, junio á 
la cual esperaba Noemi envuelta en su túnica. 

Djeouar habia vuelto á parecer el joven hermoso y 
rico ; sólo habia necesitado la deformidad para la ven- 
ganza; para el amor aceptaba la belleza que debia al 
talismán. 

Al llegar junto á Noemi asió una de sus manos, que 
ella le abandonó temblando, y la condujo por una 
abertura del vallado hasta la cabana donde ardia aún, 
clavada en el suelo, la antorcha. 

—Siéntate, la dijo, tendiendo su alquicel sobre las 
ruinas. 

La joven obedeció ; Djeouar se sentó á sus pies á al- 
guna distancia; ambos permanecieron mudos: él con- 
templando con avidez á Noemi ; esta ruborosa y tré- 
mula, fijando su mirada en el suelo musgoso de las 
r uinas. 

Todo contribuía á hacer solemne aquella situación; 
la lobreguez y el silencio de la noche ; las paredes en- 



194 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

negrecidas, que sustentaban aún algunas maderas cu- 
biertas de tierra y juncos, entre los cuales brotaba el 
jaramargo; la antorcha, irradiando una claridad osci- 
lante, y dejando oir de tiempo en tiempo su áspero 
chascarar, un conjunto, en fin, sombrío y apenador, 
hacia presumir la gravedad del motivo que había im- 
pulsado a Djeouar á emplazar á aquel sitio á la mujer 
de su amor. 

— Hubo un tiempo en la tierra de Egipto, dijo el 
juglar rompiendo el silencio, un valiente emir; era 
justiciero, aunque cruel en su justicia, y habia llegado 
a la edad en que las pasiones se desarrollan é inflaman 
el corazón. Dividía su tiempo entre el pórtico de su al- 
cázar, donde hacia justicia al pueblo, el retiro del ali- 
rab, donde elevaba a Dios su espíritu, las arenas del 
desierto, donde daba caza á los leones, ó las fronteras 
de sus vecinos, á los cuales llevaba con frecuencia la 
guerra á la primera provocación: justiciero, religioso, 
bizarro y prudente, era respetado por su virtud y te- 
mido por su rigidez. El califa de Damasco le llamaba 
Seifu-Plslarn ( Espada del Islam;, y sus enemigos Al- 
muweiyíd-Billah ( Favorecido de Dios). Este hombre 
debia haber sido feliz, y sin embargo, no habia libado 
más que amargura en la copa de su destino. Niño, le 
habían vendido sus padres; hombre, le habían hecho 
traición los que creyó amigos, y harto joven aún, á los 
veinte años , habia leido todas las amargas frases del 
libro de la experiencia escrito por el desengaño. Es- 



HISTORIA OE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 195 

clavo, habia luchado por alcanzar una libertad adqui- 
rida á fuerza de constancia; libre y soldado, habia su- 
bido paso á paso la trabajosa pendiente de la fortuna, 
y cuando llegó á su colmo y pudo mirar desde la al- 
tura á que lo habia elevado la justicia del califa , el 
abismo insondable desde donde habia surgido hasta la 
cumbre del favor y de los honores , su vista sondeó 
aquel abismo, y en su oscuro fondo halló ultrajes que 
vengar, lágrimas que recoger y seres que exterminar. 
En aquel abismo estaba su pasado, y su pasado habia 
dejado huellas profundas en sus recuerdos. 

Entre aquellos recuerdos se alzaba un hombre. 
Aquel hombre, colocado por su destino sobre la huella 
del emir, le habia comprado á sus padres, cuando sólo 
contaba diez años; le habia perseguido , cuando habia 
logrado huir de su padre , y cuando al frente de las 
tropas del califa habia recorrido triunfante las fronte- 
ras enemigas, la calumnia emanada de aquel, se habia 
levantado siempre entre él y su próspera fortuna. Era 
el mal genio que seguía por dó quier al emir Abu- 
Djeouar. 

Hubo un dia en que aquellos dos hombres se encon- 
traron llenos arabos de odio ; el uno , por una larga 
historia de sufrimientos y desgracias ; el otro, por una 
envidia miserable : la lucha debia ser decisiva. Abu- 
Djeouar, el caudillo del califa, el guerrero de fortuna, 
el favorecido de Dios, envistió como un león al mise- 
rable Muza Kelb-namir [Moisés, Corazón de Tigre), que 



196 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

le esperó coa la traición y la rabia del tigre. El com- 
bate fué tremado; las aguas del Nilo se tiñeron de 
sangre: tres soles y tres iunas brillaron tristes y som- 
bríos sobre el campo de aquel reto singular de hombre 
a hombre, y dos ejércitos poderosos, de árabes el uno, 
de egipcios el otro, enrojecieron sus cimitarras hasta 
la empuñadura, y sus lanzas hasta las manos. Y el 
Dios grande, el Dios de las batallas, el Dios que tien- 
de su mano vencedora sobre los justos y los valientes, 
arrolló las gentes del pérfido Kelb-namir, como el 
viento azota las endebles cañas, y las quiebra y pasa 
sobre ellas. Kelb-namir y su wali Abcn-Sal-Chem, 
que entonces contaba trece años, huyeron llevando 
tras sí los restos de sus huestes, y Abu-Djeouar pene- 
tró triunfante en Dembea, y sobre el alminar de la gran 
mezquita clavó la bandera vencedora del califa. 

Abu-Djeouar habia satisfecho su odio; habia exter- 
minado á sus enemigos; habia vencido; el califa le 
honró con magníficos presentes , le envió su espada y 
le nombró emir de Egipto. 

Pero el caudillo feroz, el hombre que hasta entonces 
sólo habia pensado en su venganza, se encontró subyu- 
gado y vencido á la vez. Enlre las esclavas abandona- 
das por Kelb-namir en su alcázar de Dembea, habia 
encontrado una hechicera doncella, hija de la Persia, 
de ojos garzos , cabello brillante y tez blanca. Fué la 
única que tuvo una mirada dulce, exenta de terror 
ante el emir, entre aquellas mujeres que habían huido 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 497 

gritando á esconderse en el fondo del harem. Abu- 
Djeouar la tendió la mano, y Sayaradur (Schallara- 
durr, Árbol de Perlas), se arrojó en sus brazos. 

— ¿Y quién era esa mujer? murmuró en voz casi 
ininteligible Noemi. 

El juglar se estremeció al escuchar aquella voz tí- 
mida, pudorosa, que vibraba en su corazón llena de 
un poder invencible. 

— Esa mujer era tu madre, contestó. 

— ¡Mi madre! yo nunca la conocí, repuso Noemi, 
cuyos ojos se humedecieron. ¿Cuántos años han sido 
desde que el emir conoció á la esclava? 

— Treinta y dos veces el estío ha pasado desde en- 
tonces sobre el lago. 

— ¡ Treinta y dos veces ! exclamó Noemi. Yo sólo 
cuento doce años; antes de mí debieron venir otros.... 
¿qué ha sido de mis hermanos? 

— Esta es una historia triste, contestó Djeouar do- 
minando su emoción , una historia de lágrimas para tí, 
y desangre y venganza para tus hermanos. Sólo Dios 
sabe dónde están, añadió el juglar anteponiéndose á 
una pregunta de Noemi. Tal vez murieron con su pa*- 
dre, aquí ; tal vez tu túnica cubre el sitio de la tierra 
sobre la cual se derramó su sangre. 

Noemi palideció. 

— Pero la hora de la venganza ha sonado ya. La es- 
pada de la justicia se ha levantado, y Aben-Sal-Chem 
ha caido. 



198 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

Un grito terrible salió de la garganta de Noemi. 

— Sí, ha caido Aben-Sal-Chem ; el asesino de tu 
padre, el verdugo de tu madre, el miserable esclavo 
engrandecido por el crimen. 

.Noemi sufría herida en su corazón: aquella historia 
llena de crueles revelaciones, destilaba gota á gota so- 
bre ella toda su amargura ; su frente se abrasaba ; sus 
ojos fijos iban enrojeciéndose al par que pasaba sobre 
ellos un velo fúnebre: Era la pantera que arrancada de 
su cubil pequefiueta, dulce y mansa hasta conocer su 
linaje, se alzaba al cabo liera, amenazadora, imponen- 
te en su primera embestida. Era una digna hija de 
Sayaradar, una digna hermana de Djeouar, que obscr- 
vó profundamente el primer impulso de aquella mujer, 
en cuya alma tras tanta pureza y tanto amor, dormían 
una valentía y una fiereza sin límites. 

Sin duda en aquella cabana abandonada, en las ori- 
llas de aquel lago silencioso, volaba el mal genio de* 
crimen y de la venganza ; sin duda pesaba sobre ella 
un terrible decreto del Altísimo. Tal vez habia algo 
más que humano en Noemi y Djeouar. 

Entrambos posaban su mirada en la mirada del otro; 
entrambos sentían rodar la tormenta en sus corazones, 
y entrambos la contenían. 

— ¡ Aben-Sal-Chem ha sido el enemigo de mi padre! 
¡Oh! no puede ser! exclamó Noemi. ¡Aquí han muerto 
mis hermanos! ¡ Y tú lo sabes ! ¿Quién eres tú? 

—¿Quién soy yo ? contestó lúgubremente Djeouar: 



HISTORIA DE LOS SlfeTfi MURCIÉLAGOS. 199 

tanto valdría que preguntases á esas ruinas, á ese lago, 
á ese cielo encapotado por las tinieblas. 

—Pero tu padre... 

— Murió como tu madre, Noemi; murió asesinado 
como ella murió de vergüenza y desesperación. Escu- 
cha : el emir amó á la esclava y la hizo su esposa , y 
esta amó al emir, como aman los arcángeles á Dios; 
los dos eran jóvenes y hermosos. El genio de la felici- 
dad posó sobre ellos , y á los dos años después que 
unieron sus destinos tenían dos hijos ; el valiente emir 
creyó terminadas sus pruebas sobre la tierra, y que 
Dios le anticipaba el Edem dándole el amor de Saya- 
radur. Vivia tranquilo , reposando sobre sus victorias 
y adormido en la límpida mirada de su esposa. Pero 
Eblis, el espíritu terrible á quien Dios permite el mal 
para poner á prueba la virtud de los hombres, arrojó 
un día á un mancebo ante el paso del emir. 



IV. 



Era una ardiente tarde de verano : Abu-Djeouar ca- 
balgaba al trote de su caballo por las márgenes de 
Barh-el-Azrah ; llevaba un arco á la espalda , y en la 
mano una azagaya ; el caballo trotaba con ardor ; los 
ojos del emir escudriñaban los breñales, las malezas, 
las quebraduras de las rocas: de repente dio un grito 
de alegría ; frente á él se doblegaba el follaje de un 



200 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

cañaveral, y sobre la seca hojarasca resonaban sordas 
pisadas. El emir armó su arco y asestó la azagaya al 
cañaveral que se abrió , pero en vez de un león, según 
había creído el emir, que había salido á caza, se le 
presentó un mancebo. 

Por un momento Abu-Djeouar , que se entregaba 
con facilidad á la cólera, tuvo asestada la azagaya con- 
tra el desconocido , que no era culpable de otro crimen 
que el de no ser león; el mancebo y el emir se con- 
templaron un momento en silencio; el uno, sereno é 
inmóvil; el otro, ceñudo, blandiendo su terrible aza- 
gaya. 

— ¿Quién eres? dijo a» fin con acento breve é im- 
perioso el emir. 

— Soy Ahen-Sal-Chem, contestó con voz segura y 
respetuosa el mancebo que se inclinó. 

— ¿De qué país eres? insistió el emir. 
— De Arabia, reposo el joven. 

— ¿Qué haces aquí? 

— Busco el cubil de una leona que he visto bajar 
esta mañana á las corrientes. Me parece que está crian- 
do y busco los cachorros. 

El emir se desarmó ; si no había encontrado un león, 
había encontrado un cazador de leones. 

— Acércate, dijo el emir adelantando al propio tiem- 
po su caballo. 

Aben-Sal-Chem se acercó; tenia los párpados abra- 
sados por el sol , y sus labios secos y áridos, brotaban 



HISTORIA DE LOS SIKTE MURriÉLAGOS. 201 

sangre. El emir conoció que la sed ie devoraba , y le 
mostró una calabaza llena de agua que colgaba del 
arzc:i de su silla. 

El árabe rehusó beber; el semblante del emir se 
nubló. 

— Sólo de un enemigo se rechaza el agua, el pan y 
la sal. La sed te aflige y rehusas mi agua. 

—No tengo sed , repuso con energía , aunque con 
respeto, Aben-Sal-Chem. 

El emir dejó de nuevo la calabaza en su lugar , y 
con continente reposado dirigió de nuevo la palabra al 
árabe . 

— ¿Y estás seguro de encontrar el cubil? le dijo. 
El árabe se tornó lentamente hacia la cortadura de 

una roca, extendió su brazo desnudo á ella , y señaló 
al emir la estrecha grieta de una gruta, á la cual con- 
ducía un áspero sendero perdido á trechos entre una 
agria maleza de espinos. 

En efecto, el emir, escuchando con alguna atención, 
oyó los pequeños bramidos de los leonzuelos ham- 
brientos. 

— ¿Sabes, añadió dirigiéndose al árabe, que te ex- 
pones á un peligro terrible, robando los cachorros an- 
tes de haber muerto á la madre? No tienes caballo y 
ella te seguirá y te alcanzará. 

El árabe , por toda respuesta , puso gravemente su 
diestra en la empuñadura de su yatagán. 
El emir miró con asombro á Aben-Sal-Chem ; apenas 



202 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

contaba quince años; casi se sonrojó de que un niño se 
aventurase á una empresa que tal vez él , experto y 
esforzado cazador, hubiera respetado. 

— ¿Conque dices que están allí? repuso el emir con 
toda la franca alegría de un cazador que encuentra una 
pieza. Adelante. 

Y desmontó del corcel, le ató á un espino, y dijo al 
árabe : 
— Ve delante. 
El árabe no se movió. 

— ¡Guia ! añadió con impaciencia el emir. 

— Son mios , dijo pausadamente el árabe, y quiero 
ir solo. 

— ¡Guia! repitió con imperio Abu-Djeouar levan- 
tando su azagaya sobre la cabeza de Aben-Sal-Chem. 

VA árabe palideció; un relámpago de cólera lució en 
sus ojos, y su mano buscó instintivamente la empuña- 
dura del yatagán; pero se contuvo. Inclinó la cabeza 
resigaado, y se dirigió en lento paso á la maleza que 
cubria la entrada del sendero que terminaba en la 
gruta de la cortadura. 

El emir le seguia á alguna distancia. El árabe an- 
daba en paso recto, seguro, marcado, sin volver atrás 
la cabeza, sin advertir al emir !as dificultades del ter- 
reno que él vencía con suma facilidad. Al íin se inter- 
naron en los espinos; al principio la senda era, aunque 
escabrosa, practicable, y el sol filtraba sus rayos á tra- 
vés del ancho follaje; algo más adelante la maleza se 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 203 

estrechaba, menguaba la luz interceptada por la espe- 
sura , la senda se hacia tortuosa y tajada con fre- 
cuencia. 

El árabe desnudó su yatagán, y se abrió camino á 
través de los arbustos que cortaba. Apresuró su mar- 
cha, adelantó al emir , y en la vuelta de una quebra- 
dura esperó. 

Su moreno semblante se cubrió de una palidez som- 
bría:' sus ojos brillaron animados de una expresión 
salvaje, adelantó su cabeza en el ademan de la mayor 
atención , como el tigre que espera, y una sonrisa hor- 
rible dilató sus labios. Al fin resonaron los pasos del 
emir, y el ruido que hacia su alfanje cortando la espe- 
sura: el árabe apretó con mano convulsiva la empu- 
ñadura de su yatagán, sus cejas se fruncieron, y sus 
ojos se fijaron reflexivos ; sin duda un pensamiento 
nuevo pasó por su inteligencia, puesto que al sentir 
cerca ya al emir, abandonó su actitud de acecho, vol- 
vióse hacia la continuación de la senda , abrióse paso á 
cuchilladas entre los espinos, y se alejó murmurando : 

— Aún no es tiempo. 

Y siguió trepando con ardor por el sendero cortado 
ya sobre la roca, estrecho y resbaladizo. Al fin llegó á 
una plataforma; sobre ella, á cuatro pies de altura, 
se alzaba la grieta á la que conducian desde allí dos 
escarpaduras asperísimas. 

El árabe empezó á trepar por una de ellas, con el 
cuerpo encorvado, el oído atento y el yatagán prepa- 



204 HISTORIA DE I.OS SIETE MURCIÉLAGOS. 

rado. Un poco después el emir apareció en la plata- 
forma y avanzó por la otra escarpadura. Con alguna 
ventaja el cárabe llegó á la abertura de la caverna, y 
lanzó una mirada salvaje á su oscuro fondo. Nada se 
veia, nada se escuchaba. Aben-Sal-Chem hubiera creí- 
do que nada existia en ella, á no ser por un olor fuerte 
y acre que le reveló el rastro de la leona. 

El árabe invocó á Dios, y se adelantó: entonces en 
el fondo de la gruta brillaron dos puntos luminosos co- 
mo carbunclos; agitóse una sombra informe, y un ru- 
gido atronador retembló en los aires inmenso y terri- 
ble; el emir llegaba entonces á la grieta. 

— ¡La leona! exclamó con grito bravio el árabe: 
¡ Allah-Akbark! 

— ¡Allah-Akbark! repitió con voz pujante el emir 
armando su arco en la entrada de la cavern:i. 

Un segundo rugido, más fuerte, más amenazador 
que el primero, fué la señal de la acometida de la fie- 
ra. Aben-Sal-Chem la vio cargar sobre él y la recibió. 
El choque fué tremendo : el yatagán del árabe se abrió 
paso á través del pecho de la leona , que se lanzó de 
un salto sobre la plataforma arrastrando consigo al ca- 
zador. 

Sin el emir, Eben-Sal-Chem no hubiera abierto los 
ojos á la luz: pero sus dias no estaban contados. La aza- 
gaya del valiente Abu-Djeouar, rasgó silbando la dis- 
tancia, y se clavó vibrante en el cráneo de la leona, 
que dio su postrer y tremendo salto, lanzó un rugido 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 205 

de agonía, y cayó inerte junto al árabe, que con la 
violencia de la caida desde la gruta hasta la platafor- 
ma, había perdido el sentido. 

Embarazosa era la situación del emir: dejar allí 
abandonado junto á un antro de leones á un hombre á 
quien ya amaba, como amaba á todos los valientes, fué 
un pensamiento que rechazó con indignación. Esperar 
solo el inminente peligro de la vuelta del macno, era 
esperar una muerte segura. 

Y el tiempo corría, el sol tocaba al Occidente, escu- 
chábase ya el aullido de las fieras que volvían á sus 
cavernas, y los pájaros volaban á su nido. 

Pero á tiempo por entre las quebraduras de las rocas 
resonaron roncas bocinas, y una tropa de jinetes ar- 
mados de lanzas y azagayas entraron al galope de sus 
caballos en el valle donde habia encontrado al árabe 
el emir. 

Eran los esclavos de este que le buscaban ; el va- 
liente cazador llevó la bocina á sus labios, la hizo so- 
nar tres veces, y sus gentes vinieron á él. 

Entre tanto el emir bajó á la plataforma ; la leona 
habia caido sobre el árabe , que aún permanecía sin 
sentido: el emir le puso la mano sobre el corazón; aún 
latía ; la hora suprema no habia llegado aún para 
Aben-Sal- Chem. 

— ¡Loado sea Dios! exclamó el emir, á tiempo que 
cuatro de los suyos ponían á sus pies cuatro leoncillos 
que habían encontrado en el antro : ¡ loado sea Dios ! 

12 



206 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

no sólo adquiero cuatro animales de la mejor raza para 
mi leonera, sino que he encontrado un valiente cazador 
de leones. 

Poco después aquella tropa, siguiendo á su señor, 
entraba al galope de sus caballos en Dembea , y algo 
más larde Aben-Sal-Chem, conducido en un palanquín, 
tornaba en si en un lecho junto al cual estaba sentado 
el emir. 

El árabe debía su vida á Abu-Djeouar , y sin em- 
bargo, aún después de haber turnado a sus fuerzas, no 
expresó su agradecimiento a su bienhechor, que le 
honró con las mayores distinciones, y le hizo jefe de 
sus cazadores. 



V. 



Atribuyo el noble emir á causas extrañas la tacitur- 
nidad y el desabrimiento del árabe; jamás este tocó 
manjar alguno en el alcázar, ni durmió bajo su techo, 
ni acudió á él sino cuando el emir le llamaba para or- 
denarle le siguiese á la caza. 

Entcnces perseguía con ardor al león ó la pantera, 
corría todo un dia como un perro por los breñales, de- 
lante del caballo del emir, y terminada la cacería, iba 
á ocultarse en la misma cabana donde estamos; en el 
otro extremo habia un pequeño y rústico mirab, y en 
él, abstraído del trato del mundo, vivía un anciano mo- 
rabita. 



HISTORIA DK LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 207 

El miraf) ha desaparecido , y sólo queda la cabana 
arruinada. 

Un dia el emir llamó á su cazador, este se presentó, 
como siempre, ceñudo, taciturno, bravio. 

—Quiero dar un espectáculo de caza á mis mujeres, 
le dijo el emir ; mañana al amanecer estarás con mis 
cazadores en la parte oriental del lago. Haré que con- 
duzcan allí dos de los leones más feroces que tengo, y 
espero que Dios nos dará un buen dia. 

El árabe se inclinó según costumbre, y "partió ; pero 
en vez de encaminarse á su albergue, se dirigió por la 
margen izquierda del Barh el-Azrak, hasta llegar á un 
pequeño aduar plantado en torno de una palmera en la 
confluencia de aquel rio con el Nilo. 

Algunos caballos pacían junto á las tiendas, y algu- 
nos feroces árabes se ocupaban en afilar las puntas de 
sus lanzas como preparándose á una expedición. 

A.ben-Sal-Chem pasó entre ellos sin dirigirles ni una 
palabra, ni un ademan amistoso, y entró en una tienda 
colocada en el centro del aduar. 

En ella, tendido sobre una estera de palma, estaba 
Muza Kelb-namir; su edad llegaría á treinta años; su 
semblante era feroz; junto á él estaban sus armas, y 
más allá los arneses de sus caballos; su meditación era 
profunda y no reparó en Aben-Sal-Chem. 

— Heme aquí, dijo el árabe. Ha llegado el dia. Ma- 
ñana al amanecer cabalga con los tuyos en dirección á 
las montañas por la parte oriental del lagoDembea. 



C 20S HISTOniA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

— Al amanecer cabalgaré. 

—Y tiempo es, añadió el árabe, de que yo reciba 
mi recompensa. 

— ¿ Y qué quieres? 

— Escucha, soy lujo de un pescador; mi vida ha pa- 
sado triste y afanosa entre el trabajo y la servidumbre; 
á los doce años arrojé las redes y el remo , y empuñé 
este yatagán; te he servido en la guerra y en la caza, 
y quiero, si recobras tu poder, que eleves contigo al 
hombre a quien lo debes. Quiero riquezas, mujeres y 
esclavos; quiero pasar por el hijo de tu hermano; 
quiero ser poderoso. 

— Lo seras. 

— No basta eso; es preciso que delante de tus ára- 
bes me beses en la mejilla, y me declares tu pariente; 
el triunfo embriaga , y después de él podrías ser olvi- 
dadizo. 

Kelb-namir se levanto, tocó una bocina, á cuyo so- 
nido se agruparon en torno de la tienda más de cien 
árabes. 

— ¡Creyentes! les dijo Kelb-namir ; Ábeu-Sal-Chem, 
este que veis a mi diestra, es hijo de mi hermano ; yo 
le adopto por hijo, y quiero que por tal le tengáis. 

Un murmullo de asentimiento fué la contestación de 
los árabes. 

— Jurad que reconoceréis en mí , dijo Aben-Sal- 
Chem, al heredero de Kelb-namir , que muerto él le 
elevareis á su dignidad. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 209 

Los árabes guardaron un silencio estúpido. 

— Juradlo, exclamó con imperio Kelb-namir. 

Los cárabes juraron por el profeta ; y como Kelb-na- 
mir y Aben-Sal-Chem se retirasen al interior de la tien- 
da, se dispersaron y tornaron en silencio á aguzar sus 
lanzas y á afilar sus yataganes. 

Aben-Sal-Chem salió de la tienda y se perdió á lo 
largo de la margen del rio. Una hora más tarde , diez 
árabes partían á toda la carrera de sus veloces caba- 
llos en distintas direcciones. 

Al amanecer del dia siguiente el aduar se había au- 
mentado de una manera prodijiosa; las tiendas llena- 
ban la llanura; los árabes enjaezaban sus caballos, y 
Kelb-namir recorría en todas direcciones el campa- 
mento, y ordenaba su hueste, cuyo número ascendía á 
diez mil hombres. 



VI. 



Cuando el sol se levantó en el horizonte, aquella 
tropa cabalgaba corriente arriba , por la margen iz- 
quierda del Barh-el-Azrak. A la hora de adohar dieron 
vista al lago Dembea, y escucharon el son de las boci- 
nas de caza, y el rugido de los leones acosados por los 
árabes y por los perros. Kelb-namir se adelantó solo á 
través de las quebraduras, y desembocó en un extenso 
valle. Su vista de águila vio al fondo de él una tienda 

12. 



210 HISTORIA PE LOS SIRTE MURCIÉLAGOS. 

colocada sobre una roca, y en ella una mujer rodeada 
de esclavas. 

Era Sayaradur. 

Una tropa de esclavos etíopes defendía las avenidas, 
y mas abajo, en el fondo del valle, el emir Abu-Djeouar 
seguido de Aben-Sal -Cliem y sus cazadores, acababa 
de rendir a un formidable león. 

El rostro de Kelb-namir se nubló con una expresión 
de odio; contempló al emir un momento, y murmuró 
con voz lúgubre : 

— lia terminado tu cacería, emir; pero la mia empie- 
za ahora. 

Y acercó á sus labios la bocina, que lanzó por tres 
veces su vibrante sonido en las concavidades de las 
rocas. 

Por la garganta donde estaba Kelb-namir, se lanza- 
ron tras él sobre el valle los diez mil árabes, agitando 
sus alquiceles y blandiendo sus lanzas. 

En el primer momento, el emir creyó amiga aquella 
tropa, que bajaba con la rapidez y el ruido de un tor- 
rente por la falda de la montaña; pero cuando vio la 
bandera roja de su enemigo, cuando le reconoció ca- 
balgando ?[ frente de los suyos, lanzó un rugido seme- 
jante á los del león que habia vencido, y llamó junto á 
sí al escaso número de cazadores que le acompañaban. 

Pero estos estaban sobornados por Áben-Sal-Chem, 
y le rodearon pretendiendo desarmarle. 

El emir sólo contaba veinte años ; era fuerte y va- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 2H 

líente como un tigre, y los primeros que se acercaron 
á él cayeron bajo los golpes de su espada. 

— ¡Ah! ¡eres tú también, traidor! exclamó viendo 
á Aben-Sal-Chem que le acometía. 

— Mientes, gritó el árabe, yo no soy traidor ; nunca 
he dormido bajo tu techo por mi voluntad , ni he to- 
cado tu mano , ni he comido tu pan ni tu sal. 

Entonces llegaba Kelb-namir, seguido en tropel por 
su hueste ; el polvo producido por los caballos oscure- 
cía el ambiente : los gritos se levantaban en un zumbi- 
do inmenso y rugiente como el semoum^- Abu-Djeouar 
se vio perdido, tornó su caballo á la roca donde estaba 
Sayaradur, y se abrió paso á cuchilladas entre los ca- 
zadores que le rodeaban. 

Los esclavos etíopes se habían puesto en salvo con 
Sayaradur, los hijos del emir y las mujeres de su ha- 
rem. El caballo de Abu-Djeouar, estimulado con los 
gritos de la gente de Kelb-namir, corría con una velo- 
cidad increíble; salvó las gargantas, atravesó los va- 
lles, llegó á las márgenes del lago, y alcanzó á los etío- 
pes que habían huido antes que el emir. 

Este puso sobre la grupa de su caballo á Sarayadur, 
tomó en sus brazos á sus hijos , y siguió corriendo, 
en tanto que en las revueltas de la montaña aparecía 
ya Kelb-namir aguijando á su caballo que corría á 
rienda suelta, seguido por Aben-Sal-Chem y los diez 
mil árabes. 

Los esclavos etíopes quisieron proteger la huida de 



212 HISTORIA DE LOS ^lETE MURCIÉLAGOS. 

su señor, y se lanzaron con las lanzas tendidas y las 
adargas al pecho sobre los árabes, que aún no habian 
avanzado de la garganta de la montaña. 

Aquel espectáculo era horrible. En el centro del va- 
lle las esclavas del harem, abandonadas por los etío- 
pes, huian á ocultarse en la selva vecina, lanzando 
agudos gritos ; por la parte oriental del lago se veia 
corriendo sin rienda un valiente caballo negro, cubier- 
to el cuerpo de espumoso sudor, y los ijares de sau- 
gre. Sobre el llevaba sus dos hijos el emir, rugiente y 
sombrío, á cuya cintura se asia Sayaradur , desmele- 
nada, pálida , lijando una mirada colérica en la parte 
occidental, donde con el valor de la desesperación se 
batían los leales etíopes con las gentes de Kelb-namir; 
y sobre todo esto un sol abrasador, una atmósfera in- 
flamada, y en ella una banda de buitres, cerniéndose 
sobre el combate, llamados por el olor de la sangre 
que ya regaba el suelo. 

Pero de en medio de los que lidiaban se adelantó un 
jinete, seguido por algunos más, y atravesó el valle á 
toda carrera: el caballo del emir habia caido muerto 
de fatiga, y él con sus hijos y Sarayadur habia entra- 
do en el terreno que rodea el vallado que guarda esta 
cabana; imposible era pasar adelante; por una parte 
estaba el lago, por otra la cortadura de la montaña, y 
la que restaba era el camino del valie por donde avan- 
zaba Aben-Sal-Chem. 

El mirab estaba cerrado; el emir llamó á su puerta, 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 213 

y nadie contestó; entonces entró en la cabana sin sos- 
pechar que aquel era el asilo del hombre que le habia 
vendido á su enemigo. 

Desde allí vio á Dembea; en las almenas se veían 
algunas atalayas mirando al lugar del combate ; sus 
huestes salían de la ciudad en su socorro , y tornó su 
valor con su esperanza. Una hora bastaba á su ejército 
para llegar á él; un momento á Aben-Sal-Chem para 
dar cima á su traición. 

Un grito feroz del emir indicó á Sayaradur que la 
lucha tocaba á su término ; el emir se batia cuerpo á 
cuerpo con Aben-Sal-Chem y los árabes que le habían 
seguido; rota su espada, herido y fatigado, se retiró á 
la cabana, siempre dando frente á los asesinos; Aben- 
Sal-Chem fué el primero que entró. 

Sayaradur se colocó entre él y el emir ; los dos niños 
lloraban sin comprender nada de lo que sucedía. 

— Eres un cobarde: dijo Aben-Sal-Chem á Abu- 
Djeouar; has huido. 

—He huido por ellos, contestó con dignidad el emir, 
señalando á su esposa y á sus hijos; y se lanzó sobre 
el árabe traidor, á tiempo que una saeta disparada por 
los que entraban arrojó per tierra sin vida al valiente 
emir. 



214 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 



VIL 



Djeouar se detuvo para observar la impresión que 
producía en Noemi el relato de aquella historia: estaba 
pálida, aterrada; sus ojos arrojaban una mirada me- 
drosa en los del juglar, dos lágrimas surcaban sus 
blancas mejillas. 

Djeouar continuó: 

— Sayaradur había caido sin sentido, al ver correr 
la sangre del emir, y cuando tornó en sí se encontró 
en el alcázar de Dembea sobre su mismo lecho, y cre- 
yó que todo lo que había visto era un sueño horroroso. 
Pero pronto la realidad se presentó ante ella. Kelb- 
namir entro y con él Aben-Sal-Chem. Su esposo hai»ia 
muerto; sus hijos habían sido abandonados, y sus ene- 
migos se habian apoderado de Dembea. Sayaradur tor- 
naba á ser esclava. 

— ¿ Y mi padre?... preguntó Noemi. 

— ¡Tu padre!.., murmuró con espanto Djeouar. 
— El emir... ¿qué fué del emir? repuso Noemi. 

— Hace treinta años que murió Ábu-Djeouar , con- 
testó con acento solemne el juglar, y tú sólo cuentas 
doce. 

— ¡ Oh ! es verdad, exclamó Noemi ; el emir no pudo 
ser mi padre; á no ser que... 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 215 

Una idea supersticiosa cruzó por la mente de la niña. 
Djeouar leyó en su pensamiento. 

— No, la dijo; el mismo dia en que el valle y la ca- 
bana se habían teñido de sangre, el morabita que ha- 
bitaba el mirab, volvió de la montaña, donde habia ido 
á buscar sus frugales provisiones ; vio la tierra cu- 
bierta de cadáveres, mientras que algunos buitres vo- 
laban hacia la cabana y el mirab; llegó á la primera y 
encontró en ella el cadáver del emir y sus hijos, el uno 
de dos años y el otro de uno, que lloraban desampara- 
dos; sepultó el cadáver; tomó los niños, los entregó á 
una nodriza á quien contó su historia para que se la 
refiriese más adelante, y se tornó á su mirab... Tu pa- 
dre, Noemi... es Muza Kelb-namir. 

— ¡ El asesino del esposo de mi madre ! 

— Sí ; pero tu madre no fué culpable. Año tras año 
pasaron diez y ocho , sin que un solo dia Kelb-namir 
dejase de arrastrar su amor á las plantas de Sayara- 
dur ; diez y ocho años dia por dia, la encontró inexo- 
rable y más hermosa, y á medida que pasaban anadian 
más fuerza al fuego del amor del árabe, más y más 
odio al corazón de la esclava. 

Una noche Kelb-namir velaba y se entregaba á toda 
la desesperación hija de su amor insensato. Terribles 
pensamientos le dominaban , la rabia devoraba su co- 
razón. 

La lámpara se habia apagado ; por los abiertos aji- 
meces penetraba frió y ruidoso el viento de la tempes- 



216 HISTORIA DE LOS hlETE MURCIÉLAGOS. 

tad ; Kelb-namir se revolvía sobre la piel de tigre de 
su lecho. 

En medio de su insomnio creyó oir el ruido de un 
vuelo pausado á poca distancia de su cabeza ; el vuele 
se cruzaba en todas direcciones; pasaba, volvía á pa- 
sar, se perdia y se agitaba por intervalos cada vez más 
cercano. Al fin sintió unas alas sutiles y frias que azo- 
taban su rostro, y oyó una voz dulcísima que murmuró 
en su oído: 

— Una noche de placer con Sayaradur, por tu eter- 
nidad conmigo. 

Kelb-namir saltó del lecho despavorido al escuchar 
aquella voz sobrenatural, y se lanzó al ajimez á respi- 
rar el aire de la tormenta. La noche estaba oscurísi- 
ma ; por delante de sus ojos veia pasar en aquel cielo 
encapotado , cuatro sombras informes que se cernían 
en los aires, y pasaban y volvían á pasar , y se aleja- 
ban y tornaban á acercarse. 

Eran cuatro murciélagos enormes ; cuatro vampiros. 

Y allí también , perdida en la oscuridad , arrastrada 
entre las ráfagas de la tormenta , tornó á resonar la 
voz misteriosa ; otra vez oyó Kelb-namir las incitantes 
y terribles palabras : 

—Una noche de placer con Sayaradur , por tu eter- 
nidad conmigo. 

— ¡Luces! ¡luces! gritó Kelb-namir , retrocediendo 
helado de espanto hasta el centro de su retrete. 

Y despertó á sus esclavos , y llamó á sus guardas, 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 217 

que llegaron en tropel junto á Kelb-namir, con las pi- 
cas en ristre, cual si los enemigos hubiesen penetrado 
en Dembea. 

Kelb-namir recorrió su retrete , su alhamí , su alcá- 
zar, desde los alminares hasta los jardines. Las puer- 
tas estaban cerradas y los atalayas despiertos; ninguno 
habia visto la mujer que buscaba su señor. 

Tal vez habia sido el sueño apenador de una tor- 
mentosa noche de estío. 

Kelb-namir alejó á sus guardas y á sus esclavos, 
volvió á su retrete, cerró las puertas y los ajimeces, y 
calenturiento, desvelado, buscó el libro de sus poemas, 
se acercó á la lámpara y leyó. 

Pero en vano quiso alejar de sí aquella medrosa vi- 
sión ; en lo más alto de la cúpula resonó de nuevo el 
vuelo de los vampiros que descendieron en una larga 
espiral, batieron las alas en derredor de la lámpara 
hasta apagarla, y otra vez dijo en el oído de Kelb-na- 
mir, la voz lánguida é incitante: 

— Una noche de placer con Sayaradur , por tu eter- 
nidad conmigo. 

No era sueño, era una realidad aterradora ; los es- 
píritus invisibles volaban en torno de Kelb-namir , á 
quien lo intenso de su terror dio fuerzas. 

— ¿Quién eres tú, dijo, que entre las tinieblas lle- 
gas á incitarme? ¡Espíritu ó materia, arcángel ó de- 
monio, déjate ver ante mí! 

Apenas pronunciada aquella imprecación , una luz 

13 



218 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

cárdena inundó el retrete ; en el centro de él se alzó 
una sombra confusa, que tomó formas , y dejó ver á 
Kelb-namir una mujer. 

Pero una mujer hermosa , como no es posible hallar 
otra sobre la tierra. Envuelta en una ancha y flotante 
túnica de finísimo lino , majestuosa y severa , con sus 
largos y brillantes cabellos, sus ojos de mirada límpida 
y penetrante, y su esbelto talle , fascinó á Kelb-namir 
con el mágico y poderoso prestigio que la rodeaba. 
Tres vampiros giraban rápidamente en torno de su ca- 
beza describiendo una negra y fatídica aureola , y un 
perfume suavísimo, emanado de aquel extraño conjun- 
to, llenaba el retrete, y enlanguidecía los sentidos de 
Kelb-namir, que cayó de rodillas, y unió su rostro al 
pavimento. 

— Levántate, muslim , dijo la visión con una voz so- 
nora, semejante á la que habia resonado tres veces en 
los oídos del árabe ; levántate y escucha : 

Kelb-namir se levantó. 

— Yo soy Betsabé, la hada de los amores impuros, 
añadió con un acento dulce é incitante la aparición. Yo 
soy la que, encerrada en la forma de un vampiro, ha- 
lago el sueño de los amores insensatos, y protejo á los 
que arden en su fuego. Yo soy poderosa : ¿qué quieres 
de mí? 

Kelb-namir tembló. 

— Yo soy muy hermosa, prosiguió el hada, te amo y 
te daré el amor de Sayaradur, si me das tu eternidad. 



HISTORIA DE I.OS SIKT.E MURCIÉLAGOS. 2Í0 

Era la cuarta vez que el árabe oia esta terrible pro- 
puesta; su corazón se abrasaba , su sangre corría con 
rapidez, todo su ser sufria la influencia de aquel me- 
droso prodigio ; y , á pesar de todo, sus ojos devoraban 
la radiante hermosura de la hada, y tras ella veia á Sa- 
yaradur, hermosa también con todo el prestigio de un 
amor combatido durante diez y ocho años; su espíritu 
se nubló, envolviéronle visiones tentadoras, la hada se 
acercaba lentamente; su hermosura crecía, el perfume 
que emanaba de ella le embriagaba. Al fin los brazos 
de la mujer aparecida rodearon el cuello de Kelb-na- 
mir, y su boca se clavó en su boca quemándola en un 
largo y ardiente beso. 

—Una noche con Sayaradur , y tu eternidad conmi- 
go, tornó á decir la voz dulcísima en el oído del árabe. 

—Sí, murmuró este, cayendo fascinado sobre el 
seno de la hada. 

Era aquello un letargo tranquilo, rico de sensacio- 
nes, profundo como la muerte. Aquella mujer extraña 
estrechó con su brazo siniestro el cuerpo inerte de 
Kelb-namir, y sacando de entre sus ropas un agudo 
puñal de oro, le hirió en el cuello, aplicó sus labios á 
la herida, y devoró la sangre del árabe. El pacto es- 
taba terminado, y Kelb-namir despertó. 

Era otro hombre , sentíase con una actividad y una 
fuerza extremas; su inteligencia se habia desarrollado 
maravillosamente; su amor á Sayaradur habia crecido; 
su alma se quemaba en él. 



220 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

— Una noche con Sayaradur, murmuró, volviéndose 
á la bada. 

Esta le asió de una mano y le condujo hasta la puerta 
del retrete de la esclava, levantó el tapiz, y lanzó den- 
tro á Kelb-namir que adelantó lentamente. 

Sayaradur dormía y soñaba ; creia ver á su esposo 
como veinte años antes el dia que había entrado triun- 
fante en Dembea; sentía sobre sus frescas mejillas co- 
loradas por el ruhor, el roce ardiente de los labios del 
emir ; sentía sus manos apoyándose en sus hombros 
desnudos, y despertó ; sus ojos se abrieron ; no soñaba, 
y sin embargo tenia ante sí el semblante de su esposo; 
sus manos se apoyaban en sus hombros, su boca, tré- 
mula de amor, se posaba en su boca. 

No era un sueño , no. Sayaradur estaba en los bra- 
zos de su esposo; dio un grito de alegría, inclinó la 
cabeza sobre el pecho de aquella hermosa aparición y 
se desmayó. 

Entonces la hada volvió á tomar las formas de vam- 
piro, entró en el retrete , revoloteó alrededor de la 
lámpara y la apagó. 

Sayaradur dormía entre los brazos de Kelb-namir, á 
quien el poder de la hada había revestido con las for- 
mas del emir Abu-Djeouar. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 221 



VIII. 

El sol penetró al dia siguiente á través de las gasas 
que cu!)iian los ajimeces, y Sayaradur despertó son- 
riendo de amor y de felicidad. Pero al arrojar una mi- 
rada al hombre que juzgaba su esposo , su corazón se 
heló, y lanzó un grito desgarrador. Kelb-namir,. vuelto 
á su propia figura, dormía junto á ella. 

Todo su odio , toda su repugnancia , se revelaron 
contra el árabe, comprendió que habia sido engañada 
por una fascinación mágica , y en su furor arrancó su 
puñal á Kelb-namir, y le hirió tres veces en el pecho. 
El árabe se estremeció en las convulsiones de la ago- 
nía, abrió un momento sus ojos á la luz, y los cerró 
para siempre, sin que de ninguna de las tres heridas 
manase una sola gota de sangre. 

Sayaradur le contempló aterrada ; comprendió que 
la muerte era el porvenir que la esperaba después de 
haber asesinado á su señor; tuvo miedo , le cubrió con 
las ropas del lecho, y huyó del retrete. 

Pero las puertas y los muros del alcázar estaban 
guardados; do quiera encontraba un etíope feroz ó un 
silencioso eunuco; triste y aterrada volvió á su retrete 
y se encerró en él. 

Por un impulso involuntario de temor y de odio, le- 
vantó las ropas de su lecho; Kelb namir habia desapa- 



222 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

recido; ni una señal, ni un rastro quedaban del asesi- 
nato del árabe. 

Oyéronse entonces en el alcázar gritos de dolor; 
Aben-Sal-Chem, al frente de la guardia etíope, en- 
traba en el retrete de Kelb-namir, donde sus escla- 
vos le habían encontrado muerto ; ni una herida, ni un 
golpe hallaron en su cuerpo ; el veneno no habia dejado 
tampoco en él señales de su paso. 

Como heredero de Kelb-namir, Aben-Sal-Chem ocupó 
su lugar en Dembea. Aquella tarde , al ponerse el sol, 
el árabe fué sepultado junto al lago, á la sombra de 
una acacia, con el rostro vuelto al Oriente. 

Tendió la noche su sombra en el espacio, y la tor- 
menta se cernió sobre Dembea. Entonces , á la luz de 
Jos relámpagos, aparecieron cuatro vampiros sobre la 
sepultura de Kelb-namir, le sacaron de ella, y asién- 
dole por los extremos de la túnica, se hundieron con él 
en el lago. 

La hada, después de haber dado una noche de amor 
al árabe, le arrastraba consigo á la eternidad. 



IX. 



Entre tanto, Sayaradur lloraba retirada en el alcá- 
zar. Pasaron dias tras dias , y conoció con terror que 
era madre: la vergüenza y el dolor minaron su exis- 
tencia ; y á pesar del respeto con que la trataba Aben- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 223 

Sal-Chem, que, satisfecha su ambición, por la cual ha_ 
bia arrostrado el crimen, era justo y bueno, la desdi- 
chada murió nueve meses después, al dar á luz una 
hermosa niña. 

— La niña eras tú, añadió Djeouar, cortando su re- 
lación y dirigiéndose á la joven , que le escuchaba fas- 
cinada. 

El juglar continuó: 

— Aben-Sal-Chera lloró sinceramente sobre los res- 
tos de tu madre; la mandó conducir á esta cabana , y 
sus restos fueron sepultados junto á los del emir. Des- 
pués Aben Sal-Chem te tomó en sus brazos, te besó en 
la frente y te llamó Noemi [la hermosa). 

Contaba entonces treinta y tres años , y á pesar de 
que la fortuna ¡e habia hecho rico, respetado y pode- 
roso, quedaba en su corazón un lugar vacío, que sólo 
podia llenarse con el amor de la mujer. Habia com- 
prado esclavas en los bazares de Oriente ; las habia 
robado de los alcázares de sus enemigos ; princesas de 
Arabia y de la India habían inclinado su frente orgu- 
llosa encerradas en su harem ; habia alcanzado la her- 
mosura en la mujer; pero no habia hallado la pureza, 
la dulzura, el amor; habia conquistado y robado escla- 
vas, pero no habia tenido aún una amante. 

Por eso, cuando te vio en sus brazos, pura, hermo- 
sa, huérfana, hija del misterio, sonrió á su porvenir. 
« Yo la encerraré, dijo , en mi mirab , como la prenda 
sagrada de mi felicidad; viviré por ella; la guardaré 



224 HISTORIA DENLOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

como una flor preciosa , que tomaré para mí cuando el 
cáliz de su amor se dilate ; ella me amará , porque á 
nadie conocerá sobre la tierra más que á mí, y embe- 
llecerá el otoño de mi vida, para hacerme olvidar los 
remordimientos de su primavera, y los insomnios ape- 
nadores de su estío. 

Y así lo hizo como lo habia pensado : retiróse en 
gran manera del mundo; dejóse versólo para hacer 
justicia y gobernar á su pueblo ; adquirió fama de san- 
to, y en vez de orar á Dios en el mirab, se dedicó á tí 
sólo, como el avaro que emplea su vida en la alqui- 
mia, siempre pensando en el oro que ambiciona. 

Tú entre tanto crecías; el Altísimo te daba con cada 
alborada una gracia, con cada noche un sueño de pu- 
reza. Tú lo sabes, Noemi ; no conociendo á Dios, por- 
que el impío no te habia dicho su nombre, le adorabas 
en el firmamento azul, en las aguas del lago, en el 
mugido de la tormenta y en la luz del relámpago. Sen- 
tías sin comprender, y orabas sin palabras ; eras pura 
y santa , y no debías hacer la felicidad de un reprobo. 

Hace un año, Aben-Sal-Chem te engalanó, te sacó 
de tu retiro y te hizo conocer su alcázar ; un faki se 
encargó de explicarte los misterios del libro de Dios, y 
los mundos de la vida y de la inteligencia se abrieron 
ante tí. 

Mientras esto acontecía, tus hermanos, los niños 
abandonados junto al cadáver de su padre, mendigan 
el pan de la miseria; el uno era juglar como yo ; el otro 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 225 

¡ desdichado de él ! habia vendido su alma por su amor, 
y ante las plantas de una hebrea habia abjurado la re- 
ligión de sus padres; tomó un nombre judío, y se nom- 
bró Ábsalon. 

— ¿Y dónde está? preguntó con interés Noemi. 

— No lo sé, contestó el juglar ; tal vez le ha exter- 
minado la justicia de Dios. Tu hermano mayor, 
Djeouar, murió hace un año, el mismo dia en que yo 
te r , í en las márgenes del lago. 

— ¿Y quién te ha contado esa funesta historia? le 
preguntó Noemi , fijando en él una mirada escudriña - 
dora. 

Djeouar la sostuvo sin inmutarse, y refirió á Noemi 
ia manera como habia llegado á sus manos la calavera 
mágica. Después continuó: 

—Yo te amo, Noemi : contigo podría ser aún hon- 
rado y virtuoso ; tu amor me salvaría. Aben-Sal-Ghem 
ha perecido ; mi poder es inmenso ; si quieres ser sul- 
tana, tuyas serán cuantas arenas y cuantas aguas 
alumbra el sol en las regiones y en los mares del 
Oriente ; te he traído aquí para revelarte tu pasado, en 
este mismo sitio donde se ha vertido la sangre del es- 
poso de tu madre, y donde ella misma está sepultada. 
Quiero que me ames, y me amarás. 

— ¿Acaso no te amo? dijo Noemi levantándose pá- 
lida y conmovida. ¿Acaso no eres tú el hombre que yo 
he visto en mis sueños? ¿No está unido mí destino á 
tu destino ? 

13. 



226 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

—Pues bien, exclamó Djeouar acercándose á la jo- 
ven, unamos nuestro amor, embriaguémonos en él; 
olvidemos nuestro pasado y hagamos que nos envidien 
los arcángeles de Dios. 

— ¡ Aparta! gritó con terror Noemi, no me toques; 
hay entre los dos un abismo que nos separa, no sé por 
qué , pero jamás seré tu esposa. 

—Pues bien, serás mi esclava. 

— i Tu esclava yo ! . . . . Y bien, podrás matarme y . , . . 
nada más. 

— ¿Con que nunca serás mia? gritó rechinando los 
dientes el juglar. 

— Nunca, exclamó Noemi aterrada. 

— ¡ Zim-Zam ! exclamó colérico Djeouar. 
El genio apareció. 

—Abre camino á mi alcázar , y conduce á él esta 
mujer. 

El genio tomó en sus brazos á Noemi , extendió su 
alquicel sobre las aguas , sentóse en él al par que 
Djeouar, y aquellos tres seres se hundieron lentamente 
en el lago. 

A medida qne descendían, las tinieblas se disipaban; 
destellos sin cuento de brillantes colores , reverbera- 
ban ante los ojos, produciendo una luz dulce y diáfa- 
na; hadas cubiertas con velos de cristal nadaban en 
torno del alquicel del genio , y en el fondo del lago se 
levantaba un palacio maravilloso , labrado con esme- 
raldas y topacios. Djeouar entró , depositó en el más 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 227 

magnífico de sus retretes á Noemi , y dijo al genio: 

— Tú la guardarás ; que el sueño pese sobre sus 
párpados en mi ausencia, y que sólo despierte cuando 
sea mi voluntad ; ahora un ejército y un tesoro en 
Dembea. 

Los deseos del juglar se vieron satisfechos apenas 
concebidos. Encontróse con una lucida hueste junto á 
Dembea, cuando el alba aparecía en el horizonte, y se 
hizo abrir las puertas. 

— Creyentes: dijo á la multitud que le rodeaba 
atraída por el fausto de su comitiva ; yo soy hijo del 
emirAbu-Djeouar-al-Seifu-r-Islam-Al-muweiyid-Billah 
asesinado hace treinta años por el wissir Aben-Sal- 
Chem. Yo he muerto al asesino, y vengo á sentarme 
entre vosotros en el alcázar de mi padre. 

El vulgo está siempre predispuesto en favor de las 
novedades, y, además de esto, los esclavos del juglar 
arrojaban en profusión monedas de oro á la multitud. 
Algunos viejos recordaban el gobierno justo del emir, 
y se declaraban en favor de su hijo; crecieron las dá- 
divas de dinero, adelantaron lanzas y pendones, y por 
una parte el interés y por otra el miedo, abrieron ca- 
mino á Djeouar hasta el alcázar, en cuyo pórtico fué 
aclamado emir. 

Envió un magnífico presente al califa, y se adurmió 
en los goces de su próspera fortuna. 

Todos los dias tocaba Djeouar la calavera mágica, y 
por su virtud se trasladaba al alcázar del lago ; todos 



228 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

los dias veia á Noemi dormida y guardada por el genio. 

Pero Djeouar era infortunado en amores; como de 
otras mujeres le separaba de Noemi un poder superior; 
sólo con ella era inútil su talismán. 

Pasó un ano, dos, tres, hasta nueve, y empezó á cor- 
rer el décimo ; Djeouar había llegado al colmo del des- 
pecho; aquella mujer qne dilataba su corazón, era para 
él un imposible; perdió la esperanza y se abandonó á 
su destino. 

Entonces se dijo : 

— Si no hay una mujer sobre la tierra que me dé su 
amor, yo buscaré una hermosura más allá de la vida; 
yo evocaré los espíritus del mar y los genios del aire, 
y lograré el amor de una hurí. 

Entonces recordó la aparición misteriosa de Kelb- 
namir; entonces su cerebro enfermo soñó encontrar la 
felicidad, tras la cual habia corrido en vano, en las ha- 
das convertidas en vampiros , y en pos siempre de su 
insensato deseo, asió la calavera y las conjuró. 

Los cuatro vampiros vinieron á posarse á los pies de 
Djeouar, y fijaron en él con ansiedad sus pequeños ojos 
saugrientos ; el juglar los contempló con horror. 

—Dejad esas impuras formas, les dijo, y mostraos 
ante mí tal cual habéis sido. 

Cnatro hermosas doncellas aparecieron en vez de los 
murciélagos. 

Eran Betsabé, Djeidah, Zarha y Obeidah. 

Un grito de admiración del juglar , hizo reir á las 



HISTORIA Í>E LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 229 

cuatro hadas. Para ellas era inútil el prestigio que 
el talismán daba al juglar; le veian tal cual era en 
realidad; miserable , envejecido, encorvado, con su 
mugriento alquicel, su arquilla y sus cubiletes. 

— Mirad qué lindo mochuelo, hermanas mias, dijo 
Obeidah sin curarse del furor que subia del corazón á 
los ojos de Djeouar. 

— No, es un camello humano, dijo Zarha. 

— El demonio en figura de jorobado, añadió Djeidah. 

— Pues bien, ese hombre nos ama, dijo Betsabé, y 
cree engañarnos con la apariencia que le ha prestado 
el poder del cráneo de nuestro padre. Alegrémonos, 
hermanas mias; se acerca el momento de nuestra li- 
bertad. Matemos á este hombre, y apoderémonos de 
su talismán. 

Djeouar se vio acometido por aquellas cuatro hermo- 
sísimas criaturas, pero tuvo tiempo de contenerlas con 
el mismo poder que las habia evocado. Su cólera habia 
crecido hasta el colmo; y si hubiera obedecido el talis- 
mán á su deseo, las hubiera exterminado. 

Pero por primera vez su voluntad tuvo que doble- 
garse á lo escrito por el destino; el libro del porvenir 
se abrió ante él por un pasaje fatídico y siniestro. 
Djeouar leyó convulso aquella terrible escritura : 

«En las tierras de Occidente, decia, hay un monte 
dominando á un pueblo; en la parte oriental del mon- 
te hay un abismo, y sobre aquel abismo se elevará una 
torre : hijos del Islam acrecerán el pueblo, y un nieto 



230 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

de reyes elevará un castillo sobre la colina y sobre el 
abismo. Así está escrito; y tú , juglar, y vosotras ha- 
das condenadas, dormiréis en su oscuridad, y dormirán 
con vosotras los que fueren vuestros amantes. Pero si 
lográis fascinar al hombre que ha f de edificar el casti- 
llo ; si lográis exterminarlo antes que ponga pensa- 
miento ó mano sobre él , volvereis á vuestros alcázares 
del aire y á vuestros jardines de los lagos.» 

Y Djeouar que esto leyó , consultó con su talismán 
para que le explicase el misterio de su profecía, y el 
talismán le dijo : 

« La ciudad es Granada ; el monte la Colina Roja; 
el castillo la Alhambra, y el nieto de reyes, Móhamet- 
Aben-A'bd-Allah-Aben-Jucef-Aben-Nazar-Aben-Al- 
hhamar el de Arjona. Si la torre se levanta, las cuatro 
hadas y sus amantes dormirán en ella por toda la eter- 
nidad convertidos en murciélagos, y tú estarás en ella 
hasta que se rompa el encanto. Tu salvación ó tu con- 
denación son un misterio insondable del destino, que 
sólo puede leer el Altísimo.» 

— ¿Conque mi poder no alcanza á mi porvenir? ex- 
clamó Djeouar, ¿con que he de seguir atado á esta ca- 
dena fatal, y en vano será que luche por romperla? 

La rabia ahogó su voz ; volvióse á Betsabé y sus tres 
hermanas, y les dijo : 

— Volved á vuestra forma y cumplid vuestro des- 
tino. 

Djeidah, Zahra y Obeidah se convirtieron en murcié- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 231 

lagos; pero Betsabé permaneció con figura humana, y 
sólo en el centro de su blanca espalda nacieron dos 
pequeñísimas y negras alas. 

—Soy tu esclava, dijo con repugnancia la hermosa, 
pero jamás conseguirás mi amor; eres feo, horrible, 
hediondo, y me inspiras horror , yo veo en el porvenir: 
mi amado es un príncipe hermoso y joven, á quien 
amaré tanto como te desprecio. 

— ¡ Me desprecias tú también! gritó con furor el ju- 
glar. ¡Tú, miserable espíritu condenado por Dios ! ¡Tú, 
hermosa como la tentación é impura como el nido del 
cocodrilo! ¡Tú también! ¡Oh! ¡Tú seguirás mi desti- 
no ; tú sentirás como yo la sed implacable de un amor 
insensato! 

Djeouar murmuró un conjuro, y Betsabé se encontró 
aprisionada en una cadena de oro cubierta de signos 
cabalísticos. 

Pero ni las dificultades, ni el temor de la condena- 
ción eterna fueron bastantes á extinguir en Djeouar el 
fuego abrasador de su amor á la mujer ; acordóse de 
que podía crear con el poder del talismán, y se burló 
de la amenaza del mago ; este le había dicho : 

— «Serás poderoso hasta el punto de crear seres á 
tu antojo; pero guárdate bien de hacerlo, porque per- 
derás tu poder y serás como los demás hombres.» 

A pesar de esto, Djeouar quiso asemejarse al Espí- 
ritu Inmenso, al Criador, al Dios que ha dado vida y 
luz á cuanto es sobre la tierra, y cuanto guarda el mar» 



232 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

y cuanto el aire baña; quiso crear una mujer, hermosa 
como la que acompañó al primer hombre en el Paraíso. 

La evocó y la vio ; pero como se ve un relámpago, ó 
una aparición, ó una ráfaga que pasa entre las nubes; 
la mujer surgió de la nada, hermosa, con todos los in- 
centivos de la pureza y del amor; pero al par Djeouar 
se encontró de repente al pié de la palmera donde ha- 
bía descansado en la confluencia del Nilo y del Barh- 
el-Azrak. 

¿Habia sido aquello una visión? ¿Habia dormido el 
semoum en el fondo del golfo Pérsico, y el mago, y la 
calavera, y Dembea , y Noemi , y Aben-Sal-Chem , no 
habían sido más que fantasmas de un ensueño som- 
brío? 

No : todo era verdad, porque junto á él , sujeta á su 
cadena de oro, cubriéndose con su velo, estaba Betsa- 
bé, la hada de los sueños impuros y de los amores in- 
sensatos. 

—No, no sueñas, dijo la hada leyendo en el pensa- 
miento de Djeouar; cuanto has visto es verdad; pero 
esa verdad sólo existe para nosotros; porque Aben- 
Sal-Chem y Noemi ; cuantos en Dembea te han cono- 
cido y respetado , libres por tu imprudente ambición 
del encanto que pesaba sobre ellos, abrirán los ojos á 
la luz de esta alborada , y creerán cuanto ha sucedido 
un sueño que olvidarán al fin. Sn Dembea todo es paz; 
la escarpia destinada para tu cabeza aún está sobre la 
puerta; pero ve: el wissir al olvidar su encanto te ha 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 233 

olvidado también. Ahora soy una mortal como tú , y 
tengo necesidades como tú. Vamos á la ciudad, yo to- 
caré la guzla y bailaré, y tú seguirás tu profesión de 
juglar. Vamos. 

Y Betsabé se levantó. Djeouar ia siguió lentamente, 
y al trasmontar el sol de aquel dia, llegaron á Dembea. 

La escarpia estaba sobre la puerta. La paz más pro- 
funda reinaba en las calles, los mercaderes cerraban 
sus tiendas, y los habitantes se dirigian á sus moradas. 
Algunos curiosos se agrupaban alrededor de Betsabé 
y del juglar, que la seguía asiendo la cadena de oro, 
miserable, viejo y cansado con su arquilla á la espalda. 

Aquellos dos seres formaban un maravilloso con- 
traste; ella deslumbrante de hermosura y de riqueza, 
con sus negros y brilladores cabellos entrelazados de 
perlas, su túnica de púrpura, sus sandalias aljofaradas, 
sus ajorcas de oro y diamantes y su guzla de marfil, en 
la que tañia lánguidos cantares ; él horrible, hediondo, 
rebozado en un mugriento alquicel , y cubierta la ca- 
beza con una toca desgarrada; y así, por medio del 
pueblo, sufriendo los sarcasmos y los insultos más gro- 
seros, llegaron al bazar de las esclavas. 

Creyó la multitud que Betsabé se ponia de venta, y 
los más ricos se adelantaron ; pero con admiración de 
todos, el juglar y la esclava se detuvieron en el atrio 
del bazar. 

-Saca la alfombra que hallarás en tu cofre, dijo 
Betsabé á Djeouar. 



234 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

El juglar abrió el cofre, y dentro de él encontró dos 
objetos que le llenaron de admiración; uno era el al- 
quicel de Zim-Zam y otro la calavera del mago. 

— Yo no veo esa alfombra, dijo Djeouar. 

Betsabé tomó el que habia servido de alquicel al ge- 
nio; era una finísima tela de seda azul de grandes di- 
mensiones, de forma cuadrada y cubierta de signos 
mágicos, escritos con oro. Extendióla, hizo sentar en 
un ángulo de ella al juglar, y alzándose aérea y gentil 
en su centro , empezó una danza llena de encantos y 
voluptuosidad, uniendo al lánguido son de la guzla su 
voz dulce y sonora en un canto dulcísimo. 

Pronto la multitud rodeó la alfombra ; la danza y el 
canto de la esclava crecían en rapidez y en armonía; 
la cadena de oro agitándose asida á su lindísimo pié, 
completaban aquel acompañamiento fantástico , al en- 
trechocarse sus eslabones que producían un sonido 
acompasado, vibrante y sonoro. Los cabellos de la hada 
se destrenzaron, formando una negra y flotante au- 
reola en torno de su hermosísimo semblante. 

Cuando cesó la danza y la joven se sentó fatigada 
en el centro de la alfombra , mientras con la más des- 
cuidada languidez componía sus cabellos y reparaba el 
desorden de su túnica, cayeron sobre su regazo y so- 
bre la alfombra monedas de oro , de plata y de cobre; 
cada uno de los espectadores vació su bolsa, y cuando 
Betsabé, indiferente siempre, reunió el dinero, encon- 
tró una enorme cantidad en oro, que guardó en el co- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 235 

fre, y con un desden propio de una sultana, arrojó á la 
multitud las monedas de plata y de cobre; después re- 
cogió la alfombra, entregó el cofre á Djeouar, y po- 
niendo en sus manos el extremo de la cadena, ella y él 
se abrieron paso entre las gentes que los rodeaban , y 
fueron á hospedarse á un kan. 

Y así vivieron un año; ella cantaba y tañia en las 
plazas y en los bazares; él entre tanto, ceñudo y silen- 
cioso, permanecía en el ángulo de la alfombra, sumido 
en hondas meditaciones. 

Cada dia era mayor la cantidad que el pueblo arro- 
jaba á la hermosa esclava , y llegó uno en que encon- 
traron reunido casi un tesoro. 

Ella acrecía en encantos; él menguaba en fuerza; su 
espalda se encorvaba más y más ; su barba encanecía 
y sus hundidos ojos se amortiguaban ; los sufrimientos 
habían hecho de él un imbécil; después de haber ama- 
do á Noemi, amándola aún, amaba á Betsabé; pero 
siempre le era fatal su destino; estaba condenado al 
aislamiento y á la desesperación. Betsabé le aborrecía 
como esclava; le despreciaba como mujer , y le inspi- 
raba desgarradores pensamientos como hada. 

Nunca existió hombre más desdichado que Djeouar. 

Un dia, el mismo que terminaba un año después de 
aquel en que habia perdido su poder por su ambición, 
Betsabé le llamó junto á sí cuando entraron en el kan. 

El miserable se acercó temblando. Nadie hubiera 
conocido en él al señor, y en ella á la esclava. 



236 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

— Djeouar, le dijo Betsabé; hemos adquirido lo bas- 
tante para satisfacer nuestras necesidades; ya no vol- 
veremos á divertir á esas miserables turbas que pagan 
con su oro el placer de admirar mi hermosura. Hemos 
asegurado los goces materiales; y además de eso ha 
cambiado nuestro destino. 

El juglar fijó una mirada estúpida en la mujer mis- 
teriosa. 

— Ahora mismo hay en el alcázar una mujer próxi- 
ma á dar á luz una niña, añadió la hada, y esa niña se 
nombrara Wahdah {Amor). Antes de ser mujer será 
esclava, poique así está escrito: cuando corran quince 
primaveras de su vida, será sultana. Un rey poderoso 
la dará su amor, pero antes ella habrá amado á otro. 
Y ese otro serás tú. 

Djeouar sintió despertarse en el fondo de su alma la 
sed de amor que presidia su existencia, y se estre- 
meció. 

— Djeouar es imbécil, dijo; Djeouar es miserable, 
Djeouar es viejo. 

— Yo he leído en el pasado, en el presente y en el 
porvenir, contestó Betsabé; muchas veces, cuando he 
vuelto cansada de la danza, en vez de entregarme al 
sueño, he meditado; yo veia en tí algo superior á la 
raza humana, y en vano me afanaba por descifrar el 
misterio de tu historia: dos noches ha que, ya tarde, 
á la hora en que mis hermanas entraban por aquella 
ventana á visitarme, recordé que ellas podían ir al lu- 



HISTORIA DK LOS SILTE MURCIÉLAGO?. 237 

gar donde se oculta el espíritu de nuestro padre, y tal 
vez lograrían aclarar lo que para raí no era más que 
tinieblas; y llamé á mi hermana Djeidah, que vino á 
posarse junto á mí. 

— ¿Sabes dónde mora el espíritu de nuestro padre? 
le pregunté. 

—En las grutas donde nace el Gran Rio (el Nilo ), 
me contestó: allí moramos nosotras durante el dia, y 
reposamos junto á él. 

—Pues bien, hermana mia, repuse, si el espíritu de 
nuestro padre está despierto , pregúntale quién es 
Djeouar. 

Djeidah me ofreció preguntárselo , partió y volvió 
anoche. 

—Ya sé quién es, me dijo; Djeouar es una hechura 
de Eblis. 

El juglar se estremeció. 

—Sí, continuó Betsabé; un dia, hace muchos siglos, 
Eblis estaba triste, más triste que de costumbre ; pen- 
saba cómo haria para ser igual á Dios, a Yo, decia, soy 
poderoso, pero mi poder es estéril ; puedo amargar los 
dias del hombre y hacer que en la balanza de su juicio 
pese más el mal que el bien ; pero no puedo crear, es- 
toy solo y necesito un ser que sufra conmigo.» Eblis, 
pues, evocó un hombre, pero el hombre no apareció. 
Entonces, dijo: «Tenderé mis alas y llegaré á las 
puertas del quinto cielo, donde están las badas , y en- 
gañaré á la más pura y hermosa.» Y batió las negras 



238 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

alas, pasó como una saeta junio á la luna, se cernió 
sobre el sol y llegó á la puerta del quinto cielo. Pero 
los muros eran de diamante, y tan altos, que la pene- 
trante vista del espíritu condenado no encontraba su fin. 
Eblis sacudió furioso las puertas de oro, y ni aun las 
conmovió. 

— ¿Quién eres, preguntó desde adentro una voz 
dulce como el rumor de un arroyuelo. 

— Soy un arcángel que ha caido del sétimo cielo, 
contestó Eblis, dulcificando su ronca voz; mis alas se 
han quemado al pasar junto al sol, y estoy cansado. 
¿Y quién eres tú? 

—Yo soy Nurminasoh ( Nurminash-Shoh , Luz del 
Alba), y estoy esperando que pase la sombra, para ir 
á alumbrar el mundo ; contestó desde adentro la voz. 

--Pues bien, sal y yo iré contigo, dijo Eblis. 

Poco después la puerta se abrió, y apareció una hada 
hermosísima; sus cabellos eran rubios, su frente blan- 
ca, sus ojos celestes y su boca sonrosada ; llevaba una 
larguísima y flotante túnica sembrada de estrellas y 
celeste como sus ojos ; su aliento era balsámico y la 
acompañaban los céfiros ; Eblis se escondió en el pór- 
tico, y cuando la puerta se cerró, dejando fuera á Nur- 
minasoh, se lanzó sobre ella, como el alcon sobre la 
paloma, la estrechó entre sus negros y membrudos 
brazos, y la besó en la frente ; la hada dio un grito de 
terror y Eblis se alejó riéndose de su dolor. 

Nurminasoh dio á luz algún tiempo después un hijo, 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 239 

que tuvo por nombre Aben-al-Nurwaddallá (Hijo de la 
Luz y las /¡nieblas). Desde el dia en que perdió su 
pureza entre los brazos de Eblis, la hada no pudo en- 
trar en el quinto cielo, y desde entonces hasta ahora 
vuela alrededor del mundo, dejando caer sobre él su 
llanto y precediendo al sol. Aben-al-Nurwaddallá fué 
un reprobo y pocos justos ha habido en su generación, 
de la cual son los únicos que restan Djeouar y su her- 
mano Absalon. 

— ¿Y no te ha dicho más nuestro padre? pregunté 
á Djeidah. 

—Sí, me dijo ; añadió que sabia los sufrimientos de 
Djeouar, y que aunque estaba irritado contra él le con- 
cedería una hermosura, una inteligencia y una juven- 
tud eterna, si llevaba su calavera al lugar de su des- 
canso. 

— ¡Oh! la llevaré , la llevaré, murmuró Djeouar; 
¿dónde reposa tu padre? 

— En la misma gruta á donde te condujo una balsa 
hace diez años. 

El juglar no esperó más ; sujetó la cadena de la hada 
á una columna , como acostumbraba todas las noches 
antes de entregarse al sueño, tomó el cofre donde guar- 
daba la calavera, y salió de Dembea. 

El dia siguiente á la misma hora volvió junto á Bet- 
sabé; su deformidad había desaparecido; era otra vez 
el joven hermoso, sabio y opulento; vestía el alquicel 
mágico del genio Zim-Zam , y bajo él traia un objeto 



240 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

oue recató cuidadosamente de las miradas deBetsabé. 

Era un gran libro escrito en pergamino, forrado con 
una tela de seda azul y cerrado con cordones de oro. 

— Ha sonado la hora , dijo á la hada ; esta es la úl- 
tima vez que estaremos juntos; sigúeme. 

Djeouar tomó la cadeüa de Betsabé, salió cou ella 
del kan, y se encaminó al alcázar de Aben-Sal-Chem. 

—Yo soy un astrólogo, dijo á los guardas, y quiero, 
si tu señor lo desea , descifrar el horóscopo de la hija 
que acaba de nacerle. 

Algún tiempo después, Djeouar y Betsabé entraban 
en el retrete de Noemi , donde en una cunita de ébano 
dormía una niña. Aben-Sal-Chem fijaba sobre ella una 
mirada sombría; la recien nacida tenia toda la seme- 
janza de la belleza de Djeouar. Noemi estaba aterrada 
ante el silencioso furor de su esposo. 

El juglar se acercó, llevando la frente casi cubierta 
con los pliegues de su toca y rebozado hasta ios ojos 
en su alquicel. 

— ¿Quién eres? le preguntó Aben-Sal-Chem. 
—Un astrólogo árabe, contestó Djeouar. 

— ¿Puedes decirme el horóscopo de esta criatura? 
— Hé aquí lo que ha de influir en su destino, en 

el de tu esposa y en el tuyo; dijo Djeouar, mostrán- 
dole el libro azul que ocultaba bajo su alquicel, y sen- 
tándose á los pies del wisir y de Noemi, junto á la cu- 
na donde dormía la niña. 
Todos guardaron silencio. Djeouar abrió el libro y 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 241 

empezó á leer. Nada había en su relato que hiciese 
referencia al horóscopo. Lo que Djeouar relataba era 
la historia de los amores de un rey nazareno con una 
judía. 

Y á pesar de esto, apenas empezada la lectura, 
Aben-Sal-Ghem , Noemi y Betsabé, sintieron que sus 
miembros se enlanguidecían, que pesaban sus párpa- 
dos, y menguaban sus fuerzas; un sopor, profundo co- 
mo la muerte , cerró sus ojos, y dejaron caer inertes 
las cabezas sobre los pechos. 

Djeouar, sin dejar de leer , extendió sobre el pavi- 
mento su alquicel, arrastró á él á Aben-Sal -Chem, á 
Noemi, á Betsabé y á ¡a niña; sentóse junto á ellos y 
prosiguió su lectura. El alquicel se elevó lentamente; 
salió á través de la cúpula del retrete y se lanzó en el 
espacio dirigiéndose al Magreb. 

Djeouar seguía leyendo; los cuatro seres puestos 
por él sobre el alquicel, dormían profundamente, y 
eran conducidos á través de la inmensidad con una ra- 
pidez maravillosa; Djeouarlveia pasar bajo sus plantas 
las nubes, y á través de ellas, las montañas, los cam- 
pos, los ríos, los lagos y los mares. Al fin, cuando la 
noche empezó á enseñorearse en el espacio, el alquicel 
descendió sobre una ciudad musulmana, y se detuve 
en ei terrado de una de sus casas. 

Djeouar, aunque con dificultad, leia aún en el libro 
misterioso; la luz de la luna llena había seguido á la 
del crepúsculo ; las estrellas reverberaban en los cie- 

44 



242 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

los , cual clavos de diamante, en una inmensa bóveda 
de zafiros. 

La ciudad á que habia arribado el juglar, era Cair- 
van; desde el terrado donde se posaba, se veian las 
altas y estrechas calles, perdidas en una penumbra 
que cortaba con su luz blanca y tibia la luna , al lejos, 
sobre una altura, velado por las brumas de la noche, 
y perdido en una lontananza de vapores, se veía un 
recinto torreado. Era el alcázar del walí. 

Djeouar cerró el libro ; tomó el velo de Betsabé, le 
rasgó, vendó con él los ojos y la boca á Aben-Sal- 
Chem y á Noemi ; ató sus brazos y pronunció un nom- 
bre : 

— ¡Absalon! dijo. 

Nadie contestó. El juglar volvió á repetir con impe- 
rio aquel nombre. 

Oyéronse entonces tardos pasos en la escalera que 
conducía al terrado , y un hombre cubierto con una 
hopalanda negra , y ceñidos sus cabellos con un gorro 
amarillo, apareció ante el juglar. 



IX. 



Al llegar á este punto de aquella historia terrible, 
en que estaban consignados los crímenes y las desgra- 
cias de toda una generación, el judío se detuvo de 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 243 

nuevo, abrió los ojos aterrado y los fijó en la sultana, 
que le escuchaba pálida y conmovida. 

— ¿Aún dura ese horrible sueño? murmuró con 
acento trémulo el judío. ¿Aún giran á mi alrededor los 
espíritus condenados, y las sombras de túnicas ensan- 
grentadas? 

Incorporóse con trabajo sobre el diván, y miró á la 
sultana. 

— ¿Quién está conmigo? murmuró. ¡Ah! ¡eres tú, 
la esposa del rey! ¡Wahdah, mi sobrina, la hija de 
Noemi, ia nieta de Kelb-namir, la última mujer de la 
raza maldita! ¿Qué quieres de mí? 

— ¡Betsabé! murmuró con acento breve la sultana. 

— ¡Oh! ¡Sí, Betsabé! Tu historia está unida á su 
historia ; tu destino está en sus manos ; siento la 
muerte junto á mí y mis ojos leen en la inmensidad. 

Volvió á dominar por un momento el silencio. Absa- 
lon se dejó caer de nuevo en el diván , y su voz tornó 
á resonar como antes en un canto lúgubre y monótono. 

— Hace treinta años, dijo, era el principio de una 
hermosa noche de verano; la luna brillaba lanzando 
sobre Cairvan su diáfana luz, desde un cielo sin nu- 
bes; pero aquella noche tan serena, era para mí noche 
de sombras y de dolor; con la luz del dia, se habia 
apagado la luz de los ojos de mi esposa, de mi buena 
y noble Raquel; los ángeles habían llevado su espíritu 
al seno de Dios , y yo, triste y sin ventura, lloraba 
junto á su cadáver. 



244 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

Sólo me acompañaban el silencio y el dolor, cuando 
oí una voz que me llamaba ; era la voz de mi hermano; 
dudé, y escuché; la voz volvió á pronunciar mi nom- 
bre; aquella voz partia del terrado, y á pesar de mi 
terror, subí. 

— ¡ Hermano mió ! dijo Djeouar , hace mucho tiempo 
que no nos vemos ; desde entonces un espíritu de mal- 
dición ha volado junto ó nosotros; yo he vendido mi 
alma á Eblis ; tú has renegado de Dios; él tenga piedad 
de nosotros. 

— ¿Qué quieres de mí? le pregunté. 

Djeouar me asió de la túnica y me llevó hasta la 
cunita de cedro. Tú, Wahdah, hermosa ya, dormías 
en ella. 

— Cuando trascurran doce años, me dijo Djeouar, 
yo habré muerto , y esta niña, mujer ya, será tu es- 
clava. Entonces la darás este amuleto 

Djeouar se inclinó sobre la cuna , y sacó de entre 
sus ropas una tablita de ébano cubierta de caracteres 
rojos, y un punzón de oro, que rae entregó. 

— Este amuleto la protejerá, hará inmarchitable su 
hermosura, y por él llegará á ser la esposa de un rey. 
Guárdalo, y cuando el destino te arroje junto á ella, 
cuando haya muerto yo, se lo entregarás. 

Yo guardé el amuleto. Djeouar continuó , señalán- 
dome á Betsabé, que dormía aún. 

— Hé aquí un ser condenado, me dijo : un ser sujeto 
al poder de un encanto, y que es necesario permanezca 



H!^TOR!\ DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 24o 

así hasta que el rey que ha de ser esposo de Wahdah, 
levante la torre sobre el abismo. ¡Ay de nosotros y ay 
de ellos, si el encanto de esta mujer se rompe! 

— ¿Y qué he de hacer? 

—Que ojo humano no la vea, ni mancebos alcancen 
su hermosura , ni tu corazón se conmueva con sus lá- 
grimas. Toma, añadió arrojando sobre mi túnica la mi- 
tad del oro que contenia una bolsa de cuero ; eres po- 
bre y no tienes con qué dar sepultura á tu esposa. 

Djeouar arrastró fuera de la alfombra mágica á Bet- 
sabé, puso la cadena de oro que le aprisionaba en mis 
manos, y elevándose con la alfombra, atravesó los ai- 
res y fué á posarse en la selva cercana á Cairvan, donde 
hace diez y siete años ibas tu, hermosa y pura, los ar- 
dientes dias de estío, sobre las espaldas de tu caballo 
salvaje. 

Allí dejó á tu padre entre la espesura, á tí junto á 
él, y envolviéndose en el alquicel mágico, tornó con tu 
madre á Cairvan , compró una casa , y se hizo cazador 
y mercader de pieles de fieras. 

Entonces nos veíamos todos los dias, y me contó su 
historia, la de Noemi, la de Betsabé : yo me habia de- 
dicado al comercio de joyas, y entrambos nos habia- 
mos enriquecido. 

Pero él estaba siempre entregado á una desespera- 
ción sombría; amaba á Noemi, pero un poder superior 
le apartaba dé ella; de ella, cuya vida se extinguía 
lentamente como la del árbol herido por el hacha. Su- 

14. 



246 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

fria y callaba; ni una sola queja salió de sus labios du- 
rante doce años ; ni una sola vez la infeliz preguntó por 
su hija ni por su esposo, á pesar de amarlos con toda 
su alma. 

Llegó un dia en que no pudo dejar el lecho ; la pa- 
lidez de la muerte habia cubierto su frente, y se habían 
amortiguado sus ojos , alrededor de los cuales el su- 
frimiento habia señalado un círculo cárdeno. Entonces 
me llamó, hízome sentar junto su lecho, y me nombró 
por la primera vez á su esposo y á su hija. 

Yo no me atreví á negarme á este último y santo 
deseo de tu madre ; todo se lo revelé. Tu padre al des- 
pertar del letargo, en la selva de Cairvan, se encontró 
solo contigo: creyóse aún en Dembea y llamó á sus 
esclavos ; sólo contestó á su voz el grito del chacal 
hambriento; al fin comprendió que estaba lejos de los 
suyos, en una tierra extranjera abandonado á su desti- 
no. El odio con que te habia mirado por tu extraña se- 
mejanza con Djeouar, acreció con su desesperación. 
El pensamiento de exterminarte surgió de su alma; 
pero no pudo dominar la repugnancia que le inspiraba 
tan horrible crimen. Te tomó en sus brazos, y resuelto 
á separarte de sí, se dirigió al castillo, y se presentó al 
anciano y justo walí de Cairvan. 

— Esta muchacha, le dijo, es mi hija, y promete ser 
muy hermosa. ¿Cuánto me darás por ella? 

—¿Qué quieres? respondió el walí. 

—Dame un caballo. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 247 

El caballo fué entregado á Aben-Sal-Chera, que par- 
tió aquel mismo dia en dirección á Túnez , y desespe- 
rado murió en batalla, sirviendo á la tribu de los Zeya- 
nes contra los Amohades , el primer dia de la luna de 
dilhagia del año seiscientos cuarenta de la Egira (1 ). 

Esta funesta nueva acabó de postrará tu madre, que 
murió entre mis brazos. Lo demás lo sabes; un dia en- 
contraste á Djeouar en el bosque perseguido por una 
pantera, y le amaste porque así estaba escrito. Tu 
amor le mató y te hizo mi esclava; tu destino te llevó 
junto al rey Aben-Al-hhamar, y eres sultana. 

Pero entre tí y el rey se ha levantado Betsabé ; Bet- 
sabé, q^e es la muerte ; Betsabé, que es la condena- 
ción. 

— ¡Oh! no, no será, exclamó Wahdah, mirando con 
ansiedad al judío. 

—Lo que está escrito se cumplirá , murmuró Absa- 
Ion , cuya voz era cada vez más débil. Si la hada con- 
denada fascina al rey, la torre no se levantará, y tú y 
los tuyos caeréis bajo el poder de Eblis. 

— ¡No será I repitió Wahdah, porque yo diré al rey 
la historia de esa mujer. 

— Has perdido tu talismán , murmuró con acento 
casi imperceptible el judío; el fuego lo ha devorado, y 
has perdido con él el amor de Al-hhamar. 

— ¿Y no hay esperanza? gritó desesperada la sul- 
tana, asiéndose de la hopalanda del judío. 

(1) 1242 de Jesucristo. 



248 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

— Sí, murmuró este trabajosamente, ve á la Colina 
Roja , baja á la sima ; en ella vela el espíritu de 
Djeouar. 

Absalon enmudeció, su cabeza cayó sobre el diván y 
sus ojos mates rodaron en sus órbitas. Wahdah le con- 
templó con terror. El judío era un cadáver. 



En medio del silencio que siguió á este espantoso 
suceso, se levantó al lejos una voz sonora, aquella voz 
decia: 

— ¡Creyentes, venid á la oración! acercaos al Dios 
santo, al Dios fuerte, al Dios justo; ¡venid á la ora- 
ción! 

Era el muecin de la mezquita cercana , que lla- 
maba á los fieles desde el alminar á la oración de 
adohar. 

Y tras aquel clamor solitario y piadoso, se alzó otro 
clamor, inmenso, terrible, que partía del coso de la 
fiesta; oyéronse gritos, choques de armas, y sonidos 
de clarines y atabales; era un estruendo de batalla, 
pero de una batalla encarnizada á muerte. 

Muy pronto aquel estruendo se extendió ; abriéronse 
puertas y ajimeces, y desde el del retrete de la casa de 
Absalon vio la sultana á los guardas del palacio y del 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 249 

castillo de Hinznarroman , correr desnudando sus es- 
padas en dirección á Bib-rrambla. 

Y el estruendo crecía; la lucha se prolongaba; al- 
gunas saetas perdidas pasaban silbando por cima del 
ajimez donde está Wahdah temblorosa. 

Era un contraste terrible; fuera, la muerte, ruidosa, 
armada, imponente; dentro, silenciosa, fria, macilenta; 
allá el combate; en el retrete el cadáver del judío. 

Aquel retrete tan rico, tan sonoro, tan alegre antes, 
con sus pebeteros de oro, el canto de sus pájaros y la 
tenue luz de sus lámparas; aquel diván embellecido 
con la hermosura de Betsabé, se habían tornado en un 
sepulcro sombrío y en un lecho mortuorio. 

Volaba allí un espíritu maldito; faltaba aire y vida: 
aquellas paredes mataban. 

Wahdah tomó de nuevo la lámpara de oro que aún 
ardia, se lanzó al pasaje subterráneo, llegó á su retrete 
en el alcázar, abrió la puerta que algunas horas antes 
habia cerrado, y llamó colérica á su servidumbre. 

— ¡ Mi palafrén, mi arco y mi azagaya ! gritó al ver 
el primer esclavo que se acercaba. 

La voluntad de la sultana fué instantáneamente sa- 
tisfecha: ciñóse la cabeza con un bonete de acero, ca- 
balgó de un salto en un valiente caballo negro, se hizo 
seguir por el escaso número de g:netes que habían 
quedado guardando la Casa del Gallo, y gritó : 

— ¡A. Bib-rrambla ! 

La cabalgata partió; Wahdah aguijó su caballo , se 



250 HISTORIA DE LOS S1FTE MURCIÉLAGOS. 

deslizó á lo largo de las murallas del castillo, atravesó 
á rienda suelta algunas calles y se lanzó en el Zacatín. 



XI. 



Hermosa estaba en su furor Wahdah, como el sol, á 
través de las nubes de una tormenta de estío; era la 
misma mujer que en otro tiempo en los bosques de 
Cairvan, habia muerto á la pantera, que sin ella hu- 
biera devorado al hombre de su primer amor; era la 
amante que corria al lado de Al-hhamar, su amado 
para poner su pecho ante él, era la valiente africana 
de sangre ardiente y corazón varonil. 

Muy pronto se encontró envuelta entre los Zenetes 
que se defendían en un ángulo del coso contra los par- 
ciales de los rebeldes walíes. 

La plaza ofrecía un espectáculo imponente; cuando 
al llegar la hora de adohar, las gentes de los walíes, 
que obedeciendo las órdenes trasmitidas á ellos por 
Maksan, habían penetrado en la ciudad forzando las 
puertas de Bib-lachar, Bib-ataubin y Bib-alboiut, en- 
traron en la plaza forzando las guardias de las puertas, 
las damas huyeron de los estrados y las galerías, y los 
hombres se lanzaion al coso á rechazar aquella gente 
advenediza, que gritaba revolviendo sus caballos: 

— ¡Muerte á Al-hhamar y al príncipe Mohamet! 

Entonces, cuando el combátese hacia forzoso, cuan- 



HISTORIA DF- LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 251 

do todos los buenos muslimes se habían agrupado en 
torno de Al-hhamar, que cabalgaba tras de su bandera 
como en un dia de batalla, se vio con extrañezaque el 
caballero del verde atavío, declarado vencedor en los 
toros, las sortijas , las cañas, y las justas de las fiestas; 
que aquel paladín tan bizarro, que había arrancado de 
la silla á los botes de su lanza á los caballeros de más 
pujanza del reino, permaneciese impasible presencian- 
do un combate , sobre el estrado real á las plantas de 
Betsabé. 

Además, ésta, acompañada de las otras tres prince- 
sas extranjeras, y rodeada de las comitivas ostentosas 
con que se habían presentado en las fiestas, permane- 
cía impasible en un campo de sangre en que volaba 
más de un venablo, y en que más de una lanza, arro- 
jada por un brazo membrudo, habia venido á clavarse 
rechinando en la gradería sobre que posaba su pié. 

Ni habia en ella piedad ni terror; sus ojos brillado- 
res, fijos y sombríos, lanzaban una mirada intensa, 
continua, fatídica, en Al-hhamar, siguiéndole do quie- 
ra se encontraba , ora al frente de los suyos ; ora con 
la espada en alto, revolviendo su corcel entre sus ene- 
migos. 

Nunca habia estado menos feliz Al-hhamar ; lidiaba 
al fi ente de los mismos con quienes habia vencido ba- 
tallas en campo abierto , y sin embargo aquel dia no 
adelantaba tan sólo el trecho de una pica ; sentíase , sí, 
empujar, arrastrar, perder terreno ; caían á centenares 



252 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

los suyos; su hijo Mohamet habia perdido el caballo, y 
su valiente pendón j, arrancado cien veces por manos 
leales de manos moribundas, cejaba como impelido 
por un poder superior. Crecía el tumulto; sobre el es- 
truendo de las armas surgía el grito de los combatien- 
tes, y al par que unos clamaban ¡muerte á Al-hhamar! 
oíase atronador como el rugido de un león furioso , el 
grito de guerra de los soldados del rey : ; Al-hhamar 
le galib ! 

Y entonces, cuando la lucha se acercaba á su térmi- 
no, cuando Al-hhamar y los suyos habían 6Ído recha- 
zados hasta el estrado real , cuando Betsabé mostraba 
en sus ojos la alegría del triunfo; fué cuando Wahdah 
precipitó su caballo en la plaza, y envuelta con los Ze- 
netes, lanzó una mirada á Betsabé, vio á sus pies al 
caballero de lo verde , dio un grito y tendió á él los 
brazos suplicantes; porque desde la aparición de aquel 
caballero en las fiestas habia creído reconocer en él á 
su hijo : porque su corazón le arrastraba con una fuer- 
za misteriosa al valiente incógnito. 

— ¡A mí! ¡á mí! príncipe Jucef Abd'allah, gritó 
Wahdah tendiendo hacia él los brazos ; mata , hiende, 
atropella! ¡ A mí, príncipe Jucef! 

El caballero de lo verde no podia oir entre el es- 
truendo los gritos de Wahdah, pero comprendió su 
ademan y se lanzó en el coso. 

El semblante de Betsabé se nubló ; el caballero ha- 
bia saltado en un caballo que halló sin dueño, y se 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 253 

batía como uq leopardo , pretendiendo abrirse paso 
hasta Wahdah; pero sus esfuerzos eran inútiles; aco- 
sábanle las gentes de los walíes, su lanza habia salta- 
do en astillas y su espada obedecía mal á su cansado 
brazo; no era el mismo caballero vencedor poco antes 
de tamañas pruebas ; era un ser débil ; hubiérasele 
podido creer una mujer cubierta con un arnés de 
guerra. 

Betsabé le observaba con ansiedad ; le vio próximo 
á sucumbir y palideció; entonces sus labios se agitaron 
murmurando palabras misteriosas, y brilló en sus ma- 
nos el anillo mágico. El caballero de lo verde se tras- 
formó; irguióse, aplicó los acicates á su caballo, y em- 
bistió espada en alto á los que le acosaban ; ni el ven- 
dabal que abate los cedros, ni el torrente que desquicia 
las rocas, ni el rayo que desploma las torres, hubieran 
sido bastantes á igualar la rapidez con que el descono- 
cido hirió, derribó y dio muerte á los mismos entre los 
cuales un momento antes estaba próximo á sucumbir. 
Betsabé temblaba de furor, Al-hhamar ganaba terreno, 
el desconocido estaba en fin en los brazos de Wahdah, 
que le arrancó la visera. 

Era el príncipe Jucef A' bd-allah. 

Los walíes habían sido vencidos ; y aquellos de los 
suyos que no pudieron salvarse , fueron exterminados 
por los leales servidores de Al-hhamar. 

Sangre, cadáveres, arneses y armas rotas; hé aquí 
lo que quedaba de la hazaña de los walíes ; el rey ha- 

15 



254 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

bia vuelto á subir al estrado, y abrazaba estrecha- 
mente al príncipe Jucef, á quien en aquel aciago dia 
era deudor de la vida y la corona. 

— ¡Ah, mi valiente leoncillo! decia el rey fijando 
una mirada llena de orgullo en su hijo; ¿qué quieres 
de cuanto en mi reino hay, ó de cuanto poseen los na- 
zarenos y los de luengas tierras? 

Jucef A'bd-allah no queria más que el amor de Bet- 
sabé, y la mostró á su padre. 

—En buen hora, contestó el rey. ¿Quiere la garza 
de la India, añadió dirigiéndose á Betsabé, dar su amor 
al alcon de Occidente? 

Betsabé sonrió graciosamente al rey, y se arrojó en 
los brazos del príncipe. Wahdah pretendió interponer- 
se, pero la detuvo el rey y la dijo con acento severo. 

— ¡Sultana! ¡Tus esclavas te esperan ! ¡Tu alhamí 
está solitario ! ¡Ye, y aguarda en él al señor ! 

Wahdah, herida en el corazón, bajó la gradería, sal- 
tó en el caballo, y seguida de algunos guardias, llegó 
á la Casa del Gallo. 

Poco tiempo después, Al-hhamar, los príncipes Mo- 
hamet y Jucef, Betsabé y sus tres hermanas, seguidos 
de una comitiva cuyas galas iban cubiertas de polvo y 
sangre, entraron en e! alcázar. 

Aquella noche hubo zambra , y Betsabé fué esposa 
del príncipe Jucef A'bd-allah. 



V. 



La segunda visión de Al hdauíar 



I. 



Por segunda vez, profundas sombras pasaron ante la 
vista del rey Al-hhamar; su corazón no se había es- 
tremecido al contemplar aquellos terribles prodigios, 
y sereno, valiente siempre, deseó saber hasta el fin su 
destino ; el genio del porvenir tocó con su vara mágica 
el negro humo, y apareció otra visión. 

Era la boca de una sima profunda; la luna iluminaba 
los bordes erizados de maleza, y horribles aves noctur- 
nas revolaban sobre ella : á través de su negra grieta, 
surgía un ruido continuo, sordo, pujante, semejante á 
veces á la carrera de un caballo, otras al rodar de un 
trueno lejano, ó al estruendo de una roca que desqui- 



2o6 niSTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

ciada por el rayo, rueda por la vertiente de una mon- 
taña. 

Más allá se dejaba notar otro rumor tenue, lejano, 
perdido, semejante al zumbido de una colmena; era el 
hálito que se desprendía de Granada; la unión del 
ruido de sus zambras , de sus cantares , de sus riñas 
por amor, y del grite de alerta de sus atalayas. 

Hacia mucho tiempo que los muezzines habian lla- 
mado á los fieles ó la oración de alajá: era ya muy 
entrada la noche, y ni en torno, ni lejos de la sima, en 
cuanto podia abarcar la vista, se veia ni un ser, ni una 
bestia, ni un ave, más que las nocturnas que volaban 
sobre el abismo oscuro y rugieute. 

Era aquella la parte oriental de la Colina Roja, lu- 
gar temido, señalado como maldito por terribles conse- 
jas, y por el cual nadie se atrevía á transitar , sino en 
medio del día, apresurando el paso é invocando el 
santo nombre de Allah. 

Y á pesar de esto y de lo avanzado de la hora, apa- 
reció en la cumbre de la colina una sombra blanca 
acompañada de otras que llevaban antorchas encendi- 
das ; la primera sombra tomó una de ellas, avanzó sola, 
llegó á los bordes de la sima, y descendió. 

La bajada era una ancha espiral cortada en la roca, 
que se torcía pendiente y escabrosa en torno de la si- 
ma; cada vuelta terminaba en una plataforma; cada 
plataforma daba entrada á una gruta. 

La sombra describió descendiendo siete vueltas, y se 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGO? . 257 

deslizó ligeramente como una gacela junto á seis gru- 
tas; en la sétima terminaba la senda; la sombra entró 
en ella. 

La luz de la antorcha, reducida á un estrecho espa- 
cio, aumentó su brillantez; una ráfaga de viento ema- 
nado del fondo de la gruta, arrebató el velo de la som- 
bra y dejó ver su semblante : era Wahdah. 

Una segunda ráfaga , más fuerte que la primera, 
apagó la antorcha. 

La sultana había llegado hasta allí, dominando el 
terror que le inspiraba el extraño y medroso ruido 
emanado del fondo de la sima; ruido incomprensible, 
raudo, potente; entonces le oía de una manera inequí- 
voca ; le producía la carrera de un caballo sobre un pa- 
vimento sonoro; retemblaba la gruta, sentía Wahdah 
pasar y repasar aquella carrera debajo de sus pies. 

El terror, dominado hasta entonces, se reveló in- 
menso, mortal: Wahdad quiso huir, invocó á Allal), y 
se volvió á la entrada de la gruta; pero su túnica se 
enredó en los espinos v la detuvo: creyóse asida por 
una mano invisible, y se desmayó. 

Pero fuese que tornase del letargo, fuese una visión 
que él producía en su espíritu, abrió los ojos, y una 
luz más brillante que la del sol y la que pudieran lan- 
zar todas las estrellas juntas, la deslumhró: lentamente 
su vista fué haciéndose superior á la influencia de 
aquella luz intensa , y vio, apoyada en la balaustrada 
de un ajimez festonado, sustentado por columnas de 



2o8 HISTORIA DE LOS SIRTE MURCIÉLAGOS. 

nácar, un magnífico aposento circular, cubierto ponina 
cúpula estrellada y sustentado por delgadas columnas 
labradas con piedras preciosas; el pavimento era de 
una piedra de una sola pieza , roja y trasparente como 
el rubí y dura como el diamante; en el centro de él, 
dormida scbre almohadones de púrpura y rodeada por 
perfumeros de oro, en los que ardían la mirra y el aloe, 
se veia una mujer de maravillosa hermosura, envuelta 
en un largo sudario, blanco como su tersa y purísima 
frente, cuya hermosura realzaban los largos y ondu- 
lantes rizos de su negra cabellera , ceñida por una co- 
rona de siemprevivas, que por su frescura parecían re- 
cientemente cortadas de sus humildes tallos. 

De aquella corona emanaba la luz diáfana y brillante 
que iluminaba el aposento, alrededor del cual, un se- 
gundo ser, jinete en un caballo blanco, corría á rienda 
suelta, pretendiendo en vano estrechar el círculo invi- 
sible y misterioso que le separaba de la mujer dor- 
mida. 

Aquel hombre era un árabe de piel testada y mirada 
salvaje; cenia su frente una toca blanca; cubríale un 
caftán de lana, dejando desnudos sus brazos y sus 
piernas; un alquicel anchísimo flotaba sujeto á sus 
hombros, á impulsos de la veloz carrera del bruto, y 
en su diestra agitaba una larga y fuertísima lanza. 

Cuando Wahdah, después de haber contemplado el 
aposento, la mujer y el jinete, que estaban á sus pies, 
miró en torno suvo , vio otro hombre además , sentado 



HISTORIA BE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 259 

en un nicho calado y abierto en el muro ¡unto al aji- 
mez, con las piernas cruzadas , sosteniendo sobre ellas 
un gran libro con forro azul, y apoyando en él sus bra- 
zos, mientras abarcaba con sus manos su cabeza her- 
mosa, meditabunda y melancólica. 

Aquel hombre posaba una mirada intensa en W'ah- 
dah,que tenia fija en él la suya, fascinada, pálida, 
temblorosa ; quiso hablar, y las palabras espiraron en 
sus labios ; quiso llegar hasta él , y le tendió los 
brazos. 

— ¿Qué me quiere la hija de mi hermana? dijo 
aquel hombre, cuya voz era lenta, dulce y grave: ¿por 
qué baja al infiertio del árabe maldito? 

— ¡Djeouar! gritó haciendo un esfuerzo Wahdah. 
—Sí, yo soy Djeouar, contestó aquel hombre, yo soy 

ei que libertaste de la muerte y el que murió por tu 
amor. Yo soy el que ha inspirado á Absalon mi herma- 
no, la historia de tu familia; yo soy el que te llevó 
hasta él y el que te ha traído aquí. 

— ¿Y qué haces aquí, Djeouar? preguntó con terror 
Wahdah. 

— Escucha: aquella mujer que ves allí dormida, es 
una hurí. Esa hurí esta encantada por ese árabe que 
corre en torno suyo, sin poder jamás llegar hasta ella. 
Mira cuál está ensangrentado el ijar del corcel ; mira 
cuál el jinete bate sobre él el acicate. Corre, vuela 
como el Semoum ; sus herraduras no se han gastado á 
pesar de haber abierto sobre el pavimento un surco pol- 



•200 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

voroso; corre, vuela empujado por una mano invisible. 
Así, como ahora, ha corrido durante seiscientos seten- 
ta y dos años; así como ahora corre, correrá eterna- 
mente, porque ese hombre está condeuado. 

Yo lie sido lanzado por el Señor fuerte, por el que 
llena la inmensidad de los cielos y da lumbre á las es- 
trellas, y aves al aire, y peces al mar, y brutos á la 
tierra, para esperar aquí mi salvación ó mi condena- 
ción. Si antes de que muera tu esposo el rey Alhha- 
mar, se levanta sobre este infierno una Torre de Siete 
Suelos, tú y tu hijo y yo, seremos en presencia de 
Allah cuando hayan trascurrido doscientos treinta y 
ocho años. 

— ¿Y qué he de hacer? 

— Busca en tu alcázar, dijo el espíritu, en el sitio en 
que guardabas el talismán que has perdido, y encon- 
trarás una tela de seda azul, en la que están escritos 
caracteres mágicos; es la alfombra del trono del alto 
Salomón (¡Allah sea con él !), el más poderoso de sus 
talismanes, el que puede evocar á los muertos y á los 
espíritus; envuélvete en él y evoca á Betsabé; cuando 
haya aparecido, pídela la sortija que posee con el sello 
de Salomón. 

— ¿Y después? 

— Después esperarás la llegada de la noche, y cuando 
la luna toque á la mitad de su carrera, subirás al al- 
minar del alcázar, después de haber purificado tu es- 
píritu con la oración ; tomarás entre tus manos la sor- 



HISTOKIA DE I. OS SIEXÍ MURCIÉLAGOS. 2»'¡ I 

tija, y volverás el sello al Oriente. Entonces... recuer- 
da bien lo que te voy á decir, pronunciarás estas pala- 
bras: «Genios, esclavos del anillo y del sello; en nom- 
bre del alto y poderoso Salomón á quien Allah perpetúe 
la gloria, edificad la Álhambra ( Al-Qars-Al-hhamrra, 
(Cotillo flojo).» Ve antes deque Betsabé pueda aper- 
cibirse de que la alfombra mágica está en tu retrete, 
porque si se apoderase de ella ¡ ay de nosotros! ¡ ay de 
tu hijo! 

Wahdah se separó del ajimez, salió del alhamí donde 
estaba abierto, á un recinto oscuro ; era la gruta donde 
se habia desmayado. La luna encumbrada en lo alto del 
firmamento , iluminaba con sus pálidos rayos hasta el 
fondo de la sima, y Wahdah salió de ella, llegó hasta 
el punto de la colina donde le esperaba su comitiva, y 
se hizo conducir en un palanquín á la Casa del Gallo. 
Cuando entró en su retrete, alejó á sus esclavas, cerró 
la puerta, y se dirigió al alhamí abierto en el muro, le- 
vantó el mármol de su pavimento, bajo el cual en otra 
ocasión habia encontrado un talismán, y pálida de im- 
paciencia, cuidadosa, arrojó una mirada en la cavidad; 
en ella habia un pequeño cofre de sándalo. Sacóle, le 
abrió y dio un grito de insensata alegría. Dentro de él, 
cuidadosamente plegada, estaba la alfombra del trono 
de Salomón. 



15. 



262 HISTORIA DE LOS SIETF MURCIÉLAGOS. 



ir. 



En tanto Wabdah habia bajado al abismo, en un 
apartado aposento del alcázar, estaban dos jóvenes con- 
templándose con delicia, muellemente recostados sobre 
anchísimos almohadones. 

Eran Betsabé y el príncipe Jucef A/bd-allah. 

El , pálido, inquieto, devoraba con una mirada insen- 
sata las voluptuosas formas de la hada, arrojada con 
molicie entre sus brazos; ella derramaba en la mirada 
del príncipe el amor diabólico, matador, que lluia de 
sus ojos. 

Una luz tenue y opaca iluminaba el aposento ; envol- 
víale el silencio del misterio y del amor. 

Betsabé parecía estar satisfecha y feliz; su seno se 
agitaba por una dulce conmoción ; sus manos estrecha- 
ban calenturientas las del príncipe. 

A pesar de esta aparente felicidad , de vez en cuando 
una imperceptible expresión de inquietud, nublaba el 
semblante de la hada ; desprendíase de los brazos de 
Jucef, y miraba hacia el Oriente, que podia verse á tra- 
vés de los abiertos ajimeces. 

—¿Qué luces son aquellas? dijo en una de estas oca- 
siones al príncipe, señalando algunas que brillaban en 
la cumbre de la Colina Roja, y alcanzaban á verse des- 
de los almohadones en que se reclinaban. 



HISTORIA I>F. LOS SIFTF. MURCIÉLAGOS. 263 

El príncipe miró, y creyó reconocer el ademan de su 
madre en una forma que aparecía entre las antorchas, 
conducidas por esclavos negros. 

— Serán sin duda cazadores nocturnos, contestó el 
príncipe, esquivando la pregunta de la hada. 

— Mientes, repuso Betsahé ; aquella mujer es tu ma- 
dre. Si me amases no me engañarías. 

— ¡Si yo te amara! exclamó con delirio el príncipe; 
pues ¿por quién la luz me es odiosa y anhelo la venida 
de la noche con su soledad y su silencio? ¡Que no te 
amo, cuando me ves muriendo por tí ! 

— Y ¿qué rae importa, si ese amor es inferior al que 
te inspiran los tuyos? Yo quiero ser sultana... 

El rostro del príncipe se puso lívido, y su corazón se 
heló al escuchar estas últimas palabras. 

— Yo quería ser sultana , continuó Betsabé ; y para 
serlo era necesario que muriese tu padre; yohabia da- 
do á un bruto una fuerza terrible por medio de mi ta- 
lismán ; Al-hhamar estaba frente á ella; un momento 
más y era sultana. Pero tú te arrojaste entre el rey y el 
toro; temblé por tu vida , y mi talismán te hizo vence- 
dor de la fiera. Habías hecho por entonces inútil mi po- 
der. Y yo pude dejarte morir, como se abandona á un 
perro ó á un esclavo. Mi amor intenso, único, superior 
á mí misma, te salvó. 

La conmoción del príncipe crecia. 

— Más tarde, tropas enemigas inundaron el coso ; 
como al toro, las hacia invencibles mi talismán; los ca- 



264 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

ballcros más bizarros del reino cejaban ante ellas; el 
rey estaba acosado ; por entonces habia logrado conte- 
nerte; obedecias á mi poder; pero llegó tu madre, te 
tendió los brazos y te lanzaste al combate por llegar 
junto á ella ; te vi cansado, próximo á sucumbir, y m¡ 
amor te acorrió otra vez ; arrollaste á los esclavos de 
Jos walíes, como el viento del invierno las secas hoja- 
rascas, y el rey se salvó. Yo te antepongo á todo, á mi 
felicidad, á mi salvación, y ¡tú no me amas! 

Belsabé arrojó sobre el príncipe una mirada supre- 
ma ; el joven tembló, sintió abrasarse su corazón y nu- 
blarse su espíritu , y cayó á los pies de su amada. 

— ¡Oh luz de mis ojos ! la dijo : no llores; por cada 
una de tus lágrimas, vertería yo torrentes de sangre. 
Habla, dispuesto estoy; ¿que quieres de mí? 

— Quiero ser sultana. 

— Pues bien, lo serás. ¿Qué me importan los siete 
cielos de Dios, si tú estás triste, lumbre de tai vida? 
Manda, tu siervo está ante tí. 

Betsabé sacó del seno el pomo de oro que le habia 
entregado Absalon. 

— Aquí está la muerte, dijo al príncipe. 

— ¿Y quién ha de morir? preguntó temblando Ju- 
cef A'bd-alfah. 

— Al fin de esa galería, contestó Betsabé señalando 
una puerta frontera, hay un aposento que guardan es- 
clavos y servidores ; en ese aposento hay una fuente lle- 
na de agua cristalina donde hace su ablución un hom- 



Hl-TORIA DE LOS SIRTE MURCIÉLAGOS. 2<)i) 

bre ; es necesario que viertas esle pomo en esa pila, tú, 
que puedes llegar libremente hasta ejla, antes de que 
el muecin suba al alminar al lucir de la alborada para 
llamar á los beles á la oración. 

— Pero ese es el aposento de mi padre, Belsabé, 
murmuró transido de terror el príncipe. 

— ¿Y qué me importa tu padre? gritó colérica Bet- 
sabé. ¿Qué me importas tú? Yo he visto caer ante mi 
generaciones enteras, á un leve impulso de mi volun- 
tad , y me resistes tú? ¡ Esclavo de mi poder, obedece ! 
añadió Betsabé, volviendo hacia afuera el sello del ani- 
llo de Salomón, que tenia ceñido en uno de sus dedos. 

Jucef se levantó como al impulso de un poder incon- 
trastable, llegó hasta la puerta señalada por Betsabé, 
atravesó la galería, pasó entre los guardas que velaban 
ante el aposento del rey, sin que ninguno le impidiese 
la entrada, sin que uno solo dejase de inclinarse al pa- 
sar el príncipe que entró. 



III. 



Una lámpara de hierro alumbraba el aposento del 
rey, modesto y severo, en cuyas paredes se veian es- 
critas por do quiera suras (versos) del Koran : en un 
alhamí en el fondo dormía Ál-hhamar, con el sueño que 
prestan un corazón puro y una ambición satisfecha. So- 
bre el lecho, cuyas ropas eran de blanco lino, la luz de 



266 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

ia lámpara hacha lanzar brillantes destellos á un fuerte 
arnés, á una hacha de armas y á una espada. 

El príncipe se acercó cautelosamente al lecho y con- 
templó largo rato el noble y hermoso semblante de su 
padre : si este hubiese entonces despertado, le hubiera 
causado horror la expresión del semblante de su hijo 
predilecto, de su querido leoncillo , con quien tal vez 
sonaba en las horas de su breve reposo; los ojos del 
príncipe estaban desencajados , su boca contraída , sus 
mejillas cárdenas, sus manos crispadas. Una sonrisa si- 
niestra vagaba en sus labios y su corazón estaba frió. 

De repente, como arrastrado de una fuerza irresisti- 
ble , se separó del lecho, llegó al centro de la estancia 
y, con una calma horrible, vertió el contenido del pomo 
en el agua que llenaba una fuente de alabastro. Luego, 
cauteloso como habia entrado, tornó junto á Betsabé. 

Estaba rodeada de Djeidah, Zahra y Obeidah. 

— ¿Qué es de vuestros esposos? les preguntó. 

Las tres hadas, como Betsabé á Jucef, se habian en- 
lazado á los walíes. 

— Abo-Ishac, contestó Djeidah, está inconsolable, 
por la pérdida del oro invertido en pagar sus caballe- 
ros; apenas repara en mí ; es un miserable. 

— Abu-Abdalá t dijo Zahra, está aún avergonzado de 
haber sido vencido por un niño, y me hace sufrir todas 
las rarezas de su ridículo orgullo. Es un gato salvaje 
que no me ama. 

— Abul-Hassan, murmuró Obeidah, no se ha perdo- 



HISTORIA DE F.OS SIETE .MURCIÉLAGOS. 267 

nado aún el descalabro de Bib-rrambla y ha levantado 
sobre raí su látigo. Es un perro infiel que me hace muy 
desdichada. 

— ¿Qué me importan vuestra felicidad ó vuestro eno- 
jo? exclamó colérica Betsabé, dirigiéndose á sus her- 
manas. ¿Os be lanzado yo junto á ellos para que solo 
penséis en el amor? ¿Qué hacen vuestros esposos? ¿Qué 
meditan contra el rey? 

— Han enviado mensajeros, contestó Djeídab, aco- 
giéndose bajo la fe y amparo del rey Alfonso X de Cas- 
tilla : con él vendrán sobre Granada , y la muerte y el 
estrago cabalgarán delante de ellos. 

— Pues bien, que entren sus algaras por la vega, 
dijo Betsabé, que arrasen sus villas, que incendien sus 
castillos ; es necesario que si el tósigo respeta á ese.hom- 
bre, sucumba por el hierro : es necesario que no se le- 
vante la Torre de los Siete Suelos. Tdos , y cumplid lo 
que os he ordenado. 

Las tres hadas desaparecieron. Jucef dormía , entre- 
gado á un letargo profundo; por !os ajimeces penetraba 
ya la luz de la alborada. 

Betsabé fijaba en la cumbre de la Colina Boja una 
mirada sombría; era el momento en que Wahdah salia 
de la sima. 

— ¡Oh! ya es tarde para tí, esclava! murmuró Betsa- 
bé; el muecin llama á la oración, y muy pronto el tó- 
sigo penetrará en las venas de tu amado. 

Y en efecto, el muecin llamaba á los fieles, desde el 
alminar, á la oración de azohhi. 



268 HISTORIA DE LOS S1ETF MURC1KI.AGOS. 

Betsabé se dirigió al aposento del rey ; los guardas 
la detuvieron. 

— No puedes entrar , princesa, dijo uno de ellos; 
nuestro rey y señor está haciendo su ablución. 

Y era así; Betsabé, á través de las plegaduras del 
ta; iz que cubría la puerta, vio á Al-hhamar, arrojando 
sobre su cabeza el agua de la pila de alabastro situada 
en el centro del retrete real. 

Entonces un pensamiento extraño surgió en su 
mente. 
— ¡Si Jucef no hubiera vertido el tósigo! se dijo. 

Y corrió á su retrete donde dormía el príncipe, y le 
arrancó el pomo que asia aún entre sus crispadas 
manos. 

— ¡Vacío! ¡está vacío! exclamó Betsabé entregán- 
dose á una feroz alegría. ¡Oh! ¡volveré á mi eterni- 
dad, á mis jardines, á mis alcázares! ¡Oh Salomón! 
¡ qué grande y poderoso eres ! 



IV. 



Pero la alegría de Betsabé fué de corta duración; 
palideció su frente , estremecióse como por efecto de un 
terror invencible, y sus ojos se inyectaron de sangre; 
había resonado en su oído una voz poderosa que la evo- 
caba , una voz que la obligaba á obedecer como la del 
señor al esclavo. 



niSTORlA PE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 209 

Betsabé obedeció, pues, y apareció ante Wahdah. 

Estaba esta envuelta en ia alfombra del trono de Sa- 
lomón; los destellos que lanzaba el talismán la rodea- 
ban de una clarísima aureola; su hermosura tenia do- 
ble encanto; era entonces más hermosa que Betsabé, 
sólo podia comparársela á una hurí. 

Su ademan era imperioso; su sonrisa terrible; la mi- 
rada de sus negros ojos, radiante é intensa, se fijaba 
en la de Betsabé, que comprendió su destino y cayó á 
los pies de la sultana. 

—¡Perdón ! gritó la hada; no me arrojes á las ti- 
nieblas y á la desesperación, y seré tu esclava; quíta- 
me mi poder, pero que no se levante la torre sobre el 
abismo. 

— Lo que está escrito se cumplirá, contestó Wah- 
dah: ¿acaso pretendías, miserable espíritu condenado, 
hacerte superior á tu destino? 



Betsabé entregó á Wahdah el anillo cabalístico, y sa- 
lió de su retrete para encerrarse en el suyo. 

Aún dormía el príncipe Jucef; Betsabé se arrodilló 
junto á él é inundó de lágrimas su frente; era la pri- 
mera vez que la conmoción hacia brotar el llanto á los 
ojos de aquel espíritu soberbio y rebelde; era la prime- 
ra vez que un amor de mortal habia llenado su corazón. 
Tal vez surgió en su mente el pensamiento de suplicar 
á Allah, pero su soberbia ie rechazó, y desesperada, 



270 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

con la insensatez pintada en sus ojos , se replegó en un 
ángulo del diván. 

El príncipe Jucef dormía. Betsabé sentía pasar el 
tiempo con una rapidez cruel; Wahdah en tanto conta- 
ba un siglo por cada vez que la voz del muecin llama- 
ba á los fieles á la oración ; al fin llegó la hora de ala- 
já: la noche encapotaba el espacio, la luna había apa- 
recido en el Oriente. Wahdah, reclinada en el ajimez, 
miraba á la Colina Hoja y esperaba que la luna llega- 
se á la mitad de su curso. Al fin llegó el momento tan 
temido por Betsabé y tan anhelado por Wahdah ; la 
luna tocó en lo más alto de su órbita , y la sultana vol- 
vió el sello de la sortija cabalística al Oriente. 

— ¡Genios, esclavos del anillo; y del sello! exclamó. 
¡En nombre del alto y poderoso Salomón, á quien 
Allah perpetúe la gloria, edificad el castillo de la Al- 
hambra ! 

Apenas pronunciadas estas palabras, nublóse la luna, 
giraron en el espacio millones de sonoros rumores, y 
en la cumbre de la Colina Roja, aparecieron antorchas 
sin número, á cuya luz se veían cruzar, perderse y 
volver á aparecer multitud de hombres. 

Una niebla densa fué velando la colina y todo lo en- 
volvió; la sultana permaneció en el ajimez; veíase aún 
el resplandor informe y dudoso de las antorchas, osci- 
lando, alejándose y tornando á aparecer ; al fin la luz 
del crepúsculo dominó aquel resplandor mate, la albo- 
rada disipó la niebla, y Wahdah vio ante si con asombro 



HISTORIA DF LOS SIETE MURCIÉLAGOS. "¿7 f 

sóbrela cumbre de la Colina Roja, un fuerte castillo. 

Cuatro murciélagos pasaron entonces lanzando agu- 
dos gritos por delante del ajimez de Wahdah: eran 
Betsabé, Djeidah, Zahra y Obeida. 

La Torre de Siete Suelos se habia levantado sobre el 
abismo y las cuatro hadas iban á esperar en su oscuro 
seno á sus amantes. 

Wahdah, entregada á una alegría delirante , corrió 
al aposento de su esposo. Este hacia su ablución en la 
misma fuente en que el dia anterior habia vertido el 
tósigo el príncipe Jucef A'bd-allah. 

El rey la miró con semblante severo; Wahdah se 
prosternó ante él. 

— Levántate, Wahdah, exclamó el rey: ¿por qué 
abandonas tu retrete, cuando no te han llamado mis 
esclavos? 

Wahdah se levantó y extendió su diestra en direc- 
ción á un ajimez á través del cual se veía la Colina 
Roja. 

El rey exhaló una exclamación de sorpresa. 

— ¿Qué torres son aquellas, dijo, que se levantan 
sobre la montaña? ¿Qué alminar es aquel que se eleva 
hasta las nubes? ¿Y de quién aquel alcázar cuyas cú- 
pulas de oro lanzan rayos de fuego heridas por el sol 
de la mañana? 

Wahdah refirió al rey el origen de Betsabé, su am- 
bición y su odio hacia él, y le entregó el anillo y la al- 
fombra de Salomón. 



272 HISTORIA DE LOS S1ETK MURCIÉLAGOS. 



V. 



El rey se arrojó en los brazos de la sultana, y la be- 
só en la frente. Después llamó á sus caballeros, á sus 
guardas y á sus esclavos, y se dirigió á la Colina 
Hoja. 

Cuando llegaron al castillo, le hallaron abandonado: 
las puertas abiertas. 

El rey se detuvo ante ellas: una mano esculpida en 
la clave del arco exterior y una llave de la misma ma- 
nera representada en el inferior, excitaron su curiosi- 
dad, y dijo á uno de sus sabios: 

— Dime, así Allah perpetúe tu generación sobre la 
tierra, ¿qué significa esa mano y esa llave? 

El sabio meditó un momento , oró al Señor, y su es- 
píritu subió hasta él. 

— Cuando esa mano, contestó al rey, descienda has- 
ta tocar la llave, los espíritus condenados que encierra 
la Torre délos Siete Suelos, tenderán sus alas sobre 
Granada ; muerte y desolación caerá sobre ella, y los 
hijos del Islam desaparecerán sobre la haz de la tierra. 

El rey dio el joyel de su toca al sabio, y pasó ade- 
lante: desde aquel dia hasta la hora en que murió, ha- 
bitó en el alcázar , y después de su muerte fué sepul- 
tado en él. 



HisTOim de lo; siete murciélagos. 873 



VI. 



Por esta vez el genio del porvenir no hizo desapare- 
cer la visión; el rey Al-hhamar contemplaba extasia- 
do aquel fuerte castillo con sus torres almenadas, sus 
agudos y esbeltos mirabetes y su magnífico alcázar con 
cúpulas doradas. 

— Espada del Islam , dijo el genio dirigiéndose al 
rey ; tú has preguntado á aquel que ha sido, es y será, 
por qué tu alma está cubierta de una tristeza profun- 
da, que hace tus dias sombríos y tus noches sin sueño; 
y Allah me ha ordenado abrir ante tí el libro del des- 
tino; has leido su página funesta; te has visto vendido 
por tus walíes, asesinado por tu hijo; has sentido en 
tus venas el frió del tósigo mortal y no has temblado, 
ni el grito de la venganza ha resonado en tu corazón; 
tres valiente, generoso y magnánimo, y el Señor fuer- 
te é invencible es contigo. Ese alcázar que ves, llevará 
á la posteridad tu nombre , y una mujer , elegida por 
Allah entre sus huríes, morará contigo por toda la eter- 
nidad. Mira. 

El castillo se veló en profundas nieblas al contacto 
de la vara del genio, y en su lugar apareció nna mu- 
jer. Ni el alba es más fragante, ni el sol más resplan- 
deciente, ni las nubes de la montaña más blancas, que 
aquella aparición divina ; las palabras de los hom- 



274 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

brcs no eran bastantes paia encarecer su hermosura. 

El corazón del rey se estremeció de amor, y ten- 
dió los brazos á la hermosa que lijaba en él la dulce y 
purísima mirada de sus ojos negros. 

— Aguarda, le dijo el genio, aún no conoces ente- 
ramente tu porvenir; al espirar una lana desde este 
momento, tu cuerpo habrá descendido al sepulcro; el 
tósigo habrá roido lentamente tus entrañas; tu hijo te 
habrá entregado á la muerte; ¿qué castigo pides á Alian 
para el parricida? 

Al-hhamar se prosternó. 

— ;Es mi hijo! exclamó, ¡mi hijo á quien amo! 
¡Desdichado de él que ha caido en poder de Eblis! 
¡Perdón para mi hijo ! 

—Justo entre los justos, magnánimo entre los mag- 
nánimos ; tu hijo será contigo en el Edem , cuando el 
príncipe Aben-al-Malek rompa el encanto de la hurí 
que duerme en la Torre de los Siete Suelos. 

El rey se levantó, la mujer de sus amores, la her- 
mosa presentada á él por el genio del porvenir, se ar- 
rojó en sus brazos ; Al-hhamar aspiró la suavidad que se 
desprendía de su ser, reclinó la frente sobre su purísi- 
mo seno, y un letargo delicioso cerró sus ojos, creyó- 
se elevado en el espacio, suavemente mecido por las 
brisas , en una región misteriosa, velada en sombras é 
impregnada de perfumes: tanta felicidad oprimía su 
corazón , y despertó. 

Al abrir los ojos se encontró en la cumbre de la co- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGO.-. 275 

lina y al pié del sauce donde habia tomado descanso, 
al bajar fatigado de la caza por las vertientes del Cer- 
ro del Sol. El alba se levantaba en el Oriente, Grana- 
da despertaba sobre su lecho de flores. 

Nada recordaba el rey de cuanto habia visto en el 
alcázar del destino : acaso habia sido un sueño de esos 
que pasan sin dejar recuerdos y se hunden en el pasa- 
do después de haber abierto ante nuestros ojos el libro 
del porvenir. 

— ¡Oh! ¡cuánto he dormido, y cuan profundamente! 
dijo el rey. ¡Mis caballeros me esperan impacientes 
para comenzar la fiesta! Vamos : es necesario que hoy 
mismo sea declarado mi sucesor y participe del mando 
el príncipe Mohamet. 

Y bajó de la colina, y entró en su alcázar, y bajó al 
coso alzado enBib-rrambla , acompañado de la sultana 
y de las mujeres de su harem , y de lo más cumplido 
de la nobleza mora. 

VIL 

Y de allí en adelante, todo sucedió como habia sido 
el sueño, porque así estaba escrito. 

El castillo se alzó sobre la colina, y el rey fué á él y 
puso su estandarte rojo sobre la torre más alta de la 
alcazaba, y trascurrida una luna desde la noche en que 
el rey tuvo el sueño misterioso, la muerte fué con él. 

Y aconteció de esta manera. 



276 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 



yiii. 

Los walíes de Málaga, Guadix y Comares entraron 
por la tierra llevando eu sus algaras adelante la fron- 
tera. Acorríales el rey Alfonso X de Castilla , y una 
hueste poderosa amenazó los muros de Granada. El rey 
Al-hhamar se vistió el arnés, reunió en torno de su 
bandera a sus caballeros, y salió contra los rebeldes; 
al pasar bajo la puerta de Bib-albolut, rompióse la lan- 
za al primer caballero que iba en los adalides, y túvo- 
se esto por mal agüero ; y uno de los sabios que siem- 
pre acompañaban al rey , le dijo : 

— Torna, señor, torna, que ya veo el cuervo cerner- 
se en los aires y canta la corneja; torna porque la 
muerte te espera en esta jornada. 

— ¿Qué puede el hombre contra su destino? dijo el 
rey; si morir hé, ¿dónde ocultarme que la muerte no 
sea conmigo? 

Y siguió adelante, ai frente desús caballeros. 

Y á poco más de mediodía de camino, sintióse cansa- 
do y enfermo, y se detuvo y llamó á sus sabios. 

Los sabios le dijeron: 

— Tósigo te han dado, señor, y tus dias están conta- 
dos; vuélvete á tu ciudad si quieres morir junto á los 
que amas. 

El rey tornó hacia Granada, pero antes.de llegar á 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 277 

la ciudad se agravó su dolencia, y alzando su pabellón 
le entraron en él y le rodearon todos los caballeros, así 
muslimes como cristianos que le seguian , y los sabios 
no sabían qué hacer. 

A cada momento era más espantosa la lividez del 
rey : á medida que la muerte se acercaba , su pensa- 
miento leia en el pasado y sólo entonces recordó las 
visiones que habían sido ante él en el alcázar del Des- 
tino; recordó á su hijo Jucef vertiendo el tósigo en la 
fuente donde hacia su ablución , y oró á Dios por su 
hijo. Después se apoderaron de él horribles convulsio- 
nes ; arrojó por la boca espumosa y negra sangre , y 
le llegó el decreto de Dios á la hora de almagrib (pues- 
ta del sol) el dia veinte y nueve de la luna de guima- 
da postrera del año seiscientos setenta y uno (i). 

Enterróseie con gran pompa en el cementerio que él 
habia mandado edificar en su mismo alcázar, para sí y 
sus descendientes, embalsamado en caja de plata cu- 
bierta de preciosos mármoles, en que su hijo Mohamet 
mandó esculpir en letras de oro este epitafio : 

(.(Este es el sepulcro del sultán alto, fortaleza del Is- 
lam, decoro del género humano, gloria del dia y de la 
noche, lluvia de generosidad, rocío de clemencia para 
los pueblos, polo de la secta, esplendor de la ley, am- 
paro de la tradiccion, espada de la verdad , león de la 
guerra, sabio adalid del pueblo escogido, defensa de la 

(i) Marzo de 1273 de J. C. 

16 



278 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

fe, honra de los reyes y sultanes, el vencedor por Dios, 
el ocupado en el camino de Dios, Mohamel Aben A l bd~ 
Alia- Aben- Jucef-Abcm ¡Sazar, el de Arjona, el vence- 
dor y el magnifico ; ensálcele Dios al grado de los allos 
y justificados, y le coloque entre los profetas, justos/már- 
tires y sanios. Fué su tránsito, dia veinte y nueve de la 
lima guimada postrera, año seiscientos setenta y uno. 
¡Alabado sea aquel cuyo imperio no fina, cuyo reinar 
no principió, cuyo tiempo no fallecerá, porque no hay 
más Dios que él, el misericordioso y clemente!» 



IX. 



Y tras la muerte del rey, desaparecieron de sobre la 
haz de la tierra el príncipe Jucef A'bd-Allá y los tres 
walíes rebeldes, sin que ser humano supiera qué habia 
sido de ellos. 

Y la sultana Wahdah murió poco tiempo después que 
Al-hhamar , por el que hizo tal llanto como le habia 
amado en vida. 



X. 



Sucedió al rey en la silla de Granada su hijo Moha- 
met II, y vinieron con los tiempos tras él diez y nue- 
ve reyes hasta Abou-A'bd-Allah Al-Ssaghír (Boabdil 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 279 

el Chico) y A'bd-Allah Ai-Ssaghar (el Joven) que per- 
dieron el reino. ¡Dios los perdone! 

Y todos ellos enaltecieron á Granada y hermosearon 
la Alhambra. 

¡La Alhambra! ¡el Palacio de Rubíes, por quien llo- 
ra el árabe en el desierto ! ¡ Granada! ¡ la Damasco ¿e 
Europa! ¡la perla de Occidente! ¡Que Dios, el justo, el 
santo, el bueno, tenga piedad de su pueblo escogido y 
le vuelva su Edem ! ¡Que se cumpla pronto lo escrito, 
porque está escrito que el árabe volverá al Palacio de 
Rubíes ! 



VI. 



La Torre de los Siete Suelos. 



I. 



Quince años habían transcurrido desde la fatal luna 

de rabie, primera del año ochocientos noventa y sie- 
te (1 ), en que las huestes de los reyes de Castilla y 
Aragón habían arrojado de Granada al débil Boabdil, 
y habían clavado la cruz del Nazareno sobre las alme- 
nas de la torre de la Alcazaba. 

Todo lo habían profanado : el vencedor puso en el 
mirab su planta impura , y el harem fué abierto á las 
mujeres castellanas ; el trono de Al-hhamar el Magní- 
fico había sido arrastrado por el polvo , y el yugo y las 

(1) Enero de 1492 de J. 0. 



MISTOlllA DF. LOS SILTE MURCIÉLAGOS. 281 

flechas coioüados por el Tanto monta, empresa de los 
reyes cristianos , habían sido esculpidos en la sala de 
justicia del alcázar sobre las suras del santo Koran. 

El genio del islam huyó indignado de la Álhambra y 
de Granada , y Eblis se cernió gozoso sobre el mirab 
profanado. 

El nazareno lo recorrió todo, en busca de los tesoros 
de los vencidos; bajó á las cisternas, recorrió las mi- 
nas, y penetró en los subterráneos, como aquel que en 
una casa deshabitada va en busca de alguna prenda ó 
joya olvidada por el dueño. 

Pero hubo un lugar en el que en vano pretendieron 
penetrar ; le defendía el terror y le envolvía el mis- 
terio. 

Este lugar era la Torre de los Siete Suelos. 



II. 



Era esta torre circular ; coronábala una muralla, 
defendida por dos fuertes torreones, entre los cuales 
habia una puerta, por la cual salió el desdichado Boab- 
dil para entregar las llaves de la ciudad á los vence- 
dores. 

Entre los torreones , la muralla y la torre misterio- 
sa, existia un foso por el cual se llegaba á una puerta 
de hierro pequeña , capaz sólo para que pudiese pene- 
trar un jinete en los Siete Suelos. 

16. 



282 HISTORIA DE LOS SIETE MUROIF.LAOOS. 

Sólo con inauditos esfuerzos se habia logrado abrir 
aquella puerta y penetrar en el primer suelo; una vez 
allí, cíase un ruido sordo, el vuelo continuo de un 
enorme y solitario murciélago, que lanzaba gritos se- 
mejantes á los de una mujer desesperada, y al que 
contestaban subiendo del abismo, otros seis gritos hor- 
rorosos ; uníase á esto un viento pujante que apagaba 
las antorchas; un ruido sordo y atronador semejante 
al de un torrente ó ó la carrera de un millón de caba- 
llos, y además una atmósfera impregnada de miasmas 
fétidas trastornaba los sentidos y hacia huir de aquel 
lugar de muerte á el imprudente que en él se habia 
aventurado; y si alguno fué bastante audaz para lle- 
gar, arrostrando los horrores del primero hasta la 
puerta del segundo suelo, nunca volvió á parecer. 

Con estos prodigios la torre se habia hecho respeta- 
ble ; temblaban los soldados nazarenos, al entrar de 
guardia en ella , y más de un escucha fué víctima de su 
terror al encontrarse solo en su plataforma en las al- 
tas horas de las oscuras noches de invierno. 



III. 



El mismo dia en que finaban quince años después 
del de la conquista, á la hora en que las campanas ta- 
ñían la azalá de alajá de los cristianos, un mancebo, 
jinete en un caballo negro, apareció entre los árboles 
que rodeaban la torre. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 2^3 

Era el príncipe Aben-al-Malek , el que en la albora- 
da de aquel dia que finaba babia partido, sobre el ca- 
ballo de su padre, obedeciendo á su destino y á la voz 
del anciano morabita Aben-Kalek. 

El bruto lanzado en el espacio habia salvado como 
tempestad la distancia, atravesando los desiertos y 
surcando los mares; ave, bruto y pez, habia conduci- 
do al príncipe á la torre misteriosa donde dormía en- 
cantada la hermosa hurí Fayzuli , la doncella de las 
trenzas negras, la querida de su corazón. 

Aben-al-Malek desmonto; ató su corcel á uno de los 
árboles y se aproximó á la torre; la luna menguante y 
opaca brillaba con débil resplandor entre grupos de 
espesas nubes ; á su escasa luz el príncipe vio los tor- 
reones almenados; el recinto circular y el oscuro foso; 
un soldado cristiano, con el arcabuz al hombro y la 
mecha encendida , velaba en los adarves. 

Aquel hombre vio acercarse al príncipe y preparó su 
arcabuz lanzando un medroso ¿quién va? desde las 
almenas. 

Aben-al-Malek envió por contestación su ligera y 
fuerte pica de dos hierros al adarve ; oyóse un sonido 
estridente, como el que produce el hierro al romper el 
hierro, un grito de dolor , y un golpe sordo y desma- 
zalado; el cadáver del atalaya habia vacilado sobre la 
almena y habia caido al foso. 

El príncipe llegó hasta la puerta de hierro que con- 
ducía á los Siete Suelos y que se abrió ante él. 



28 i HISTORIA DE LOS SIETK MURCIÉLAGOS. 



iV. 



En aquel momento la torre osciló como al impulso 
de un sacudimiento subterráneo; salió de su fondo y 
desús suelos un rugido sonoro, inmenso, producido 
por muchas voces humanas; iluminóse el oscuro antro 
con la diáfana luz del dia , y el príncipe entró invocan- 
do el santo nombre de Allah. 



V. 



Estaba en un alcázar magnífico, el silenc'o y la paz 
más profunda volvieron á dominar después de su en- 
trada. Delante de él y adelantando siempre revolotea- 
ba un enorme murciélago. 



Antes de que el príncipe entrase en la torre, en el 
fondo de ella tenia lugar un acontecimiento extraño. 

El, espíritu de Djeouar velaba en el mismo nicho 
donde le había visto la sultana Wahdad , con sus pier- 
nas cruzadas, el libro forrado de seda azul sobre ellas, 
los codos apoyados en el libro y el rostro entre las 
manos. 

Abajo , en el fondo del retrete , velada por su blanco 






HBTÜR1A DE I.OS SIETE MURCIÉLAGO S. 2S5 

sudario, ceñidos los cabellos por la corona de siempre- 
vivas, de la cual emanaba la luz que llenaba de un 
ambiente diáfano aquel magnílico aposento, dormia la 
hurí Fayzuly ; y Aben-Zohayr, el árabe vendido á Eblis 
y maldecido por Dios, corria aún como antes , la vista 
fija en la hurí, flotante el alquicel, la pica enhiesta, 
ensangrentado el acicate; su caballo blanco, lanzaba 
fuego por las anchas narices, y corria , volaba con la 
rapidez del rayo lanzando en su carrera el polvo que, 
arrancado por sus herraduras del pavimento, se eleva- 
ba formando una especie de niebla continua , en cuyo 
fatídico círculo se veian pasar y volver á pasar , siem- 
pre incansables , siempre veloces , el caballero y el 
bruto. 

Además habia otro ser en la torre ; era un hermoso 
mancebo de quince años; el bozo no habia orlado aún 
su semblante; su traje era de riquísimo brocado , lucia 
en su toca un joyel de diamantes y ceñían sus pies 
unos borceguíes de grana labrados con oro y armados 
con acicates de caballero; sobre su pecho lucia un es- 
cudo que mostraba pintado un murciélago negro , con 
este mote en rojo: Si no venzo, esta es mi suerte; y su- 
jeto á su cintura en una faja de la India se veia un an- 
cho y reluciente alfanje. 

Este mancebo dormía sobre el pavimento , y por 
acaso tal vez reclinaba su cabeza sobre el seno de la 
hurí: los dos eran hermosos; hubiéraseles podido to- 
mar por dos amantes guardados por un demonio , y 



236 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

por un ángel caido, sufriendo el poder de un encanto; 
los dos soñaban sin duda, porque en la animada ex- 
presión de sus semblantes dormidos, se traslucía el 
pensamiento abierto á la luz del mundo de los sueños. 

El de ella debia ser tranquilo, lleno de encantos y 
placeres; porque en sus labios lucia una sonrisa inefa- 
ble ; el de él, terrible, apenador, sombrío, porque su 
semblante estaba cubierto de frió sudor, y la expre- 
sión de un dolor agudo contraía la pureza de las her- 
mosas formas de su boca. 

La torre estaba tranquila ; no se oia otra cosa que el 
son monótono, seco y continuo de la carrera del caba- 
llo; la hurí y el joven dormian, Djeouar meditaba, y 
el árabe corría. 

De repente, se alteró aquello que podía llamarse 
paz en la torre ; oyéronse siete voces que partían de 
fuera del retrete, bramadoras, disonantes; voces in- 
fernales que clamaban á grito herido; el árabe entonó 
un atronador canto de guerra; y el caballo, apresuran- 
do su carrera , unió su relincho extridente y poderoso 
á aquellas voces malditas: Djeouar se levantó sobre el 
nicho, teniendo el libro azul entre las manos, y domi- 
nando con su voz fuerte y sonora aquel estruendo in- 
fernal , gritó: 

— Despierta, príncipe Jucef Á'bd-Allah; despierta; 
ha llegado la hora; despierta y escúchame. 

El mancebo que dormía junto á la hurí , despertó y 
se puso de pié. 



HISTORIA DE LOS SJETE MURCIÉLAGOS. 287 

— ¿Quién rae llama? dijo con una voz timbrada por 
el dolor y la tristeza, ¿ha sonado ya la trompeta del 
arcáugel? 

— Príncipe , continuó Djeouar; tú vertiste tósigo de 
muerte en el agua de ablución de tu padre el rey Al- 
hhamar el vencedor y el magnífico, á quien Dios perpe- 
túe la gloria, y dejaste caer sobre él la losa del sepulcro. 

El príncipe se prosternó. 

— Pero tu ser estaba fascinado por los espíritus in- 
fernales, continuó Djeouar ; pudiste haberlos alejado de 
tí , purificando tu espíritu con la oración; pero eras 
irreligioso é impío, te mofabas de Alian, y Alian te ha 
hecho expiar tu culpa. 

El príncipe seguia prosternado. 

— Levántate, Jucef, prosiguió Djeouar. 

El mancebo se alzó del pavimento y escuchó á 
Djeouar. 

— Sin los ruegos de tu padre, varón justo, que te 
perdonó al morir , el puente Sirat se hubiera roto bajo 
tu planta , y hubieras caido en el fuego eterno , como 
Aben-Zohayr el árabe condenado. Pero aún no está 
terminada tu prueba; tú padecerás conmigo hasta que 
un príncipe bendecido por Dios , rompa ios siete en- 
cantos á que están sujetos los. Siete Suelos de esta tor- 
re, hasta que venza á Betsabé, Djeidah, Zahra y Obei- 
dad, y á los walíes de Málaga, Guadix y Gomares, 
que transformados en murciélagos, guardan cada uno 
de los Siete Suelos. 



288 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

— ¿Y qué he de hacer? contestó el príncipe. 
Djeouar íijó su mirada eu la resplandeciente cúpula 

del retrete. 

— Veo el sol, dijo, trasmontando las cumbres de 
los montes de Loja; la noche se levanta más allá del 
mar en las regiones de África, y pronto tenderá su 
manto sobre la cumbre de la sierra de la Helada ; 
ruando la luna brille sola en el espacio en las prime- 
ras horas de la noche , el príncipe Aben-al-Malek en- 
trará en la torre de los Siete Suelos. 

El principe encontrará ante sí la tentación: la her- 1 - 
mosura de Betsabé y de sus thíS malditas hermanas, 
le ofrecerá todos sus encantos. 

Pero el principe ha nacido con buenas hadas, es 
fuerte, valiente y fiel , y lo protege la invencible mano 
del omnipotente Allah. 

Y el príncipe Aben-al-Malek , como vencerá con la 
fuerza de su corazón los encantos de las cuatro hadas 
malditas, eirá encontrando vueltas pot un momento 
á su forma humana y embellecidas por su maravillosa 
hermosura y la espléndida riqueza de sus galas, á me- 
dida que descienda del uno al otro suelo de la torre, 
vencerá sucesivamente á los tres formidables walíes de 
Málaga, Guadix y Comares, que habrán dejado por 
un momento de ser murciélagos , para ser lo que eran 
antes de su condenación : tres lobos furiosos nunca 
hartos de sangre y de exterminio. 

El príncipe Aben-al-Malek llegará aquí vencedor de 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 289 

la hermcsura y de la fuerza ; pero cansado , combatida 
el alma y enlanguidecido el cuerpo. 

Aquí le espera su más terrible combate. 

Mi libro azul ha terminado (y Djeouar cerró el libro): 
su poder mágico no existe ; su última página ha con- 
cluido. 

Cuando llegue la media noche; cuando la luna brille 
en lo más alto del cielo ; cuando todo esté sumido en el 
sueño y el silencio , el príncipe Aben-al-Malek habrá 
penetrada en este recinto. 

Y entonces yo no podré sumergir en un sueño pro- 
fundo á Aben-Zohayr, el árabe condenado por los amo- 
res de Fayzuly ; la más hermosa de las huríes del Se- 
ñor, que duerme encantada junto á nosotros, que es- 
pera el amor de su alma con el príncipe Aben-al-Ma- 
lek, con el esposo que le ha destinado la misericordia 
de Allah. 

— ¿Y qué he de hacer yo? exclamó con la voz so- 
nora y vibrante el príncipe Aben-Abdalá. 

— Si tu encontrares en tu corazón el valor de tu pa- 
dre, de tu noble y magnánimo padre asesinado por tí, 
dijo con voz ronca Djeouar, haciendo estremecer desde 
el cabello á la planta, el ser entero del príncipe Ab-da- 
lá; si tú ayudares al bravo príncipe Aben-al-Maiek, el 
árabe maldito te abrirá con la muerte la sombría puer- 
ta del Alcázar de la eternidad , en el cual encontrarás 
el perdón y las delicias del Paraíso. 

— ¡Oh! la muerte con su eterno descanso, exclamó 

17 



200 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

con acento de profundo dolor y de ardiente esperanza 
el príncipe Aben-Abdallah; el sueno de la muerte con 
su eterna sombra, con su eterno reposo, con su eterna 
insensabilidad antes que este sueño de condenación , 
de dolor, de espanto, en que veo sin cesar tija en mis 
ojos la mirada expirante de mi padre asesinado por mí. 
¡ Ob ! yo lucharé como el hambriento león del de- 
sierto, si en esa lucha he de encontrar la paz de la 
tumba aunque no se abra para mi alma la puerta del 
Paraíso. 

— El espíritu del hombre es inmortal, dijo Djeouar 
con acento inspirado; el espíritu del hombre no puede 
perecer y ser envuelto por la tierra como los fragmen- 
tos de una vil vasija ; el espíritu del hombre es inmor- 
tal como el espíritu de Dios que lo ha creado y la eter- 
nidad de su destino, ya entre los horribles tormentos 
del fuego eterno , ya entre las desconocidas bienaven- 
turanzas con que Dios premia la creencia, el martirio y 
la fe de los justos, allí donde todo es luz, todo hermo- 
sura, todo placer, todo felicidad. Levanta tu corazón á 
Dios, ora con toda la fe que encuentres en tu alma, y 
espera. Se acerca el momento de tu perdón ó de tu 
condenación. Si cuando el principe Aben-al-Malek lle- 
gare junto á nosotros, si cuando se revuelva terrible 
sobre él Aben-Zohayr, tú no te interpusieres, y domi- 
nado por el terror abandonares al príncipe Aben-al- 
Malek cansado y combatido, tu cobardía te habrá con- 
denado, príncipe Aben-Abdallah. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 291 

— Las amargas hondas de la fuente del arrepenti- 
miento han lavado y purificado mi alma, dijo con voz 
dulce y triste el príncipe: yo siento arder suavemente 
en ella el fuego de la caridad ; yo gozo el inefable con- 
suelo de la fe ; mis ojos se anegan en la radiante luz 
de la esperanza. Yo siento engrandecido y fortalecido 
mi ser por la protección del Dios único é invencible, 
valor de todo valor , fuerza de toda fuerza , que sólo es, 
que sólo vive, y para quien nadahay incontrastable. El 
luchará conmigo, él me dará fuerzas para que por raí 
se cumpla lo que está escrito. Pero dirae tú si lo su- 
pieres , si yo he de perecer en la pelea ¿qué será de 
ese príncipe á quien aguardas , cuando mis ojos se ha- 
yan cerrado á la luz de la vida , y mi alma vea la eter- 
na luz de Dios? 

— Aben-Zohayr, corre, corre, incansable, terrible, 
sujeto á su encanto; corre en torno de Fayzuly , pro- 
curando en vano estrechar el círculo que le separa de 
ella. Cada noche, en el momento en que ia campana 
de los nazarenos lanza de sí su sonora vibración doce 
veces repetida , el encanto de Aben-Zohayr cesa. El 
terrible círculo que recorre durante su encanto deja de 
sujetarle , puede aproximarse á Fayzuly , saciar su ra- 
biosa sed de amor; pero yo h contenia continuando la 
lectura de mi libro mágico: apenas vibraba la primera 
campanada, la lectura sepultaba al árabe'en un sueño 
profundo, y él y su caballo salvaje permanecían inmó- 
viles como una estatua ; yo seguía leyendo mientras so- 



292 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

naban lentas una tras otra las doce campanadas de la 
media noche. 

El libro ha terminado: cuando llegue la media no- 
che, nada podrá contener al árabe maldito, y si el 
príncipe Aben-al-Malek después de haber vencido las 
tentaciones que le opondrán en cada uno de los Siete 
Suelos los siete espíritus condenados, convertidos en 
murciélagos por la justicia de Alian, entra aquí fatiga- 
do, luchando aún con el recuerdo de la tentación, y 
Aben-Zohayr el inldito le mata , encantados permane- 
ceremos con Fayzuly , en el fondo de esta torre, y con- 
denados por toda una eternidad. 

Pero si tú ayudares al príncipe Aben-al-Malek com- 
batiendo con el árabe maldito, si el príncipe Aben-al- 
Malek lograre sacar fuera de la torre á la amada de su 
alma Fayzuly y ponerla sobre su caballo mágico, per- 
donados seremos; nuestras almas irán á morir en el Pa- 
raíso entre delicias eternas, y sólo quedarán condena- 
dos en el fondo de esta torre Aben-Zohayr el reprobo, 
y los siete murciélagos malditos. 

Levanta tu corazón al Dios altísimo , único y mise- 
ricordioso, príncipe Juzef-Abdalah; invoca su inven- 
cible poder, y está pronto para el combate y para el 
martirio. 

El príncipe Juzef-Abdalá se prosternó y oró. 

Djeouar se sentó de nuevo en el nicho, cerró su inútil 
libro azul, le puso sobre sus rodillas, apoyó en él los 
codos, con las manos en la cabeza, y esperó inmóvil. 



HISTORIA DE LOS SIRTE MURCIÉLAGOS. 293 

La hurí Fayzuly continuó durmiendo. 

El árabe maldito siguió corriendo con la velocidad 
del huracán en torno de Fayzuly , procurando en vano 
acercarse á ella. 



VII. 



Les siete encantos de los siete suelos. 



I. 



El príncipe Aben-al-Malek al entrar en la torre, 
habia visto, como ya se ha relatado, no la desnuda, 
oscura y severa galería semicircular con huecos y sae- 
teras para las escuchas que ahora se ve en el primero y 
segundo suelo de la torre, que son los únicos que per- 
manecen hoy descegados. 

En el primer suelo, donde habia entrado el príncipe, 
descendiendo por una estrecha escalera, habia visto 
una galería circular, pero enriquecida con columnas, 
artesonados de preciosas labores, cúpulas maravillo- 
sas, pavimento de brillante alicatado: ornadas las pa- 
redes con ricas atauxías y ajaracas, y motes incitado- 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 295 

res que representaban el amor y la voluptuosidad en 
vez del nombre de Dios y las santas suras del Koran, 
en hermosos caracteres africanos de oro y azul , todo 
resplandeciente, todo enlanguidecedor, todo sensual, 
iluminado por una luz blanda, tenue, dulce, que hacia 
sentir un sopor delicioso. 

Blandos divanes que convidaban al reposo, se veian 
en el fondo de calados alhamíes; odoríferos perfumes 
que exhalaban humo trasparente y azulado sobre bra- 
serillos de oro. 

Una música armoniosa llenaba con sus dulces ecos 
aquel espacio encantado. 

Todo allí era embriagador. 



II. 



El príncipe Aben-al-Malek se sintió acometido por 
una languidez deliciosa. 

Un negro murciélago, un murciélago gigantesco re- 
volaba en torno de una de las cúpulas, descendía es- 
trechando el círculo de su vuelo, rodeaba la cabeza del 
príncipe, y le halagaba, arrojando sobre él un leve y 
suavísimo perfume con sus alas de crespón. 

El principe lanzó de sí aquella tentación invocando 
el nombre de Dios , se quitó de sobre su espalda su ar- 
co, le entezó, armó en él una saeta que sacó de su al- 
jaba, y cuando el murciélago se elevó, disparó sobre 



296 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

él y le clavó con su saeta en el artesonado de la cú- 
pula. 

Cayó delante del principe sobre el pavimento la san- 
gre del murciélago en un negro chorro. 

De aquella sangre se elevó un vapor rojizo é infla- 
mado que fué condensándose basta que tomó las for- 
mas de una hermosísima doncella, lánguida como aquel 
alcázar, como la tenue y blanca luz que le iluminaba, 
como el perfume qne se elevaba de los braserillos , co- 
mo la música que llenaba aquel espacio de armonía. 



III. 



El príncipe retrocedió á la vista de Djeidah, una de 
las tres malditas hermanas de Betsabé que habia apa- 
recido delante de él, é invocó con toda la fe de su al- 
ma el nombre de Dios. 

Djeidah le miraba con sus grandes ojos garzos ador- 
mecidos, sonriéndole lánguidamente, sueltos los luen- 
gos cabellos rizados, rubios y brillantes como el oro; 
desnudo el seno de alabastro; mal cubierta la hermo- 
sura de su cuerpo por una sutil túnica de gasa de pla- 
ta y azul. 

Se inclinaba, balanceaba muellemente su esbelto ta- 
lle, y decia al príncipe con una voz tan dulce como el 
murmullo del aliento de Dios en las espesuras de los 
eternos bosquecillos del jardin de Hiram. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIEI Af.OS. 297 

— El cansancio te abruma, amado mió, mi vid a, al 
ma de mi alma; ven, reposa entre mis brazos en mi 
encantado alcázar ; yo te adormeceré en un sueño deli- 
cioso, durante el que gozarás las delicias del Paraíso. 

—Hermosa eres, hada del sueño y del reposo, excla- 
mó el príncipe Aben-al-Malek ; bello es tu alcázar; 
pero tú eres maldita, y maldito lo que te rodea, y mal- 
dito el pensamiento de tu alma ; para el árabe temero- 
so de Dios no se han hecho las alkatifas de seda y oro, 
los grandes divanes , los perfumes de Oriente , la mú- 
sica regalada y la ramera indolente é impura: apárta- 
te de mi paso; yo voy á buscar á la amada de mi alma, 
á la hurí Fayzuly que duerme encantada en este mal- 
dito palacio y me espera. 

—Yo soy Fayzuly, exclamó Djeidah estrechando en- 
tre sus brazos y contra su seno al príncipe , haciéndole 
aspirar su aliento envenenado , inundando su mirada 
con la mirada indolente de sus ojos soñolientos; yo soy 
Fayzuly que te esperaba enamorada , amado mió, y 
que se aduerme al fin entre tus brazos, contemplando 
tu hermosura, bebiendo el aliento de tu boca y el fue- 
go de tus ojos. 



IV. 



Y la maldita Djeidah sonreía , porque el príncipe va- 
cilaba y temblaba y se adormecía. 

17. 



298 BISTORIá 1>L LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

— ¡Ah! yo soy Fayzuly, exclamaba Djeidah estre- 
chando más y más al príncipe entre sus brazos. 

Aben-al-Malek, fuerte por su creencia, por su vir- 
tud y por su amor, siguió adelante empujando á Djei- 
dali , llevándola consigo, abrazado por ella, sintiéndo- 
la, aspirando la languidez, los encantos de su maldi- 
to ser. 

Y avanzaba lentamente , á cada momento más en- 
vuelto por la magia que rodeaba á Djeidah. 

Al liu , después de una larga lucha, el príncipe lle- 
gó, impulsando siempre á Djeidah, al otro extremo del 
primer suelo, y delante de una puerta dorada. 

A medida que habia ido avanzando, la belleza de 
aquel ;ile:izar habia crecido, habían crecido la hermo- 
sura de Djeidah , y el brillo de sus ojos, y lo delicioso 
de los perfumes, y la armonía de la música, y la dul- 
ce languidez de la luz. 

Y todo en vano. 

Su fe y su amor habían salvado al príncipe, que ha- 
bia llegado á la brillante puerta de oro, en la cual se 
veia en inscripciones cúficas, el nombre de Dios cien 
veces repetido y ensalzado. 



Djeidah luchó entonces con toda la fuerza de sus en- 
cantos para impedir que el príncipe tócasela puerta. 



HISTORIA DE LOS SILTE MURCIÉLAGOS. 299 

Pero Aben-al-Malek arrolló á la hada maldita, lan- 
zándola de sí y haciéndola chocar contra la puerta de 
oro. 

Y Djeidah la condenada, al tocar la puerta, se des- 
vaneció en vapor como una gota de agua que cae sobre 
un hierro candente. 



VI. 



Y la puerta de oro abrió en silencio sus dos hojas, y 
apareció un sencillo y pequeño mirab (1) alumbrado 
por una lámpara de alabastro que pendía de su cúpu- 
la estrellada. 

El libro de la Ley estaba abierto sobre el adoratorio 
por la santa página en que está escrita la profesión de 
fe inspirada por Dios á su enviado Sydi Mohhammed- 
ben-Abd'Allah-el Coraixi (2). 

El príncipe se prosternó y oró, y la oración le reani- 
mó fortaleciéndole y dándole valor para continuar su 
prueba. 



VIL 



Y á través de la puerta del mirab, se veia una oscu- 

(i) Oratorio. 

(2) Mahoma (la misericordia y la gloria de Dios sean con él). 



300 HI-TORK HE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

ridad densa, y entre aquella oscuridad se oia un ruido 
semejante al de las alas de un murciélago que estuvie- 
se clavado á una pared , y se oia una voz doliente y 
lánguida, pero desesperada. 

— Amado mío Abu-Ishac, walí de Comares, pre- 
párate á combatir con la virtud del príncipe Aben-al- 
Malek que ha vencido mis encantos; que no pase de la 
segunda bóveda, amado mió; libértame, condenándole, 
de la horrible saeta con que me ha clavado á la bóveda; 
padezco horriblemente; deslumhra con tus tesoros al 
maldito Aben-al-Malek; mira que si no le vences, que- 
daras sujeto á los tormentos á que él me ha sujetado; 
véncele 3 seré tuya, y te llamaré luz de mis ojos y te 
envolveré en mi hermosura. 

VIII. 

Y la voz doliente y lánguida de Djeidah , continuó 
quejándose y excitando de una manera indolente al 
condenado walí de Comares Abu-Ishac. 

Y el príncipe lo oia, y fortalecía su espíritu con la 
oración, preparándose á una nueva prueba. 

Al fin salió del mirab, recorrió de nuevo entre la 
oscuridad el primer suelo, y al pasar por debajo del 
sitio donde convertida otra vez en murciélago, estaba 
clavada á la bóveda por su saeta y aleteando Djeidah, 
oyó que esta decia con su voz amortiguada y siempre 
soñolienta. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 301 

— Maldito, maldito, maldito seas tú, príncipe Aben- 
al-Malek , que no has querido mi amor. 



IX. 



El príncipe buscó entre la pavorosa oscuridad , to- 
cando el áspero muro, la entrada de la escalera que 
conducía á la segunda bóveda. 

La encontró, bajó por ella, y en el momento, un vi- 
vísimo resplandor le deslumhró. 

Tenia ante sí un inmenso tesoro de cuantas piedras 
preciosas de vivos destellos y trasparentes colores 
Dios crió , y perlas, y corales, y jarrones, y ánforas, y 
fuentes de plata y oro cincelados, y arneses, y armas 
de un valor maravilloso, y espejos bruñidos, y lámpa- 
ras de gran precio, y el pavimento cubierto de monedas 
de oro, en las cuales se hundían los pies del príncipe, 
que adelantaba con trabajo , viéndose obligado á apar- 
tar de su paso objetos preciosos y pesados de un valor 
inmenso. 

Todo resplandecía de una manera deslumbrante; la 
bóveda, los muros , el pavimento y todas aquellas alha- 
jas y aquellas ánforas, y aquellos arneses, y aquellas 
armas, y aquellos espejos, y otro número infinito de 
preciosidades , estaban agrupados y armonizados , y 
contrastados de tal manera , que formaban cúpulas y 
arcos y pilastras, produciendo la perspectiva de un al- 



302 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

cazar incomparable por lo hermoso de la forma y lo 
resplandeciente de la luz. 



X. 



Y ni enorme murciélago revolaba en torno de Ja 
cabeza del príncipe, elevándose desde ella á las altas 
cúpulas y describiendo anchos círculos. 

Y la voz ronca del murciélago decia : 

— Eres el califa más poderoso de la tierra; todo lo 
que ves es tuyo; no hay placer semejante al de la con- 
templación de estas preciosidades y de estas riquezas: 
los hombres te reverenciaran como á un Dios; las más 
hermosas mujeres del mundo te sonreirán enamoradas, 
y podras cubrir de naves el mar, y de soldados la tier- 
ra ; porque el oro es el sultán del mundo; al que todas 
las criaturas rinden un homenaje idólatra ; todo esto es 
tuyo, príncipe Aben-al-Malek; ¡quién como tú! 

Y el príncipe, armando una saeta en su arco, con- 
testó : 

— La muerte no detendrá su segur sobre mi cabeza 
cuando llegue el plazo prefijado á mi vida por el Altí- 
simo , aunque yo ofreciese á la muerte un tesoro mil y 
mil y mil veces mayor que este tesoro ; todas las rique- 
zas del universo no abrirán las puertas de diamante 
del Paraíso como las abren el buen corazón y la buena 
obra. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 303 

Y el príncipe disparó sobre el murciélago, que lanzó 
un chillido horrible al sentirse herido y sujeto por la 
saeta entre las deslumbrantes alhajas que pendían de 
la cúpula y producían un ruido sonoro, movidas por el 
aleteo del murciélago. 

La sangre de este cayó en una gigantesca ánfora de 
oro colocada bajo el centro de la cúpula. 

Instantáneamente se vio salir por la boca del ánfora 
un humo denso y negro que se desvaneció, y luego, 
dentro del ánfora , se oyó el ruido causado por una 
persona que pretendía salir en vano del ánfora que la 
encerraba. 

El príncipe soltó una carcajada. 

— Hé ahí el destino del avaro , dijo , morir de una 
muerte mezquina , sofocado por su tesoro ; bendito sea 
el nombre del grande , del poderoso , del invencible 
Allah. 



XI. 



Se oyó un fragor espantoso. 

Desapareció de improviso aquel inmenso tesoro, y el 
príncipe se encontró envuelto en tinieblas, pisando el 
duro pavimento de mármol de la segunda bóveda. 

Y se oia entre las tinieblas el aleteo del murciélago, 
y el ruido de las alhajas que el aleteo movía , y una 
voz desesperada y terrble que gritaba. 



304 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

— ¡Hermana miaZahra, venganza! ¡Estoy sufriendo 
un tormento horrible! ¡Tengo atravesadas las entrañas 
y no puedo moverme, sujeto poruña dura saeta! ¡Her- 
mana mia Zahra , véngame, haz que peque el maldito 
príncipe Aben-al-Malek! 



XII. 



El príncipe entre tanto adelantaba entre las tinie- 
blas, y al íin entró en un segundo mirab, más bello y 
más rico que el anterior. 

Se prosternó y oró. 

Sentía cansancio en el cuerpo y en el alma. 

Tenia miedo, porque su espíritu vacilaba. 

Recordaba la hermosura de Djeidah, las muelles de- 
licias que le habían rodeado en la primera bóveda y 
las inmensas riquezas que había visto en la segunda. 

Oró con más fervor , salió del mirab, recorrió la os- 
cura bóveda y empezó á descender por las escaleras de 
la tercera. 

Empezó á sentirse débil , enfermo, miserable. 

Le aquejaban el hambre, el frió, la sed. 

Cuando entró en la tercera bóveda, la encontró opa- 
ca, triste, húmeda. 

Quiso andar y no pudo: vaciló y cayó. 

Estaba cubierto de lepra : sus ricas vestiduras se 
habían convertido en andrajos asquerosos. 



HISTORIA DE LOS SIRTE MURCIÉLAGOS. 305 

Un negro murciélago revolaba sobre él. 

La alimaña se reia. 

— Hé ahí á lo que ha quedado reducido el hermoso, 
el joven, el fuerte príncipe Aben-al-Malek. Dios te ha 
abandonado. ¿Hay alguien sobre la tierra más misera- 
ble que tú? 

— Cúmplase la voluntad del Señor; contestó humil- 
demente Aben-al-Malek; suyos somos; polvo éramos 
antes de que Él nos dijese «sed». El puede reducirnos 
de nuevo á polvo: el Señor de la vida es también el 
Señor de la muerte: Él prospera sus criaturas, y Él 
las abate: cúmplase su santa voluntad. 

Y la fe del príncipe le reanimó por un momento , 
tendió su arco, disparó, y el tercer murciélago fué 
clavado en la bóveda como los anteriores , por la ter- 
cera saeta del príncipe. 

Se oyó un agudo alarido de mujer. 

Al pié del príncipe cayeron algunas gotas de sangre. 

Se levantó un vapor sutil que se condensó, y apa- 
reció Zahra , la segunda hermana de Betsabé ; la hada 
maldita y condenada por Allah , con su grande hermo- 
sura, fijando en el príncipe sus terribles ojos negros, 
en que aparecía su mirada envidiosa. 



XIII. 

El príncipe habia caido de nuevo en su postración. 



300 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

Le abrasaba la fiebre de la lepra ; sentía una sed 
horrible, y no podia moverse. 

— ¿No te causa envidia, exclamó Zabra , al con- 
templar mi salud, níi fuerza y mi hermosura? 

— La envidia es un pecado de muerte, dijo el prín- 
cipe; la envidia hace sentir el aborrecimiento contra 
los que gozan mas que él, al desventurado á quien ha 
herido la mano del Señor y no tiene fe en el corazón; 
la envidia engendra la calumnia, la traición y el cri- 
men; pero Dios proteje al infeliz miserable y enfermo 
que, abandonado y débil, guarda su fe, y le da el 
tesoro y el consuelo de la resignación: la caridad es 
el preservativo de la envidia: quien tien3 caridad, 
aunque esté postrado como Job en el muladar , vive en 
el Señor que le presta su fortaleza. 

— Mira, le dijo Zahra. 



XIV. 

Desapareció lo que rodeaba al príncipe, y en su lu- 
gar quedó un desierto yermo é infinito, cubicrlo por 
un celaje sombrío. 

Un viento abrasador arrojaba sobre el príncipe are- 
nas candentes , irritando las úlceras de su lepra , y 
causándole agudos dolores. 

Pretendía arrastrarse, y parecía como que estaba 
adherido á la abrasada arena de aquel desierto horrible. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 307 

Sintió ruido junto á sí. 

Otro leproso se arrastraba lentamente , pasaba , 
mientras él no podia moverse. 

— Esees menos desdichado que tú, dijo la voz de 
Zahra que se babia hecho invisible. 

— Dios le favorezca, contestó el príncipe sin sentir 
el más ligero impulso de envidia. 

— Mira, dijo la voz de Zahra. 

Pasó un mendigo tullido que se arrastraba sobre sus 
manos , pero con más rapidez que el anterior leproso. 

El mendigóse detuvo y miró al príncipe con una ex- 
presión de repugnante alegría. 

— Hé aquí otro más desventurado que yo , dijo. 

— Ayúdame, hermano, exclamó el príncipe con an- 
sia : vuélveme al menos; estoy sufriendo horriblemen- 
te con mi inmovilidad. 

El mendigo soltó una carcajada cruel, y sin ayudar 
al príncipe, siguió su lenta marcha. 

El príncipe lloró y oró; pero no sintió envidia con- 
tra el mendigo, ni aborrecimiento porque le había ne- 
gado su ayuda. 

— Dios tenga misericordia de él, dijo, porque es 
duro de corazón. 

XV. 

Se oyeron pasos que se acercaban. 

Un árabe pobre y enfermo, pero que andaba con 



308 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

facilidad, se detuvo junto al príncipe y le contempló 
con placer. 

— Soy un insensato, dijo, en quejarme, cuando 
hay criaturas tan miserables como esta: comparado 
contigo, yo soy felifc. 

Y el mendigo bebió de una gran calabaza que lleva- 
ba colgada de su hombro. 

— Dame una poca de agua , hermano, dijo el prín- 
cipe ; la sed me devora. 

— ¡\gua! dijo el enfermo: una gota de agua en el 
Desierto es más preciosa que una perla; hay que andar 
durante un sol y otro sol antes de llegar á un nuevo 
oasis y á un:i nueva fuente: el agua que yo te diera 
seria mi sed de mañana. 

Y el enfermo se alejó. 

— Perdónete Dios tu falta de compasión, dijo el 
príncipe , lleno de caridad por aquel pecador. 

Se oyó el fuerte y rápido paso de un hombre, y apa- 
reció un beduino robusto, membrudo, fuerte, que se 
detuvo un momento a contemplar á Aben-al-Malek. 

Aquel hombre comia hermosos dátiles. 

— ¡Ahldijo: yo blasfemaba, yo acusaba á Dios 
porque no tenia un caballo, ya que no un camello, y 
ved este: ¡cuánto daria este por ser tan fuerte como yo! 

— Socórreme hermano, suplicó el príncipe. 

— ¿Para qué tocarte yo? para que tu lepra me con- 
tagie y me encuentre dentro de poco tan miserable co- 
mo tú, ¿te he dado yo la lepra? que te socorra Dios. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 309 

Y el beduino se alejó rápidamente. 
£1 príncipe Aben-al-Malek, en vez de envidiar la 
salud y la fuerza de aquel hombre, rogó á Dios por él. 



XVI. 

Oyóse sordamente sobre la arena del Desierto , la 
carrera de un caballo , que se acercó y llegó. 

Se encabritó asombrado por la vista improvisa de 
Aben-al-Malek , y estuvo á punto de arrojar á su ji- 
nete, que era un guerrero árabe, agigantado, formi- 
dable. 

Llevaba un arnés de Damasco, una adarga de cue- 
ro, un arco á la espalda, una aljaba llena de saetas 
pendiente de su cintura , un hacha al arzón , un yata- 
gán al costado, y blandía en su membruda diestra una 
fuerte lanza de dos hierros. 

— ¡Ah, miserable! dijo: ¿quién te ha puesto ahí 
para que asombres á mi caballo y me haya visto yo á 
punto de ser lanzado de la silla? 

— Perdón, hermano, dijo humildemente el príncipe 
Aben-al-Malek ; no ha sido mi voluntad ; la mano de 
Dios me ha herido. 

— ¡Y mi lanza! exclamó el irritado árabe haciendo 
saltar su caballo sobre Aben-al-Malek, é hiriéndole al 
saltar con su lanza. 

Y aquel malvado se aNejó á la carrera. 



310 HISTORIA DE LOS SIRTK MURCIÉLAGOS. 

Aben-al-Malek lloró por el, y elevó por él su ora- 
ción al Altísimo. 



XVII. 

— | Ah! el Señor eslá contigo y su poder te hace 
invencible, exclamó con acento de envidia Zahra : tú 
salvarías á Fayzuly, si Fayzuly no estuviese conde- 
nada. 

— ¡Condenada Fayzuly, la hurí de mi alma! excla- 
mó con desesperación el príncipe. 

— Mira, le dijo Zahra. 



XVIII. 

Desapareció el desierto sombrío. 

Apareció un oloroso bosquecillo á la margen de un 
trasparente lago. 

La luna llena inundaba la tierra y el firmamento con 
una luz dulce y lánguida. 

Entre la espesura apareció una forma blanca y he- 
chicera, apoyada en una forma negra y horrible. 

Salieron de la penumbra producida por la enramada, 
y los iluminó de lleno la luz de la luna. 

La forma blanca era la hurí Fayzuly , resplande- 
ciente do hermosura. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 3M 

La forma negra un genio horroroso; una especie de 
macho cabrío humano. 

Fayzuly sonreía de una manera lúbrica al genio, 
como una vil ramera. 

Aben-al-Malek cerró los ojos para no ver, y oró con 
toda su alma por Fayzuly ; pero no sintió envidia por 
la felicidad del genio. 

XIX. 

— ¡ Ah ! estamos condenadas sin esperanza ! excla- 
mó llorando Zahra ; no saldremos jamás de nuestro in- 
fierno de la torre de las Siete Bóvedas ; el príncipe 
Aben-al-Malek es un varón justo, protegido por Dios. 
Amado mió, walí de Guadix Abul-Hassan, mi poder 
ha sido inútil: provócale tú. 

En aquel momento el príncipe Aben-al-Malek se en- 
contró en el tercer mirab , sano , salvo , fuerte , con sus 
ricas vestiduras. 

Se prosternó, y levantó con su férvido agradeci- 
miento su espíritu al Señor. 

Descendió al cuarto suelo, y al pisarle, se encontró 
en el vestíbulo de la grande aljama de Damasco. 

Tal apariencia habia tomado la cuarta bóveda por la 
fuerza de su encanto. 

Un murciélago revolaba bajo su bóveda. 

Aben-al-Malek le clavó en ella como á los otros tres 
murciélagos. 



312 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

— ¡ Ah! exclamó el murciélago, lanzando un rugido; 
¡ miserable de tí! has vencido la molicie, la tentación 
de la riqueza, el sufrimiento de! dolor, de la enferme- 
dad y de la miseria, vence si puedes la contrariedad y 
la injuria. 

Y desde aquel momento, todos los que entraban y sa- 
lían provocaban á Aben-al-Malek, y todo en vano. 

Ni provocaciones, ni injurias, ni golpes, eran bas- 
tantes para que brotase de su corazón la ira. 

Aben-al-Malek se encontró á salvo en el mirab de la 
cuarta bóveda. 

Oró, y descendió á la quinta. 

Se encontró entre un íestin ostentoso. 

Los más ricos manjares se veian humeantes en mesas 
rodeadas por hermosas damas y gentiles caballeros, que 
no se saciaban de viandas ni de licores. 
•Y este festín se celebraba en los magníficos jardines 
de un admirable alcázar. 

Un murciélago revolaba sobre el banquete. 

-—No me hieras, principe Aben-al-Malek, decia el 
murciélago: ¿qué he de hacer yo contra tí, cuando 
nada han podido las terribles tentaciones de mis dos 
hermanas Djeidah y Zahra , y sus dos amantes, Aben- 
Ishac y Abul-Hassan? ¡déjame que á lo menos pueda 
volaren mi infierno! ¡no me claves á su bóveda! ¡ten 
compasión de mí ! 

— Dios lo quiere, espíritu maldito, dijo Aben-al-Ma- 
lek tendiendo su arco y disparando sobre Obeidah. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 313 

Se oyó un chillido agudo. 

Luego, un llanto desgarrador, y el banquete donde 
hermosas mujeres y gentiles caballeros se entregaban 
de una manera repugnante á la gula, desapareció. 

Y el príncipe se encontró en el quinto mirab. 

Oró y descendió á la sexta bóveda. 

XX. 

Inmediatamente se encontró sobre un trono. 

Numerosos cortesanos llenaban la magnífica cámara 
en que aquel trono se alzaba. 

Elegantes poetas leian uno tras otro casidas de adu- 
ladores versos, en las cuales se ponderaban el valor, 
las excelencias, las virtudes, los triunfos del vencedor 
y ensalzado sultán Aben-al-Malek. 

Reyes vencidos se prosternaban á sus pies. 

Otros reyes, temerosos de su poder, le enviaban ri- 
quísimos presentes y hermosísimas esclavas. 

Un murciélago revolaba medroso y cuanto más alto 
podia, y se replegaba chillando en los huecos más pro- 
fundos de la cúpula , y temeroso de ser herido allí , se 
lanzaba á otro ángulo. 

Aben-al-Malek, insensible á la soberbia, como lo ha- 
bía sido á los otros vicios, tendió su arco y disparó so- 
bre el murciélago, que lanzó un alarido espantoso. 

Inmediatamente desapareció todo aquello, y Aben- 
al-Malek se encontró en el sexto mirab. 

18 



314 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

Oró como en los anteriores y bajó al sétimo piso. 

Estaba densamente oscuro. 

Nada se sentía en él. 

Parecía completamente abandonado. 

Poco después se vio el reflejo de una luz, y luego 
apareció una mujer hermosísima con una lámpara en la 
mano, que dejó sobre uno de los huecos que se veian 
de trecho en trecho en el muro. 

Esta mujer era la hada Betsabé. 

Adelanto modesta y ruborosa, y se prosternó delan- 
te del príncipe. 

— ¿Por qué te humillas ante mí, hada maldita, espí- 
ritu rebelde , que dominada por Satanás no reconoces 
al Señor? 

— El señor eres tú, dijo humildemente Betsabé; yo 
me prosternaré ante Alian y le invocaré y seré salva si 
tú me amases, si tú quisieses mi pureza y mi hermo- 
sura ; porque yo te amo, príncipe , como el sol al dia, 
como la luna á la noche, como el viento al mar. 

—Yo no tengo más que un corazón y un alma, dijo 
el príncipe, y mi alma es de Dios y mi corazón de Fay- 
zuly. 

— ¡Áh! tú me amarás, dijo Betsabé alzándose res- 
plandeciente. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 3i 5 



XXI. 

Y cuantos encantos tiene la mujer, y cuantos ensue- 
ños produce el amor, rodearon al príncipe. 

La hermosura de Betsabé, incitante, inmensa, se de- 
jaba ver de él en todo su esplendor. 

Y sus ojos ardian, y su boca suspiraba, y su seno 
palpitaba ; y sus brazos se extendían trémulos hacia el 
príncipe que huia de ella. 

Al fin, Betsabé estrechó entre sus brazos á Aben-al- 
Malek, y éste sintió como si todo el fuego del infierno 
se hubiese apoderado de él. 

El príncipe elevó su espíritu al Señor, luchó con la 
hada maldita, se arrancó el puñal de su cintura, y le 
clavó en el pecho de Betsabé. 

— ¡Ah! exclamó esta cayendo; estaba escrito; la 
eterna sombra me rodea, y el puente Sirat se romperá 
bajo mi planta. 

Y se agitó en una convulsión y espiró. 



XXII. 

El hermosísimo cuerpo de la hada maldita se con- 
virtió en un vapor de sangre, y aquel vapor se con- 
densó al elevarse , produciendo un negro murciélago 



346 HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

que se lanzó dando gritos espantosos por una gran 
puerta que se veia al íin de la sétima bóveda. 

El príncipe se lanzó también, y se encontró en la 
magnifica cámara, en cuyo centro dormia Fayzuly, 
donde esperaba allangc en mano el príncipe Juzef- 
Abd\\llah-ben-Nazar-al-Galibi, donde en un nicho 
esperaba Djeouar el juglar, y a cuyo alrededor corría 
incesantemente el árabe maldito Aben-Zohayr. 

— Tú que corres sin esperanza en tu infierno, gri- 
taba Betsabé convertida en murciélago revolando alre- 
dedor de la cabeza del árabe del Edjaz, mata al prín- 
pe Aben-al-Malek; no le dejes llegar á su amada Fay- 
zuly. 

—Príncipe Juzef Aben-Abd'Allah-ben-Nazar, gri- 
tó con voz de trueno el Djeouar, saltando de su nicho, 
á pesar de la altura, y cayendo junto á Fayzuly; pre- 
párate al combate; y tú príncipe Aben-al-Malek, sal- 
va á la hurí de tu amor; sálvaia cuanto antes, porque 
la media noche llega, y muy pronto sonará la campa- 
na del templo cristiano. 

Aben-al-Malek asió á Fayzuly dormida , la levantó 
con una fuerza extremada , y partió con ella. 

— ¡Ah! ¡la media noche! exclamó Djeouar desnu- 
dando su puñal y tomando la puerta por donde había 
salido el príncipe Aben-al-Malek con Fayzuly. 

El árabe maldito, libre por un momento del círculo 
que se veia obligado á recorrer, se lanzó sobre la puer- 
ta que defendía Dejouar. 






HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 317 

Antes de que llegase á ella, Juzef-Abd'Allah le sa- 
lió al encuentro, y para obligarle á combatir á pié, ti- 
ró un terrible corte de su alfange al cuello del caballo. 

La cabeza cayó por tierra ; pero no brotó ni una sola 
gota de sangre: el caballo no cayó; se lanzó sobre el 
príncipe, le arrojó al suelo con las manos, y al mismo 
tiempo, el árabe maldito hirió en el pecho con su lanza 
á Juzef-Abd'Allah. 

Un instante después, Djeouar el juglar caia herido 
por otro bote de lanza del árabe. 

Y todo esto acontecia en medio de un estruendo hor- 
rible, de voces infernales, de rugidos, de bramidos, 
de silbidos, de carcajadas horribles, de blasfemias. 

Y un inmenso y constante trueno hacia retemblar la 
torre. 

El árabe y su caballo sin cabeza se lanzaban por las 
siete bóvedas, á pesar de las escaleras, con la rapidez 
del rayo. 



XXII. 

En aquel momento , el príncipe Juzef-Aben-Abd' 
Allah, desataba su caballo, ponia sobre él dormida aún 
á Fayzuly, y montaba. 

Cuando el caballo mágico de Aben-al-Malek sintió 
el peso de Fayzuly y del príncipe, se lanzó en el espa- 
cio y desapareció como un relámpago, á tiempo que 



3iS HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 

salia de la torre el caballo sin cabeza montado por el 
árabe maldito. 

Aún sonaban las campanadas de la hora de media 
noche de los cristianos. 

El caballo descabezado corría con la rapidez del hu- 
racán; Aben-Zohayr rugia y blandía su terrible lanza de 
dos hierros; pero al llegar á Bib-Leuxar (1) espiró en 
el espacio la vibración de la última campanada de la 
media noche, el descabezado y el árabe maldito arras- 
trados por un poder invencible, se encontraron cor- 
riendo en el fondo de la Torre de los Siete Suelos, al- 
rededor del diván donde habia dormido durante nueve 
cientos años la huri Fayzuly , y sobre el cual sólo que- 
daba el libro azul de Djeouar el juglar. 

El cuerpo de este y del príncipe Juzef-Abd'Allah 
habían desaparecido. 

La muerte habia sido con ellos. Dios los habia per- 
donado: el puente Sirat no se habia roto bajo su plan- 
ta, y se habían abierto para ellos las puertas de dia- 
mante del Paraíso. 

La hada Fayzuly y el príncipe Aben-al-Malek go- 
zaban ya su amor, bendecidos por Dios en la encanta- 
da Alhambra del Hedjaz. 

Sólo quedaban condenados en la Torre de los Siete 
Suelos, el árabe maldito , el reprobo olvidado de Dios 
por la hermosura de Fayzuly. Aben-Zohayr el impío so- 

(i) Hoy puerta de !as Granadas. 



HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS. 319 

bre su caballo sin cabeza que corría y corría en el ter- 
rible círculo de la torre, Betsabé, sus tres hermanas y 
sus tres amantes convertidos en siete asquerosos mur- 
ciélagos. 

XXIV. 

Todas las noches de San Juan, al mediar, cuando 
suena la primera campanada, la torre tiembla; se oye 
dentro de ella un estruendo espantoso, y el caballo sin 
cabeza con su caballero sale, recorre como una exhala- 
ción el bosque de la Alhambra ; llega hasta la puerta 
de Bib Leuxar, y al espirar la última campanada, vuel- 
ve al fondo de la torre, del cual no vuelve á salir, sino 
durante un momento á la media noche de San Juan del 
año siguiente. 

¡Ay del desventurado que vea á esa hora el caballo 
sin cabeza! 

XXV. 

Esta es la tradición de la torre de los Siete Suelos de 
la Alhambra, que escribió el poeta granadino Noeman- 
Dz¡n-Nun-el-Azis-el-Ferag (Dios sea con él), salud y 
próspera fortuna de buena voluntad á los que leyeren 
este libro. 

La alabanza á Dios. 

FIN. 



ÍNDICE DE LOS CAPÍTULOS. 



l'ágs. 

1.— Kl valle del Bédjaz ú 

II.— Molianiet Aben-Al-lihamar 37 

111.— El sueño del rey Al-hhamar 51 

IV.— Las fiestas de Bib-Rambla 107 

V.— La segunda visión de Al-hhamar 255 

VI. — La torre de los Siete Suelos 280 

VIL— Los siete encantos de los siete suelos 294 



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